Archivo de la categoría: Portugal

Portugal en bicicleta, de Lisboa a Sevilla

Portugal es un país que regala variedad de paisajes, mar, sierra, montaña, lagunas, además de ciudades históricas y coloniales, fortalezas y castillos, pueblos pesqueros y reservas naturales que preservan el lado salvaje de la geografía y sus riquezas. Recorrer Portugal en bicicleta es además ideal para alejarse de los lluviosos otoños o inviernos del interior de la Península Ibérica. Para quienes solemos residir en el Cantábrico con sus humedades y sus vientos marinos eternos, escapar a Portugal por unos días, es la mejor opción.

Hemos hecho esta ruta entre enero y febrero con Iñaki Gurmindo que se reveló como un compañero de viaje perfecto. Era su primera experiencia de travesía en bici con carga y, no sólo mantuvo un ritmo envidiable y sorprendente en nuestras jornadas de entre 60 a 80 km, sino que, además, concordó espontáneamente con el ajetreo atípico que suelo llevar yo, hacer muchos kilómetros sin parar y sin comer, optando por carreteras cómodas aunque esto exija, de vez en cuando, circular con tráfico. Como si fuera poco, asumió el stress del GPS ante mi desorientación habitual, y elaboró menús gourmet malcriándome el paladar poco acostumbrado a las delicias de la vida cotidiana. Además de pedalear, recorrer Portugal en bicicleta y, en fin, vivir la vida de viaje, hemos comido y bebido como dioses, saboreando además conversaciones filosóficas y existenciales insospechadas para alguien tan joven y contemporáneo.

El Algarve y la Costa Vicentina, dos emblemas de Portugal en bicicleta

Tanto el Algarve como la Costa Vicentina, discurren cerca de la línea costera. De nuestra elección dependerá incursionar más hacia el interior, si es que en algún momento decidimos tomar estas variantes.

En esta ruta nos beneficiamos de una guía Bici-Map, de ediciones Petirrojo. Nos ayudó muchísimo más que Google maps totalmente desactualizado en Portugal. Las veces que intentamos guiarnos con la tecnología digital terminamos en caminos cerrados o inexistentes, propiedades privadas o barrancos sin sendero a la vista. A partir de la guía se impuso como meta la ciudad andaluza de Sevilla, ya en España. Hasta allí son 720 km divididos en 12 etapas para las que se sugiere disponer de 14 días.

El primer sector que hicimos ni bien arrancar de Lisboa, lo constituye el Alentejo y la Costa Vicentina, sobre cuya ribera atlántica predominan extensiones amplísimas de simpáticos alcornoques. Parecen baobabs y son unos árboles muy bonitos. Algunos tramos de la ruta se hacen largos y solitarios, abunda la paz. Las carreteras que tomamos y que describiré en cada etapa fueron rutas tranquilas, con relativamente poco tráfico. Podíamos ir conversando, cantando, escuchando música y, en general por asfalto muy cómodo. Algunos tramos sobre los acantilados sobre firme de arena, pero en general, ciclable.

La línea costera nos exigirá detenernos ante las bellezas de acantilados, faros y cabos que nos dejan sin aliento y sin palabras. El mar se entromete abruptamente y el oleaje enfurece y espuma entre rocas gigantes.

Debido a las caudalosas rías y estuarios, en las primeras etapas deberemos además tomar dos ferries para avanzar. Finalmente llegaremos hasta el Cabo de San Vicente, la nariz de la península ibérica, su saliencia más occidental atosigada por vientos perennes y desde allí, virando el rumbo por la costa sur de Portugal hasta entrar en Sevilla lo que exige un par más de cruces en barcazas.

Toda la primera parte de la ruta completa acarrea pendientes asequibles. Son unos 3000 m de desnivel total, cruzaremos la Sierra de la Arrábida y luego montes menores. Los últimos tramos, a partir de Faro, es todo plano.

1era etapa: Lisboa a Camping Picheleiros, aventura garantizada

Bautizamos nuestro comienzo con tempestad, viento, lluvia, carreteras que escupen charcos y enmarañados caminos de arena y lodo.

Nuestro recorrido de Portugal en bicicleta empezó de manera fantástica. Llegamos a Lisboa en autobús pasadas las 3 de la madrugada y tuvimos el privilegio de circular plácidamente por las carreteras, avenidas y plazas de una capital dormida. Fue genial. Llegar a la Terminal Oriente que es la más alejada del centro, armar ahí mismo las bicis, y encarar al centro.

Habíamos reservado un alojamiento comodísimo y muy lindo cerca de la Plaza Marques de Pombal al que llegamos por la Rua Liberdade. El recorrido fue sencillo e incluyó algunas pistas ciclables, parques y una ineludible visita a la Plaza de Comercio y sus alrededores céntricos. Todo a la luz de candilejas y con el murmullo del mar.

Descansamos algunas horas en el confortable departamento y arrancamos esta travesía de Portugal en bicicleta. Dimos una vuelta diurna por Lisboa, con un amanecer magnífico y luminoso.

Para comenzar hay que tomar un ferry. Las opciones son dos según vayamos a pedalear por asfalto o rutas más precarias de tierra y gravilla. Para la primera opción, la nuestra, iremos hasta Cais do Sodre y tomaremos el ferry a Seixal. Nos costó en total para los dos con las dos bicicletas, 6.60 euros.

Al llegar a Seixal, rodeando el estacionamiento, tomamos la rotonda a la derecha y vamos contornando la costa de la ría. Vamos a cruzar Amora y llegar a Ferrao Ferré. Hasta allí fue todo más o menos bien. Aún un poco más, hasta llegar a Fontainhas. Luego empezaron las pérdidas.

Quisimos tomar rutas asfaltadas o al menos firmes pero no lo conseguimos. Todos los caminos se convertían en arenales intransitables. Uno de ellos terminó en un terreno alambrado hasta el infinito y sin ni un mínimo hueco para continuar. Tuvimos que pegar la vuelta. Comenzó a llover.

Bajo la lluvia, pertinaz y molesta, pedaleamos por la ruta EN 10 hasta Vila Nogueira de Azeitao. Desde allí, con lluvias esporádicas, intentamos llegar hasta el camping Picheleiros. Nos metimos en un berenjenal de caminos cerrados. Una especie de country donde un hombre se sorprendió al vernos y, tras indicarnos que no podíamos andar pedaleando por allí, nos escoltó hasta una salida de ese predio privado de muchos kilómetros cuadrados.

Parecían pocos kilómetros los que nos faltaban hasta el camping, pero se hacían eternos. Ya era de noche. El camino de tierra, arena, pozos y piedras, tenía desnivel y nada de iluminación.

Al final por milagro, hechos sopa, mojados hasta el caracú, llegamos al camping Pichileiros que no olvidaremos jamás, sobre todo los cálidos y amplios baños donde unos mates y una «polenta a la nada» sabían a «todo» con concierto en vivo.

2da etapa: Picheleiros a Setúbal, relajado y con sol

Había que secar todo. Lo puesto, lo empacado en las alforjas, las alforjas, la carpa. Todo estaba mojado. Por eso este día decidimos avanzar poco y alojarnos en un lugar cálido y con comodidades.

El departamento en Setúbal no pudo ser mejor. Estaba cerca del muelle donde al día siguiente debemos tomar otro ferry. Teníamos un patio amplio donde colgamos todo. Lavadora. Y una cocina donde degusté la cazuela de mariscos más deliciosa del mundo.

El buen tiempo nos permitió pedalear. Recorrer el Parque Outão en bici. Recorrer las peatonales de la ciudad pesquera decorada de redes y aparejos. Paseamos por la costa de Setúbal, por sus callejas desparejas y empedradas. Descansamos sobre los portales de la Praça Bocage y el Largo de Misercordia y compramos ingredientes frescos en el Mercado do Livramento y algunos otros elementos que necesitábamos.

Este descanso en Setúbal fue glorioso. Valió muchísimo la pena.

3era etapa: Setúbal a Lagoa de Melides, entre dos aguas y arrozales

En Setúbal embarcamos en el segundo ferry de esta ruta de Portugal en bicicleta aunque con algunos cruces de ríos y estuarios que exigen montarnos en algo que flote. Tomamos el ferry en la dársena de Comercio, muy cerca de donde hemos descansado, y desembarcamos en Cais Sul. Desde allí vamos a pedalear 20 km por una lengua angosta de tierra, la península de Troia, entre dos aguas y tentadoras playas desiertas de arena fina.

El camino es muy agradable, una carretera donde se van alternando los bosques de eucaliptus, pinos, alcornoques, con estrechas huellas entre campos inundados de arroz que de repente se convierten en dunas que convergen en el mar.

Pasamos pueblos de casas blancas, Carvahal y más adelante Melides, en cuya plaza, cerrada por la iglesia y rodeada de barcinhos y bancas, hicimos nuestro habitual picnic de desayuno tardío.

Intentamos seguir hacia Lagoa de Santo André cruzando desde Lagoa de Melides. Sin embargo, todos los caminos que cruzan de lado a lado, son de arena, impracticables, por lo que decidimos pernoctar en el camping de la Lagoa de Melides. Este camping no está muy bueno pero tiene la ventaja de tener acceso al mar por lo que, entrada la noche, hacemos una hermosa caminata hasta allí. El incipiente cuarto creciente se refleja en las crestas de espuma. Hay algunos pescadores y paseantes. La temperatura y la compañía, no podrían ser mejor.

4ta etapa: Melides a Vila Nova de Milfontes, la Trilha dos Pescadores marca la senda de Portugal en bicicleta

Como no es posible cruzar entre Lagoa de Melides hacia Lagoa de Santo André por la cantidad de arena que se acumula en estos caminos, vamos en reversa en dirección al pueblo de Melides donde ayer desayunamos. Antes de llegar tomamos el desvío por la ruta nacional 261 y vamos hasta Santiago de Cacem para conocer su castillo.

Subimos a conocer esta fortaleza alentejana bien conservada. Diez torres vigías hacia todos los puntos cardinales de la mano de un muro infranqueable dentro del cual se ha establecido un cementerio. Las vistas de la sierra de Grânola por un lado, y la llanura litoral por el otro, conforman un espectáculo tridimensional fabuloso.

Recorremos las callejuelas enrevesadas del casco histórico y vamos hasta un enclave donde supo haber un asentamiento celta luego romanizado. Este lugar se llama Miróbriga. Volvemos atrás para retomar la ruta.

A partir de Santiago do Cacem decidimos pedalear por la Trilha dos Pescadores. No puede haber elección mejor para este tramo. Está señalizado con líneas verdes y turquesas y transcurre por una ruta hermosa y tranquila bordeada ampliamente por alcornoques. Luego, en un cruce, nos desviamos a la cómoda ruta regional 120 hacia Sonega y Cercal y vamos hasta Vila Nova de Milfontes donde acampamos.

El camping que elegimos está en el centro de la ciudad. A simple vista parece precario, como abandonado, sin embargo lo tiene todo. Aquí, pudimos hacer un asado regio sobre amplias parrillas junto a las cuales hay además una canilla de agua. También tiene mesas y bancas. Así que todo muy cómodo.

5ta etapa: Vila Nova de Milfontes a Odeceixe, el Cabo Sardão y una jornada inolvidable

Este día constituye una de las etapas más memorables del viaje por Portugal en bicicleta. Desde que comenzamos a pedalear y cruzamos el estuario del río Mira, las vistas son espectaculares.

Durante un rato, rodamos por la carretera regional 323. Desviamos hacia Longueira y en la rotonda de Almograve, tomamos hacia Cavaleiro. Desde allí nos dirigimos directamente a Cabo Sardão desde donde retomando la Trilha dos Pescadores vamos a pedalear -y a veces a caminar- sobre un acantilado impresionante.

Son senderos, angostos, de arena bastante firme, a veces con charcos de agua de lado a lado, pero firme al fondo. Se puede pasar con la bici o si se tienen dudas, bajar y bordear. Este tramo medio escabroso, agreste, salvaje, no dura más de 7 a 8 kilómetros y vale mucho la pena visitarlo. Se disfruta a pesar de los charcos. No podemos dejar de encandilarnos y detenernos a contemplar tanta belleza.

Sobre el Cabo Sardão que es el punto más occidental del Alentejo, hay un faro. Acercándonos a la costa, los peñascos y el oleaje son alucinantes y, sobre los roquedos, bandadas de cigüeñas que sobrevuelan o custodian sus nidos. Un espectáculo impagable de la naturaleza.

Las rocas oscuras de estos acantilados, son la radiografía de un pasado geológico de 300 millones de años, cuando Pangea se quebró durante el Jurásico y el Océano Atlántico estalló con todo el furor de sus mareas. Sobre este suelo fósil que es como la página abierta de la historia del planeta, avanzamos sin aliento.

Terminado este sendero costero, tomamos la ruta hasta Puerto das Barcas, cuya abrupta orografía entre acantilados, sólo puede albergar un puñado de cáscaras de nuez y sus tambaleantes pescadores. Desde allí, cantando alegremente, nos pasamos de Zambujeira do Mar hacia Azenha do mar, que no era necesario pero fue divertido. Hay una bajada deliciosa hacia un mirador que da a una pequeña y seductora cala.

Como el tramo siguiente, por la costa, se presume muy arenoso, remontamos hasta la ruta de asfalto, la nacional 120, y le pegamos duro y parejo hasta Odeceixe donde acampamos en São Miguel que está antes de subir al blanco poblado y planificamos dejar para el día siguiente la visita al castelo de Aljezur.

6ta etapa: Odeceixe a Sagres, más de 80 kilómetros pueblos blancos, mercados, castelos

Una etapa larga y llena de placeres.

Para empezar subimos hasta Odeceixe, el primer pueblo blanco del Algarve. Una postal encaramada en la colina y coronada por un antiguo molino de cereal aún en funcionamiento. La ribera del Seixe desemboca en el mar y la playa se reduce a una lengua de arena donde se forman varias lagunas.

Pasamos por el pueblo que me identifica, «María Vinagre» y pedaleamos de una, hasta el Castelo de Aljezur, subimos hasta la fortaleza por las calles empedradas y empinadas del pueblo. Si bien las murallas están ruinas, vale la pena subir hasta allí por el amplio panorama que ofrece. Desde las alturas es posible dar un rodeo a los antiguos muros y divisar las estribaciones de la Serra do Monchique. Cerca del castelo está la iglesia.

En el centro de Aljezur hicimos una parada estratégica en su mercado municipal para abastecernos de sabrosos higos secos y dátiles. Todo muy energizante y delicioso.

Más adelante, durante la jornada, hicimos una parada en Carrapateira donde aprovechamos unas bancas en la plaza del pueblo para almorzar y de paso secar un poco la ropa húmeda al sol de la tarde.

Dormimos en un camping de Sagres que está tomando un desvío hacia la ruta asfaltada que, por las playas, va hasta el Cabo San Vicente. Dejamos pendiente para el día siguiente visitar el Cabo y la ciudad y fortaleza de Sagres.

7ma etapa: Sagres a Lagos, una de las ciudades con más encanto de la travesía

Esta es una zona ventosa. Estamos a pocos kilómetros de la nariz de la península ibérica, el Cabo de San Vicente. Allí confluyen las mareas y los vientos del sur y de oriente y poniente. Suele ser un remolino de rachas que se enredan y confunden el rumbo.

Encaramos hacia el Cabo. Se puede pedalear un tramo por un camino asfaltado paralelo a la ruta nacional 268. Nos detuvimos en Playa do Beliche a disfrutar del panorama de los acantilados y el mar turquesa y divisamos el faro desde una excelente perspectiva. Luego seguimos a Sagres.

Sagres es una ciudad un poco más turística que las que venimos atravesando en Portugal en bicicleta. Representa la puerta de bienvenida a otros enclaves urbanos en los que se dan cita los viajeros cada vez con más afluencia. Por sus calles, empedradas, pasean plácidamente los visitantes.

En uno de los vértices de la ciudad está la antigua fortaleza del siglo XV donde funcionó una escuela de navegantes.

Desde Sagres, un poco en reversa, pasamos por Vila de Obispo. Esta ciudad tiene un mercado nutrido, sobre todo de crustáceos y frutos marinos. Sin embargo no faltan otras delicatessens, así que hicimos una parada obligatoria para reponer la dotación de dátiles y frutos secos.

A continuación seguimos en su mayoría la ruta asfaltada nacional 125. Es una ruta bastante tranquila para pedalear, al menos en invierno. Antes de llegar a Lagos por esta carretera tomamos un desvío para acercanos a la costa y pedaleamos bordeando Praia da Luz hasta Lagos donde establecimos nuestro campamento en Trinidade. Viene muy bien este lugar ya que está cerca de las Playas de Dona Ana y al mismo tiempo del Fuerte y el Casco Viejo.

Llegamos con tiempo para salir a pasear con las luces del día. Caminamos con nuestro infaltable mate por el Paseo Fluvial que comienza en la fortaleza Ponta da Bandeira e ingresamos al Casco Viejo a través de las murallas de la Praça Infante Dom Henrique.

En el centro de Lagos se mezclan antiguos palacetes renacentistas y con iglesias recargadas de barroco, calles bulliciosas de bares y restaurantes y varias góndolas con coloridos souvenirs.

A la caída de la tarde y con una hermosa luna reflejada en mar, anduvimos sobre los acantilados de la Ponta da Piedade y las praias de Dona Ana y Pinhao. Todo muy recomendable e idílico.

8va etapa: Lagos a Armação de Pêra, ambiente pesquero y reservas de aves

Tanto en esta etapa de Portugal en bicicleta como en anteriores también, vamos eligiendo las mejores variantes para no sofocar a nuestras ruedas. Sobre todo a las mías que, si bien tienen un poco de relieve, son angostas. En toda la ruta por Portugal hemos encontrado muchos tramos muy arenosos. Imposibles de ciclar, para las ruedas de Iñaki que son más gruesas, igual. Imposible. Por eso vamos eligiendo prudentemente los caminos. Para no tener que volver atrás. Muchas veces corremos el riesgo de elegir el «camino ancho» o de tierra, si vemos que no son muchos kilómetros y que, en todo caso, podremos avanzar caminando y empujando las bicis. A veces esto también se pone muy pesado.

Lo más destacable de esta etapa es la reserva de aves que se forma en el estuario del río Alvor, donde un extenso arenal constituye una marisma impresionante convertida en reserva natural. Nos detuvimos un rato a observar un millar de flamencos que conformaban manchones blanquecinos en medio del agua o sobre los islotes. Un lugar lleno de vegetación autóctona, muy agradable.

Otras de las atracciones del día es el Puerto de Portimão, una ciudad que supo ser el centro pesquero más importante de la región y que aún conserva su ambiente marinero. En esta ciudad hay un pequeño pero interesante museo.

Saliendo de Portimão hay que cruzar un puente sobre el río Ardae. A partir de allí se puede escoger una variante que va por el interior, por São Bartolomeu de Messines y la Ecovía del Litoral. Nosotros elegimos seguir por la costa y paramos un momento más a apreciar las encantadoras vistas de Ferragudo, una aldea bella, que en invierno se nota tranquila y que conserva su fisonomía auténtica y tradicional.

Acampamos en Armação de Pêra para retomar al día siguiente hacia Albufeira que es una ciudad un poco más grande. En Armação hay una pequeña fortaleza. Es una ciudad que se llena de turistas en verano. Sin embargo en invierno no había casi nadie; cerca del camping tampoco hay comercios y tuvimos que salir un poco por la carretera para comprar vituallas para la cena.

9na etapa: Armação de Pêra a Faro, capital de la región

Al final Albufeira no era ni tan grande ni tan complicada como lo hacía suponer la guía que seguimos. Es una ciudad amplia, extendida y con desniveles para visitar el centro que se encuentra en la parte alta subiendo de la Praia dos Pescadores. Sin embargo, aunque hay escaleras, puede hacerse bien. Este fue nuestro primer objetivo saliendo de Armação.

Albufeira es bastante dinámica y concurrida y, entre las antiguas construcciones blancas y las iglesias, se erigen edificios y viviendas modernas. Hay muchos comercios de distinta índole por toda la ciudad y muchos bares y restaurantes. Los más atractivos, están sobre las playas y a la vera del malecón costero.

Salir de la ciudad es más enrevesado que entrar a ella. Como está construida en dos niveles, la ruta señalada parecía querer ir por la costa, pero la intuición, y de hecho la carretera, se iban por la parte alta de la ciudad. Seguimos varias ciclovías que continuaban por las calles en flechas azules y después terminaban en nada. Al final logramos salir y fuimos en dirección Olhos de Agua.

Desde Olhos de Agua hasta Vilamoura, los caminos alternativos están cercados por acantilados y campos de golf. Es una zona tranquila, entre verde y playa, y hay varias ciclovías que podemos ir tomando, sobre todo si vamos hacia el norte y cruzamos la Ribeira da Quarteira. Esto hicimos, para de paso, asegurarnos más caminos asfaltados.

En Quarteira circulamos por la costa. Es un pueblo de orígenes pesqueros aunque se nota la afluencia turística. La calle principal corre paralela a la costa y si continuamos por ella, hay una seguidilla infinita de playas.

Subiendo hacia el norte, entre rotondas, buscamos la ruta asfaltada hacia Faro. No es de lo más bonito pero para nosotros resultó lo más cómodo ya que, las demás rutas se cortan con tramos de arena o tierra donde hay que empujar. Llegamos lo más bien a Faro y alquilamos una casita en pleno centro.

Fue una casa muy cómoda donde encontramos más de lo necesario, ingredientes y condimentos, velas y sahumerios, productos de limpieza, y pudimos lavar la ropa que se secó perfectamente bien en una ventilada terraza. Esta casa, la casa de Ana, en Faro, lo tenía todo. No podía ser mejor.

10ma etapa: Faro a Vila Real de Santo António, la última de Portugal en bicicleta

Empezamos la jornada saliendo a recorrer la ciudad de Faro, capital de la región. Es una ciudad amurallada que sufrió conquistas romanas, arábigas y asaltos de corsarios. A pesar de su historia cosmopolita, conserva la vida tradicional y autenticidad ya que, al no estar sobre el mar, ha logrado escapar a la vorágine del turismo.

El Casco Viejo es interesante. A través de la Puerta Nova de las murallas, ingresamos a la plaza Largo do Sé donde se distribuyen los atractivos edificios del Palacio Episcopal con su seminario y, junto a él, la catedral con aspecto de castillo. Si damos la vuelta a este conjunto llegaremos a la Plaza Dom Alfonso III donde hay un convento del siglo XVI que sobrevivió a los terremotos.

Volvemos a la carretera bordeando la costa de Faro y el Parque Natural da Ria Formosa . Hay marismas y reserva de aves. Avanzamos hasta Olhão donde aprovechamos su bullicioso mercado para abastecernos de vituallas y delicatessens para nuestro habitual desayuno tardío.

El recorrido que elegimos para este día va fundamentalmente por la ribera. Además de las marismas y reservas de aves, se aprecian grandes salinas y praias de mar tranquilo ya que, las costas, están aisladas del océano Atlántico por la Ría Formosa.

Pasamos por Tavira, una ciudad cortada en dos por el río Gilão. Hay varios puentes para enlazar ambas márgenes, algunos de ellos muy antiguos, de la época romana. Entramos al Casco Viejo por la Puerta de Dom Manuel y damos una vuelta por la Praça República.

Retomamos la ruta, haciendo un tramo por la nacional 125 que sigue tranquila y entramos a Cacela Velha a comer algo. Este pequeño pueblito de pescadores con sus típicas casas claras de postigos azules, tiene un encanto especial y unas vistas sobrecogedoras sobre la playa. Desde allí hacemos el último tramo del día con el alma plena, el estómago lleno y el corazón contento, hasta el camping Monte Gordo donde pernoctamos.

11va etapa: Vila Real de Santo António a Huelva, marismas y vías verdes

Salimos del camping en Monte Gordo y nos fuimos primero a visitar la última ciudad del tramo Portugal en bicicleta: Vila Real de Santo António. Esta ciudad, después del terremoto, fue construida por el marqués de Pombal, siguiendo el patrón de Baixa de Lisboa, por eso las calles son completamente rectas y confluyen en una plaza central con un obelisco. Una ciudad diseñada arquitectónicamente en cuya ribera se destacan algunas mansiones de estilo colonial.

Para salir de Vila Real de Santo António tenemos que tomar un ferry y cruzar el río Guadiana hacia la población andaluza de Ayamonte. Desde aquí podemos seguir por la costa hasta la Isla Cristina o tomar la Vía Verde del Litoral que va más al interior por carril bici y bordeando las marismas. Empezamos por esta variante y pasando el Molino mareal (funciona con las mareas) bajamos hacia la costa para seguir bordeando las playas por la ruta 5054. Estuvo bien. Al no ser verano, no hay tanto tráfico.

Más adelante pasamos por La Antilla, un barrio de barcas y pescadores ahora con algunas construcciones para el turismo y buscamos salir nuevamente por asfalto hacia Lepe ya que, por la costa hay muchos tramos arenosos difíciles de ciclar. Intentamos, pero tuvimos varias patinadas y caídas así que regresamos al cemento.

Nos dimos una vuelta por Cartaya y su castillo de los Zúñiga. Una construcción del siglo XV con varias torres y una decorada puerta en estilo mudéjar.

Encaramos a Aljaraque siguiendo un canal. Tuvimos que hacer algo de este camino en reversa ya que, el canal, es ciclable por ambos lados sólo al principio. Luego, sólo por la derecha. Es importante comenzar a bordear este canal por la derecha si no se quiere terminar como nosotros en un predio privado donde hay una especia de clínica terapéutica.

Una vez en Aljaraque buscamos el carril bici que nos lleva sin pierde hasta Huelva. Tiene algunos desvíos, por otros carriles bici, por eso es importante prestar atención para no desviarnos por la carretera del Espigón ya que por ahí, no es. Hay que subir sobre la izquierda, todo por ciclopista que discurre cerca de la ruta principal, y cruzar el río Odiel.

Llegando a Huelva, el carril bici nos traslada junto a las marismas del Odiel hasta el muelle del Tinto. Llegamos de noche, así que nos alojamos en un hotel del centro y salimos a caminar un poco por la ciudad dormida. Al día siguiente la recorreríamos de día.

12va etapa: Huelva a El Rocío

Huelva es una ciudad agradable y amable con las bicis. Hay varios carriles para circular pedaleando.

De día, las calles se llenaron de gente, las innumerables peatonales estaban concurridas. Aprovechamos que ya estaban los comercios abiertos para abastecer alimentos y dimos una vuelta por lo más emblemático de esta ciudad cuyo corazón central es la llamada Plaza de las Monjas.

Pasamos por la casa de Colón, hoy un hotel, y por el enorme monumento en su honor. Cristóbal Colón está muy presente en Huelva donde reunió a la tripulación para zarpar desde el Puerto de Palos, supuestamente ubicado en cercanías de estas costas.

Luego salimos fácilmente de la ciudad por carriles bici escoltados de dunas fósiles y respirando el aroma delicioso de los pinos. Nos vamos hacia el Parque Natural Doñana, dejando atrás las playas vírgenes de la costa andaluza.

El primer carril bici que tomamos sigue el Paseo Fluvial y cruza pasarelas sobreelevadas de madera. Lo cómodo y bonito acaba cuando debemos sortear el puente sobre el río Tinto. Es un puente largo, lleno de tráfico de camiones que circulan rápido. A pesar de la temeridad de esos motores raudos, tuvimos que pasarlo. No encontramos otra variante. Lo logramos exitosamente.

Terminado el puente, seguimos la indicación de la guía, por la derecha, nos metimos en un lugar que evidentemente no era, pero pegamos la vuelta enseguida y tomamos la carretera. Luego vimos que, paralelo a la ruta nacional 442, iba un carril bici. Nos metimos para circular por allí y lo seguimos con placer un buen rato hasta que se puso feo de pozos y tierrilla y decidimos retomar por la ruta.

Seguimos por la carretera hasta Matalascañas, un lugar soñado. Allí bajamos a hacer un picnic en un lugar ideal sobre el mar. El camino nos ofreció justo lo que deseábamos, una especie de kiosko o pérgola con una mesa y bancas de cara al mar con todo su horizonte disponible a nuestras miradas. Mejor no pudo ser.

Acampamos en El Rocío. Allí también hay lagunas, marismas, muchas aves. Anduvimos contemplando el Paseo Marismeño antes de alejarnos al camping. Desde la vera de la laguna enceguece la blancura de la ciudad y se destaca un curioso santuario, blanco también, cuya cúpula es una pirámide de intercalados arcos abiertos.

El pueblo encandila de tanta blancura. Parece de película. Una especie de Comala de Pedro Páramo. Anchas calles desiertas de arena y soledad y construcciones enormes de cofradías misteriosas por todas partes. Es algo diferente a todo lo que venimos viendo. Y está allí. En invierno, al menos, mudo y cerrado por completo. Apenas un par de mercados donde comprar comida y donde había gente que no sé de dónde salió o dónde se metieron después porque de verdad que, las insólitas construcciones de la ciudad sólo parecían habitadas por fantasmas.

13va etapa: El Rocío a Sevilla, ¡misión cumplida!

Hemos llegado al destino de la travesía. ¡Misión cumplida! Exitosamente. Con alegría. Ricos de experiencia y también de nuevos sabores. Con mucho más de lo que partimos en nuestra alma, en nuestra mente y en nuestro corazón. Con lo aprendido y lo compartido. Super alimentados y nutridos de cada palmo del camino y lo que, al ritmo acompasado de la bici, pudimos ir llevándonos de él. De sus arboledas, olores, playas, dunas, acantilados, voces, pájaros y todo eso conjugado con nuestra música, con nuestras canciones, con las eternas charlas con Iñaki y los silencios necesarios en los que cada uno navega.

La ruta desde El Rocío a Sevilla es plana. Una planura llena de nostalgia. Nos alegra, claro, alcanzar el objetivo. Pero no nos alienta suponer un final. Por eso inmediata y espontáneamente, empezamos a soñar con otros caminos. Total no cuesta nada. Nos reconforta saber que la lista que sigue es larga y hay ilusión en nuestras vidas.

Desde el Rocío seguimos la carretera de la fresa. Es cómoda y, como su denominación lo hace sospechar, son kilómetros y kilómetros de cultivos e invernaderos de frutillas.

Terminada esta ruta se siguen las indicaciones al Centro de Visitantes Valverde. Sigue siendo un trazado cómodo y tranquilo para pedalear y disfrutar de la charla, la música, y también delinear y compartir ideas, pensamientos y proyectos.

Pasamos por Puebla del Río y llegamos a Coria del Río donde está el embarcadero desde donde una balsa -«algo que flota» según Iñaki-, nos cruzará el Guadalquivir.

Seguimos pedaleando en dirección Sevilla. La gran ciudad se impone y empieza a haber más tráfico. Desviamos a un lateral y seguimos un poco por allí. Entrando por Bellavista encontramos ya carril bici y por este carril bici vamos sin problemas hasta el Casco Viejo de Sevilla.

Nos encanta. Nos encandila con sus luces. El Guadalquivir y sus puentes. Los frentes enormes barrocos. Mudéjar. Los bulevares. Las fuentes. La alegría de haber llegado. ¡Lo hicimos!

Hemos alquilado un precioso departamento y nos quedaremos un par de días para recorrer un poco más la capital andaluza.

Tenemos mucha suerte. Damos vuelta buscando un tablao flamenco y el tablao y las bailaoras zapatean a nuestro paso.

Hacer Portugal en bicicleta, el Algarve, la Costa Vicentina y más, y más, ¡hasta Sevilla! fue fabuloso. Todo. GRACIAS.

Lisboa (día 7)

Aprovechando la última jornada para recorrer algunos sitios más de Lisboa.

Volvimos a la Plaza de Comercio, bajando a pie junto al funicular antiguo de Bika, pasamos por Cais de Sodre pero antes hicimos una incursión por el Mercado de la Ribera, renovado, con sus puestos de ventas de frutas y verduras y un amplio comedor repleto de huéspedes y platillos. La explanada de la Plaza de Comercio o Paço do rey es tan amplia como acogedora, con ese aire marino que le da tener como flanco la costa. Nos sentamos cerca del mar.

Caminamos por la Avenida Liberdade, pasando una vez por Rossio con su estación decimonónica y su teatro manuelino, y llegamos a la estatua enorme del Marques de Pombal. Luego anduvimos por los Parques Eduardo VII y Amalia Rodrigues y continuamos hasta el Museo y Jardines  de la fundación Calouste Gulbenkian. Todos los parques son enormes extensiones de verde y arboledas pero el Gulbenkian se destaca por su frondosidad, por sus rincones acogidos de sombra y pequeños estanques.

Luego ya llegaba la hora de partir así que encaramos en Metro hacia la Estación Oriente. Tomamos el metro cerca de Gulbenkian, en la estación Sao Sebastiao hasta Oriente. Usamos la misma tarjeta Viva Viagem que cargamos con un viaje de metro por poco más de 1 euro.

La estación Oriente es desorganizada y caótica, nada está indicado y es un quilombo adivinar cuál será el andén de salida. Todos los autobuses paran en el exterior, en carriles con paradas sin nombres ni indicaciones. La terminal es metálica, fría, ruidosa y fea. Dimos algunas vueltas tratando de buscar información para nuestra parada, finalmente seguimos a un Flixbus que justo llegaba de otro viaje y con su chofer logramos enterarnos de que todos los Flixbus paraban en ese mismo lugar. Hubo confusión entre la gente que viajaba todo el tiempo. No está claro de dónde sale el bus ni cuál es el que hay que tomar. Apenas hay unos calcos adhesivos verdes de 1 por 5 cm pegadas en lo alto del poste de parada del bus que dicen Flixbus. Para nosotros que hablamos castellano, entendemos portugués y somos viajados, fue más fácil pero para los extranjeros de otros lugares o gente con poca experiencia viajera, se los notaba perdidos, inseguros.

Finalmente viajamos bien. Acabó esta semanita en el país Luso que nos sorprendió positivamente en muchos aspectos, sus ciudades llenas de encanto, color, música, su pueblo solícito y agradable, sus vinos suaves y sabrosos, su universidad antigua, sus castillos suntuosos y vegetación exótica y exuberante, su costa de roca, recovecos y agua helada, contrastando con toda la calidez antes mencionada.

Cascais y Estoril (día 6)

Cascais es un pueblo con mar. Son las playas recomendadas cercanas a Lisboa. Para llegar hasta allí, desde Lisboa se puede tomar el tren Linha Cascais desde la estación de Cais Sodré. Se puede usar la misma tarjeta Viva Viagem que se usa para ir a Sintra, sólo hay que cargar, en las máquinas de la estación, los boletos de ida y vuelta; cuestan 4.50. La máquina da vuelto. El viaje dura menos de una hora.

Cascais está resguarda por un fuerte bien conservado, es un antiguo puerto de pescadores, y fue guarida veraniega de los reyes hasta el siglo pasado. Por estas razones ofrece al visitante varios puntos a visitar, el faro que daba señal a los botes a su entrada o salida del río Tajo, y los palacios y quintas donde pasaban algunos meses los nobles. También se pueden hacer agradables paseos. Uno de ellos hasta la Boca do Inferno, una entrada rebelde de agua por piedras erosionadas durante milenios. Es una vista fabulosa y vertiginosa desde los bordes del acantilado actualmente asegurados por vallas que protegen a los visitantes. Entre el agua, la roca erosionada, desflecada por las incansables mareas. Se puede caminar hasta este punto de Boca do Inferno desde el centro de Cascais siguiendo la costa por un malecón que bordea las onda costanera. Las playas están en sentido contrario así que si queremos disfrutar de un baño de mar tranquilo -y muy fresco- y retozar un poco en la arena, debemos volver sobre nuestros pasos y luego elegir entre alguna de las bahías. Son playas de arena, pequeñas. El mar es muy calmo, transparente, y al menos en esta oportunidad en que visitamos Cascais, helado.

Desde Cascais caminamos siguiendo las playas hasta Estoril, tres kilómetros y medio; es la estación de tren siguiente yendo hacia Lisboa. Estoril es moderno y turístico, sin embargo allí existen pueblos históricos y cuatro antiguas grutas artificiales que se utilizaban como necrópolis en el periodo neolítico hace más de 5.000 años. Actualmente Estoril es una ciudad elegante, ordenada, de excelsos jardines. Ni bien llegamos se destaca el Casino que cobró fama al ser escenario de una película de James Bond de los años 70 «Al servicio secreto de Su Majestad». La ciudad lleva largo tiempo asociada a los ricos y famosos de Europa, muchos de los cuales se ven atraídos por el glamour de imponente casino donde se presentan fastuosos espectáculos. Durante la II Guerra Mundial, el casino fue un refugio para los espías que llevaban a cabo negociaciones secretas y vigilancia encubierta, actividades que fueron la inspiración del primer libro de Ian Fleming, Casino Royale.

Sintra (día 5)

Para llegar a Sintra desde Lisboa se puede tomar el tren, la linha de Sintra, que parte desde la estación de Rossio. Son 27 km y el tren demora unos 45 minutos. Compramos la tarjeta Viva Viagem en al que se puede cargar dinero según las necesidades. La tarjeta la compramos en ventanilla, en la misma estación, y cuesta 50 centavos. El viaje ida y vuelta  Sintra cuesta unos 4 euros.

Desde Sintra hay unos autobuses de una compañía llamada Scottbus, que hacen recorridos por cercanías pero es un bus caro. Cuesta unos 10 euros para hacer un recorrido por lugares cercanos. La entrada a todos los palacios, jardines, castillos, también cuesta alrededor de 10 euros, algunos como el de Pena, más, casi 20 euros si se quiere visitar el interior y los jardines.

Nosotros pasamos por todos los castillos y palacios pero sin pagar, o sea sin entrar, pero como Sintra es una sierra, es muy fácil, además de hermoso, caminar de un edificio a otro por un bosque exuberante lleno de matas de flores exóticas. Desde cada ladera o colina se pueden apreciar los frentes, muros, y torres de palacios y castillos.

Caminar por Sintra y su Parque Protegido es una hermosura! Hay cientos de senderos por bosques de robles-cerquiños, de álamos o acacias, el verde lo cubre todo. Lord Byron aseguró que Sintra era el lugar más bello del mundo. Da gusto visitarlo, y es aconsejable ir con tiempo ya que, así como en cada esquina de las ciudades portuguesas se abre un abanico de rincones por descubrir, en cada recodo del bosque de la sierra de Sintra, en cada crurva en la ladera, se divisan las torres de un nuevo palacio o castillo.

Los más tradicionales son el Castillo dos Mouros construido en el siglo VIII Y IX por los árabes. Este castillo está  en lo más alto de la sierra rodeado de murallas. En otra de las cumbres está el Palacio da Pena, construido en el siglo XIX por Fernando de Sajonia-Coburgo, rey consorte de Maria II. Es muy llamativo, colorido, desde afuera, rojo y amarillo, de estilo ecléctico. Dentro de este palacio hay vestigios del Convento de los Jerónimos sobre el que fue edificado.

Uno de los palacios que más nos llamó la atención por sus torres llenas de molduras, arabescos, decoración, y torres erigidas como agujas enigmáticas, fue la Quinta da Regadeira. Esta quinta y palacio conocida también con el nombre de Palacio de Monteiro dos milhoes es patrimonio de la Unesco y fue diseñado por su propietarios con ayuda del arquitecto italiano Luigi Manini. En medio de un bosque el edificio esconde significados relacionados con la alquimia, la masoneria, los templarios y la rosacruz. La quinta está modelada por construcciones que evocan la arquitectura románica, gótica, renacentista y manuelina.

Caminamos hasta allí, pasando por otra residencia morisca, ahora abandonada y cerrada, y luego de la Quinta da Regadeira fuimos hasta el Palacio Sete Cais que actualmente es un hotel.

Sintra fue el lugar de residencia veraniega de los reyes de Portugal desde hace más 600 años, y por eso en el centro de la ciudad, entre un laberinto de calles empedradas también se alza el Palacio Real.

Lisboa (día 4)

Si antes pensé que Porto era inagotable tan repleta de rincones a descubrir, no menos puedo decir de Lisboa! Lisboa sorprende en cada esquina. No sólo callejas de adoquín y frentes con azulejos sino que cuadra a cuadra se despliegan ante nuestros ojos monumentos de todos los tiempos y estilos. El estilo decimonónico, el art nouveau, los murallones del medioevo, el arco de medio punto, la influencia mudejar en ojivas y recortes de columnas o ventanas. Color, monumento, parques, plazas enormes y gente amable. Muchas antigüedades, mucha literatura viva.

Nos dejamos llevar sin mucha exigencia de un plan determinado. Es difícil, caminando por Lisboa, intentar unir un punto a otro premeditadamente porque seguro que en medio se nos cruzará algo que llamará nuestra atención y luego otra cosa, y entonces perderemos el hilo de cualquier itinerario planeado.

Hay desnivel, calles que suben y bajan de las colinas sobre las que se explaya la ciudad capital. En algunas de ellas como la Calçada da Gloria, existe el funicular, en otras podemos encontrar escalera mecánica, vías de carris (tranvías), escaleras de piedra, o empedrado, y elevadores, como el de Santa Justa, al que se accede por un puente rodeado de alambre tejido en el que se atan cientos de candados y cintas, promesas de enamorados.

Se puede recorrer en carris, los tranvías, en tuktuks que ofrecen paseos para turistas continuamente, en otros carritos y trencitos. Al igual que Porto, Lisboa es una ciudad muy visitada por turistas de todas partes. Este día seguimos recorriendo a pie, para mí, dentro de una ciudad, es la mejor manera de no perderse nada.

Pasamos por la tradicional cafetería La Brasileira, reducto de poetas y escritores de todos los tiempos, antes y ahora, por las calzadas donde uno tras otro se yerguen edificios de bibliotecas, ventas de antigüedades, casas de modas vintage. Hay artistas callejeros, pintores, ferias, artesanos. Abunda el color entre las mayólicas y las ventanas con ropa tendida. La gente es amable, sonríe, es solícita para indicar, aun cuando uno no pregunta, y los precios son accesibles.

Descansamos en la Plaza de la Alegría, un reducto de paz a la sombra de una enorme conífera achaparrada, caminamos por Rossio, pasamos por el Teatro Dona Maria, subimos al Castillo de San Jorge, a la Sé Catedral, y bajamos por Alfama, el barrio del tradicional fado hacia la Plaza de Comercio junto al mar. Esta última, fue reconstruida después del terremoto de 1755, los edificios que la rodean son de estilo neoclásico, es una plaza enorme, muchos aún la denominan Terreiro do Paço porque se encuentra sobre los terrenos que ocupaba el antiguo palacio real.

El Castillo de San Jorge se eleva sobre la colina primigenia de Olisipo, los cimientos son visigodos del siglo V, luego fue remodelado por los árabes en el IX y resontruido por Alfonso desde 1147 hasta el siglo XI. Desde estas alturas las vistas del Mar de Paja y el estuario del río Tajo, son preciosas.

La Catedral de Lisboa, Sé, tal como la de Oporto es de austeros muros románicos con aspecto de fortaleza y macizas torres gemelas.

 

Coimbra (día 3)

La ciudad de Coimbra es la ciudad universitaria por excelencia de Portugal. Aquí se encuentra una de las universidades más antiguas de Europa, fundada en 1290. Está sobre una colina y se accede a ella por diversos callejones de empedrado jalonados de frentes de todas las épocas y unas cuantas iglesias.

La ciudad de Coimbra fue la capital del reino de Portugal y por eso sus edificios tales como la Catedral son de gran porte y similar ostentación que los que encontraremos en Lisboa o Porto.

Coimbra está a 118 km de Oporto, y se puede llegar a ella en tren o en bus. Los buses Rede Expresso salen desde la Rodoviaria 24 de agosto, tardan una hora y diez miutos y cuestan 11.90 euros. Los trenes salen desde Santa Polonia y el Intercidade cuesta 13.60.

Luego desde Coimbra tenemos buses a Lisboa cada hora por 14 euros, y trenes por cerca de 20 euros.

Caminamos desde la Rodoviaria de Coimbra hasta el centro siguiendo la Avenida Magalhaes, frente a la rodoviaria. En un momento veremos el río Mondego, y hacia la dirección contraria la entrada a los callejones por los que accederemos a la legendaria ciudad universitaria.

Oporto (día 2)

Intensa caminata por las inagotables calles y puentes de Porto.

Salimos desde nuestro departamento en la Rua da Alegria y a pocos metros pasamos por el Teatro Helena Sá e Costa. Luego tomamos la Rua Santa Catarina, pasamos la Capela das Almas y cerca del Mecado do Bolhao nos compramos unos panes artesanales, tradicionales, riquísimos! de milhojas y con sabroso relleno de frutas, dulces, y cubiertos con escamas de almendras, delicias! y buen precio! A pocos metros, por esta calle peatonal, de frentes azulejados que obligan a detenerse a admirar a cada paso, hicimos un nuevo stop, en el famoso café Majestic, hermosa arquitectura, estilo art nouveau, vitrales y ornamentación. Subimos por la parte alta de la Fortaleza al Puente Luiz I y cruzamos a Vila Nova de Gaia donde se encuentran las antiguas y renombradas bodegas de Oporto. Caminamos por el malecón e hicimos nuestro pic-nic de mediodía con una vista privilegiada del Douro y las casitas de la otra margen más los continuos barcos haciendo sus paseos. Volvimos a cruzar por el Puente Luiz I, pero esta vez por la parte baja. Este puente es Patrimonio de la Humanidad y fue diseñado por un discípulo de Eiffel, construido en 1886.

Caminamos un buen rato más por Porto, fuimos a la Catedral, a la Igreja Santo Idelfonso, a San Francisco, entramos en la Santa Clara de increíbles retablos y plafonds barrocos dorados. Pasamos otra vez por San Bento, por el Mercado Ferreira Borges y por el Museu Igreja da Misericordia. Volvimos a la Torre dos Clerigos y cruzando un parque cerca de ella pasamos por la librería Lello & Irmao donde había una multitud esperando en la cola para entrar. Luego caminamos tranquilamente a casa.

Seguramente hemos visto y puede verse más de lo comentado en estos posts. Porto parece ser una ciudad repleta de rincones a descubrir, da para mucho y da gusto andar y perderse en sus callecitas, con sus frentes de mayólicas de todos los tiempos, viejos y tal como fueron hacen siglos, o renovados. Además, la gente, es amable, y en estos dos días, varias personas se han acercado a hablar con nosotros y hacernos comentarios aún cuando no les hemos preguntado nada. Se ve que les da gusto, quieren platicar.

Oporto (día 1)

Llegamos a Oporto o Porto, directo desde Bilbao en el Flixbus. Hay pasajes desde 10 euros si se saca con bastante antelación. El nuestro lo conseguimos a 14.99. El Flixbus sale de San Mamés, a medianoche, y es un autobús cómodo aunque no demasiado espacioso, pero los asientos son confortables, tiene wi-fi libre y que funciona bien, baño, enchufe y los conductores son amables. Se compra por internet y basta tener el código QR para subirse. Viajamos durante la noche, en la mañana, temprano, amanecimos en el Garagem Atlantico de Porto.

Desde el Garagem Atlantico iniciamos nuestro paseo. Caminamos por Praça da Batalha y Avenida da Libertade, enseguida nos atrae la mirada los frentes azulejados, típicos de Portugal. Mayólicas con distintos motivos de arabescos, flores, pájaros, barcos. A nuestro paso se interpone, omnipresente, la Torre dos Clérigos desafiando la gravedad. Construida en 1745 sobre una de las colinas más altas del centro. Es de estilo barroco y tiene 76 metros de altura que se pueden subir por 225 escalones; frente a ella la rua das Carmelitas donde se encuentra la famosa librería Lello & irmao, con su fachada inspirada en arcos ojivales y una llamativa ornamentación interior que incluye un puente. Pasamos por la catedral, Sé, románica y austera, se impone más como una fortificación que como un claustro de espiritualidad, sólo la ornamentación de una roseta, le da un aire de iluminación. Descansamos un poco con un mate mañanero en el Parque Cordoaria. Muy cerca de allí vimos la estación de Sao Bento, con escenas históricas pintadas en azulejos y construida sobre un antiguo convento. Seguimos caminando hacia la Praça Mouzinho de Albuquerque en la que destaca una torre alta en cuya cúspide un león atrapa a un águila, por una de sus diagonales llegamos a Casa da Musica y a pocos metros al Concierge Porto que es una especia de inmobiliaria turística a la que habíamos accedido por internet (booking, airbnb) para alquilar un apartamento por 15 euros por días por persona. En la oficina del Concierge Porto pudimos ir al baño, cargar agua, dejar nuestra mochilas. El personal fue muy amable y solícito a informar de todo lo necesario.

Seguimos paseando sin las mochilas, pasamos por el Jardín Botánico y luego bajamos al Douro, el río, cerca de su salida al mar. Muy buenas vistas de ambas márgenes. Caminamos por la costa del río, en dirección al centro, subiendo por la Alfandenga amurallada e hicimos nuestros pic-nic de almuerzo.

Por la tarde recogimos las mochilas y las llaves del departamento. Se encuentra en la Rua de Alegria, en el barrio Bonfin. Se puede manejar en Metro pero caminamos para conocer mejor la ciudad. Es una linda ciudad y hay bastante para ver por todos lados.

El departamento está bien, limpio y cómodo con una habitación con cama de dos plazas y un sofá cama extra y una sala comedor con otro sofá cama de dos plazas. Hay cocina equipada con todo, baño igual equipado, sábanas, toallas, artículos de limpieza y nos dejan de regalo una botella de vino local de regalo. En el barrio hay varios supermercados con excelentes precios para abastecer el refrigerador y aprovechar el menage de cocina.