Archivo de la categoría: Viajes

De Thannang o Dragnag a Dzhongla cruzando el collado de Cho La

 

Se hizo el día más esperado. El cruce del collado de Cho La. La caminata que enfurece mis ansiedades. Me levanté descompuesta. Sería por lo mismo? Sería porque tuve mucha sed durante la noche y me levanté a tomar agua y la tomé como venía, de un baldecito. Siempre confiando en mi fortaleza, en el aguante de mis tripas. Algo no me fue bien, y quizás era la ansiedad. A pesar de haber vomitado, de no haber comido nada más, de no tener nada en el estómago, de no haber tomado vitaminas, me sentía con fuerzas para cargar la mochila y encarar la subida, el paso de Cho La. Yo, mi propio peso, mi mochila, sin porteadores ni guías. A poco de haber salido me di cuenta que mi debilidad me superaba. Estábamos ya  a casi 5000 metros de altura y no lograba avanzar diez pasos sin detenerme a respirar. Tenía que parar, muchas veces. No hacía ni una hora de haber salido, todavía se veían atrás los techos de Thannang o Dragnag y no avanzaba a mi ritmo normal. El oxígeno no me pasaba. No podía respirar. Sentía que las piernas se me aflojaban, que no me sostenían; cada paso me costaba, y me enfurecía el peso de cada pie, el peso que debería haber sido el normal, el de todos los días, el que me pertenece y este era un peso ajeno. Decidí rendirme; albergué la esperanza de que Martín que se había alentado con Pepe, el amigo de Murcia, se detuviera a esperarnos, y pasarle algo de peso de mi mochila a la suya, pero él iba muy rápido porque iba con el porteador que había contratado Stella. Martín llegó a Cho La en tres horas, y Pepe, el amigo de Murcia, en tres horas y media. Yo llegué en cinco horas! Y enseguida, detrás, Stella. Pero llegamos, sí, y no por eso hemos decidido que ya hemos llegado a lo más alto, al menos yo. Fue la subida más dura de esta temporada de trepping y de las que tengo memoria. Vertical. La pared vertical. Y había que ascender, a pesar de la negación de las piernas, lo más rápido posible porque se corre el riesgo de la erosión constante y de que caigan piedras. Caen pìedras, Hace unos años murió un porteador, iba escuchando música con auriculares y no escuchó el zumbido de la piedra. Suenan como un zumbido, como un pájaro que viene volando al ras del suelo, como una hélice desprendida de algún artefacto que baja rodando cerca del suelo, y zumba. Hay que avisparse rápido, y protegerse la cabeza, sin dejar de subir, de trepar. Hay que trepar, por enormes rocas, agarrándose con uñas y dientes para que ni el viento ni el peso de la mochila nos bandee para donde se le cante, para poder controlar el paso, el ascenso, la inclemencia, la reacción inesperada de una roca que está más arriba, la vibración de la tierra, o el vuelo desinteresado de un pájaro que altera el equilibrio que nos sostiene, sin quererlo, y nos desbarata la intención que vemos en el siguiente paso. Una roca floja. Alguien que se detuvo porque ya no puede seguir cargando un paso más. Y hay que seguir. Fue duro, y no cumplía con la ilusión de la nieve que habíamos vivido en Thorung La. No al principio. Hasta el mismo collado no caminamos sobre el colchón de nieve. Fue una subida pedregosa, pero me gustan las piedras, y les tengo confianza. Disfrutamos del collado. Comimos almendras, pasas, anacardos. Nos resguardamos en un rincón entre las rocas de las ráfagas que sacuden todos los collados, ese espacio de reunión de las montañas, ese momento de adoración, donde las cumbres parecen agacharse y dejar espacio al cielo y lo que venga de él, el sol, la niebla, el viento. Frente a nosotros, la inmensidad de las laderas blancas inmaculadas, sin ni una huella que manchara su lisa pulcritud. Una belleza. Un pequeño lago congelado y sobre él, amagando pero sin caer, caricias de estalac

titas de hielo.

 

La bajada fue tan ardua como la subida. Una bajada empinada. Primero la nieve. Y el hielo. Había que cruzar con botas de siete leguas porque había áreas de mucho hielo, y debajo del hielo se veía el agua. Teníamos que pisar con sumo placer y encanto para no romper la capa de hielo, no sabemos hasta dónde o hasta qué se esconde debajo. Había huecos pequeños, agujeros de cerraduras entre el suelo y un subsuelo misterioso por el que canturreaba agua helada. Cruzamos toda esa parte enorme y frágil durante casi una hora de caminata. Hubo sectores con más nieve, y entonces era más divertido. Y después piedra. Grandes rocas que debimos sortear una por una, traspasando una a otra, o a veces casi flotando sobre unas y otras. Un descenso voraz.
Tardamos casi ocho horas en llegar a Dzhongla. Y pude hacerlo, a pesar de todo.

A la cumbre del Gokyo, y de Gokyo a Thannang o Dragnag

A la cumbre! Qué hermosura. El Gokyo, sin llegar a ser un seismil, poco más de un cincomil, domina. Está en el medio, imperturbable, porque ninguna otra montaña lo cierne y desde su cima, se ve todo. Está a los pies del Everest, y visibiliza sin binoculares el Makalu.
Encaramos en la mañana, sin las mochilas que se quedaban en el albergue de Gokyo, el de la hija de Pemba de Phanga. Encaramos mal. Pensamos que en dirección al collado de Renjo La había un camino más accesible y no tan empinado pero terminamos subiendo de manera más bestial que por el sendero vertical normal. Se nos hizo realmente como el dicho «cuesta arriba», pero llegamos, a las zancadas, agarrándonos del aire, en cuatro patas, por angostos senderos de yaks o cabras, cada vez era más vertical y con menos escalones donde poner los pies, pero llegamos, y no por eso pensamos que hemos llegado a lo más alto. La vista desde la cima del Gokyo, a 5660 metros, es vasta. Se ven los tres lagos hilados de la mano, parte del glaciar de Ngozumba que debemos cruzar más tarde, otros lagos congelados en dirección a Renjo La, el Everest, y el séquito de montañas veladas de blanco que lo rondan.
Bajamos. Comimos algo, descansamos. Volvimos a calzarnos las mochilas y salimos para cruzar el glaciar de Ngozumba. Un glaciar, al parecer en Nepal, no es lo que imaginamos los que vivimos en Argentina. Este glaciar parece haber sufrido una extirpación de su propia entraña. Es un hueco de la tierra. Como si la erosión le hubiera arrancado las tripas y algunos órganos y hubieran quedados las cavidades caladas, paredes de hielo en las que se han grabado las huellas de antiguas paredes hermanas que han sido desgajadas con una fuerza infernal o apocalíptica de su origen. Son huecos. Enormes bocas de roca y hielo a las que les falta su otra parte, y esa otra parte, hoy o es morrena del glaciar, deshecho, pequeñas piedras trituradas por esa fuerza infernal apocalíptica, o son agua que conforma pequeños lagos algunos de ellos apenas congelados por el frío en su reminiscencia de haber sido sólidos y haber tenido forma alguna vez.
Caminar por ahí, por las morrenas, cruzar el glaciar de Ngozumba, no es cómodo. Todo lo contrario; es fastidioso, es molesto. Las morrenas son como pilas de canto rodado, frágiles y blandas donde nuestras botas se hunden en cualquier dirección. Hay que cruzarlo. El camino no es claro pero uno conoce la dirección y pasadas esas morrenas, la desolación que nos circunda ofrece un sendero, dentro del mismo panorama desolador. Algo nuevo. Algo diferente. Tras caminar un poco más por ese sendero ya sobre más en firme, se llega a Thannang que algunos llaman Dragnag. 
Todo es más caro a esta altura, un dhal baat llega a costar 650. 

De Dole a Gokyo

Le dimos de un tirón y llegamos a Gokyo. Qué belleza es esto. Las montañas, los manchones de nieve, y los tres lagos enlazados, cada uno, tras el otro, más sorprendentemente turquesa.

De Dole es subir. Y subir. Se trata de un faldeo bastante confortable para lo que de esto se trata, y sarna con gusto no pica, el placer llega, los lagos aparecen, y lo hacen sin aviso, como por arte de magia, al final de varias horas de peregrinaje. Faldeando se pasa por el pueblito de Lhabarma, y después por Luza, y luego a Machherma. En medio aparece un subi y baja de esos que paracen querer fastiadiarnos o agarrarnos para la joda, o tomarnos el pelo, pero no hay que darles el gusto, hay que disfrutarlos, hacerles entender que en vez de todo eso, cada uno de sus altibajos nos está regalando un panorama diferente del mundo, del derredor, y de nuestro interior también, porque a cada paso, arriba, o abajo, respiramos al mundo de diferente manera, y lo aprehendemos así, con todos sus matices, agitados a veces, y cómodamente, otras, y sin pensar en nada muchas, y pensando en todo otras muchas veces. Subiendo, bajando, respirando, sin aire, pensando o sin pensar, paramos en Phanga donde nos recibe la sonrisa amable y la generosidad desinteresada de rupias de Pemba. Nos invitó té con leche, agua para el mate, estaba tan feliz de recibirnos. Nos cocinó un chow mien inigualable y suculento como ninguno, y nos recomendó el albergue de su hija si llegábamos a Gokyo, y llegamos. A 4800 metros de altura. Fue un buen camino. El primero y pequeño lago, Lonpongo, apareció de pronto, no esperábamos nada, después llegó el segundo, Taujuna Cho o Taboche, un poco más grande, un poco más azul, y después el impresionante y turquesa Dudh Pokhari, todos ellos como tomados de la mano a través de hilos de agua que unen a uno con otro, como si temieran extraviarse entre tanta magia, confundirse entre las pircas de piedras que mezclan el camino y confunden a los espíritus errantes para llevarlos más allá de cualquier señal certera. Me encanta este lugar. Conjuga de verdad la magia pura de todos los senderos del Himalaya. Parece en el centro de las cadenas gigantes del mundo. Desde Gokyo puede llegarse a la cúspide del planeta, a ver hacia un lado y al otro el Makalu o el Everest. Lo haremos mañana. Mañana intetaremos conquistar al Gokyo, una humilde cumbre de 5360 metros desde la cual puede verse la geografía total del Himalaya.


Nieve, lagos, montañas cara de piedra que nos cercan ya sin la incertidumbre de las ramas del bosque, ya estamos juntos, frente a frente. Algunas prefieren olvidarnos, hundidas en la niebla. Otras se nos adelantan a cada paso nuestro. Defienden su territorio. Lo dominan todo. No queremos invadirlas, sólo conquistarlas, seducirlas, con el respeto que su magnificencia se merece. Adorarlas con nuestros pasos. Ser permitidos de ellas.

De Namche Bazaar a Dole

Nuestra primera intención era simplemente, sencillamente, y nada más, que llegar a Phortse Tenga, pero Forza Tengamos, así que nos vemos, disfrutamos, caminamos, y seguimos. Más adelante, más arriba, más arriba, más adelante. Nuestros pasos de peregrinos en las montañas Himalayas, lo más bonito de Nepal, país que por todos los demás wines deja mucho que desear. Ya veremos. Todo es tan precario, y la gente como si nada, como si vivir así fuera lo normal, para ellos, es lo normal, para mí, para nosotros, no es justo.  Los permisos para acceder a Sagarmatha son caros, y no preguntamos, dónde va a parar el dinero de tantos trekkers y montañistas que se avienen a disfrutar estas maravillas de la naturaleza, dádovas generosas de una naturaleza madre que jamás habrá sido hecha a sí misma para el dinero, por las que debemos pagar, pero si eso no es para lo nepalíes, entonces, dónde está?
Llegamos a Dole, a 4200 metros de altura. Todo el camino, desde Namche, fue en subida, a puro trepping. Nos detuvimos a comer en Mong, pueblito donde nació un conocido y venerado Lama, el Lama Sange Dorje. Comimos unos momos, y chow mien, con unos mates.
La intensa subida o trepping empezó en Kyamjuna. Allí el sendero principal se bifurca en tres. Nosotros tomamos el que va hacia Gokyo. A trepar!
Y como si fuera una joda, a bajar otra vez. A Phortse Tenga se baja. Una bajada empinada, y al pedo, porque nuevamente hay que subir, y a trepar! otra vez. Hay una bifurcación, un sendero a la izquierda sale hacia otro pueblo sobre una colina, del otro lado del río, se llama Phortse. Nosotros seguimos de este lado, y por fortuna, sin tener que cruzar otro de esos puentes.
Hoy durante el camino nos acompaña el majestuoso Ama Dablan, qué estirpe de caballero, es como un mago gigante y noble, se deja ver sin timidez, erguido en toda su pureza alba. El Ama Dablan es hermoso, es uno de mis cerros preferidos, el Ama Dablan es tan bello. No me canso de mirarlo o de dejarlo que me mire y pose para todas mis fotos de esta tarde. Erguido y sin miedo. Admirable Ama Dablan, qué regalo de la naturaleza que no nos cobra nada para dejarlo ahí, a merced de nuestros ojos. Es un templo enorme. Una torre encaramada en medio del aire, y sin miedo.
Desde Namche a Dole tardamos 6 horas con 1 hora de almuerzo, así que de hecho fueron 5 horas de andar. Desde Phortse Tenga a Dole fueron 2 horas en subida. A Dole se llega atravesando un bosque de pinos, se respira resina pura, parece copal, y así la subida no cansa, purifica. Los rododendros, tan comumente rosas, fucsias, o rojos, de golpe se dieron un tupé de brillos, y saltaron ante nuestros ojos, lilas y blancos y en toda la gama intermedia. Blancos! Qué belleza. Se nos colaron en el camino poblándolo todo con esa infinita pureza de sus pétalos. La tarde se volvió tan clara que parecía una mañana longeva, una mañana eterna. Fue un día diáfano, ya no claro como ayer, sino completamente diáfano y despejado. Un día imposible en las montañas donde lo normal es que sean las nubes las que lleguen a inundar sus propios dominios en las cumbres, pero hoy las nubes han pasado de aquí, como dijo Serrat acerca de las musas, «andarán de vacaciones». Imposible este cielo diáfano en las montañas. Sólo para nosotros. Para nuestros ojos. Y sólo para los ojos de Martín, un perdigallo tibetano, el ave nacional de Nepal, un faisán del Himalaya, azul, verde, dorado, rojo, violeta, violelílatafú, y todos los colores de sus plumas, dice que brillaban en medio del bosque, como si fuera otra luz el perdigallo, otra luz en este día.

De Monjo a Namche Bazaar

También, como ayer,  se presagiaba que este sería un camino de subida empinada, sí es trepping, pero no es tan duro, hay subidas, hay bajadas, hay escaleras de piedras arriba y abajo, y hay sectores más bien planos. Agradable bosque. Rododendros, pinos, aroma de resinas, y puentes! demasiados otra vez! La última mitad del camino, ya sí, significa de hecho «subir» a Namche Bazaar. Cuando cruzo los puentes colgantes, en la mitad, con los ríos corriendo debajo, muy debajo, siento que quedo a merced del viento, que el viento va a voltearme, veo y acaricio los barandales de alambre retorcidos y alguna bandera de oración se enreda en mi mano, hay tantas! Llego al final con más esfuerzo que ante cualquier subida de roca, y con el estómago revuelto, luego pasa, y luego aparece otro puente que cruzar. Cruzar puentes graves, de eso se trata el reto que quizás debo vencer en esta vida. No sólo caminar arriba o abajo sobre firme, sino intentar flotar a esa altura del aire, sobre ríos que cuelan su furia debajo de nuestros pies, sostenida por qué, por la nada misma, en medio del aire, tal cual, a la deriv, y aunque en la cuerda floja, seguir adelante, un poco por decisión y un poco a lo que depare el azar y el destino, no hay más seguridad que esa sobre un puente colgante que se balancea a más de cien metros de altura y a lo largo de 300 metros de longitud, o más.
Pasamos dos check post donde nos registraron y en menos de tres horas, desde Monjo, estábamos en Namche Bazaar; un pueblo realmente enclavado en las laderas de las montañas, pintado ahí, a 3440 metros de altura, donde sugieren aclimatar, pero Martín y yo ya venimos aclimatados y Stella se la re banca, no tiene ningún síntoma así que seguiremos adelante, y arriba, arriba y adelante. Las mañanas son claras y las cumbres empiezan a imponerse a medida que caminamos. Nos rodean, cada vez más de cerca, cada vez más de frente.
Namche Bazaar está estampado en colores, un estampado amplio, impresionista, manchones rosas, celestes y amarillos impregnan las colinas oscuras o salpican la niebla que se instala justo a esta altura, a la altura de Namche Bazaar. Desde aquí, rodeando una de las suaves colinas donde se erigen las casitas de colores, es posible ver asomarse al Everest, como si fuera tímido el muy grandote, se asoma apenas detrás de otras montañas que están más cerca. No nos vamos a quedar un día para aclimatar en Namche, pero estaría bueno subir un poco en dirección a Khumjung y luego hacia la izquierda de la ladera para verle la pelada al grandote, y allá vamos, pero es tarde, la niebla ya se instaló como Pancho por su casa, no vemos nada, más y tarde llovizna. Salimos a ver los puestos del mercado, las artesanías, y los libros. Me compro un pequeño libro para aprender nepalí, está en francés, francés, francés nepalí, lo convierto en mi libro de bolsillo y lo saco todo el tiempo para intercalar alguna palabra con la gente, ellos sonríen, digo que hablo poco, ali ali nepali bolchhu, ellos dicen que dairei, mucho. 
El alojamiento en Namche nos cuesta 200 rupias para los tres, el plato medio de comida, 300 rupias.

De Kathmandu a Lukla, y de Lukla a Monjo

Tomamos el vuelo en Kathmandu, hacia Lukla, el aeropuerto nº 1 del mundo entre los 10 más peligrosos del mundo. El aeropuerto para los vuelos de cabotajes es un quilombo, eso pensamos aquí, en Kathmandu, antes de conocer lo de Lukla donde funciona aceitadamente una mafia de vuelos. Ya verán. La avioneta de Tara air sube y sube a todo vapor, a más no poder de sus motores. Son 16 pasajeros, una azafata que no entra parada en la avioneta, y dos pilotos. El vuelo dura media hora. Sube y sube, de frente un cerro nevado, parece que nos vamos a estrellar contra él, es inevitable, ya estamos ahí, el pobre avioncito no puede más, no da para más. Los pilotos tiran de unas manijas como si quisieran propulsarlo con la fuerza de sus puños para que suba todavía un poco más y no se estrelle contra esa cumbre cubierta de nieve. Al final, pasa raspando y de golpe empieza a bajar, y a bajar y aterriza en una pista de pocos metros. Parece que no podrá frenar y que nos estrellaremos con la pared final del aeropuerto de Lukla, pero la pista esta en declive, el avioncito apoya las ruedas en una subida y la fuerza de la gravedad ayuda a que el avioncito desista de seguir subiendo y estrellarse con la pared del fondo, por suerte los frenos andan bien y se detiene a tiempo. Llegamos a Lukla. Empieza la caminata hacia las alturas del Everest, a sus pies, majestad, nada más que hasta allí, nos sacaremos el sombrero para saludarlo desde nuestra ínfima pequeñez.
Luklaestá a 2800 metros de altura.
Nos calzamos las mochilas y encaramos rumbo a Phakding. Empezamos la caminata a las 10.30 de la mañana, a las 12 llegamos a Phakding, parada sugerida para este día. Pero es muy temprano y tenemos suficientes fuerzas y energías, más ansiedad acumulada, así que comemos una porción de tarta de manzanas que cuesta más de lo esperado, 300 rupias, y un té, menta, mango, y gengibre. Seguimos caminando. Es un camino fácil, con pocas subidas, algunas escaleras de piedras, y unos cuantos, demasiados para mí, puentes que cruzan ríos a alturas temerarias, puentes colgantes, larguísimos, de más de 300 metros, a más de 100 metros de altura del río Dudh Koshi, adornados de banderas de oración. Todo el sendero transcurre por bosques hermosos. Pasamos gompas, pinturas mani antiquísimas sobre las piedras, y rodillos de oración que invitan con avisos al peregrino a ser girados para purificar sus almas. Giramos los rodillos cada vez, y seguimos nuestros pasos, nuestro peregrinas. Hacia arriba, poco a poco pero paso a paso, tranquilamente, respirando el aroma de los pinos, descubriendo las flores de los rododendros en las colinas, entre las piedras, como luces en la niebla.  Pasamos una gompa también muy antigua, 500 años de antigüedad.
Llegamos a Monjo tras pasar varios pueblitos: Chheplung, Ghat, Chhutawa, Phakding, Tok Tok, Bengkar. Estamos en un albergue sencillo que cuesta 100 rupias, 1 dólar y monedas; los platos del menú resultan ser un poco más caros que en nuestro circuito de los Annapurnas. Pensamos que Sagarmatha es un destino quizás más sofisticado, aquí está el emblemático y desirable Everest, aquí sólo se puede llegar volando, por aire, o de a pie. Los albergues ya no incluyen en ningún caso la ducha caliente, cuesta 350 rupias, así que no nos bañaremos, al menos iremos estirando el chivo hasta que sea soportable. No hay electricidad, sólo por generador, y las cargas de baterías también se cobran, entre 150 y hasta 350 rupias la hora. 
En nuestro recorrido demoramos desde Lukla hasta Monjo con el descanso y la tarta de manzanas 5 horas y media. 

Baktapur, Changu Narayal- Valle de Kathmandu

Seguimos por acá!! A pesar de mi ansiedad de rajar para las montañas. Acá ya no se puede respirar. Ayer deliberamos si ir en jeep, viaje por camino de cornisa que dura 16… 17 horas, o el avión que resulta ser más caro de lo que pensábamos.  282 dólares ida y vuelta a Lukla, una barbaridad!! Pero el viaje, 16 o 17 horas de autobús!! en camino de cornisas y tierras deslavadas y después caminar tres días más hasta llegar a Lukla, tres días en los que deberíamos dormir en hospedajes, albergues de montaña, y comer en el camino. Optamos por el vuelo. El vuelo a uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo, el nº 1 en la lista de los primeros 10,  esperamos que sea menos peligroso que las carreteras de montañas, y son solamente 50 minutos.

Saldremos mañana en la mañana. Directo a Lukla y de ahí a encarar Sagarmatha.
Hoy fuimos a Baktapur, un pueblito a 10 km de Kathmandu. Hicimos nuestra experiencia en autobuses urbanos,que quilombo! En Baktapur dimos la vuelta alrededor de lo que sería la ciudad vieja, pero no entramos porque costaba 1100 rupias, demasiado, pispiamos, pensamos que no valía la pena todo ese dinero, y nos tomamos otro colectivito urbano, otra vez bocinazos, polvo, ruido, quilombo, pero menos, subía por una cuesta en medio de un  bosque bastante fresco, hasta Changu Narayal donde hay un templo muy bello, diferente a todos. Con colores. Y Visnu en todas sus formas reencarnadas, con diez cabezas, o medio león medio hombre matando a un demomnio, o como el enano que de tres zancadas atravesó el universo para matara Bali. También pasamos por los templos de las tres diosas, acá en Kathmandu. Vimos muchos relieves con figuras eróticas muy ingeniosas, para practicar.
No veo la hora, no veo la hora de irnos a las montañas!!
El entusiasmo se mantiene en vilo, expectante. Hay que ir a comprar algunas vituallas para el camino. Me quiero rajar de este quilombo.
Un colectivo de Kathmandu a Bakhtapur cuesta 25 rupias. De Bakhtapur a Changu Narayan cuesta 20 rupias.

Quiero caminar entre las cumbres que me seducen, rodearlas con mis pasos es como ir abrazándolas a medida que se van entregando, lentamente, hurañas moles de piedra y hielo, las amo. Voy a abrazarlas con mis pasos. Pronto!

Patan, Kathmandu

Salimos un poco de la urbe de Kathmandu, a un pueblo que supo ser importante y se nota en los antiguos fulgores de su arquitectura, en sus puertas y ventanas de madera profusamente talladas. Debe haber sido muy hermoso. Ahora se viene abajo, y en medio de lo que fueron antiguas y bellas construcciones, de cuyas ventanas ahora se asoman un sinfín de cabecitas a modo de conventillos, se levantan pequeñas estupas y cientos de templos en  plazas y esquinas. Fuimos a la Plaza Durbar de Patan. Ya con la amiga Stella a quien recogimos esta mañana en el aeropuerto y zambullimos de cabeza en el bullicio, ruido, quilombo, de esta ciudad. Lo primero fue tomar mates y charlar. Después fuimos a sacar los permisos para adentrarnos a partir de mañana en el Parque Sagarmatha, la frente del cielo, donde se encuentra el Everest. La caminata será más dura y más larga de lo previsto porque el vuelo a Lukla ida y vuelta es muuuuy caro, asi que encontramos una opción para ir hasta un lugar, Phaplu, en jeep, por esas carreteras horribles, pero nos acerca, y de ahí se nos sumarán tres días a lo ya planificado. No nos alcanzan los días si los contamos matemáticamente, pero si los contamos con el entusiasmo, por ahora nos alcanzan y nos sobran. Después volvemos en avión, para estar seguros y tranquilos. Esperemos que los buenos vientos nos acompañen, que nos lleven desde la popa enfilando proa a las cumbres. Queremos llegar!
En Patán hicimos un recorrido completo por las calles de la ciudad, los templos hinduistas, las estupas blancas, y los templos de Krishna. Luego comimos muy rico en un restaurante y Stella y Martín inauguraron su tour de la cerveza foránea.
Un taxi hasta o desde Patan cuesta entre 300 y 350 rupias.
El permiso para el Sagarmatha cuesta 3000 rupias, es más caro que al Annapurna que cuesta 2000, debe ser porque esta  el Everest… no sé. Pero VAMOS A VER EL EVEREST! El más mayor de los ochomiles del mundo, el más alto del mundo, y no es joda. Si no se nubla, a que lo vemos! A que se deje ver!
Tuvimos que hacer otro TIMS, carnet de trekking, 20 dólares cada uno. Para todo se requieren fotos que ya teníamos, previa investigación.

Kathmandu-Pashupatinah-Boudhanat-Jardin de los sueños

Nos fuimos
caminando por el mundanal ruido, por la Avenida Naxal, llena de autos y motos,
y gente que cruza las bocacalles por donde puede y como puede mientras policías
en esquinas, metidos en un pequeño kiosko, tratan, sin silbato, de dirigir el
tránsito con los brazos, entre los bocinazos y el quilombo. No hay semáforos en
Kathmandu, y de nada servirían, en ningún lugar de Nepal, puesto que la mayor
parte del tiempo tampoco hay electricidad. La electricidad está restringida en
todo el país porque no alcanza, así que en todas las ciudades de Nepal adonde
llegaría la luz, llega con cuentagotas. Más o menos la van cortando en periodos
de cada ocho horas, a veces de a cuatro. Ahora, en este momento, por ejemplo,
no hay luz, pero algunas cosas siguen funcionando con grupos electrógenos.
Todos o casi todos, muchos, tienen generadores, ruidosos también, tiran de la
piola, empieza a girar la correa y se prenden los motores. Percusionan con los
bocinazos, y algún reggae que suaviza la cosa y viene de algún local de los
alrededores.
Llegando a
Pashupatinah se empieza a sentir una mezcla de olores que se infiltra en el
polvo, y, y con el polvo, y el humo, se nos infiltra en la piel, en la ropa, y
nos queda pegado a la nariz. Me dio un poco de náuseas, y me impresionó. Hay
muchas hogueras. Parecen divididas para ricos y pobres. Entramos por el lado de
los pobres, los de abajo, porque nos colamos. La entrada costaba 1000 rupias,
lo que nos pareció excesivo para tal morboso espectáculo, así que nos metimos
por otro camino, cruzamos en una parte el río, y pasamos por en medio de las
chabolas de la gente más pobre, “los intocables” que nos miraban extrañados de
que anduviéramos por ahí. Así llegamos a la parte donde están los templos, y
donde por muchos años, hasta 2001, los intocables no tenían permitido el
acceso. Hay muchos sadhus, santones, esos que andan con las barbas largas,
algunos semidesnudos o con túnicas amarillas y naranjas, y un callado para
caminar. Hay muchas piras, y algún cadáver esperando con algún doliente al
lado, el turno de su hoguera. Luego, los palos de las piras que no se alcanzan
a quemar, y la mugre, flota en el río sagrado Bargmati, donde al mismo tiempo
las mujeres lavan la ropa, y más de uno se mete a remojarse las patas.
Salimos de
Pashupatinah y como era temprano nos fuimos a Boudhinath. La mayor estupa de
Asia. Un lugar contrastante con el anterior por su inmaculada blancura, por el
olor a inciensos, y por los coloridos monasterios de los alrededores.
Boudhinath queda a 1 km y medio de Pashupatinah que a su vez queda a poco más
de 2 km de Thamel, el barrio concurrido y turístico de Kathmandu donde nos
alojamos en el hotel Potala.
El hotel Potala
cuesta 18 dólares con internet, baño, desayuno, para dos personas. Para tres
cuesta 25. Martín se come un pollo Sizzler, completito y con rico aroma que
cuesta 295 rupias, y yo me pedí un budín de arroz que cuesta 125 rupias.
Un taxi desde
Pashupatinah a Boudhinath -se puede caminar- cuesta 200 rupias, y de regreso a
Thamel, desde Boudhinat, cuesta 300 rupias.
Para alejarnos
del mundanal ruido y recuperarnos de los contrastes de este día, nos refugiamos
en el jardín de los sueños. Un rincón, que a pesar de estar en plena ciudad y a
pasitos de este Thamel, es un reducto de paz. Árboles, magnolias, flores,
orquídeas, lirios, gardenias, lotos, estanques y fuentes, helechos. Y los ALISUS! Ahí nos
tiramos en el pasto y nos relajamos un buen rato bajo la mansedumbre de un
cielo húmedo y gris que no quiso llover.

Kathmandu-Swayambhunath

Hoy visitamos los templos de Swayambhunath. Están a pocos dos kilómetros y medio de Thame el barrio céntrico de Kathmandu. Fuimos en un taxi que nos cobró 200 rupias, no sabíamos el camino y esto es un quilombo, pero fuimos así, en vehículo, para regresar caminando.
Al templo de Swayambhunath se le llama también el templo de los monos, por la cantidad de macacos que andan en los alrededores, entre y por sobre los templos. Hay una estupa gigante, perfectamente proporcionada, con su aguja dorada, una cúpula escalonada y los ojos de Buda, tres en cada cara -el tercer ojo- mirando hacia los cuatro puntos cardinales. Hay muchas otras deidades, y se conjugan el hinduismo y el budismo. Hay símbolos del zodiaco tibetano, taras, guardianes del cielo, el agua, la tierra, y el fuego. Llama eterna. Protectora contra la viruela y la fertilidad, Maya Devi, mamá de Siddharta pariendo agarrada de la rama de un árbol. Fue un agradable paseo. Por sendas del peregrino, escaleras interminables, y más y más estupas, y más cúpulas, y más piedras con bajos y sobre relieves. Volvimos caminando, cruzando el río putrefacto y luego el tránsito desordenado y los bocinazos, y el polvo. Descansamos con mates en el hotel, y volvimos a salir a comer y otra vez a caminar un poco por el caos. Por suerte serán pocos días en Kathmandu hasta retomar los trepping en Himalayas. Apenas llegue la compañera Stella arrancamos de nuevo hacia las montañas. No la vamos a dejar ni respirar el aire polvoso de esta urbe. Aunque a ella a lo mejor le gusta. A nosotros también nos gustan muchas cosas, las comidas con sus especias, el sabor a masala, el aroma a sándalo, a almizcle -lástima el olor a podrido que se inmiscuye-; nos gustan los ojos negros únicos de esta gente, sus miradas también únicas, cómo miran! es muy bello. Nos gustan los vestidos de las mujeres, los rituales, las candelas. Nos gusta todo lo que atañe a una paz misteriosa, a las creencias, a sus ritos. Pero no el caos, los bocinazos, el polvo, la mugre, y lo peor: la miseria y el poco valor que tienen los derechos y la justicia sobre estas pobres criaturas que se quejan muy poco. Será mi espíritu revolucionario. Yo no puedo aceptar que vivan así.
Martín jugó con unos nenes que andaban pidiendo cerca de Swayambhunath. Pedían limosna, pero cuando Martín se puso a jugar con ellos, tenían una felicidad enorme, y se rieron tanto que se olvidaron por qué estaban ahí.