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Viajar a Albania: Gjirokastër o Ciudad Piedra según Ismail Kadaré

Desde hace mucho tiempo quería viajar a Albania, enamorada -entre otras cosas- de este párrafo de «Crónica de la ciudad de Piedra» o simplemente «Crónica de Piedra»:

«Era una ciudad sorprendente que, como un ser prehistórico, parecía haber surgido bruscamente en el valle en una noche de invierno para escalar penosamente la falda de la montaña. Todo en ella era viejo y pétreo, desde las calles y las fuentes hasta los tejados de sus soberbias casas seculares, cubiertos de losas de piedra gris semejantes a escamas gigantescas. Resultaba difícil creer que bajo aquella formidable coraza subsistiera y se renovara la carne tierna de la vida.

El viajero que la veía por primera vez sentía el impulso de establecer una comparación, pero pronto comprendía que era una trampa, pues la ciudad las rechazaba todas; no se parecía a nada. Soportaba tan mal las comparaciones como las lluvias, como el granizo, como el arco iris o las multicolores banderas extranjeras que desaparecían de sus tejados del mismo modo que llegaban, tan efímeras e irreales como perdurable y concreta era ella. Era una ciudad empinada, quizá la más empinada del mundo, que había desafiado todas las leyes arquitectónicas y urbanísticas. La viga del tejado de una casa rozaba, a veces, los cimientos de la siguiente y sin duda se trataba del único lugar en el mundo donde, si uno se caía a un lado del camino, podía aparecer sobre el tejado de una mansión elevada. Esto lo sabían mejor que nadie los borrachos. 

Era ciertamente una ciudad asombrosa. Se podía ir caminando y, de desearlo, alargar un poco la mano y colgar el sombrero de la aguja de un minarete. Muchas cosas eran aquí increíbles y muchas otras como salidas de un sueño.
Si la ciudad albergaba a duras penas la vida humana en sus miembros y bajo su caparazón de piedra, tampoco evitaba causarle incontables dolores, arañazos y heridas a esa vida, y era algo natural pues se trataba de una ciudad de piedra y todo contacto con ella era áspero y frío.
No resultaba fácil ser niño en esta ciudad.»  (Ismail Kadaré)
 
Tanta fatalidad me sedujo sin remedio; finalmente logré llegar a ella y la vivencia superó a todas las elucubraciones de mi imaginación.
Al fin estoy aquí, donde la realidad de la ciudad dura y vertical supera la exactitud máxima del texto de Ismail.
Para llegar a Gjirokastër salimos desde Berat donde caminamos un par de kilómetros por la ancha avenida hasta la gasolinera donde el día anterior nos dejó el minibús. No hay muchos transportes hacia Gjirokastër pero al menos dos o tres por día. Salimos apenas pasado el mediodía. El minibús iba completo, incluso con banquetas en el pasillo.
En Gjirokastër nos quedamos en la casa de una familia maravillosa. Tiene apartamentos tipo estudio, con una habitación amplia con cocineta, jarra eléctrica, nevera. En el exterior, varias terrazas escalonadas y jalonadas de parras y otros frutales, ofrecen vistas completas de la ciudad y la fortaleza.
Esta fortaleza a la que subimos poco después de llegar, se eleva estratégicamente sobre una colina. Las primeras piedras han sido fechadas en el siglo XI. Luego la construcción fue ocupada por bastiones de distintos dominios, sobre todo en 1812 bajo las órdenes del gobernante Ali Pasha.
El casco antiguo y el bazar, constituyen un ramillete de callejuelas adoquinadas coloridas. El encanto contrasta con la dureza de la piedra. Las sonrisas amables de la gente completan lo paradójico. Lo vivo se hace más blando en la ciudad de piedra.
Visitamos mansiones otomanas como la casa Skenduli y Zekte en el barrio Dunavat. Estas antiguas residencias tradicionales son unas de las maravillas que nos vamos a llevar en la memoria al viajar a Albania. Las viviendas conservan sus dependencias originales tal y como eran hace cientos de años.

Nos dejamos llevar una y otra vez por las pendientes empinadas y disfrutamos cada metro. Las vistas nos sorprenden con edificios que parecen inalcanzables, sin embargo, tras trepar embarulladamente uno o dos callejones, ya estamos donde no habíamos creído llegar.

Gjirokastër es así de increíble y mágica. Andando por allí me sentí cercana, hermana de Ismail Kadaré. Una sincera bendición haber vivido este día tal y como ha sido.

Viajar a Albania y estar en Gjirokastër es un sueño más hecho realidad.