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María Taurizano y Martín Murzone presentan «América Latina en bicicleta»

La periodista y docente sampedrina protagonizó un viaje de ocho meses, desde México. Esa experiencia, vivida junto a su hijo y un amigo de éste, quedó plasmado en un libro de viajes que será presentado este viernes en la Biblioteca Popular «Rafael Obligado». En los estudios de «La Radio», María contó algunas de las historias que forman la base de este trabajo.

Leer y escuchar aquí:

http://laradiosanpedro.com.ar/noticias/maria-taurizano-y-martin-murzone-presentan-america-latina-en-bicicleta-19815.html

Artículo Biciclub: De México a la Argentina, madre e hijo en bicicleta

María Taurizano (49) y su hijo Martín (25) concretaron una muy inhabitual travesía por Latinoamérica. Ambos nacieron en San Pedro, Buenos Aires, pero son nómades por naturaleza. Cada uno por su lado ha vivido en distintos puntos del planeta, inmersos en diferentes culturas. A principios del año pasado decidieron reunirse para encarar el apasionante viaje en bici que María nos cuenta a continuación en primera persona.
Por María Taurizano

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“Lo hicimos. Nos vinimos desde México DF hasta Argentina (a nuestra ciudad, San Pedro) en bicicleta y llegamos siete meses y medio después. La idea fue de Martín (25), mi hijo. Él vivía en México desde 2003. Nos habíamos mudado después de pasar una temporada en Barcelona. Siempre fuimos nómades y en ese entonces los caminos de la vida tomaron ese rumbo. Desde 2003 y hasta la actualidad, mis dos hijos y yo nos seguimos moviendo. Farid, el mayor, regresó a la Argentina para hacer la universidad, yo me fui a Palestina, a Turquía, a Bulgaria. Martín salía esporádicamente de México y nos encontrábamos en algún otro lugar. A caminar el mundo, escalar montañas, navegar los mares. En bicicleta teníamos en nuestro haber dos excursiones breves, una por el Valle de los Reyes y el Valle las Reinas, en Egipto, y otra en los mil templos de Angkor, en Camboya. Pero lo que se dice viajar en bicicleta, iba a ser la primera vez.

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La propuesta de Martín se descolgó de alguna elucubración existencial en un momento de esos en que uno se pregunta qué hacer con la vida, cómo seguir adelante cuando el panorama es incierto. ¿Y si nos vamos a la mierda? Irse a la mierda es la liberación ante la incertidumbre de tener que hacer algo con esa vida; en definitiva todo el mundo hace algo de su vida, aún el que no hace nada. Así que mejor nos vamos, seguimos andando y esta vez (por falta de presupuesto y exceso de ganas de conocer palmo a palmo el mundo y nuestras potencialidades), en bicicleta.
Yo compré una bicicleta. Nada del otro mundo, una barata, rodado 27.5, con 21 velocidades y frenos v-brake. Martín tenía una un poco mejor, rodado 29 y con frenos a disco y 24 velocidades. De todo esto cuyo léxico ahora parezco manejar, en ese entonces no entendía nada. No tenía idea de cuándo ni cómo subir o bajar un cambio, ni tampoco de los platos, el piñón o las llantas. Y no me entrené, no. Andar en ciudad de México de casa al trabajo, tal como lo había previsto, me daba miedo. Siempre tenía la visión drástica de que algún vehículo desde atrás me iba a pasar por encima. Todo mi entrenamiento previo se redujo a tres domingos en los que algunas calles del DF están habilitadas para ciclistas. En total, 144 kilómetros de paseo sin interferencias de más vehículos que gente patinando, haciendo footing o jugando al monopatín.

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Salir a la ruta en ese estado fue duro. Las alforjas eran de cuarta, hechas de tela como de uso urbano y pequeñas sobre portaequipajes de rodado 26 adaptados con abrazaderas porque aún no se fabricaban o en México no se conseguían para rodados 27.5 ó 29. Teníamos poco dinero. Pero al cumplirse la fecha comenzamos con el propósito.
Atamos los bártulos como pudimos. A una cuadra de la casa se me salió la cadena y a menos de dos kilómetros se nos empezaron a caer las cosas. Pero pusimos la cadena, volvimos a anudar los bultos y arremetimos.
Pedalear en la ruta era mucho más difícil que la imagen idílica que yo me había hecho de circular plácidamente por una calle lisa y plana. América Latina nunca es plana, en ningún tramo. Algo que se me grabó a sangre y fuego para siempre. La bicicleta me estorbaba, el bulto se me bandeaba o se me caía y durante los primeros meses pedaleé con la paranoia de que me atropellara un camión. Martín me aseguraba que ellos me verían, pero me pasaban tan cerca que yo presentía que me esquivaban cuando me tenían a uno o dos metros, como si hasta ese momento no se hubieran percatado de la presencia del ciclista.

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Al cabo de unos meses (¡sí! unos meses) empecé a disfrutar. Viajar en bicicleta se convirtió en algo maravilloso, un reto físico en el que mi ser se conjugaba y se entendía con la naturaleza para saber escucharla, aprender a detenerme, a no ser obsecuente ni caprichosa sino a obedecer al viento o a la lluvia cuando se imponen muchos más necesarios que nuestra insignificancia en una vía del ancho mundo.
Viajar en bicicleta se convirtió en la movilidad ideal, ya que nos permitía llegar a todas partes sin perdernos nada. Una frecuencia promedio de 100 kilómetros diarios nos obliga a parar en cada pueblo. La sed nos obliga además a parar en cada puesto o caserío.
Conocimos la realidad de América Latina y la belleza que no sólo está en los horizontes marinos o en los atardeceres, en los caribes turquesas o las selvas, en las montañas y las cascadas cristalinas. Más allá de todo esto, más acá, está la belleza de la gente. En lugares a los que nunca nadie va porque no son destino turístico, porque no tienen ni el Caribe turquesa ni la selva verde, ni la montaña, ni el atardecer, ni la cascada cristalina, pero donde uno se sienta a descansar y descubre los combates de Camilo en una charla, la desesperanza de Hilda en una hamaca, a Joel y Marcos jugando a la pelota, a Maricela acunando una muñeca de trapo a la que le falta una patita y ella besa con ternura inusitada. Nos miran, descalzos, con sus bicicletas de herrería suburbana, con las sonrisas que resplandecen como el sol de la siesta, gente del color de la tierra que es al fin y al cabo quien nos acoge y nos alberga en esta travesía. Esa es la belleza del mundo que los paquetes turísticos ignoran, donde está la gente a la que ahora pertenecemos y nos pertenece.

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La bicicleta nos dio mucho más que transportarnos desde México hasta Argentina. Cada día aprendimos y nos hicimos parte de una realidad oculta y desconocida y escribimos una página acerca de lo andado. Aprendimos acerca de la ruta, de si hay o no agua, camping, hostel, pueblo, caserío. De si la carretera sube o baja, si está en buen estado o es precaria, si es de tierra, arena, asfalto o canto rodado. Cada día, además, aprendimos una historia real de gente que nadie conoce, pero que está ahí, nunca se acaba y sale como de los hormigueros de la tierra, con sus costumbres, lenguajes, quehaceres, alegrías y penas, carencias y abundancias y allí, siempre, su generosidad y camaradería. Todas esas páginas conforman nuestro libro América Latina en bicicleta, que pronto editaremos y presentaremos junto con una película que pretende resumir tanta riqueza.

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Las personas que quieran reservar ese material, pueden escribirnos por mail. No tenemos sponsors, todo lo hemos hecho a pulmón, vendiendo en México aquello que no necesitaríamos y trabajando durante el viaje, así que se aceptan colaboraciones. Instamos además a viajar en bicicleta. Si tenés este sueño, animate. Si necesitás un empujoncito, escribinos. Charlar con nosotros es gratis; siempre respondemos los mensajes. Alentarte, contarte acerca de nuestros caminos es como volver a andarlos y eso nos encanta.”

Fuente: http://biciclub.com/de-mexico-a-la-argentina-madre-e-hijo-en-bicicleta/

La casa con ruedas, un sueño, una realidad

Nota publicada en La Opinion Semanario

María Silvina Taurizano es sampedrina y vivió siete años en México, hace un tiempo se planteó la posibilidad de cruzar por tierra América Latina hasta llegar a Argentina y fue en auto que recorrió casi 17.000 Km., el viernes pasado, luego de casi 115 días al volante y de visitar varios países, las ruedas de su vehículo pisaron suelo sampedrino.

 

Una mujer valiente, varios destinos, todos los caminos, una impecable composición de paisajes entre soles y tempestades e interminables sensaciones y vivencias se entremezclaron en esta aventura tan única que María fue desafiando desde hace tres meses y medio. Como ella misma la denominó “en femenino”, su burbuja, su autita colorada, la condujo sin apuros y con calma a un destino que no sólo imaginó, sino que alcanzó gloriosamente habiendo sorteado dificultades imaginables, otras no tanto, pero con un saldo favorable y definitivamente un sueño hecho realidad.
Es complicada la tarea de relatar una aventura tan propia y tan personal como la de María Silvina, pero fue ella misma quien fue narrando sus vivencias, describiendo cada carretera adornada por su propio paisaje, cada naturaleza viva, todas o la mayoría de las sensaciones, sus amistades, sus charlas con compañeros de ruta, sus encuentros y desencuentros, los problemas que fueron surgiendo, las ilusiones, sus ganas de compartir, mostrando a través de imágenes cada lugar, para que los lectores tengamos el panorama más simple y podamos imaginar parte de esta hazaña tan propia, tan suya, aunque todo haya sido intensamente relatado, para que quienes hayan seguido su rumbo, puedan al menos, abordar parte de esta marcha descendiendo hacia el sur.

Todos los caminos conducen al sur
El 31 de octubre fue la largada triunfal desde Guanajuato, donde vivió y trabajó durante siete años, tal como ella misma relata en su blog: lacasaconruedas.blogspot.com, que utilizó como diario de viaje, y en el que mantenía a sus seres queridos informados durante todo el itinerario, nadie se iba a dormir sin antes tener noticias frescas durante el período de viaje.
A bordo de su Pontiac Matiz modelo 2007 rojo, ya con casi 14.000 Km. antes de la partida, emprendió su camino, “aunque sea no más que una carcaza de lata con ruedas es mi casa, mi casa con ruedas, que lleva las cosas que elegí de entre todas las cosas porque a pesar de ser cosas tienen un valor agregado”, relató en algún trayecto.
Sin demasiadas preocupaciones de horarios, porque no había ni aviones, ni colectivos por perder… simplemente múltiples rutas por recorrer y mapas que alineaban su brújula hacia el sur, el destino final sería San Pedro, Argentina, ese era su objetivo.
Su recorrido abarcó once países: México, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Chile y Argentina, cada uno añadió a su retina y a sus recuerdos de todo un poco y un poco de todo lo que sus ojos retuvieron para quedarse siempre en ella y en esta enriquecedora experiencia que eligió. Nadie mejor que ella puede narrar a lo largo de sus 115 días de viaje por América: ripio, lluvias, flores, humedad, calor, bosques, junglas, selvas, fríos, vientos, playas, arena, mar, bruma, olor a tierra fresca, matices de todos los verdes posibles y verdes brillantes, montañas, volcanes, arrieros, vacas, rebaños, azules y grises cielos, caracoles, mareas, palmeras, mariposas azules, cerros, pantanos, desiertos coloridas o blancas ciudades, casonas antiguas, museos, costa y entre todo, mates, muchos mates acompañando fielmente su camino, el que ella eligió. “Cada pueblo, cada ciudad, abre las puertas de su galería en conmemoración de los que dieron su vida en esta lucha”, relató mientras estaba en Nicaragua.

El viaje con ella misma
“Mi casa se desarma y se vuelve a armar seguido”, relató mientras estaba en Perú, para esto, mucho de lo soñado se iba concretando y otro tanto quedaba en sus anhelos y deseos por definir. Algunos destinos fueron predilectos, otros no tanto…y así el desplazamiento con su coche se iba inventando palmo a palmo.
El viaje fue pensado un tiempo atrás, su principal objetivo y sus ganas eran cruzar América por tierra, “si hubiese sido en casa rodante mejor” pero como los números no daban, logró comprar un auto en cuotas, aunque antes realizó un viaje para sentirse segura para desafiar el volante, en esta oportunidad sola, sin sus hijos, sólo ella, sus recuerdos y sus mates se conjugaban dentro de su propia burbuja, esa que sería su casa, sin dudas, su casa con ruedas.
Contaba con 2.270 euros y unos 380 dólares. Esta suma de dinero sería suficiente para hospedaje, nafta, comida y otras necesidades que fueran surgiendo, no mucho más que eso, pero los imprevistos también estuvieron a la orden del día.
Cruzar Panamá no fue fácil y allí se instaló la angustia, la bronca, la impotencia, las lágrimas y mucho dinero perdido para pasar su auto en barco junto a sus pertenencias con valor tan significativo para ella que viajaron en container. Parte de sus recuerdos y objetos tan valorados se atesoraban en el vehículo, mientras ella cruzó en avioneta hasta llegar a Colombia, pero el mal trago pasó, tuvo que perder muchos más días de los imaginados y trabajar para recuperar algo de los U$S 1.300 que le costó el trámite y los papeles del cruce del canal de Panamá.

El tiempo que no es, el que no se siente
“Me he sentido parte de este sitio y de esta gente. Me voy llena de todo, de aire puro y de promesas. Sigo el rumbo. Hacia otros valles”, escribió en su blog desde Panamá, luego llegaron fuertes emociones, más vivencias y unas cuantas anécdotas relatadas en su diario que cada día improvisaba con relatos desde Internet. En el camino no usó ni GPS, ni notebook, ni celular, optó por los medios de comunicación tradicionales y para publicar sus noticias buscaba Cyber cafés.
Las descripciones de la rutina eran completas y detalladas, desde las rutas, el clima, la idiosincrasia de los habitantes, las culturas, los colores y aromas de las ciudades, los hoteles donde pernoctaba, los momentos compartidos con compañeros de emociones, las comidas y cuánto le costaba cada día en dinero.
“Con una emoción que ustedes no pueden ni imaginarse llegué a nuestra Argentina, apasionada, cara dura, intrépida, controvertida, peleadora y tan querida! Cuando vi la bandera, ahí, ondeando en el mástil como haciendo un zarandeo de zamba, distraídamente, el cartel de BIENVENIDOS A ARGENTINA, apreté el timón y me puse a llorar. Y después a reirme y después en el camino, a carcajadas”, apuntó María en sus escritos.
“Desde que crucé la frontera, desde un poco antes para ser sincera, desde que aquel desierto mustio se empezó a poner a naranja en Atacama, no hay paleta de pintor ni muestrario de pinturería que alcance para matizar los colores de nuestra Argentina y además el llano ahora el horizonte infinito”
Una historia tan disfrutable como emocionante trazada en 115 días llenos de magia y camino por recorrer, un recuerdo que será infinito. Nuevos rumbos la llevarán hacia nuevos destinos, pero sin prisa y con calma, todos los caminos de esta aventura la condujeron hasta un lugar en el mundo: San Pedro.
“Es tan hermoso ser testigo en el camino. Yo no podía imaginarme mi vida sin el viaje. Haber hecho este recorrido, no lo cambio por haber hecho en estos meses ninguna otra cosa. Mi casa es acá, aunque pase de visita, aunque no permanezca. Argentina es mi casa”, reafirmó entre sus interminables palabras expresadas luego de haber alcanzado uno de sus tantos desafíos.

De Pisang a Mungji

Hoy es 15 de abril, y según lo que habíamos planificado, estamos más allá de donde deberíamos estar pasado mañana. No es por sacar ventaja de nada, es la naturaleza a nuestro alrededor y lo que nos ofrece el camino es una sorpresa constante que no tiene desperdicio, y aún cuando significa subir y subir, uno se olvida por completo del esfuerzo físico, los pies van solos como si ellos quisieran ver, y la mochila en la espalda es totalmente parte de uno.

Hoy fue realmente alucinante. Martín dijo que esto cada vez se pone mejor, y es verdad. Son monstruosas, las Himalayas son unas moles que se nos aparecen y se nos plantan ante nuestros ojos y aunque sean grande porque son nuestros ojos los
que las ven, como al cielo, es casi imposible verlas y verlas por completo. Uno se detiene a mirar, y ellas siguen sorprendiendo con más picos, con más cuerpo brotando desde el infinito, es como si crecieran. Uno las ve, y al rato parecen más inmensas. Y somos tan pero tan pequeños, tan poca cosa, tan nada, ante tanta majestuosidad. No hay palabras para poder describir la imponencia de estas montañas. Blancas. Cubiertas de gruesas capas de nieve y hielo, una parece bañarse hacia la otra en espuma, y así siguen, entretejiéndose unas a otras todo alrededor, y con esos picos que se lanzan al espacio de repente desde una nube que decide correrse como el telón para esa representación de magnificencia. Me conmueve estar entre ellas, me supera.
Hoy caminamos desde Pisang, Upper Pisang o Pisang de arriba, hasta Mungji. Fuimos por el camino difícil; difícil pero bellísimo. Hay dos formas de salir de Pisang: por la carretera en construcción o por la montaña. Por supuesto elegimos por la montaña. Fue una subida durísima, pero tuvo su premio, y su gloria. El premio, constante. Ver durante toda la subida el macizo de los Annapurnas, cada vez más en su amplitud, y al llegar a la cima a 3800 metros, dos horas después de haber salido: Ghyaru, un pueblito tibetano encaramado en la montaña con sus casitas de piedra y su gente simpática. Toda la gente por acá es simpática. Ellos sonríen. Son hermosos. Tranquilos. Amables. Buena gente. Nos sentamos ahí, frente a la gompa que está al pie de Ghyaru, a tomar unos mates con todo ese panorama increíble, una danza de blancas gigantes doblándose  caprichosamente, recortándose del cielo.
Seguimos nuestro camino bordeando la montaña, guiados por los chortens, que son monumentos de piedra con rodillos de oración que debemos pasar por la izquierda y hacer girar. Lo hacemos, y todo se conjura en una paz inexplicable. El aire frío de la altura, las montañas imponentes que sostienen y vigilan nuestros pasos, los rodillos de oración de los chortens. Es tan hermoso!
Seguimos hasta Ngawal, dos horas más desde Ghyaru. En Ngawal comimos el típico dhal baat y unos macaronis. Tratamos de hablar en nepalí, lo poco que sabemos y podemos, y ellos se ríen y se entusiasman en hablar con nosotros.
El plan inicial era dormir mañana en Ngawal, ya habíamos adelantado un día al llegar a Chame. Hoy pasamos de Ngawal, y sin querer, nos pasamos de Bragha, que era donde deberíamos haber llegado pasado mañana. Esto significa que llevamos dos días
por adelantado nuestro peregrinaje. No porque sea una carrera, simplemente porque nos gusta, porque nos sentimos bien, porque nuestros corazones se van acostumbrando a la exigencia de latir más rápido para bombear el oxígeno necesario para estar bien. Y estamos bien.
Nos pasamos de largo de Bragha y llegamos a Mungji donde decidimos quedarnos. Estamos en un albergue que cuesta 100 rupias, 1 dólar con 17 centavos. Después la comida es más o menos siempre 4 dólares, pero si es dhal baat, nos dan para repetir, así que más no podemos pedir.
En este lugar no sé si hay luz, internet menos que menos. Ya hemos tenido que sacar todo nuestro abrigo. Ayer nevó en el camino, y aunque caminando no sentimos nada de frío, al detenernos, hay que abrigarse.

de Sofía a Skakavitsa

La estación de trenes de Sofia está pegada a la estación de autobuses. A una parte de la central de autobuses; no me había dado cuenta, ya que siempre salí del edificio de la izquierda, que había otro edificio a la derecha. Y en realidad debería haberlo sabido, porque ese edificio de la derecha es de donde sale los autobuses internacionales, así que el año pasado, con Martín y Stella, hemos tomado el bus a Hungría desde ahí. Me falta Martín, mi GPS. Tengo el mapa y la brújula, pero tal comme d’habitude, me perdí. Y no me preocupé, la verdad, me dejé llevar por el bosque, como Caperucita Roja, hasta que apareció el lobo a rescatarme. Pero vamos por partes. Primero lo primero. Y lo primero fue tomar el tren a Dupnitsa. Salía a las 11.40, con 5 minutos de atraso. En menos de dos horas, llegué. La estación de buses de Dupnitsa también está pegada a la estación de trenes. Así que enseguida tomé un minibús a Saparava Banya. Ahí empecé a preguntar dónde estaban los senderos. Pregunté varias veces mientras me alejaba por las calles de ese publito. No es complicado, de donde para el autobús, hay que caminar a

la derecha. Las callejuelas suben. Hay que ir en subida. Hacia el sur y hacia arriba. Cuando vi un cartel que decía -menos mal que puedo leer cirílico- Panichishte 10 km, me quedé tranquila porque supe que iba bien, aunque el camino, rutita de pavimento, no es muy confortable. El paisaje me distrajo de la pesadez del asfalto. Las cadenas intercaladas de las Rila. Me sentí feliz al verme rodeada otra vez por ese paisaje y me puse a conversar con los árboles del camino. Finalmente y afortunadamente, apareció el sendero. Seguí las marcas, pero alguna la pasé de largo y no desvié a la derecha cuando debía desviar para ir a Skakavitsa. Seguía en subida, y empezaron a aparecer carteles que señalaban Rilski ezera, y nada de Skakavitsa. Pregunté a algunos que bajaban, y no sabían, así que me dejé llevar, total, hoy hacía noche en
Skakavitsa para mañana seguir a los lagos, y al parecer me había pasado de largo y ya estaba en el camino de los lagos. Unos muchachos muy amables que bajaban me dijeron que más adelante había dos hizhas, la primera a una hora, así
que de última podía dormir ahí.

Ya llevaba casi tres horas de andar, y la mochila, pesa. Mucha comida. Así que me la voy a re morfar cuanto antes para alivianar, urgente, antes de escalar el Musala. De paso llego más fuertecita, y más entrenada con estos días previos. Creo que
perdí el estado que traía de los Himalayas, pero no podría ser tan así, caminaba también los 7 km que separan Yabor de Triavna. En fin, me recupero muy pronto. Llegué cansada. No es normal. Pero vamos a lo segundo, lo segundo es lo segundo. Cuando me di cuenta que me había equivocado de camino, decidí tomármelo con mate. Paré junto a un arroyito que antes debí
cruzar, y me preparé el mate. El agua que llevaba en el termo desde las 8 de la mañana, cuando había salido para participar de una clase de español con Mixaela, estaba fría. El mate, un asco. Pero en fin, me lo seguí tomando con calma. Me senté tranquila en una piedra. En eso veo a uno de los amables muchachos que vuelve agitado, en subida. Volvió, unos quince minutos de camino, pero volvió, para avisarme que el camino a Skakavitsa salía más abajo y había unas marcas en las piedras. Por las dudas que yo quisiera volver, pegó la vuelta, subió rápido para alcanzarme y avisarme. Yo ya había decidido según la corriente del arroyo, seguir a los lagos, pero cómo le iba a hacer al pobre amable muchacho. Encima que se volvió a avisarme. Así que decidí volver a cruzar el arroyo y volver yo también hacia Skakavitsa. Menos mal, porque el sendero era más hermoso. Puro
bosque de pinos, ideal para perderse y no reencontrarse jamás. Cada recodo  entre los pinos es igual al otro. Dónde estoy? En el bosque, donde las sombras de la tarde que cae, engañan a los ojos, que además no ven muy bien. Prestar atención. Brújula y mapa. Volví a cruzar unos varios arroyitos y allá arriba, la vi. La hizha. Relajada llegué hasta aquí. Una hizha enorme, y muy linda, que como todas estas fueron construidas e inauguradas por el comunismo que auspiciaba los deportes al aire libre. Esta hizha fue la primera. Hay unos cuadros antiguos. Lo que no había, hoy 20 de julio, era lugar. Sin cama. Pero me ofrecieron un sofá y es tremendamente cómodo. Gratis. Empecé a darle al diente a las galletitas, me tomé unos mates calientes, y la típica sopa de después del camino, sin meat balls por esta vez.
Tardé de cuatro a cinco horas entre perdida y todo. Ya estoy rodeada. En las cumbres más altas
hay nieve. El bosque verdea todas las colinas. Es hermoso.

 

 

 

 

 

 

 

 

de Skakavitsa a Ivan Vazov-los Siete lagos

Impresionante. No hay palabras para describir tanta exuberante belleza. Los lagos empezaron a asaltarme la vista sin darme respiro. Un después del otro.

Pero lo primero es lo primero. Y lo primero hoy fue llegar hasta la primera hizha llamada de Rilski ezero. Saliendo de  Skakavitsa, la señal es clara. Se sale por donde hemos llegado. Hay una bifurcación, a quince minutos de haber salido, que
ofrece tomar el sendero de la marca roja, directo hacia el lago Babreka (Riñón. Tiene esa forma), que sería el tercero, y que será el primero más llamativo que encontremos muy cerca del camino. Hay otros antes, pero son más pequeños y se ven desde arriba, aunque es posible bajar, no están tan cerca. Si uno toma el sendero marcado con señal roja, no verá los primeros lagos. Yo no agarré la bifurcación. Seguí por la señal verde, para ver todos los lagos. Este sendero, el de la marca verde, no parece ser muy transitado, iba completamente sola, hay árboles caídos en mitad del sendero, hay que rodear los troncos, y la vegetación avanza sobre el camino. Se llega la hizha tras una hora de andar. Hasta ahí también llegan aerosillas desde Pionerska, y esa es otra de las razones por las que no mucha gente usa el sendero. Prefieren no caminar.
Todo el día es en subida. Cada lago está un poco más arriba que el anterior. Los primeros lagos aparecen sobre nuestra izquierda. El primero es Dolnoto ezero, está a 2095 metros, tiene una profundidad de 11 metros y una superficie de 0.059 km2. Su nombre significa lago Bajo, y se debe justamente a que está en un área baja y colecta el agua de los otros  seis lagos. Sus
costas están llenas de hierbas y algas.

Enseguida vemos el Ribnoto ezero. Lago de los peses. Está a 2184 metros de altura, tiene una profundidad de 2 metros y medio y su superficie es casi la mitad del anterior con sólo 0.035 km2. Le dicen el lago sombrío porque las montañas alrededor lo oscurecen. La superficie y las costas también están cubiertas de hierbas. Cerca de él hay una segunda hizha llamada Cedemte ezera (Siete lagos).

Apenas unos pasos más y vemos a los Gemelos, Bliznaka. Se les llama así porque aunque son dos, están unidos un angosto canal. Estos están un poquito más arriba, a 2243 metros de altura, tienen una profundidad de 27 metros y medio y su superficie es de 2.10 km2. Entre los dos se destaca una elevación, un pico llamativo y hermoso que se llama Haiduta o Haramiata. Casi al mismo tiempo, pero sobre nuestra derecha, aparece el Riñón, Babreka. Es el más grande de los Siete Lagos y famoso centro de la danza Panevritnia, danza de la Paternidad Blanca. Está a 2282 metros, con una profundidad de 28 metros, y una superficie de 0.54 km2.

Imposible no detenerse varias veces ante tanta belleza que brota sin pausa de la faz del mundo. Hice un pequeño picnic en las costas de Babreka que son de rocas. Hasta aquí habían sido dos horas de camino desde Skakavitsa. Cerca de este lago está el pico Otovinski que es un lugar de relajación donde se reúne especialmente un grupo llamado la Hermanda Blanca. Desconozco.
Sólo puedo decir que ante el espectáculo me sentí enormemente agradecida y con una paz y una alegría que me conmovían a cada paso. Eso no fue nada. Seguí subiendo, y a 2440 metros, aparece el lago Okoto, el Ojo, la belleza es indescriptible, embriagante, me mareaban las orillas con la nieve volcándose sobre las aguas desde las montañas. Además, este lago, al ser el más profundo, 37.9 metros, e ve tan pero tan cristalino y azul. No es muy grande, 0.27 km2, pero su belleza apabulla y tuve que volver a parar un momento y sentarme a respirar junto a él.
Apenas pasar el Ojo, y subir un poco más, se divisa a lo lejos el Trebol, Trilistnika. Está cerca de los Gemelos, pero antes me lo
ocultaban las montañas. Lo vemos desde arriba. Se encuentra a 2216 metros, tiene una profundidad de 6.5 metros, y 0.026 km2. Y al final de lo que se llama el Circo de los 7 lagos, está el Salzata, la lágrima. Este lago está casi la mayoría del año congelado. Está a 2535 metros, es el más alto, no es muy grande, 0.18 km2, y tiene una profundidad de 4 metros y medio. También se le llama Gornoto. Sus aguas son cristalinas. Aquí ya estamos en la cima del cerro «Ezerni», desde la cumbre, la visión es a-lu-ci-nan-te.

Fue muy hermoso. Saqué miles de fotos, de las montañas alrededor. Las crestas intercaladas de las Rila. De los lagos. Creo haber visto muchos más de 7. Tanta belleza. El día fue espléndido. Me detuve muchas veces a mirar y admirar y sacar fotos. El camino normal llevaría desde Skakavitza, 4 horas hasta aquí, pero uno no podría hacer este camino sin detenerse, ni aunque
tuviera los ojos vendados, hay algo que seguro nos detendría. La paz. El aire. El silencio. El murmullo de la montaña.
Ya después de este maravilloso espectáculo, la plenitud parecía insuperable. Se sigue derecho un poco más, pasando por el borde de la Lágrima y en un cruce de caminos, si uno quiere continuar hacia Ivan Vasov, como yo lo hice, debe girar a la derecha. Es muy fácil. Muy recto. Y la hizha se ve apenas unos minutos después. Es una hora por este camino tranquilo donde
no queda más remedio que meditar acerca de lo vivido. Rememorar las imágenes que se nos han grabado en el alma. Pensé muchas veces en Martín. Cómo hubiera querido que el viera los Siete lagos. En Ivan Vasov estoy en un dormitorio común. Cuesta 13 levas. Tomé mates y comí una ensalada, 3 levas. Y me fui a bañar al río. Fresco, pero fuerte como un cosaco como diría Michel, pelé bombacha y corpiño, y me bañé con jabón y todo. Luego me tiré al sol. Se nubló, se largó a llover, y volvió a
salir el sol. Un gato negro se subió a la banca y se sentó en mi falda.