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Cobán, GuateBonita-5 de noviembre-Después del ripio.







b






















Llegamos a Cobán. La burbuja se la re bancó. Un aplauso para la autita, mi autita colorada y femenina, una guerrera.
Anoche llovió toda la noche. Casi no pude dormir escuchando el repiqueteo constante de las gotas en el techo de chapa de la cochera, preguntándome qué va a pasar en el camino, qué va a pasar si se sigue empapando. La gente de la pensión de Galindo ya me había dicho que si seguía lloviendo por el Choro hay derrumbes y se cierra el paso y yo con ese autito que 4 por4 ni minga.
Cuando vi que era de día y el murmullo seguía azotando el techo en forma intermitente me levanté, me tomé unos mates y mientras miraba y miraba el mapa. El mapa no me decía nada. Podía regresar a Huehuetenango, deshacer el camino de ayer, el paisaje patagónico hacia atrás y volver a la zona baja de Chichicastenango, Panajachel, Lago Atitlán. La ruta larga. Miraba ese pedacito, una línea de menos de 4 o 5 cm que separaban Uspatán de Cobán. La ruta vista así, parecía nada. Una línea breve. Una línea hueca, significa sin pavimentar.
El mapa seguía sin pronunciar palabra. Sólo se escuchaba el sorbo largo, pensativo del mate y la música acompasada de la lluvia.
Vista desde afuera no parecía arreciar tanto. El sonido era engañoso. El cielo parecía clarear según mi deseo.
Encaré pa’l pueblo. Ahí están los que saben me dije. Los que manejan microbuses de Uspatán a Cobán tienen que cantarme la justa de cómo están las cosas. Buena onda total, solidaridad del camino. -Pasar, pasa.- me dijeron. -Ahí están las máquinas y la gente trabajando todo el rato. Agregan piedra al lodo para que se pueda pasar y pasar, pasa.
Se pusieron de acuerdo. Ellos están en comunicación entre las combis que salen cada hora u hora y media, cuando llenan, de Uspatán a Cobán.
-Usted no se preocupe. Nosotros nos comunicamos entre nosotros, y si el carrito se le queda, bajamos a toda la gente para que la empujen. Así que cargué y arranqué.
Iba lento. El ripio, al que acá le dicen terracería parecía fuerte, duro, firme y puntiagudo. Charcos y pozos. Yo estiraba el cogote, estudiando el terreno, eligiendo el surco que se presentaba mejor para tratarnos bien, la burbuja y yo. Así anduve por más de dos horas, sin dejar de prestar atención y sin dejar de cantar bajito mientras no dejaba de garuar.
Cuando ya calculaba que debía faltar poco -las combis me habían dicho que eran tres horas, aunque a mi paso yo había calculado que serían al menos cuatro- me topo con un cartel y el camino cerrado por piedras.
«Zona de derrumbes. No hay paso.»
Me quería matar. No había escapatoria. El camino estaba bloqueado.
En eso aparece un tipo en una camioneta blanca.
-Venga, si quiere me sigue, hay una vía de emergencia.
Y lo seguí.
Era un charquerío, un sendero. Gente, hombres y niños arrojaban canto rodado y rastrillaban sin descanso para afirmar una brecha por la pudiéramos pasar y pasamos!
Enlodados pero llegamos.
Acá estoy en Cobán. En la pensión de la Monja Blanca. Cuesta 75 quetzales, tengo una habitación bonita, amplia, da a un corredor con una hamaca y un jardín. Tiene Tv por cable, jarra de agua potable y Estela me dijo de cuál ducha sale más calentita el agua. Está lindo. Yo sigo contenta, agradecida de estar acá, agradecida de haber pasado esa línea breve del camino, la línea corta pero hueca, a pesar de la llovizna y el alud y los barros y de nuestra pequeñez insignificante en el planeta y de nuestra fuerza ínfima ante la naturaleza poderosa.
Cambió el paisaje otra vez. Otra vez se reverdece como esmeralda, se acaban los pinos y las coníferas resinosas y todo acá es de banana.
Ya comí pastel de banana, enpanada de banana y un pastelito de banana.
En el centro hay una señora que dice que vende empanadas argentinas. Tengo que ir a probarlas. Ya la saludé, me dijo que el dueño es un jugador de fútbol argentino que vive por acá.
El nombre de la pensión, la Monja Blanca, no se refiere a una monja en sí, es el nombre de una orquídea del lugar. Hay un viver, ahora voy a ver si me doy una vueltita.
La dueña de la pensión, Estela, estuvo en Argentina, la llevó su hijo. Se emocionó cuando le dije que era de allá y le brillaban los ojos cuando me hablaba del glaciar y las cataratas y del tango.
La burbuja a descansar, yo al ciber a contarles. Sigue lloviendo.
Como iba atrasada con las fotos van algunas de la llegada a GuateBonita. Hay de La Mesilla, la ciudad de la frontera, después hay de cuando crucé Huehuetenango, después de la ruta de ayer de Huehue a Uspatán y después de la ruta de hoy y la llegada a Cobán.
Abrazos a todos mis amigos!

4 de noviembre, de Comitán Domínguez, Chiapas, México a Uspatán, Guatemala por la ruta del Quiché y hacia la Alta Verapaz

Una ruta a-lu-ci-nan-te! A-LU-CI-NAN-TE, la palabra que me ha identificado en las travesías anteriores con el legendario equipo de tres. Todavía no la había pronunciado en soledad, hoy se me salió de la boca en voz alta.
Esta ruta, A-LU-CI-NAN-TE no es la más transitada por el turismo que normalmente va por la zona de Chichicastenando, Lago Atitlán, Panajachel, Antigua… y que es hermoso, pero teniendo en cuenta que hace menos de tres meses estuve en esa ruta y que implica pasar por la capital guatemalteca me mandé más arriba y como ya es costumbre, GuateBonita no deja de sorprenderme ofreciendo siempre un paisaje variado, rico y precioso.
El panorama cambió. Hace frío. No hay plátanos ni palmeras sino coníferas y bosques por lo que los duendes andaban de fiesta queriéndo saltar de las ventanas de la burbuja. En un momento paramos a tomar unos mates y a apreciar el murmullo de un río que nos saludaba desde abajo. Ahí fue donde me picaron unas hormigas coloradas. Volví a montar en la nave y me recomendaba tener cuidado, recordar que en América Central suele haber bichos raros. Imposible no salir picado, en este caso no es nada, unas rascadas entre el embrague y el freno. Por suerte mi única alergia comprobada es a la plancha de planchar e intuyo que al casamiento, pero esta segunda alternativa queda fuera de concurso por elección.
Esta mañana me di una vuelta por Comitán. Como ayer se me quedó sin baterías la cámara en el ciber no las pude subir. Lo intentaré ahora. Aquí no puedo titularlas, no sé si puede hacer, de todas formas, Comitán es la ciudad muy colorida y empedrada, el ambiente es diferente al de esta zona guatemalteca, quizás puedan reconocer.
Al cruzar a La Mesilla ya se nota una diferencia escenográfica, más banderines, más jolgorio, sin embargo la gente no cambia, los idiomas tampoco. Tantas lenguas. La radio durante todo el trayecto de la frontera transmite de forma bilngüe, sí, es realmente alucinante y lindo.
Después de la vuelta por Comitán, y los consabidos mates, preparé la salida y largué hacia la frontera de Ciudad Cuahutémoc-La Mesilla. Todo muy bien. Como tenía el permiso de aduana para el vehículo vigente, pasé como chifle y aunque llevo muchos bártulos y mucho circo, lentejuela y colgarejos, no me abrieron ni el baúl. Entré como pedo a GuateBonita y al llegar a Huehuetenango se presentaron las dos rutas, dos flechitas.
Si me voy por abajo, Lago Atitlán, Guate Capital, hay tráfico, tengo que cruzar la urbe, la ruta es buena y concurrida y ya la conozco.
Si me voy por el Quiché, la ruta es de montaña, no la conozco, sé que está pavimentada hasta Uspatán, no la conozco.
Tomo esta segunda opción, corro el riesgo y me voy por arriba. Hasta aquí llegué hoy. San Miguel de Uspatán. Atravesando los pueblos de Aguacatán, Sacapulas, Cunen…
Pensé que no había ciber, San Miguel de Uspatán es un pueblo pequeño. La gente es amable. En la plaza del centro hay unas mesitas que venden llamadas telefónicas, ahí están las muchachas ofreciendo los teléfonos para llamar. También las nenas que le venden a una señora los rellenitos de plátanos, nos hicimos amigas, se llaman Noelia y Brenda y me prsentaron a su primito que lustra zapatos y a toda costa me quería lustrar las alpargatas. Me contaron las chicas que van a la escuela, son inteligentes, sacaron fotos con mi cámara, les encantó y a mí me encantaron ellas.
Estoy en la Pensión de Galindo que recomienda Lonely Planet, me costó 20 quetzales! Calculen lo barato, un dólar son casi 8 quetzales. El cuarto es sencillo pero está limpio, huele bien, el baño está afuera y en el patio está el garrafón comunitario de agua potable. Detrás de mi cuarto, a pocos pasos por un pasillo, está la burbuja en estacionamiento cerrado.
Ya comí algo, un plato de papas fritas y dos buñuelos de plátanos, eso me costó en total 7 quetzales.
No sé cuántos kilómetros hice hoy, debo haber hecho alrededor de 300, lento, tranquila, deteniéndome en la panorama, con el vidrio abierto respirando el olor resinos de los pinos que me encanta.
Ya fui a un ciber pero estaban por cerrar, hay dos solamente así que vine a este, y ya está por cerrar… tuve que hacer cola porque todas las compus estaban ocupadas y acá estoy contándoles.
Mañana agarro el ripio. Oren por la burbuja. Dicen las buenas lenguas de acá que pasa lo más bien. Tengo 30 km más que son de pavimento y después vienen como 60 de ripio. Voy a ir despacio, evitando pozos y piedras. Hoy pensaba, después de todo también nos íbamos en el 4L al campo y mis padres viajaron en el Peugeot 403 hasta Paraguay hace más de 40 años.
No puedo subir más fotos para compartirlas con ustedes, esto está lento y van a cerrar, queda mucho pendiente por compartir, la idea es llegar mañana a Cobán, ya les contaré.
Los abrazo, gracias por estar del otro lado siguiendo los pasos de esta travesía, me gusta tener con quién compartirla, me gusta contarles, estoy muy contenta por todo.
Los surcos se dibujan en los campos en las laderas de las colinas, crucé varias colinas, subir, subir, subir y luego bajar, entre medio los pobados y la gente que al igual que en la región de abajo sigue siendo colorida.

Comitán Domínguez-Chiapas-Zona RRE ZAPATISTA- 3 de noviembre

Acá estoy, chocha en Comitán Domínguez. Es un lugar donde no pensaba detenerme, sin embargo, pasé, espié y me ha fascinado.

Partí «tarde» del camping de Palenque. La mañana es un grito en la selva, entre los monos y los pájaros y los frutos que se ofrecen desde los árboles y las gotas que se cuelan después de la lluvia entre las ramas. Me senté en el borde de la carpa, pequeña pero resistente a la tempestad. Anoche llovió mucho y fuerte y mi carpita azul y pequeña se la bancó.

El grito de la mañana, temprano, el cielo plomizo pero quieto y yo en el borde de la carpa, cruzada de piernas y el mate. En eso conocí a Luis. Es biólogo, de Guadalajara, viene bajando de Yucatán con una pareja vienesa con los que anduvo por Europa haciendo temazcal, acupuntura y otras yerbas. Charlamos, tomamos mates y cualquiera diría «se hace tarde». A mí no se me hace tarde. Yo no quiero que se me haga tarde. Quiero conjugarme con el tiempo como se presenta en una especie de simbiosis con el cosmos. El horario del reloj, el de los números, es falso, a veces nos sirve de guía, pero yo estoy en este viaje y mientras dure, quiero que dure en otro tiempo en el que creo es verdadero.

Así voy, tarde según los relojes, y llego a tiempo a esta ciudad bonita a la que no esperaba llegar. El panorama durante el trayecto de no más de 200 km que separa Palenque de Comitán, es tentador, interesante. No se puede ir rápido por ésto, y además, porque es un recorrido de curvas en la selva montañosa. En el trayecto creo recordar solamente tres rectas de no más de 300 metros en los que me saqué las ganas de acelerar a más de 60 km por hora. El resto, con calma, mate, pan, queso, fotos.

Llovizna de a ratos y hay poblados todo el tiempo y familias que se desplazan por el borde de la carretera con sus bebés colgando de los aguayos coloridos y sus trenzas y hay hombres y niños que vienen y van siempre con su machete.

La zona es declarada territorio zapatista, versa en los letreros, «aquí el pueblo es el que manda».

La ruta está buena, hay escuelas bilngües, pero cuánto falta! Por qué hay que seguir al paso del más lento? Hasta cuándo? La diferencia visible y dolorosa de las condiciones de vida de estos pueblos diseminados en este estado rico, exhuberante y bello… cuán difícil para ellos y para quienes de veras deciden luchar por ellos tratar de acercarlos a los avnaces acelaradísimos del mundo, de la tecnología, la comunicación, los descubrimientos.

Siento que habría que prestarles más atención. Mucha más atención. Se necesita más atención.

Entre Palenque y Ocosingo, me dejaron anonadada dos situaciones, mujeres indígenas semidesnudas, no pensé que era común en esta zona, y hombres, tirados a la vera del camino, tirados, durmiendo… borrachos… paré. Estaban vivos, pero tirados, inconscientes, y no todos juntos, porque bien podría pensarse que venían de una farra, todos juntos y ahí se quedaron con su pedo, pero no. Uno por ahí, otros dos, unos kilómetros más adelante y cerca, en el poblado, las mujeres, como si nada o si todo, lavando la ropa en una tina común, todas juntitas.

No quería pasar esta noche en medio de la frontera, en ese pueblo agobiante que es La Mesilla y que ya crucé hace poco. Los guatemaltecos siempre son amables y Guatemala es para mí GuateBONITA, pero no quería dormir en medio de la frontera. Tampoco se me antojaba entrar a San Cristóbal de las Casas, de donde salí decepcionada hace poco ante el giro comercial en que lo tornó la presencia zapatista, quizás como medio para mejorar la calidad de vida, pero que ha llevado a la población, no siempre autóctona, a tener una actitud antipática. Por eso y porque así es la vida y el viaje y el viaje de la vida estoy en Comitán Domínguez.

Encontré un hotel, no es de cinco estrellas pero sí de cinco camas, tengo cinco camas en mi habitación! Un baño privado, una televisión y un lugar a una cuadra para guardar el coche bajo reja y candado.

Hasta el momento la gente me ha resultado de lo más amable, el lugar pintorezco y la comida no sé, aunque tengo un poco de hambre así que les contaré en la próxima. Ah, el hotel con toda ese comfort me cuesta 100 pesos que es menos de 10 dólares y esta mañana puse 150 pesos de gasolina. No hay casetas ni he comprado más comida porque me quedaba de ayer, sólo agua, pa’l mate, vio? Y acá estoy, en el ciber, con el termo y el mate.

Abrazos compañeros del camino.

Seguiré contando cómo va todo.

Los que acceden a facebook, pueden, si tienen ganas ver más fotos de la travesía.

Palenque-Chiapas – Tierra Zapatista – 2 de noviembre 2009-

Palenque. Estoy en un camping, Maya Bell, muy cerca de las ruinas y a pocos kilómetros del centro donde vine a escribirles y a contarles.
El lugar es precioso, en medio de la selva. Cómodo. Tengo un pilar con enchufes y agua, pilar que además me sirve de mesa. Hay un restaurante con despachador de agua fría o caliente para el mate por lo que me hace hace falta usar la pavita verde.
Esta mañana conocí a Malcom, un inglés de unos 70 años que arrancó en el Cabo de Hornos con una moto y quiere llegar hasta Alaska y el círculo Polar Ártico. Ya ha recorrido los mares en velero y ha estado en todos los continentes del planeta. Un hombre sencillo y por supuesto muy interesante que me estuvo contando de sus caminos por América Latina. También me dijo que en el mismo camping hay un italiano que está viajando en moto hacia el sur, salió desde Canadá, en moto. El italiano esta mañana fue a las ruinas, así que aún no lo he contactado, pero como verán la locura de la travesía no es sólo de esta mujer argentina sino que ya, en pocos días, me encuentro con gente que está haciendo más o menos lo mismo.
Les cuento que la primera etapa, el primer día, desde Guanajuato a Veracruz, fueron 700 y pico de km y ayer desde Veracruz hasta Palenque 600 y pico. Hoy me quedo acá para descansar y creo que mañana arranco hacia Guatemala.
En Veracruz, pasée por el centro y el malecón. En el zócalo, el sábado 31 en la noche, había danzón con orquesta. Al día siguiente, ayer 1 de noviembre, antes de salir hacia Palenque, caminé por el Malecón. Ahí están el puertos, los barcos, los restos del antiguo fuerte baluarte de Santiago.
Arranqué hacia el sureste con tiempo despejado, sol, viento a favor. A mitad de camino llovió un poco y después bastante, pero entrando a Chiapas, la humedad es un vaho que expiran plátanos y palmeras. Sin lluvia y con un calor gratificante. Esto es verde, verdísimo, exhuberante.
Anoche sentía el repiquetear de la lluvia en el techo de la carpa. El cielo es plomizo y denso, tal como debe ser en casi todo el trópico. Nubes benditas y chaparrones sin los cuales la gente se chamuscaría. En el camping hay una pileta, así que esta tarde me daré un chapuzón. Quizás regrese a visitar la lápida de Pakal que ya vimos hace años cuando viajamos con Farid y Martín en 1997 y nos llamó poderosamente la atención, no sólo por su peso en toneladas de piedras, sino más bien por las inscripciones mayas y las ilustraciones que fueron reveladoras para las sentencias proféticas de esta sabia civilización.
En el centro de Palenque, hoy día de muertos, hay un reguero de vendedoras flores, sampasuchis y nardos, tal es en todo México. Mañana veré de partir hacia Guatemala, pasando por Ocosingo, Comitán, Teopisca… Frontera Ciudad Cuahutemoc. Ya pasé por ahí cuando fui a Honduras hace algunos meses, tengo vigente el permiso de aduana. Y quizás duerma cerca de Huehuetenango… pero eso será después, mañana.
Hoy por hoy estoy feliz. Apenas he salido y no puedo dar señas elocuentes de mi experiencia, sólo sé eso, que esta mañana soy feliz, que no cambiaría lo que estoy haciendo en este momento por nada, hoy por hoy, en mi vida, conciente de lo que significa estar vivo, este es mi deseo, el que estoy llevando adelante. Quisiera que todas las personas a las que quiero y a las que deseo transitar la vida con felicidad, pudieran encontrar aquellas cosas que se lo permitieran y tener la valentía de dejar de lado convencionalismos, prejuicios, inseguridades, miedos, porque VALE LA PENA.

Arrancamos. 31 de octubre, Veracruz.






Arrancamos. Fue un día de carretera larga. No es que fueran muchos kilómetros pero hubo dos embotellamientos que me demoraron como una hora cada uno. El recorrido fue básicamente, Guanajuato y la autopista que conduce a Querétaro y después San Juan Del Río y Tepejí y de ahí estrenando la autopista México-Puebla. No es gran cosa, está buena, pero nada espectacular, ni tan bonito como el camino a las costas de Michoacán y Guerrero que siempre me gustó. Eso sí, precipicios no faltan y gasolineras le faltan todas, por lo que cuando me di cuenta que iba en reserva, me desvié en la entrada de Texcoco y por la carretera común, regresándome unos kilómetros, cargué un poco el tanque. Hice un par de escalas técnicas, muy breves, efecto mate. Lo bueno de la autopista es que ayuda a evitar pasar por Estado de México y DF, cosas que una que ya se perdió por ahí un par de veces, prefiere evitar. Esta autopista nueva es rrrre cara!!!!!
Después ocurrió el primer embotellamiento causado -finalmente me di cuenta- por un accidente, y el segundo, porque como es fin de semana largo, por el lunes día de los muertos, hay mucha gente haciendo turismo de fin de semana y se atascó en una caseta, o, diríamos en argentino, peaje. Yo aproveché estos atolladeros para prepararme unos matecitos, así que de paso le di estreno al interior del habitáculo con manchas de mate. El pantalón, verán en las fotos, es más oscuro y verdolaga que la yerba con lo que no se notarán las manchas.
En otra parte del camino, por Orizaba, estado de Veracruz, hubo una niebla impresionante que nos obligó a ir a 40 o como mucho 60 por hora. Éramos una cola de lucecitas, no se veía ni lo que se hablaba, tal como dijo Edna, antes de perderme en la niebla…
Al final llegué a Veracruz. No estoy en la playa ni de campamento, está tormentoso y garúa finito.
Después de perderme por la ciudad, populosa, animada, encontré un hotel en el centro histórico, muy barato y con lugar para meter el coche, además me dieron toalla y tiene televisión.
Ya me comí unos tacos veracruzanos y escuché un grupo en la calle tocando son cubano.

La casa con ruedas


Porque en definitiva lo que todos buscamos es “el aleph”, ese sitio de reunión de todos los puntos, de todas las direcciones posibles, esa zona de unión entre el pasado y el impredecible futuro, esa iluminación que nos ama y a su vez nos despoja, esa comprensión de que en nosotros se opera una síntesis o esa mirada que a su vez nos desnuda y nos viste, ese paisaje que contiene todos los paisajes, la montaña y el mar, los llanos y los ariscos pedregales. Ese “aleph” que es la pérdida y la total ganancia y donde las palabras llegan desnudas a su dura patria inmóvil. Recién nacidas llegan.
Porque todos somos espíritus errantes, pero algunos llegan a ese lugar, a esa casa, a esa región donde alguien o algo nos mira con amor y con piedad. Puede ser una persona o una piedra, un ángel, una estrella, puede ser a la vez todas esas cosas juntas, puede ser un niño, puede ser un corazón en ruinas, puede ser la muerte pero también puede ser el fugaz paso de Dios, la cercanía del conocimiento.
Porque nos hemos detenido en nosotros mismos y paleamos todos los días una montaña de basura y escupimos en las manos de los que dicen amarnos y no nos atrevemos a nombrar el amor y mucho menos la libertad, porque son en nosotros la parodia de lo que no quisimos perder y vendimos al mejor postor. Viajeros grises de los mercados, sacudiendo al amanecer las cenizas viejas del tabaco o el tedio.
Porque ejercimos la seducción de la palabra y después abandonamos al otro en mitad del charco de sangre, repartimos soledad y desesperanza, miedo y cobardía. Porque fuimos más claros pero a su vez más crueles, más enteros pero a su vez más frágiles, más habitados pero a su vez más desesperadamente solos.
Y porque debe haber algún sitio que se ilumine al atardecer, yo le he puesto ruedas a mi casa.
No sé si encontraré el “aleph”, pero por lo menos lo buscaré.
No sé si algún día decidiré que puedo cambiarlo por un pequeño amor inmóvil, mísero y lastimado, la aceptación resignada de que toda redención viene en parcelas menguadas y frágiles y que el dolor será mi copiloto.
Pero yo le he puesto ruedas a mi casa. Sigo el impulso más antiguo del mundo. Vivir es navegar. Todo movimiento es acechanza, pero también misterio y promesa.
Ya nadie me busca. Yo busco. La casa de desplaza y todo lo que soy y lo que tengo se desplaza con ella.
Algo. Alguien, en algún lugar, espera. Tengo que llegar con mi casa entera, como una rama encendida.
Por eso le he puesto ruedas. 31 de octubre de 2009. Un rato antes de perderme en la niebla.

Preparativos la casa con ruedas










Mañana es el día de largada. No hay horario. Debo recordarme la tranquilidad. Nada me presiona. No tengo que llegar al aeropuerto ni tres ni dos horas antes, ni tomar un autobús. Ahí está el camino. Las rutas, los entronques, los desvíos, el paisaje. Me gusta ver cómo cambia el paisaje a través de la ventana. Me gustan los matices y los contrastes cuando no son estáticos y aunque se repitan de vez en cuando, constantemente se renuevan como en un caleidoscopio.
El auto es la casa con ruedas. Estuve ambientando el habitáculo con aquellas cosas sencillas que vengo recogiendo desde hace muchos años en diferentes lugares del mundo. No viajo sola. Ahí el turquito Hassan, la familia de Coco, Pinochio, el duende del árbol, la virgencita de la Noni, el espíritu de Michel, y sobre todo, todas las buenas ondas de ustedes que me acompañan con el pensamiento. Demás está recordarles, que si en algún momento de lo que dure esta travesía alguien quisiera acompañar además con su presencia, Don Bombo le hará un hueco.
Así está quedando la cosa a pocas horas de dar arranque.

La burbuja colorada

(foto: Playa Azul, Michoacán, México. Ahora tengo otra patente)
Les presento a la burbuja colorada revolucionaria. Con ella partiré de Guanajuato, México, con rumbo al sur y sin destino fijo. La intención es llegar a San Pedro, Argentina. ¿Se la bancará?
Cada vez falta menos, a veces es una fatalidad, en mi caso estoy llegando al borde de la alegría extrema. El 31 de octubre suelto amarras, despliego las velas, meto cambio y allá vamos, espero entender el lenguaje del viento.
Hoy se fue la burbuja al taller, a revisar todo, ruedas, dirección, alineación, balanceo, frenos, balatas, cambios y niveles de líquidos, aceites, lubricantes, grasas. La burbuja se estremece. ¿Qué me van a hacer? Al final se entrega como novata jovenzuela en el estilista y que le pongan los ruleros, la crema enjuague, le hagan el brushing. Después vendrá la decoración.
Puesto que durante meses será mi casa, necesito ambientar la cabina, vendrá lo típico de las que han sido alguna vez mis casas, colgarejos, cachivaches, máscaras, antifaces, campanitas, la bolsita con el pan y el puñado de sal. La bandera Argentina.
En breve pongo imágenes de la casa a estrenar y más noticias de cómo va todo. El viaje está empezando mi gente. Lo veo en los mapas desplegados sobre mi cama, en la mesa, en el piso. Por ahora las rutas son líneas más o menos delgadas, de diferentes colores y sinuosidad. Yo ya veo en ellas, deslizarse un puntito rojo.

Vaivén emigración (fragmento)

(Foto: Valle Sagrado de los Incas. Perú. 1995)
Delirio de circo ambulante que acuné en mi infancia pecando con el pensamiento anticonvencional, descalza en la adolescencia con un poema arrugado que invocaba libertad, libertad prohibida, a dedo en la incipiente juventud. Paz y amor libre. Pecando de hecho. Nómade para siempre. Asimilada ancestralmente a parajes donde hay un hueco despejado que me espera. Un escalón agrietado, una puerta desteñida encadenada, un árbol corvo tallado a la medida de mi espalda. Hallar las huellas del alba entre las cortinas, seguir su rastro hasta el ocaso, reconocer los ruidos de la noche, el crujir de las ramas, los vecinos nuevos, su manera de saludar y volver. Volver de vez en cuando para tocar a los nuestros, recuperar sus olores, el sonido de sus voces, adivinarles la edad del alma y partir. Otra vez. Ciudadanos del mundo. Aún sin nacer mis hijos mamaron la savia volátil indispensable para el vuelo. Aún sin caminar viajaron en mis hombros y escalaron montañas. Aprendieron mi lengua entre vocablos de lenguas indias y adoraron al mestizo. Gatearon entre las ruinas y gozaron de los despegues de aviones verdaderos. Tantos que ya no recuerdan. La caravana se detiene. La mochila aguarda vacía en el ropero, relaja las costuras firmes que resistieron kilómetros de andadas con cargas obesas, el polvo, las lluvias, las ratoneras de los hoteles baratos. Yo también me detengo. Sigo los pasos de mis hijos. Espero.

San Pedro, Argentina. A pocos meses del regreso de Barcelona. Año 2002.