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Zona Prohibida

Antes de internarme en la selva me quedé dos días en Yaviza. No había mucho para hacer, pero mi intención era pura y exclusivamente esa, no hacer nada, nada más que buscar con quien hablar y a quien escuchar acerca del Darién. Sin embargo para ellos era como si no existiera. El Tapón de Darién parecía no pertenecer al imaginario popular de sus pobladores. Su silencio me recalcaba la sensación inexplicable de no hablar el mismo idioma que la gente que, aunque eran de etnias kuna, wounnan, o emberá, todos, además de su lengua, hablaban en castellano.

No lograba explicarme si el Tapón de Darién, la Selva con mayúscula, les era tan familiar que no venía al caso hablar de eso, o tan ajena y desconocida que, aunque hubieran vivido ahí desde el día que nacieron, nunca habían avanzado mil metros más ni por curiosidad, ni siquiera cuando eran chicos, ni de travesura. O quizás fuera un tema vedado. Algo que en el fondo sabían muy bien de qué se trataba y por esa razón, porque sabían, no se metían con eso. Los de la cabaña de Yaviza tampoco me entendían a mí, del mismo modo, como si fuera yo la que hablaba en otro idioma, qué hacía yo, mujer, y sola -aparentemente-, en ese lugar. Acaso en mi país no había trabajo. Pregunta recurrente en los lugares del mundo de los que la gente se va para buscar una vida mejor.

 

Salí de Yaviza bien temprano después de dos termos de mate y con el termo nuevamente lleno. La mujer sola con un morralito en el hombro, no llamó la atención de los soldados que controlan el final de la carretera. Habrán supuesto que salía a husmear, a dar una vuelta. Yaviza resultó no ser el último reducto del camino como había leído, a pocos minutos pasé por un caserío sin detenerme, y al cabo de una hora otro caserío más, y después por el pueblito de Yape.

Sin llamar la atención, aunque la gente de estos lugares parece adivinarlo todo y enterar por telepatía al resto del mundo de lo que vieron. Más adelante los caseríos se hicieron más ralos y la vegetación más tupida. Las chozas ya no eran de madera como las casitas de Yaviza o las de Yape.

Eran palapas aisladas de palos y cañas con techo de palma y pilares de barro. El último rastro humano fue una nena con un bebé de varios meses a upa de su cintura. La mirada de la nena esperaba algo de mí, una explicación a lo insólito, adónde iba la mujer blanca y sola, caminando derecho hacia donde todo se acaba.

No paré para tratar de entender sus ojos ni para explicar. La nena balbuceaba monosílabos al bebé y el bebé la escuchaba fascinado y le manoteaba la cara exigiendo toda la atención y más. Último vestigio de civilización, la nena y el bebé, siameses de dos cabezas sin edad frente a una choza de palos y cañas.

A partir de ahí, todo se hizo lluvia.

Lluvia que caía de las nubes, del techo de la selva, de las ramas de los árboles, de los pastos. Durante todo el día caminé bajo la lluvia al costado de la lluvia y sobre la lluvia. Había buscado información, había leído de todo, hasta una novela en inglés con romance y divorcio adentro del Darién. Pero no dimensioné los datos: precipitaciones, índice de pluviosidad más alto del mundo, nueve mil milímetros anuales; el elemento permanente en la selva del Darién no es la fotografía, no es la imagen muda y seca que registramos, es el agua, la humedad, lo mojado. El agua, el ruido del agua, el olor del agua.

Más de trescientos ríos, más barriales, más los charcos que nadan sobre la plasticidad del suelo y se ensanchan.  Usar mis botas era lo mismo que andar en ojotas, solamente me protegían la planta del pie. A través de la media caña, a cada paso, entraba y se escurría el barro. Había algunos puentes rústicos, troncos cruzados o tablas sin clavar.

Había que tantear bien antes de afirmar el pie y avanzar a paso de caracol. Un caracol se deslizaba a centímetros de mi pie. Era más rápido que yo. Se me ocurrió que en realidad el caracol era más intrépido que yo. Un caracol intrépido parece algo inconcebible, pero así son los caracoles del Darién. Yo avanzaba despacio, más despacio que el caracol, buscando los claros entre la maleza voraz que, sin embargo, no me devoraba. Tampoco las serpientes, las presentía sin admitir el presentimiento. Las negaba. Prefería engañarme, no había visto a esa víbora que tras un siseo fugaz, se escabulló, no era la punta de su cuerpo ese dedal escaramujo detrás de la mata. Prefería a las mariposas azules, la naturaleza no puede ser letal si hay mariposas azules que se pasean como ángeles entre las hojas.

Los puentes colgantes tienen algo apocalíptico. Algún día va a pasar. Algún día se va a caer. Y no es como en la cornisa que flota en el aire y por la que codo a codo cruzo el infinito con Froloff. Los puentes colgantes se van a pique. Algún día va a pasar, sólo espero que no sea hoy, que hoy no sea abril y no sean las cuatro de la tarde porque está lloviendo, y ese es mi destino. Todo el tiempo ha estado lloviendo. La lluvia, el barro, los charcos, no me dejan ver qué pasa en el suelo que voy pisando, pero corro el riesgo, confío en el pulso del instinto. Sigo. El barro se me acomoda debajo de los tobillos y se amasa sobre el empeine, hay otro puente y aprovecho a vaciar las botas y a sentarme un momento. Sólo un momento.

Los puentes colgantes no me gustan pero no deben amilanarme y es preciso seguir. Otro puente colgante. Colgante colgante. Nada más que eso. Sin barandas, sin agarraderas. No tengo de dónde sostenerme más que el brazo invisible, el brazo intangible de Froloff que me acompaña. Su voz se agarra de mi cabeza como una morsa de utilería, sin apretar, pero firme. En el aire no se tambalea ni una gota. La lluvia ha quedado detenida en el espacio por un segundo en el que canta un pájaro. La naturaleza no puede ser fatal si hay un pájaro que canta. Aprovecho ese segundo y ese canto para dar con tranquilidad y hasta diría con alegría, el paso final al puente. La lluvia vuelve a desplomarse, de pronto, como si el mundo entero llorara cuando me paro segura, del otro lado del río. Alguna vez hubo un cable que ahora cuelga de un tronco en este lado. Hubo alguien que cruzó el puente, alguien que enrolló el cable, alguien que lo dejó en el tronco. Alguien construyó el puente y caminó en este mismo sentido asegurándose en el cable, como si sólo así fuera permisible sobrevivir a ese río bravo que se revuelve en sí mismo.

 

El Darién no me devora, no me ahoga ni me encierra, y aunque la selva es profusa no crece más rápido que el minutero de un reloj. No sé qué hora es. No sé qué día es -eso nunca- pero sé que no puede ser abril porque hace apenas unos días era diciembre. Tampoco sé cuántos kilómetros anduve, ni qué río es ese, pero siento que he avanzado, que quizás estoy en la mitad o por llegar a la mitad, y aún puedo ver claros entre la vegetación y seguir mirando al sur. Sigo. Toda mojada y sin remedio ni prenda seca. El punto de empapado no puede ser mayor, ha llegado al límite, la mochila, la ropa, el pelo, los pies. El punto de embarrado tampoco da tregua, donde me paso la mano se embarra la mano y donde me toco se embarra la cara se embarra el pelo.

Ya no veo, el barro y la noche. El fastidio de estar toda mojada y el fastidio de no poder limpiar con nada el barro porque todo está definitivamente embarrado, agota mi fortaleza. No hay opción, volver atrás sería el mismo esfuerzo que seguir adelante. Camino un  poco hasta que no veo nada. Nada más que Nada. Tanteo un sitio un poco ancho y sin charco, extiendo la bolsa de dormir que también está empapada y me acurruco sobre ella para que pase la noche y mientras tanto, descansar el cuerpo. Intento dormir con un solo ojo, alerta en la somnolencia. Aprendo los ruidos, mentalmente clasifico de qué son y mido la distancia de dónde vienen. La oscuridad no me ayuda. La noche me los acerca. Los siento cerca. Muy cerca. Estoy atenta, pero la lista de ruidos es como el rebaño de ovejas que contamos para conciliar el sueño. La lista se vuelve onírica y escribo garabatos que chorrean por un papel mojado como si fuera un tobogán. Quiero leer qué son esos ruidos que escribí pero no me entiendo la letra. El papel se me va de las manos, la lapicera se mezcla con la barza del pantano y me da igual. Aflojo los puños que cerraban la bolsa de dormir sobre mi cuerpo y me quedo dormida.

Cuando un escalofrío nos recorre la piel toda junta al mismo tiempo, dicen que pasó la muerte. La gente se frota para sacársela de encima. Yo, en cambio, la abrazo porque sé que es la presencia de Froloff. Un escalofrío me recorre y me abrazo a mis brazos. No quiero que me despiertes, le pido; por favor. No quiero despertarme. El sueño me ha vencido, y los ojos se niegan a abrirse. Tengo frío, tengo mucho frío. Un frío que no puede ser posible. No puede ser posible en el Darién porque es húmedo pero intensamente tropical, pero yo sigo sintiendo escalofríos, uno enseguida del otro, como si alguien me sacudiera, como si alguien me siguiera sacudiendo, como si me quisieran desabrazar los brazos. Me sacuden la superficie de la piel mojada como si fuera posible despegarla de otra piel y eso me hace tiritar hasta los huesos. Me despierto convulsionada y me quedo dura y fija en sus ojos amarillos. Nunca antes había visto algo así. El lomo agazapado se teje en una red con las ramas del árbol. Es una pantera más negra que la noche. No puedo quitar mis ojos de sus ojos amarillos. Nos miramos fijamente. Sin pestañear. Si llegara a pestañear le daría a entender que soy algo vivo entre la maleza y la lluvia. Ella está quieta, tan quieta como yo, y muy cerca. Dios. Invoco al Dios en cuyo nombre vengo de pecar. Dios en el que no puedo creer. Imploro. Árboles. Seres de luz. Michel.

En medio de la noche, en medio del Darién. Mi peor miedo era al hombre. Miedo a ser asaltada o violada, a que revolvieran entre mi ropa y encontraran las dos monedas de oro que yo creía que podían salvarme, pero el oro no puede salvarme ahora. La pantera eriza el cuerpo y gruñe, no le bajo los ojos y lo único que se me mueve es una lágrima. El agua de la lluvia, el agua del techo de los árboles, el agua de los charcos, del suelo, de la transpiración, y el agua de una lágrima. Dicen que pasó la muerte, digo que es Froloff. Michel, lo llamo.

Una ráfaga de viento y un chaparrón se descuelgan sobre mi cabeza. Un pájaro enorme penetra la fronda en vuelo directo hacia la sombra, chilla o gruñe como la pantera misma.  Se la lleva por delante, se arroja en su cuello y le arranca los ojos amarillos con el pico rapaz. El cuerpo de la pantera se debate entre las garras de una harpía que sale de la fronda como entró, sin dificultad y con una buena presa entre las patas. Toda la selva se sacude como si fueran miles las panteras que huyen atropellándose a través de la jungla. No había leído nada acerca de panteras. No se me había ocurrido pensar que en el Darién hubiera  panteras. Me siento muy tonta, muy ignorante. No había aprendido nada y me creía capaz de todo. En ese momento de miedo, sentí que el final podía existir de verdad y supe que Froloff, Michel, me protege de ese final aunque eso signifique transitar la inmensidad codo a codo por la nebulosa pero sin tocarnos. Sin tocarnos, aunque mi único deseo en este momento es poder abrazar-lo sin abrazar-me.

Encogerme adentro de su pecho. Pero no puedo abrazar-lo y al querer tocar-lo, sólo me-toco. Me paro y las rodillas me abandonan y me desarmo como una marioneta en el lodo. No sé si estoy llorando aunque quisiera hacerlo, pero no sé si soy yo la que llora o qué es toda esta agua, entonces grito muy fuerte. Sé que es él mismo el que me levanta desde las axilas como a un chico y de alguna manera me ayuda a seguir caminando en medio de la noche, en medio del Darién. Camino y todos los charcos estancados se succionan por milagro en el lecho de barro. Voy sin ver y voy más rápido. No veo nada y no estoy perdida como siempre. O estoy loca, o voy bien. Es por ahí y estoy segura.

Empieza el día, agradezco a la luz porque de día todo se ve más claro, y esas palabras tan banales son un alivio después de las tinieblas. No es posible que ya haya llegado a la frontera dudosa con Colombia, sin embargo escucho un silbido, y es un silbido y no un pájaro. Ahora el silbido es un hombre, no sé si debo temer o dar las gracias. Su gesto, su ceño fruncido; se queda mudo cuando me ve, tarda en reaccionar hasta que logra preguntarme y usted adónde va, y anda sola, y acá no se puede andar. Voy a Colombia le explico, mi auto va por barco y yo voy a pie. Esta es zona prohibida. Usted es colombiano, le digo, tiene acento. Lleva un arma colgada y ropa de fajina, pero no sé qué es. Un militar solo, es raro, y no me gustan los militares ni las víboras de dedal escaramujo, prefiero las mariposas azules. El sombrero de tela, estilo piluso, me da confianza porque le quita rigurosidad al uniforme camuflado, es un sombrero gracioso que contrasta con el resto de su apariencia recia. A usted la van a secuestrar o la van a matar directamente, me dice negando con la cabeza, sin margen de error. Esta es zona prohibida, repite con el acento colombiano. ¿Pero esto es Colombia? insisto en preguntarle. Esto es la selva, me dice, tierra de nadie,  yo soy colombiano, pero esas cosas mejor ni se preguntan. Creo que el hombre no sabe qué hacer. Saca un pañuelo del bolsillo, me dice que me va a vendar los ojos y me va a sacar de ahí. Escucho que se está desabrochando el cinto y no quiero pensar lo que estoy pensando. Pero con el cinto me ata las manos y me lleva de tiro como a un perro. Así está bien, compañera. Avance, compañera. Me llama compañera. Usted es de la guerrilla, le digo. Acá esas cosas mejor ni se preguntan, vuelve a decirme, pero una cosa sí le puedo asegurar, si la agarran los paramilitares, la matan, sin margen de error. El hombre habla poco, toda respuesta empieza con “eso mejor ni se pregunta”, sigue con algunos datos escuetos y contradictorios y termina con “sin margen de error”. Yo quiero saber, por curiosidad periodística, y por mi ideología. Pero nada me queda claro. Se me ocurre que tiene cara de Jacinto y lo llamo Jacinto, aunque no se llama así, me dice su nombre que no puedo escribir y me cuenta de cómo se había ido cuando el ejército pasaba por las escuelas reclutando a los chicos antes de ser hombres.  Me cuenta de los muertos de los que no puede hacer la cuenta, de la gente común que aparece asesinada con dos zapatos del mismo pie y de distinto número, de las madres asustadas que no denuncian nada porque ya tienen suficientes hijos asesinados y suficientes hijos sin paradero.  Me saca el pañuelo y lo vuelve a guardar en el bolsillo. Entiendo que no me volverá a vendar los ojos. Me desata las manos y se pone el cinto en su lugar. Es un momento en el que ha parado de llover aunque el cielo parece pesar sobre nuestras cabezas. Nos sentamos a comer bananas y a descansar cerca de un curso de agua marrón. Me señala una víbora con la puntera de la bota, la víbora se regodea en el barro, tiene un capuchón escaramujo en la punta de la cola y sisea. Ya vi de esas, le digo, haciéndome la valiente. Su mordedura es mortal, me dice, sin margen de error. Niega con la cabeza mirándome. De qué manicomio habrá salido, supongo que se pregunta. Una rana celeste se mueve con delicadeza entre los juncos. Me enternecen sus dedos frágiles. Le acerco mi mano para que se trepe pero Jacinto me la saca de un tirón. Puede ser venenosa, parece una arlequín, hay muchas especies diferentes. Jacinto no me suelta la mano, ha visto mi anillo, el único que uso hace años y que es un regalo de mi hijo. Está casada, sugiere; sí, le miento. Y dígame, compañera cómo es eso de que un esposo deje ir a su mujer así. Era un plan de los dos, pero a él le dio la malaria; me espera en Colombia. Caminamos todo el día y hablamos.

Antes del atardecer llegamos a la costa. Al Caribe otra vez. Mañana va a pasar la lancha, y cuidadito que la vuelva a ver por allá adentro, que eso es zona prohibida. Acá ya es Colombia, me dice, y a usted nadie la espera, pero igual la tengo que dejar solita, yo no puedo quedarme, compañera, y usted nunca me ha visto.

El extranjero

Me fui con el extranjero porque se parecía a Froloff. Esa fue la única razón. Quería volver a tocar esa mezcla de piel blanda con barba incipiente de su cuello. Según el obituario Froloff había muerto hacía siete años; según yo, aún sigue vivo; pero tocarlo, lo que se dice tocarlo, sólo puedo hacerlo en sueños. La manía humana de desear tocar me persigue y me enferma. La carencia del tocar me angustia. Una vez pensé en hundirme en un lago helado, congelar la enfermedad. Sin embargo ante la asquerosa humanidad freudiana del impulso sexual, ante el vacío de la enfermedad, ante la angustia, Froloff me regala una hoja o un pétalo, ofrenda que es como un caramelo para calmar el berrinche. Supe que el extranjero aparecía en mi camino puesto por él mismo, por Froloff. Justo en ese momento y en ese lugar, el Tapón de Darién. Hasta ahí había llegado en auto, “la autita”, pero a partir de ahí, no se podía seguir, no hay más ruta, no hay más carreteras. Son solamente cien kilómetros que desconectan el cuerpo de América. Dicen que es por la selva, porque esa selva devora con tanta ferocidad lo que se le interpone, que es posible ver cómo brotan las plantas ante nuestros propios ojos. Dicen que la selva del Darién se mueve más rápido que el minutero de un reloj, que las  ramas se multiplican el doble de lo que podrían ser taladas, que las lianas se enredan en las piernas antes de que estas puedan dar un paso más, atrapan en una red, y asfixian. Dicen que el Darién se mueve y podemos verlo si estamos dispuestos a morir en el intento. Nadie ha dado más pruebas que palabras o historias como esta. Pocos escaparon a las lenguas voraces dejando tras de sí el misterio sin revelar, la cámara de fotos y la cordura sepultadas en una parva verde infinita y húmeda. A riesgo de todo eso decidí cruzar el Darién a pie. No hay riesgo fatal si pienso en Froloff. Uno junto al otro nos veo ir por una nebulosa, una cornisa en medio del aire, codo a codo entre las sombras y los disparos de la luz, vamos, vagamente entre la muerte y la vida. Codo a codo con Froloff, cualquier sendero, cualquier cumbre, cualquier selva es posible.

Después de muchos días de averiguaciones en Panamá -todo el mes de diciembre estuve dando vueltas con esto-, encontré una compañía naviera que se ajustaba a mi presupuesto. Me explicaron que podían trasladar a la autita en ro-ro y que eso era más barato que dentro de un contenedor. Yo debía llevarla y entregarla con la llave puesta en el Puerto Manzanillo, luego ellos la subirían a la cubierta de un barco que la llevaría hasta Cartagena de Indias, Colombia. La autita debía pasar el Darién por mar en un barco de carga, era la única manera, y yo, en avión o en lancha. O caminando.

Hacía dos meses que había arrancado en Guanajuato, México, y había recorrido, cantando, la cintura delgada pero sinuosa de América Central. Cantaba a viva voz a los colores sin nombre, los verdes incalificables que pasaban por las ventanillas. Cantaba a Froloff, a su aura erguida entre los verdes de la ventanilla y mi mirada. Él, el acompañante, iba sentadito al lado mío, la transparencia de su mano se dejaba caer sobre mis venas alertas en la palanca de cambios. Sentaditos los dos, nos quedamos mirando a la autita que se mezclaba sin timidez aunque sonrojada -al rojo vivo- entre miles de autos estacionados, como si ella fuera la única. Un puntito avanzando en el espacio de un playón interminable.

La miramos, tomando mates con el agua que quedaba en el termo y un injusto sabor a desprendimiento. Una amargura que no valía la pena pero que tenía que ver con la desprotección de pronto. La autita era la casa, la casa con ruedas, y la casa se alejaba de nosotros para cuadrarse en un lote de vehículos con número de orden y bill of  lading.

Pero no había forma de seguir en ella en ese angosto tramo del camino, y abrigué a la nostalgia con la ilusión del reencuentro. En pocos días más. Ellos dijeron “una semana”. Sonreí y, sin soledad pero a simple vista sola, acomodé la mochila de entretiempo, y caminé a la salida del puerto.

El Puerto Manzanillo está en Colón. Colón tiene fama de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo. La gente que pasa por Colón va al hotel y se moviliza en taxi. Del hotel, taxi al centro, taxi al hotel. Nadie camina por las calles de Colón. Es el segundo puerto libre más grande del mundo después de Hong Kong. Los trámites son enrevesados pero como por debajo de la mesa, la mercadería circula rápido. Uno no alcanza a ver nada. Tampoco a entender. Aunque en Panamá hablan castellano, uno no entiende. Las maniobras se hacen solas mientras una voz que sale de una coladera de metal, nos automatiza, y, embobados, pasamos papeles sellados en una caja que va y que vuelve por debajo de una ventanilla negra.

Con la mochila liviana colgando de un solo hombro, me paré en el borde de la ruta para hacer dedo. Sintecho. No andaba nadie. El vaho del calor de la siesta levantaba un reflejo alucinante hasta la altura de mis ojos. Recordé a ese tipo, el extranjero. Él también andaba viajando en auto al sur, en una camioneta. Nos habíamos conocido entre esas idas y vueltas tratando de encontrar una naviera. Yo le había visto el cuello y se lo había deseado. Esa mezcla de piel blanda y barba incipiente. Hablé con él como si no hablara con él, él no me interesaba. Imaginé que si así eran los pliegues de su cuello, que si hacía esa arruga en el borde de la sonrisa, posiblemente tendría más de Froloff para darme. No tenía su mirada. Nadie la tiene. Pero al menos era una mirada clara. Y quizás si se callara, si lograra hacerlo callar y que no hablara en inglés, entonces podría volver a tocarlo a él, a Froloff. La manía humana de querer tocar. La enfermedad asquerosa. El extranjero también tenía que embarcar algún día de esos. También tenía que hacer el trámite, contratar la naviera, ir a Colón, no cruzar el puente y seguir de largo para entrar en Manzanillo, hablar con el robot por la coladera de la ventana negra, pasar los papeles por la caja, equivocarse, ir otra vez abajo del toldo, poner otro sello, volver al edificio de la naviera, volver a pasar la caja, volver a hablar con nadie y salir a esta calle, esta ruta donde el vaho de la siesta levanta un reflejo alucinante hasta la altura de mis ojos y entre el vaho se ve llegar, como otra alucinación, una camioneta azul.

Dijo que estaba verificando el camino, que era un hombre precavido y quería asegurarse cómo era eso de ir a Manzanillo y no cruzar el puente, pasar de largo, entrar a puerto; familiarizarse con el lugar, las ventanillas negras, los edificios, el toldo, el playón interminable. Lo invité a invitarme. Querés que te acompañe, yo ya hice todo. Así que lo llevé. Le mostré la secuencia de oficinas por las que debería pasar a sellar algún día de esos, cuando embarcara la camioneta. Y ahora cómo te vas a ir, me preguntó. Caminando, me encogí de hombros.

Estábamos sobre la costa del Atlántico, el Caribe, y yo debía volver al interior y viajar hacia el sur hasta el final de la ruta. Luego adentrarme en el Darién. Al principio habría un camino de tierra, después senderos de poblados, caseríos cada vez más ralos, y la selva. El Tapón de Darién que cerraba su propia fronda de secretos y al que yo, lejos de temer, ansiaba. El carguero saldría en una semana y ahí estaba el extranjero, hablando en inglés, admirándose en inglés oh, my god, de la sorpresa de volver a encontrarnos, y preguntándome en inglés si quería pasar un par de días con él recorriendo la costa del Caribe panameño. Pasaríamos por Puerto Lindo donde él se había alojado, recogeríamos sus cosas, compraríamos algo para comer, y nos iríamos a una finca de unos conocidos suyos que ahora no estaban. Como si lo hubiera planeado. Sonaba bien, aún en inglés. Podía quedarme ahí, al borde de la ruta, hacer dedo hasta el centro de Colón donde todo el mundo toma taxis, ir a la terminal y tomar un autobús que me acercara lo más posible al Tapón, quizás hasta Metetí, uno de los últimos pueblos al que la carretera se las arregla para llegar antes de enmadejarse en la jungla. O podía irme con él. Subirme en la camioneta azul, viajar a Puerto Lindo y después adónde, le pregunté. A Nombre de Dios, me dijo con esa arruga al costado de la sonrisa. Nombre de Dios, digna paradoja para esta aceptación al infierno, pensé, y me subí a la camioneta.

Froloff es francés, a pesar del apellido ruso y los ancestros, y además tiene una voz grave de esas que hacen tambalear los cimientos. El extranjero, no. Tampoco era desagradable sino todo lo contrario, era simpático, era muy amable, ni siquiera era denso ni un tipo baboso. Me habló de su historia, de su pasado, de por qué viajaba. Yo prefería mirarlo a escucharlo. Buscarle a Froloff entre los dedos. El extranjero era de su misma edad, esa edad en la que Froloff ya no podía gemir más que de dolor. Yo quería saber, tocar más acá de los sueños, como sería él, cómo sería su piel, y yo sabía, además, que esa oferta de la realidad, tan visible, y tangible, no era una casualidad. Mi soledad no era la soledad plena. Podía sobrevivir a la vacuidad del tacto. Podía ser feliz, era feliz, lo estaba siendo aún sintecho y a simple vista sola, en el peor lugar imaginable del mundo y ante las peores perspectivas. Era el propio Froloff el motor de esa camioneta azul que me estaba llevando al mismísimo Nombre de Dios. Lo dejé hacer. Y al otro, lo dejé hablar en inglés. Íbamos rodeando los vericuetos rocosos de la costa, el ruido del motor, música en inglés más inglés, el chasquido de las olas, mi brazo afuera de la ventanilla dejándose remontar por el viento. Yo ya había sido transportada a otra galaxia. A la cornisa de la nebulosa. Y si lo miraba, la arruga en la sonrisa. No tenía dudas. Me entregué.

Llegamos a la tardecita a Puerto Lindo y salimos a caminar entre dos hileras de árboles al costado de la bahía. La transpiración de la tierra se condensaba en la corola de las ramas.

Las olas débiles se rendían agonizando contra la voluptuosidad de las rocas. Nos sentamos frente al agua por una súplica de frescor para nuestras mejillas. Apenas por una súplica de frescor. Pero él sonrió con la arruga al lado de la boca.

Dos botes se apareaban sin temor a la incertidumbre. Dos botes entre la costa tan cercana como inaccesible y el océano impreciso. Dos botes horizontales. Dos cuerpos anclados.

Cuando la noche se tendió sobre las sombras y uniformó el pudor en un solo tono oscuro, volvimos a la camioneta. Tomamos la ruta de la costa, una ruta sencilla, de pavimento o alisado de material pero sin marcas. Aparecen curvas y caseríos a la luz de la luna y de las candelas. A estas horas, únicas en las que se apacigua el calor, la gente saca las reposeras a la calle. Hay chicos jugando. Un muchacho trata de besar a una mujer contra el marco de un zaguán. Unos chicos manotean chicles de una mesita iluminada con velas, la mesita es un quiosco y lo atiende una viejita doblada en dos. Como en Iquitos, recuerdo. Voy mirando. No escucho nada de lo que me habla. No quiero escuchar. Sólo cuando paramos me doy cuenta que hubo una decisión imprevista. Vamos a comer algo en ese lugar. El lugar es el patio de una casa. Bajamos y me propongo no ser injusta. El hombre es definitivamente amable. Gracias a la vida, y gracias al hombre que me saca fotos cuando las hijas de la del restaurante juegan a la peluquería con mi pelo largo y me hacen trenzas. Lo dejo que me tome la mano, tal como si fuera él mismo, un amigo, quizás, un amigo por qué no, pero no puedo dejar de encontrarle a Froloff entre los dedos y entonces le beso las manos. La arruga al costado de la sonrisa me lo agradece y yo me acerco a besarlo, se me escurren las trenzas entre los deditos mulatos de las nenas, las trenzas se deshacen en jirones y yo me deshago en lágrimas.

La madre, la que cocina, reta a las nenas pensando que me han hecho mal. Podemos hablar en castellano, pero es difícil encontrar las palabras para explicar lo que me pasa y no me pasa nada. La cena está lista.

Nos indican cómo seguir el camino a Nombre de Dios. Ya no queda nadie ni la noche misma afuera, es lo que dirían una boca de lobo. Entramos con la camioneta azul en la boca del lobo, no puede haber cordero más inocente en Nombre de Dios. Acampamos y nos acostamos largo rato sobre el pasto a mirar las estrellas. Hablamos en susurros aunque nadie vaya a despertarse. Estamos, o él lo cree así, absolutamente solos en esa finca. Los grillos. Las ranas. Las estrellas. Las vemos caer y pienso en todos los deseos que tengo. Los digo en voz alta, él no entiende nada, qué va a entender, cordero de Dios en la boca del lobo en Nombre de Dios. Porque puede haber víboras nos metemos a dormir en la carpa, pero no dormimos. Le busco la piel debajo de la ropa y le encuentro otra piel. Le amo la piel que no es suya. Toda la noche. El cuello y la piel blanda con las asperezas de la barba incipiente. Gracias a la vida maldigo a tu muerte y gracias al hombre que es, y al hombre que fuiste.

El extranjero duerme fulminado. Un tipo macanudo. Empieza a amanecer y yo ya no puedo verlo más. Saco mis cosas de la carpa, me desperezo estirándome en la inmensidad, me sobrecoge un silencio ajeno al mundo y, en ese silencio, sin el más mínimo ruido posible, me visto, cierro mi mochila, y me pierdo en la espesura hacia el interior y hacia el sur en dirección al Darién.

ENCUENTRO EN PANAMÁ-Con la vida en un carro

Cual caracoles que llevan su casa a cuestas estas dos mujeres argentinas que de casualidad se reunieron en Panamá en su recorrido por América, viajan para aprender y enseñar
DARMA L. ZAMBRANA
dzambrana@laestrella.com.pa

Sus casas las llevan a ellas, un poco como el caracol pero a la inversa. Sus carros, en los que recorren kilómetro tras kilómetro en la superficie inmensa de esta América, son sus casas. Allí tienen de todo. Sus recuerdos más preciados, las fotos de sus hijos, sus enseres de cocina, su ropa, un mapa, quizás una carpa, un GPS que no funciona y una de ellas hasta un rottweiller de miedo.

Con el pelo castaño muy corto, el flequillo casi blanco en la frente y cuentas de colores en uno que otro mechón de cabello, Zulema sorprende a quien la conoce por su nueva ocupación: jubilada viajera. Pero no porque viaje o porque esté jubilada, sino porque a sus 61 años viaja sola por los extensos caminos del continente sin más compañía que Pelé, su robusto rottweiler de 7 años, que la protege celosamente día y noche.

Zulema que afirma que es del mundo, nació en una casa de viajeros, pues sus padres le dieron la vuelta al mundo varias veces, se jubiló el 1 de julio de 2008 y el 15 de ese mismo mes dejó la casa donde vivía en El Calafate, muy cerca del glaciar Perito Moreno en la Patagonia argentina y empezó su periplo por el continente. A bordo de una Toyota Four Runner 2001 de color rojo que tiene la bandera argentina en todas partes, con el asiento del copiloto ocupado por Pelé, se incorporó a un grupo de vehículos doble tracción que desde Iguazú hace todos los años un recorrido por la Amazonia.

Manejó por 20 días entre Brasilia, Belem, las Guyanas, Manaos y otras poblaciones sin un peso en el bolsillo esperando que le llegara la primera remesa de su jubilación. Así llegó a Venezuela, estuvo en Colombia y Panamá antes de llegar a Costa Rica donde permaneció 40 días para regresar aquí y continuar su recorrido hasta Alaska que es su destino. No tiene apuro, quiere disfrutar de todos los lugares por los que pasa, quedarse y partir cuando le plazca.

“Tengo fecha libre hasta junio de 2010”, cuenta, “porque estoy anotada en una caravana que parte desde el norte hasta Chile para celebrar el bicentenario de ese país”, agrega y después Zulema seguirá viajando hasta “que el cuerpo me deje”. Para ella viajar y conocer gente es una experiencia única, una forma de crecer y madurar. Y empezó muy joven, a sus 17 años formó parte, junto a su madre y dos hermanas, del equipo argentino de hockey femenino y estuvo en Alemania y España representando a su país.

Maestra de Educación Física hasta su jubilación, Zulema no le teme a nada, salvo a perder el coche porque eso significa “perder la vida”. Confiesa que la inseguridad le preocupa un poco, “no me da miedo”, dice, “la gente me ayuda mucho y ya tengo mi vida hecha, no me importa si me pasa algo y me muero en el camino, solo me preocupa mi perro”. Divertida comenta que su hijo, que la apoya en todo lo que hace, le ha pedido que “no te vayas a morir muy lejos, de repente tengo que ir a buscarte”.

Esta mujer de pequeña estatura, bronceada por los soles de muchas jornadas al aire libre se topó en Panamá sin pensarlo con otra, 18 años más joven, también argentina que hace el viaje en sentido inverso pero al igual que ella con su casa a cuestas. María, que ha viajado mucho con sus dos hijos y que desde octubre pasado, hace una travesía por primera vez en su vida sola, sin ellos conoció a Zulema cuando ambas tomaron contacto con Tea otra compatriota residente en Panamá que las ayudó en los trámites de traslado de los vehículos.

Después de vivir 6 años y medio en Guanajuato, el tiempo más largo en alguna parte, María cuenta sonriendo y entrecerrando sus pequeños ojos verdes que “seleccioné de mi casa lo que tenía algún significado para mí y lo metí en mi auto. Primero los adornos, los barquitos de diferentes países, las muñecas de coco, las balsitas de Bolivia, los sombreritos de Turquía, las castañuelas de mi abuela que era gitana, la bandera de Argentina y me marché”. Su automóvil un Matis Pontiac 2007 color rojo fuego se ha convertido en su casa mientras llegue a San Clemente del Tuyú, al sur de la Provincia de Buenos Aires, donde piensa recalar después de recorrer Centro y Sur América.

Menuda, musculosa, también bronceada y con el cabello negro recogido en dos trenzas, María ha hecho de todo para sobrevivir y puede intentarlo todo si es necesario. Tiene en el Matis una valija de disfraces y una máquina de escribir Olivetti, donde ya ha escrito cuatro novelas de ficción con elementos de todas las personas que va conociendo en el camino. Ha trabajado como actriz, cantante, periodista, patinadora en hielo, acróbata y es maestra de profesión.

Desde que nacieron sus hijos ha hecho infinidad de viajes con ellos. Cuando llegaban a un nuevo lugar si les gustaba se quedaban y si era por una larga estancia María les buscaba escuela y ella trabajo para partir de nuevo cuando tuviesen ganas. Así estuvieron en diferentes países de Europa y América. Hoy ambos hijos, de 19 y 21 años, ya han empezado a hacer su propio viaje, es decir su vida y por eso ahora ella emprendió este recorrido sola con el propósito de encontrar un lugar donde vivir y trabajar “y dedicar el resto de mi vida a mejorar las condiciones de vida de otras personas y aportar a los procesos sociales en Latinoamérica”, dice María.

Ahora mismo le interesa trabajar en Venezuela, Bolivia o Nicaragua. Tiene en perspectiva un proyecto comunitario como voluntaria en Palestina por un par de meses y después un tiempo en América Latina. “Siempre es por un tiempo y nunca sé cuánto”, dice María que a lo único que le teme es a la idea de “instalarse” en alguna parte, “mi vida es andando” agrega pensativa, mientras sorbe un poco de mate “el auto es mi vida, es lo que me lleva y me trae, todo lo que me interesa está en él, ahí está mi pasado”, agrega.

“Cuando empecé a viajar, tenía pronóstico de melancolía” recuerda María, pero aclara a continuación que felizmente aún no la ha experimentado. Nunca se ha sentido sola y por eso no siente la necesidad de viajar con nadie y, por el momento, tampoco le hace falta una pareja. “Me basto a mí misma”, asegura, “solamente estaría con alguien como el Comandante Marcos, con quien comparta los mismos principios de lucha, de otro modo no”, dice haciendo referencia al guerrillero zapatista.

Y en eso coincide con Zulema que mientras sigue cebando mate, opina que no quiere que nadie le cambie el rumbo y por eso prefiere viajar sola.

“Los argentinos somos todos inquietos” dice María reflexionando sobre el viaje de ella y de Zulema, dos mujeres fuertes, decididas y valientes, que por encima de todo han comprobado y demostrado que se tienen a sí mismas.

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