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La casa con ruedas


Porque en definitiva lo que todos buscamos es “el aleph”, ese sitio de reunión de todos los puntos, de todas las direcciones posibles, esa zona de unión entre el pasado y el impredecible futuro, esa iluminación que nos ama y a su vez nos despoja, esa comprensión de que en nosotros se opera una síntesis o esa mirada que a su vez nos desnuda y nos viste, ese paisaje que contiene todos los paisajes, la montaña y el mar, los llanos y los ariscos pedregales. Ese “aleph” que es la pérdida y la total ganancia y donde las palabras llegan desnudas a su dura patria inmóvil. Recién nacidas llegan.
Porque todos somos espíritus errantes, pero algunos llegan a ese lugar, a esa casa, a esa región donde alguien o algo nos mira con amor y con piedad. Puede ser una persona o una piedra, un ángel, una estrella, puede ser a la vez todas esas cosas juntas, puede ser un niño, puede ser un corazón en ruinas, puede ser la muerte pero también puede ser el fugaz paso de Dios, la cercanía del conocimiento.
Porque nos hemos detenido en nosotros mismos y paleamos todos los días una montaña de basura y escupimos en las manos de los que dicen amarnos y no nos atrevemos a nombrar el amor y mucho menos la libertad, porque son en nosotros la parodia de lo que no quisimos perder y vendimos al mejor postor. Viajeros grises de los mercados, sacudiendo al amanecer las cenizas viejas del tabaco o el tedio.
Porque ejercimos la seducción de la palabra y después abandonamos al otro en mitad del charco de sangre, repartimos soledad y desesperanza, miedo y cobardía. Porque fuimos más claros pero a su vez más crueles, más enteros pero a su vez más frágiles, más habitados pero a su vez más desesperadamente solos.
Y porque debe haber algún sitio que se ilumine al atardecer, yo le he puesto ruedas a mi casa.
No sé si encontraré el “aleph”, pero por lo menos lo buscaré.
No sé si algún día decidiré que puedo cambiarlo por un pequeño amor inmóvil, mísero y lastimado, la aceptación resignada de que toda redención viene en parcelas menguadas y frágiles y que el dolor será mi copiloto.
Pero yo le he puesto ruedas a mi casa. Sigo el impulso más antiguo del mundo. Vivir es navegar. Todo movimiento es acechanza, pero también misterio y promesa.
Ya nadie me busca. Yo busco. La casa de desplaza y todo lo que soy y lo que tengo se desplaza con ella.
Algo. Alguien, en algún lugar, espera. Tengo que llegar con mi casa entera, como una rama encendida.
Por eso le he puesto ruedas. 31 de octubre de 2009. Un rato antes de perderme en la niebla.

Preparativos la casa con ruedas










Mañana es el día de largada. No hay horario. Debo recordarme la tranquilidad. Nada me presiona. No tengo que llegar al aeropuerto ni tres ni dos horas antes, ni tomar un autobús. Ahí está el camino. Las rutas, los entronques, los desvíos, el paisaje. Me gusta ver cómo cambia el paisaje a través de la ventana. Me gustan los matices y los contrastes cuando no son estáticos y aunque se repitan de vez en cuando, constantemente se renuevan como en un caleidoscopio.
El auto es la casa con ruedas. Estuve ambientando el habitáculo con aquellas cosas sencillas que vengo recogiendo desde hace muchos años en diferentes lugares del mundo. No viajo sola. Ahí el turquito Hassan, la familia de Coco, Pinochio, el duende del árbol, la virgencita de la Noni, el espíritu de Michel, y sobre todo, todas las buenas ondas de ustedes que me acompañan con el pensamiento. Demás está recordarles, que si en algún momento de lo que dure esta travesía alguien quisiera acompañar además con su presencia, Don Bombo le hará un hueco.
Así está quedando la cosa a pocas horas de dar arranque.

La burbuja colorada

(foto: Playa Azul, Michoacán, México. Ahora tengo otra patente)
Les presento a la burbuja colorada revolucionaria. Con ella partiré de Guanajuato, México, con rumbo al sur y sin destino fijo. La intención es llegar a San Pedro, Argentina. ¿Se la bancará?
Cada vez falta menos, a veces es una fatalidad, en mi caso estoy llegando al borde de la alegría extrema. El 31 de octubre suelto amarras, despliego las velas, meto cambio y allá vamos, espero entender el lenguaje del viento.
Hoy se fue la burbuja al taller, a revisar todo, ruedas, dirección, alineación, balanceo, frenos, balatas, cambios y niveles de líquidos, aceites, lubricantes, grasas. La burbuja se estremece. ¿Qué me van a hacer? Al final se entrega como novata jovenzuela en el estilista y que le pongan los ruleros, la crema enjuague, le hagan el brushing. Después vendrá la decoración.
Puesto que durante meses será mi casa, necesito ambientar la cabina, vendrá lo típico de las que han sido alguna vez mis casas, colgarejos, cachivaches, máscaras, antifaces, campanitas, la bolsita con el pan y el puñado de sal. La bandera Argentina.
En breve pongo imágenes de la casa a estrenar y más noticias de cómo va todo. El viaje está empezando mi gente. Lo veo en los mapas desplegados sobre mi cama, en la mesa, en el piso. Por ahora las rutas son líneas más o menos delgadas, de diferentes colores y sinuosidad. Yo ya veo en ellas, deslizarse un puntito rojo.

Vaivén emigración (fragmento)

(Foto: Valle Sagrado de los Incas. Perú. 1995)
Delirio de circo ambulante que acuné en mi infancia pecando con el pensamiento anticonvencional, descalza en la adolescencia con un poema arrugado que invocaba libertad, libertad prohibida, a dedo en la incipiente juventud. Paz y amor libre. Pecando de hecho. Nómade para siempre. Asimilada ancestralmente a parajes donde hay un hueco despejado que me espera. Un escalón agrietado, una puerta desteñida encadenada, un árbol corvo tallado a la medida de mi espalda. Hallar las huellas del alba entre las cortinas, seguir su rastro hasta el ocaso, reconocer los ruidos de la noche, el crujir de las ramas, los vecinos nuevos, su manera de saludar y volver. Volver de vez en cuando para tocar a los nuestros, recuperar sus olores, el sonido de sus voces, adivinarles la edad del alma y partir. Otra vez. Ciudadanos del mundo. Aún sin nacer mis hijos mamaron la savia volátil indispensable para el vuelo. Aún sin caminar viajaron en mis hombros y escalaron montañas. Aprendieron mi lengua entre vocablos de lenguas indias y adoraron al mestizo. Gatearon entre las ruinas y gozaron de los despegues de aviones verdaderos. Tantos que ya no recuerdan. La caravana se detiene. La mochila aguarda vacía en el ropero, relaja las costuras firmes que resistieron kilómetros de andadas con cargas obesas, el polvo, las lluvias, las ratoneras de los hoteles baratos. Yo también me detengo. Sigo los pasos de mis hijos. Espero.

San Pedro, Argentina. A pocos meses del regreso de Barcelona. Año 2002.