Todas las entradas de: Maria Taurizano

Sintra (día 5)

Para llegar a Sintra desde Lisboa se puede tomar el tren, la linha de Sintra, que parte desde la estación de Rossio. Son 27 km y el tren demora unos 45 minutos. Compramos la tarjeta Viva Viagem en al que se puede cargar dinero según las necesidades. La tarjeta la compramos en ventanilla, en la misma estación, y cuesta 50 centavos. El viaje ida y vuelta  Sintra cuesta unos 4 euros.

Desde Sintra hay unos autobuses de una compañía llamada Scottbus, que hacen recorridos por cercanías pero es un bus caro. Cuesta unos 10 euros para hacer un recorrido por lugares cercanos. La entrada a todos los palacios, jardines, castillos, también cuesta alrededor de 10 euros, algunos como el de Pena, más, casi 20 euros si se quiere visitar el interior y los jardines.

Nosotros pasamos por todos los castillos y palacios pero sin pagar, o sea sin entrar, pero como Sintra es una sierra, es muy fácil, además de hermoso, caminar de un edificio a otro por un bosque exuberante lleno de matas de flores exóticas. Desde cada ladera o colina se pueden apreciar los frentes, muros, y torres de palacios y castillos.

Caminar por Sintra y su Parque Protegido es una hermosura! Hay cientos de senderos por bosques de robles-cerquiños, de álamos o acacias, el verde lo cubre todo. Lord Byron aseguró que Sintra era el lugar más bello del mundo. Da gusto visitarlo, y es aconsejable ir con tiempo ya que, así como en cada esquina de las ciudades portuguesas se abre un abanico de rincones por descubrir, en cada recodo del bosque de la sierra de Sintra, en cada crurva en la ladera, se divisan las torres de un nuevo palacio o castillo.

Los más tradicionales son el Castillo dos Mouros construido en el siglo VIII Y IX por los árabes. Este castillo está  en lo más alto de la sierra rodeado de murallas. En otra de las cumbres está el Palacio da Pena, construido en el siglo XIX por Fernando de Sajonia-Coburgo, rey consorte de Maria II. Es muy llamativo, colorido, desde afuera, rojo y amarillo, de estilo ecléctico. Dentro de este palacio hay vestigios del Convento de los Jerónimos sobre el que fue edificado.

Uno de los palacios que más nos llamó la atención por sus torres llenas de molduras, arabescos, decoración, y torres erigidas como agujas enigmáticas, fue la Quinta da Regadeira. Esta quinta y palacio conocida también con el nombre de Palacio de Monteiro dos milhoes es patrimonio de la Unesco y fue diseñado por su propietarios con ayuda del arquitecto italiano Luigi Manini. En medio de un bosque el edificio esconde significados relacionados con la alquimia, la masoneria, los templarios y la rosacruz. La quinta está modelada por construcciones que evocan la arquitectura románica, gótica, renacentista y manuelina.

Caminamos hasta allí, pasando por otra residencia morisca, ahora abandonada y cerrada, y luego de la Quinta da Regadeira fuimos hasta el Palacio Sete Cais que actualmente es un hotel.

Sintra fue el lugar de residencia veraniega de los reyes de Portugal desde hace más 600 años, y por eso en el centro de la ciudad, entre un laberinto de calles empedradas también se alza el Palacio Real.

Lisboa (día 4)

Si antes pensé que Porto era inagotable tan repleta de rincones a descubrir, no menos puedo decir de Lisboa! Lisboa sorprende en cada esquina. No sólo callejas de adoquín y frentes con azulejos sino que cuadra a cuadra se despliegan ante nuestros ojos monumentos de todos los tiempos y estilos. El estilo decimonónico, el art nouveau, los murallones del medioevo, el arco de medio punto, la influencia mudejar en ojivas y recortes de columnas o ventanas. Color, monumento, parques, plazas enormes y gente amable. Muchas antigüedades, mucha literatura viva.

Nos dejamos llevar sin mucha exigencia de un plan determinado. Es difícil, caminando por Lisboa, intentar unir un punto a otro premeditadamente porque seguro que en medio se nos cruzará algo que llamará nuestra atención y luego otra cosa, y entonces perderemos el hilo de cualquier itinerario planeado.

Hay desnivel, calles que suben y bajan de las colinas sobre las que se explaya la ciudad capital. En algunas de ellas como la Calçada da Gloria, existe el funicular, en otras podemos encontrar escalera mecánica, vías de carris (tranvías), escaleras de piedra, o empedrado, y elevadores, como el de Santa Justa, al que se accede por un puente rodeado de alambre tejido en el que se atan cientos de candados y cintas, promesas de enamorados.

Se puede recorrer en carris, los tranvías, en tuktuks que ofrecen paseos para turistas continuamente, en otros carritos y trencitos. Al igual que Porto, Lisboa es una ciudad muy visitada por turistas de todas partes. Este día seguimos recorriendo a pie, para mí, dentro de una ciudad, es la mejor manera de no perderse nada.

Pasamos por la tradicional cafetería La Brasileira, reducto de poetas y escritores de todos los tiempos, antes y ahora, por las calzadas donde uno tras otro se yerguen edificios de bibliotecas, ventas de antigüedades, casas de modas vintage. Hay artistas callejeros, pintores, ferias, artesanos. Abunda el color entre las mayólicas y las ventanas con ropa tendida. La gente es amable, sonríe, es solícita para indicar, aun cuando uno no pregunta, y los precios son accesibles.

Descansamos en la Plaza de la Alegría, un reducto de paz a la sombra de una enorme conífera achaparrada, caminamos por Rossio, pasamos por el Teatro Dona Maria, subimos al Castillo de San Jorge, a la Sé Catedral, y bajamos por Alfama, el barrio del tradicional fado hacia la Plaza de Comercio junto al mar. Esta última, fue reconstruida después del terremoto de 1755, los edificios que la rodean son de estilo neoclásico, es una plaza enorme, muchos aún la denominan Terreiro do Paço porque se encuentra sobre los terrenos que ocupaba el antiguo palacio real.

El Castillo de San Jorge se eleva sobre la colina primigenia de Olisipo, los cimientos son visigodos del siglo V, luego fue remodelado por los árabes en el IX y resontruido por Alfonso desde 1147 hasta el siglo XI. Desde estas alturas las vistas del Mar de Paja y el estuario del río Tajo, son preciosas.

La Catedral de Lisboa, Sé, tal como la de Oporto es de austeros muros románicos con aspecto de fortaleza y macizas torres gemelas.

 

Coimbra (día 3)

La ciudad de Coimbra es la ciudad universitaria por excelencia de Portugal. Aquí se encuentra una de las universidades más antiguas de Europa, fundada en 1290. Está sobre una colina y se accede a ella por diversos callejones de empedrado jalonados de frentes de todas las épocas y unas cuantas iglesias.

La ciudad de Coimbra fue la capital del reino de Portugal y por eso sus edificios tales como la Catedral son de gran porte y similar ostentación que los que encontraremos en Lisboa o Porto.

Coimbra está a 118 km de Oporto, y se puede llegar a ella en tren o en bus. Los buses Rede Expresso salen desde la Rodoviaria 24 de agosto, tardan una hora y diez miutos y cuestan 11.90 euros. Los trenes salen desde Santa Polonia y el Intercidade cuesta 13.60.

Luego desde Coimbra tenemos buses a Lisboa cada hora por 14 euros, y trenes por cerca de 20 euros.

Caminamos desde la Rodoviaria de Coimbra hasta el centro siguiendo la Avenida Magalhaes, frente a la rodoviaria. En un momento veremos el río Mondego, y hacia la dirección contraria la entrada a los callejones por los que accederemos a la legendaria ciudad universitaria.

Oporto (día 2)

Intensa caminata por las inagotables calles y puentes de Porto.

Salimos desde nuestro departamento en la Rua da Alegria y a pocos metros pasamos por el Teatro Helena Sá e Costa. Luego tomamos la Rua Santa Catarina, pasamos la Capela das Almas y cerca del Mecado do Bolhao nos compramos unos panes artesanales, tradicionales, riquísimos! de milhojas y con sabroso relleno de frutas, dulces, y cubiertos con escamas de almendras, delicias! y buen precio! A pocos metros, por esta calle peatonal, de frentes azulejados que obligan a detenerse a admirar a cada paso, hicimos un nuevo stop, en el famoso café Majestic, hermosa arquitectura, estilo art nouveau, vitrales y ornamentación. Subimos por la parte alta de la Fortaleza al Puente Luiz I y cruzamos a Vila Nova de Gaia donde se encuentran las antiguas y renombradas bodegas de Oporto. Caminamos por el malecón e hicimos nuestro pic-nic de mediodía con una vista privilegiada del Douro y las casitas de la otra margen más los continuos barcos haciendo sus paseos. Volvimos a cruzar por el Puente Luiz I, pero esta vez por la parte baja. Este puente es Patrimonio de la Humanidad y fue diseñado por un discípulo de Eiffel, construido en 1886.

Caminamos un buen rato más por Porto, fuimos a la Catedral, a la Igreja Santo Idelfonso, a San Francisco, entramos en la Santa Clara de increíbles retablos y plafonds barrocos dorados. Pasamos otra vez por San Bento, por el Mercado Ferreira Borges y por el Museu Igreja da Misericordia. Volvimos a la Torre dos Clerigos y cruzando un parque cerca de ella pasamos por la librería Lello & Irmao donde había una multitud esperando en la cola para entrar. Luego caminamos tranquilamente a casa.

Seguramente hemos visto y puede verse más de lo comentado en estos posts. Porto parece ser una ciudad repleta de rincones a descubrir, da para mucho y da gusto andar y perderse en sus callecitas, con sus frentes de mayólicas de todos los tiempos, viejos y tal como fueron hacen siglos, o renovados. Además, la gente, es amable, y en estos dos días, varias personas se han acercado a hablar con nosotros y hacernos comentarios aún cuando no les hemos preguntado nada. Se ve que les da gusto, quieren platicar.

Oporto (día 1)

Llegamos a Oporto o Porto, directo desde Bilbao en el Flixbus. Hay pasajes desde 10 euros si se saca con bastante antelación. El nuestro lo conseguimos a 14.99. El Flixbus sale de San Mamés, a medianoche, y es un autobús cómodo aunque no demasiado espacioso, pero los asientos son confortables, tiene wi-fi libre y que funciona bien, baño, enchufe y los conductores son amables. Se compra por internet y basta tener el código QR para subirse. Viajamos durante la noche, en la mañana, temprano, amanecimos en el Garagem Atlantico de Porto.

Desde el Garagem Atlantico iniciamos nuestro paseo. Caminamos por Praça da Batalha y Avenida da Libertade, enseguida nos atrae la mirada los frentes azulejados, típicos de Portugal. Mayólicas con distintos motivos de arabescos, flores, pájaros, barcos. A nuestro paso se interpone, omnipresente, la Torre dos Clérigos desafiando la gravedad. Construida en 1745 sobre una de las colinas más altas del centro. Es de estilo barroco y tiene 76 metros de altura que se pueden subir por 225 escalones; frente a ella la rua das Carmelitas donde se encuentra la famosa librería Lello & irmao, con su fachada inspirada en arcos ojivales y una llamativa ornamentación interior que incluye un puente. Pasamos por la catedral, Sé, románica y austera, se impone más como una fortificación que como un claustro de espiritualidad, sólo la ornamentación de una roseta, le da un aire de iluminación. Descansamos un poco con un mate mañanero en el Parque Cordoaria. Muy cerca de allí vimos la estación de Sao Bento, con escenas históricas pintadas en azulejos y construida sobre un antiguo convento. Seguimos caminando hacia la Praça Mouzinho de Albuquerque en la que destaca una torre alta en cuya cúspide un león atrapa a un águila, por una de sus diagonales llegamos a Casa da Musica y a pocos metros al Concierge Porto que es una especia de inmobiliaria turística a la que habíamos accedido por internet (booking, airbnb) para alquilar un apartamento por 15 euros por días por persona. En la oficina del Concierge Porto pudimos ir al baño, cargar agua, dejar nuestra mochilas. El personal fue muy amable y solícito a informar de todo lo necesario.

Seguimos paseando sin las mochilas, pasamos por el Jardín Botánico y luego bajamos al Douro, el río, cerca de su salida al mar. Muy buenas vistas de ambas márgenes. Caminamos por la costa del río, en dirección al centro, subiendo por la Alfandenga amurallada e hicimos nuestros pic-nic de almuerzo.

Por la tarde recogimos las mochilas y las llaves del departamento. Se encuentra en la Rua de Alegria, en el barrio Bonfin. Se puede manejar en Metro pero caminamos para conocer mejor la ciudad. Es una linda ciudad y hay bastante para ver por todos lados.

El departamento está bien, limpio y cómodo con una habitación con cama de dos plazas y un sofá cama extra y una sala comedor con otro sofá cama de dos plazas. Hay cocina equipada con todo, baño igual equipado, sábanas, toallas, artículos de limpieza y nos dejan de regalo una botella de vino local de regalo. En el barrio hay varios supermercados con excelentes precios para abastecer el refrigerador y aprovechar el menage de cocina.

 

 

Islas Griegas bajo presupuesto

 

Cada isla griega tiene su propia idiosincrasia. Si bien guardamos en la memoria o el deseo la idílica imagen de mar y laderas con casas de paredes blancas y ventanas azules, cuando recorremos las islas griegas, si lo hacemos desentrañando su verdadera esencia, descubriremos que todas son diferentes, que las ventanas de Mykonos conjugan verde y bordeau, que los frentes de Naxos tienen más piedra que los de Paros, también los de Syros, que en Tinos las ventanas suelen ser celestes o lilas, y que no todas las islas se embalsaman en los tonos pastel porque en Samos, cuna de Pitágoras, y también de Hera esposa de Zeus, suelen refulgir los marcos marcos naranjas, amarillos, contorneando un mar más verde que el de Lesvos.

Se puede viajar libremente por las islas griegas con bajo presupuesto a través de una gigantesca red de ferries que surcan los archipiélagos día a día deteniéndose en puertos que quizás no habíamos planificado, que no sabíamos que existían pero donde el barco hace una escala y tal vez, algo, nos convoca. Seguir el impulso.

Es difícil planificar un itinerario rígido si uno quiere aprovechar el tiempo y el dinero, salvo que veamos con antelación los horarios de ferries. Se pueden consultar en páginas como blue ferries, go ferry… ver allí los schedules, aunque no siempre son exactos y según las temporadas hay más o menos frecuencia de embarcaciones saliendo de un lugar a otro.

La primera vez que recorrí islas griegas lo hice saliendo desde Turquía. Había estado trabajando en una terraza de hotel en Kusadasi desde donde cada atardecer deliraba qué islas, qué costas, qué pueblos, me esperarían navegando a través de esas aguas del Egeo. A menos de dos horas de Kusadasi, Turquía, está la isla de Samos. El ferry que hace el trayecto es un poco más caro porque se trata de un enlace internacional, pero nada del otro mundo, un viaje factible, debe rondar los 40 euros y es, si mal no recuerdo, el más caro que he hecho, los demás, entre isla e isla, irán de a 15 a 25 o 30 euros si nos desplazamos a otro archipiélago un poco más lejos.

En Samos hay muchas posibilidades, muchas cosas por hacer y para ver: el sitio mismo donde nació Pitágoras, la columna del templo de Hera en el Ireon que supo ser más grande que el mismísimo Partenón. Es una isla amplia con vestigios de un pasado intenso. El mismo panorama vamos a ir encontrando en las demás islas a las que vayamos; por ejemplo, Syros, si acampamos en Galissas, luego tenemos que visitar la ciudad principal, Ermoupolis, llamada así en honor a Hermes y también ir a caminar por empinado pueblo de Ano Syros, desde el Vrodado. En Naxos, además de la ciudad principal, podemos hacer trekking ya que posee una red de senderos. Naxos es la isla donde Teseo dejó a Ariadna después de que Ariadna le diera el hilo largo largo para guiarlo en la salida del laberinto. En Naxos, Ariadna hizo buenas migas con Dionisos. Dicen que no hay mejor vino que el vino de Naxos para un corazón destrozado. En Paros, la ciudad principal es Parikia, el camping está en la playa Kolymbithres pero hay un pueblito llamado Naoussa y otro llamado Levkes, bellísimos los dos, y a los que se puede llegar en el bus local. También iremos a Anthiparos, la antítesis de Paros, pequeña y tranquila, sin movimiento de turistas, separada de Paros por un estrecho de mar. El colectivo nos lleva hasta un lugar que se llama Punta y de ahí, un barquito. Y otro día, otro ferry, hasta la legendaria Santorini, la isla del jet-set al alcance de nuestro bolsillo. Hay un camping de lujo que cuesta 9 euros y buses para recorrer toda la isla. Es alucinante la llegada en barco a Santorini, desembarcamos en una garganta gigante y negra de escoria volcánica. Santorini es lo que queda de una isla que fue mucho más grande varios milenios antes de Cristo, destruida por una catastrófica erupción durante la cual, al parecer según coincidencias con los textos de Platón, desapareció la Atlántida.

Todas las islas tienen varios puertos y pueblos consecuentes donde podemos elegir quedarnos. Hice el viaje con una tienda de campaña y en la mayoría de las islas hay campings accesibles de unos 5 euros, y que tienen de todo en sus instalaciones. Ubicados siempre cerca de las playas, accesibles a los pueblos y sus callecitas, con piscina de natación, taquillas, internet, buenas duchas, y algunos también con almacén, restaurante, o salón comedor para cocinar. No falta nada.

Para llegar a los campings desde los puertos, suele haber allí, apenas desembarcamos, personas con carteles invitando a alojarnos en su camping. Ellos van a esperar las llegadas de los barcos con su cartelito y luego te montan con mochila y todo en una furgoneta y te llevan al camping. Servicio de taxi gratuito. Son siempre muy amables y los campings están todos bien, así que arriesgarse con confianza. Se puede hacer una pesquisa previa por internet pero de no ser esto posible, igual, correr el riesgo sin problemas, que fluya, fluirá bien seguramente.

Una vez acampados podemos recorrer las islas en los transportes colectivos, los buses que salen desde terminales rudimentarias, paradas frente a un bar o en una sencilla explanada. El transporte colectivo de las islas no es muy frecuente, no hay muchos buses durante todo el día hacia todos los pueblos, pero se puede averiguar y planificar. Son buses sencillos, urbanos, muy baratos. También en todas las islas alquilan ciclomotores y bicicletas.

No se puede mantener un recorrido rígido pensado de antemano porque estaremos un poco a merced de las salidas programadas de ferries. Por ejemplo, la primera vez, yo quería ir a Naxos, Paros, y seguir el periplo desde Mykonos hacia Delos, sin embargo, el ferry que por sus días de salida me convenía para aprovechar mejor mi tiempo, salía a Syros, así que barajé otra secuencia de combinaciones e hice de Samos a Syros, luego Tinos, desde Tinos fui y volví en el día para visitar Delos, y luego Naxos, Paros y Antiparos y Santorini.

En otra oportunidad me tocó ir a Lesvos, también desde Samos y por una cuestión de “schedule” y de aprovechar mis días de viaje.

Antes de viajar a las islas griegas está bueno mirar un poco el mapa de los mares. Son infinitas. Es importante tener una idea de los archipiélagos, de su ubicación aproximada de sus características principales, de qué pasó por allí en una eternidad de historia como la que posee la cultura griega, qué ver por allí además de disfrutar de sus playas paradisíacas y de su cultura cálida y acogedora.

Video con imágenes de las islas

Y como no puede ser de otra manera, desde mi experiencia, recomiendo aprender algo de griego, mínimamente necesario poder leer en alfabeto griego. Se puede aprender y aquellos que lo deseen antes de viajar, pueden contactarme y puedo darle algunas clases breves pero muy útiles a través de internet, verán que al fin y al cabo, todos hablamos sin saber, más griego del que creíamos.

También los que hayan leído hasta aquí, pueden consultarme las dudas que tengan y en las que yo pueda servir de guía, sin problemas. Amo viajar por Grecia y las Islas Griegas, siempre anhelo y estoy dispuesta a regresar.

No se queden con las ganas. Sólo hay que llegar a un punto cercano, puede ser desde Turquía, ya que son muchísimas las ciudades turcas del Mediterráneo o el Egeo, que conectan con Islas Griegas, puede ser desde Atenas, desde el Puerto de Piraeus, todos los días hay varios ferries a todas partes, puede ser desde Thessaloniki, y hay más posibilidades.

No se queden con las ganas, reitero, de vivir la experiencia de conocer y disfrutar a full Grecia y las Islas, todos deberíamos hacerlo, vale mucha la pena, y se puede.

 

 

Entrevista en la Radio 92.3, programa Pandemonio

Fragmento 1 (Como periodista y conductora de Tv, cantante desde los 13, ganadora del concurso Cherchez le chanteur viaje a París a los 17…)

https://www.youtube.com/watch?v=zKUL17LVY9E

Fragmento 2 (Cara Sucia por Tv, Holiday on ice… y un poco más de Cherchez le chanteur)

 

Encuentros “casuales” o conexiones inexplicables

Cuando uno más se mueve de aquí para allá, es cuando más se encuentra. He tenido encuentros fabulosos durante el Viaje. Podría escribir un libro de unos cuantos capítulos detallando estos encuentros productos de la “casualidad” en lo coloquial pero que seguramente tienen que ver más con alguna conexión que no podemos explicar, una conexión mágica.

Entre 2009 y 2010, viajé en un auto pequeño desde Guanajuato, México, donde había vivido varios años, hasta San Pedro, Argentina, mi ciudad natal. Era mi primer viaje sin mis hijos. Apenas entré a Panamá, tras cruzar ese temerario puente sobre el río Sixaola, decidí relajarme y calentar agua para el mate en una estación de gasolina. Allí se acercó un muchacho curioso que me hizo unas cuantas preguntas acerca de mi periplo. Cada cual siguió su ruta. Quién iba a decir que, cayendo la noche y cuando decidí buscar posada, golpeé una puerta y fue ese mismo muchacho, de quien aún no sabía ni el nombre ni nada, quien me abriera esa puerta.

Durante ese mismo viaje y también en Panamá, tuve que embarcar el coche para cruzar el Darién hacia Colombia, ya que aún no existe carretera para hacerlo. Se trata de un trámite necesario, tedioso, caro, un fastidio y que, además, nos pone de patitas en la calle en uno de los puertos más peligrosos del mundo. Ahí quedé, de patitas en la calle. Y de pronto, como un espejismo en el asfalto, apareció una camioneta azul, era otro viajero con quien había compartido la cocina y la charla en un hostal hacía algunas semanas.

Puerto de Manzanillo, sola y a pata, y apareció David, el de la camioneta azul

Cuando en 2015 cruzamos en bicicleta América Latina, en Nicaragua tomamos una lancha para visitar la isla de Ometepe. En cubierta conocimos a un viajero de Nueva Zelanda que vivía en Inglaterra. El viajero vio mi bandera palestina sobre mis alforjas y comentó que le gustaba. Entonces le conté que había sido voluntaria allá y él me contó que su esposa también. Habíamos estado ambas en ciudades cercanas. Pero la casualidad no se conformó con eso y, al cabo de un tiempo, este biciviajero nos envió unas fotos en las que aparecía yo, trabajando en la escuela beduina del Valle del Jordán y que su esposa había tomado. Ella había visitado la escuela donde yo trabajaba y habíamos compartido una jornada en Palestina.

Benjamin en Nicaragua, su esposa había visitado mi clase en Palestina y yo estaba entre sus fotos

En 2013 anduvimos con la amiga Stellete y mi hijo Martín por los Himalayas, y tras escalar esas alturas glaciares, decidimos ir a relajarnos a las aguas tibias del sudeste asiático. Recorrimos varios países y cruzando a pie una de las fronteras, por Camboya o Laos, a una hora en la que todavía estaba oscuro, nos sorprendió encontrar a un chileno con quien, “casualmente”, habíamos compartido la mesa y la charla, en Namche Bazaar.

En la Huella Andina de 2014, que hicimos con un grupo de amigos sampedrinos, llegamos a Puerto Arturo y estuvimos conversando largo rato con un español, hablamos y hablamos, y entre dato va y dato viene, exclamó sorprendido: “-ah! pero tú eres María, la del bló!” Este muchacho llevaba como guía, las páginas impresas de un blog que yo había escrito cuando recorrí la Huella por primera vez.

Mucho antes, en mi tierna juventud, 1985… 1986… fui patinadora de hielo y trabajé en la compañía Holiday on Ice. Cuando me integré a esta compañía, toda la comunicación era en inglés pero yo me manejaba mejor en francés ya que había estado un tiempo en Francia tras haber ganado un concurso de canto. En Holiday on Ice eran exigentes, el inglés era una orden, y el resto del elenco, un poco saturado de vivir viajando en esa especie de circo patinador, no tenía interés en recorrer las ciudades del mundo por las que pasábamos. Aún no tenía a mis hijos y entre el idioma, la exigencia, y mi incipiente nomadismo, me sentía sola. Entonces conocí a un patinador llamado Farid, era marroquí francés y le gustaba aprender del mundo, así que nos hicimos entrañables amigos y compañeros de travesía mientras duraba la gira. Cuando yo decidí no renovar una vez más mi contrato, nos despedimos. Le dije que si alguna vez tenía un hijo varón lo llamaría Farid. No existía internet en ese entonces y nunca más nos volvimos a comunicar. Veinte años después, cuando yo vivía en Guanajuato, volví a patinar. Ya existía internet así que googleé pistas de hielo y hete aquí que mi ex-compañero, Farid, era el director de patinaje artístico de México, se había casado con un mexicano y vivía allí, así que, dos décadas después lo choqué por sorpresa en un flip que se convirtió enseguida en un gran abrazo.

Lo paradójico es que, a más movimiento, más encuentro.

Nada tan mágico, sorpresivo, y hermoso, como encontrarte con tu hijo en un aeropuerto. Cuando viajamos a Nepal, mi hijo Martín y yo, llegaríamos a Katmandú el mismo día con dos horas de diferencia. Sabíamos alrededor de a qué hora llegaría cada uno de nosotros pero no sabíamos qué tipo de vuelo teníamos. Yo hice escala en Nueva Delhi, busqué agua para el mate, y me senté a esperar mi conexión. En eso veo un grupete que viene saliendo de una puerta, de otro vuelo, y en el grupete distingo una chuequera familiar, levanto la vista y aparece ante mí una sonrisa enorme “-qué hacés vieja!!!” Era mi hijo Martín, quien también tenía una escala en Delhi de la que no habíamos hablado para nada. Si hubiéramos sabido y planificado esa mateada en la India, no nos hubiera salido tan bien.

Conectadas con Lucie en Samara, Costa Rica

A cada anécdota que racconto aquí y ahora, me surgen espontáneamente recuerdos de más y más. Cuando encontré a Lucie en Samara, canadiense que había sido alumna de la escuela de español donde trabajé, o que Zhionny, alumno también de esa escuela, y amigo, hubiera sido compañero de universidad del hijo de dos amigos de San Pedro exiliados en New York, o el encuentro con los chicos de San Pedro que viajaban en auto cuando nosotros en bicicleta y nos cruzamos en la ruta por el río Tárcoles de los cocodrilos.

Costa Rica, íbamos en bici y ellos en auto, todos viajeros de San Pedro, un pueblo pequeño, encontrados en la inmensidad del mundo!

O el profesor de batería en Barcelona cuyo contacto sacamos de un papel pegado en la pared y cuyo padre resultó ser que tocaba con Oscar, el pianista de mi antigua banda, o el dueño del Jazzsiclub que frecuentábamos allí y que justo se hospedó en el hotel de Estambul donde yo era recepcionista, y allí mismo, en ese hotel de Estambul, los hijos de una vecina cercana de San Pedro, que al conversar resultó que ya me conocían por charlas, y exclamaron “-ah, vos sos María la que viaja!” O que una amiga virtual se acerque a mi recóndito fogón junto al lago Quillén, o encontrar empleo en Bilbao y enterarme de que a pocas cuadras de mi flamante trabajo vive un vasco con el que compartimos un campamento de paz en Chiapas, o que mi hijo Martín necesite un teléfono en un puerto de Nicaragua y sea Juan, de quien justo estábamos hablando, el que aparece en medio de la calle para prestar su teléfono, o que alguien se cruce en nuestro sendero bajo la lluvia en los Annapurnas y sea una chica búlgara en cuya casa, en Sofia, terminaré viviendo meses después. Cómo explicar tanta “coincidencia”.

Teodora apareció bajo la lluvia en Annapurnas, meses después viví en su casa en Sofia

No me da la memoria ni la capacidad de redacción para contar y nombrar a cada encuentro. Son infinitos. Tantos encuentros, de este y otros mundos, algunos así de “casuales”, pero clandestinos y secretos y que no se pueden contar, y los que quizás faltarán aún…! Hay algo de hermandad en cada encuentro. Algo que excede nuestra capacidad racional de explicar por qué sucede así, y sin embargo sucede. Andar te pone en vereda, te pone en el sitio correcto. Al menos así me pasa a mí, en el Viaje, así nos ha pasado en el Viaje con mis hijos, desde siempre. Cómo explicar sino la historia ya contada de decidir empezar a buscar los indios de verdad entre Iquitos y la incertidumbre de un 1995 no digital, y que justo en San Pedro, pueblo aún, hubiera una familia de esa ciudad remota. Creo que deberé reconsiderar la posibilidad de un libro de capítulos con encuentros. No solamente con personas, sino también con lugares que tienen algo mágico en relación a nuestra amplia vida, no sólo a este cachito de vida.

Cómo aprender inglés fácil para viajar

1-Conjuga todos los verbos regulares y olvídate del género y el número para los adjetivos

Un nativo de habla inglesa llegó al hotel donde trabajaba y me dijo: “yo estar bueno pero necesitar un habitación, yo sentir cansado, hoy yo caminar mucho, querer dormir, gracias para…”

Al pobre nativo se le ha puesto difícil aprender castellano, pero se agradece su esfuerzo, siempre es una muestra de respeto llegar a un país extranjero y poder hablar mínimamente en su idioma. Aunque sea para saludar y dar las gracias.

En inglés nos manejamos en el aeropuerto de Bangkok

Afortunadamente existe el inglés, una especie de cliché internacional como alguna vez lo pretendía ser el esperanto. No creo que el inglés se haya convertido en la lengua del mundo por la penetración cultural, si bien no hay duda de que el avance corsario de los británicos siempre pirateando mares y costas, ha ayudado a que se difunda por los cinco continentes, es más probable que haya proliferado como modo de comunicación internacional porque es un idioma bastante básico y sencillo de aprender. Si nosotros tradujéramos la frase del amigo nativo con un diccionario, textualmente, quedaría “I am well but I need a room, I feel tired, today I walk a lot, I want to sleep, thanks for…” Sin embargo, a oídos del interlocutor inglés, nuestra frase sí sonaría correcta porque los verbos en inglés, salvo una excepción, no necesitan conjugarse.

Sólo para referirse a su necesidad de “dormir” el viajero inglés habría necesitado aprender DIEZ palabras mientras que a nosotros nos bastará una sola “sleep”

Dormir — — to sleep

Yo duermo — — I sleep

Tú duermes— — You sleep

Él/ella duerme — — He/she sleeps (agregamos una s sólo 3ra pers.singular)

Nosotros dormimos — — We sleep

Vosotros dormís (ustedes duermen) — — You sleep

Ellos duermen —— They sleep

Duérmete! — — Sleep!

Duerme! —— Sleep!

And everybody sleep! Todos duermen!

En inglés es siempre igual, sólo se agrega esa pequeña s a la 3ra persona del singular. En cambio en castellano! Madremía! DIEZ palabras distintas! Y esto sólo en presente del indicativo, sin profundizar en el subjuntivo ni en toda la riqueza gramatical idiomática que poseen las lenguas grecolatinas, indoeuropeas, y otras.

Atenas. Menú griego traducido al inglés

En inglés, si bien hay he y she para él o ella, no hay nosotrAs diferente de nosotrOs, no hay estar bien diferente de estar bueno, por eso muchos extranjeros dicen “estoy bueno” cuando quieren significar “estoy bien”; en inglés sólo hay una palabra para cada cosa, I am fine, I am well, this is good, no tienen género, entonces las soltamos así sin más, y puede estar tan “good” el mate como la galletita, tan “fine” la tarde como el abuelo, tan “well” el libro, como la casa. O los mates, o las galletitas, o los libros, los abuelos, las casas, porque los adjetivos no necesitan concordar ni género ni número. No hay que pensar tanto.

En inglés for, es por y para, se usa entonces thanks for (gracias por…) this is for me, (esto es para mí). No hay que elegir cuál usar, es for o for.

Para viajar es importante recordar la pregunta WHERE, DÓNDE, y aunque aún no estemos preparados para entender la respuesta verbal, podremos intuir e interpretar las señas corporales, el lenguaje universal de los gestos.

Vamos ahora a los verbos. Pensamos una lista de verbos en castellano y la vamos buscando en un diccionario de inglés, o en tío Googletranslate. Ya que estamos en el viaje podemos empezar con el verbo viajar, travel. Y conjugo automáticamente sin posibilidad de error: I travel, you travel, he/she travels, we travel, you travel, they travel. Excellent!!

Cartel en Damasco, Siria

Vamos con otro, y ya que vamos, verbo IR, piensen por un momento nada más, lo difícil que debe ser para un inglés conjugar el verbo IR que no se parece en nada a Yo VOY. En inglés, I go, you go, he/she, goes (pone una e antes de la s) we go, you go, they go. El verbo venir, I come, you come, he/she comes, we come, you come, they come. Y así sucesivamente con todos los verbos que tengan ganas.

Supongo que ya tendrás una libreta y habrás empezado a tomar notas y a practicar.

2- TO BE or NOT TO BE, that is the question

El verbo to be significa SER y también ESTAR, es importante aprenderlo separado de todos los demás y conservarlo como el as de la manga, siempre a mano, ya que nos va a servir para muchas cosas. Es prácticamente el único verbo diferente que tenemos que aprender y no es tan complicado.

I am —— Yo soy o Yo estoy

You are — — Tú eres o Tú estás

He/She is — — él/ella es o él/ella está

We are — — Nosotros/Nosotras somos o estamos

You are — — Vosotros/Vosotras sois o estáis/Ustedes son o están

They are — — Ellos/Ellas son o Ellos/Ellas están

Con este verbo, SER o ESTAR, cuando viajamos, podemos contarle a la gente acerca de nosotros.

I am María, I am a traveller, I am a teacher, I am a journalist, I am a writer, I am happy.

Apuntar en la libreta y repasar aspectos de nuestra vida, nuestro quehacer, nuestro estado de ánimo. Si no sabes las palabras, busca en el diccionario.

Del mismo modo podemos hacer preguntas, sólo tenemos que dar vuelta las palabras y en lugar de decirle al interlocutor o interlocutora o interlocutores, da igual, YOU ARE, lo ponemos alrevés, ARE YOU…? Y así les preguntamos, are you a traveller? Are you a teacher? Are you a journalist? Are you a writer? Are you happy?

Te apuntas la lista de todo lo que te gustaría poder preguntar a los posibles compañeros del camino.

Podemos estudiar un poco de este vocabulario del que nos interesa hablar con la gente, o bien llevar un diccionario de bolsillo y, con pocos pero suficientes recursos gramaticales, nos podremos comunicar.

El verbo TO BE, nos va a servir al igual que en castellano, para el gerundio, lo que estoy haciendo ahora, y para el futuro próximo, lo que voy a hacer después… más tarde… mañana… la semana que viene.

El gerundio, en inglés, se forma agregando “ING” a los verbos

Yo estoy durmiendo —— I am sleeping

Tú estás cantando —— You are singing

Él está viniendo —— He is coming

Ella está viajando — — She is traveling

Nosotros/nosotras estamos yendo — —We are going

Vosotros/ustedes estáis/están jugando — — You are playing

Ellos están corriendo -— They are running

A veces entre el infinitivo y el ing se duplica la consonante como en running de run, correr, pero no afecta a la pronunciación así que a los efectos de hablar, no es necesario recordar si duplica o no. Sólo saber que los gerundios (ando-endo) como cantando, corriendo, jugando, estudiando, viajando, durmiendo, leyendo, en inglés se forman agregando ing al verbo. Nada más.

Antigua Cartago, Túnez

Con esto ya casi damos un paso más, ya podemos hablar del futuro cercano porque ya sabemos decir ESTOY YENDO A… I AM GOING TO… que vamos a traducir de manera coloquial a nuestro castellano como VOY A…

Así que ya podremos compartir nuestros próximos planes, I am going to travel, I am going to walk, I am going to visit, I am going to dance, I am going to read, I am going to sleep… (voy a viajar, voy a caminar, voy a visitar, voy a bailar, voy a leer, voy a dormir)

Puedes anotar y recordar cuáles son tus próximos planes para comentar con otros viajeros.

En inglés a veces se acortan las frases, por eso vamos a escuchar y es correcto decir I’M en lugar de pronunciar todas las letras I AM. Lo mismo ocurre al negar YOU ARE NOT, HE IS NOT, se reducen a YOU AREN’T o HE ISN’T pero ambas formas, reducidas o con todas las letras, son correctas.

3-Futuro y pasado

Si queremos hablar de un futuro más lejano en el tiempo, vamos a usar la partícula will:

he will travel, she will walk, we will visit, you will dance, they will read… (él viajará, ella caminará, nosotros visitaremos, tú bailarás o ustedes bailarán, ellos leerán)

En inglés siempre hay que mencionar al sujeto, I, YOU, HE… porque como el verbo no se conjuga, sin el sujeto no se sabría quién realiza la acción; en castellano no hace falta, si digo “bailaré” se sabe que soy “yo”, si digo “cantarás” se sabe que eres “tú”.

Para el pasado en inglés se agrega ed al verbo. Esto funciona con los verbos regulares que son la mayoría. Hay una lista de verbos irregulares que son diferentes, pero con ed, ya podemos contar algo de nuestro pasado,

I travelled, I walked, I visited, I danced… (yo viajé, caminé, visité, bailé)

Como pueden apreciar, en pocos pasos podemos empezar a manejarnos en inglés. No es que sea absolutamente sencillo. Estos cuatros pasos, no significan cuatro días. Practicar y recordar llevará un poco más de tiempo, aunque sea fácil. Requiere dedicación, voluntad, pero es más fácil que cualquier otro idioma y nos va a ayudar a comunicarnos durante el VIAJE, ya sea con otros viajeros o para conseguir trabajo, ayuda, o información.

4-DO, el auxiliar que da la nota

Para completar este apéndice mínimo de inglés en cuatro pasos, falta añadir el auxiliar DO, que no es la nota musical do, y que en inglés además de ser auxiliar-y también la nota musical- significa “hacer”. I do, you do, he/she does, we do, you do, they do (yo hago, tú haces, él/ella hace, nosotros hacemos, vosostros/ustedes hacéis/hacen, ellos hacen)

El DO como auxiliar se usa para preguntar con casi todos los verbos “normales”, como sleep, travel, walk, come, go, visit, read, dance. Se coloca delante de la persona a la que se pregunta DO YOU VISIT? (tú visitas?) DO YOU SING? (tú cantas?), o DO THEY COME? (ellos vienen?) DO WE GO? (nosotros vamos?) La respuesta se simplifica diciendo sólo: YES, I DO; o NO, I DO NOT que suele resumirse en I DON’T. Para la 3ra persona del singular, que lleva s, se pone DOES y para negar DOES NOT o DOESN’T.

Estudiante palestino en mi clase de Inglés

Y ahora como colofón…

you are going to translate:

Do you speak Spanish? Do you speak English?

I am María la que viaja, I’m a traveler, I visited Nepal and I walked in the Himalayas and I will go to Russia. I am not tired, I’m fine. I don’t need to sleep today, I prefer to sing and dance. I am a teacher. In this article I explained English for you. I am going to write more. I hope you like and you will study. English is good for travelers. I am waiting for your claps.

Do you understand?

¡Nos vemos en el Cairo! Parte I: el Cairo, pirámides, oasis y desiertos, Luxor, Karnak, Valle de Reyes y Reinas

¡Nos vemos en el Cairo!

Todo estaba perfectamente coordinado. Cada uno saldría de su lugar de residencia hacia el respectivo aeropuerto local y uno a uno iríamos aterrizando en el Cairo. El vuelo de Martín y el mío llegaban al mismo tiempo, el de Farid llegaría una noche antes.

Pensar “Egipto” nos embriagaba de curiosidad y expectativas. Las pirámides. Los faraones. También nos provocaba desconcierto leer acerca del Cairo actual, caótico, e intentar conjugar ese revuelo contemporáneo con la imagen que nos describía Christian Jacq en las historias de los sucesivos Ramsés y sus templos. El hijo de la luz. El templo de millones de años. Nos leímos todo y esto no hacía más que alimentar las incógnitas y alargar la lista de lugares a visitar.

Yo estudiaba árabe desde hacía un año, en la computadora y con un método audiovisual. Para mí no sería problema llegar al aeropuerto y pedir a un transporte que me lleve hasta el hotel que habíamos reservado. Tampoco sería problema para Martín que llegaba conmigo, pero para Farid, teniendo en cuenta todas esas sensaciones de fascinación e intriga que nos evocaba Egipto, más la llegada nocturna, más el idioma, no solamente por el árabe hablado sino también por los carteles dibujados en líneas sinuosas de derecha a izquierda, era mejor contratar un servicio de taxi pre-pago. Definitivamente. Además las costumbres. La idiosincrasia de una cultura que no sabíamos cuán ajena o cercana nos resultaría.

Así que nos despedimos por Messenger, “nos vemos en el Cairo”, y cada uno llenó de ilusiones y deseos su propia mochila y se subió al avión con el pasaporte pegoteado de visas que ocupaban páginas enteras. Todo un trámite. Varios trámites. Los hizo Farid que era el único de los tres que habitaba en tierra patria. Le mandamos nuestros documentos por correo y él visitó las embajadas de los países de Oriente Medio que habíamos incluido en el itinerario. Eran varios países aunque el relato se refiera casi exclusivamente a Egipto. En ese entonces todos requerían visado que no siempre era factible y sólo se otorgaba entre 48 y 72 horas después de la solicitud y tras aprobar desconcertantes interrogatorios. Farid, a pesar de su nombre o por eso mismo, parecía ser el viajero más cuestionado.

Volamos. Yo había decidido hablar sólo en árabe. Durante el vuelo repasé los saludos y las respuestas clásicas y las palabras claves y necesarias y adopté como caballito de batalla la frase terminante y categórica I don’t speak English.

Mis primeros intentos de comunicación fueron un fracaso. Consideré que era normal. Eran mis primeros intentos y, como de costumbre, Martín entendía más las señas que yo las palabras. A pesar de repetir y deletrear prácticamente cada sílaba de cada palabra y hacerlo con un esfuerzo de concentración en el sonido perfecto de la pronunciación aprendida en el curso, mis interlocutores me miraban desconcertados y, algunos, sorprendidos o admirados. Me habían dicho que el árabe de Egipto era distinto, pero no sólo era distinto del árabe estándar que yo había estudiado sino que era distinto del árabe distinto al distinto al árabe standard. O sea era muy pero muy distinto. No me entendían nada y, los que sí me entendían, se admiraban de escuchar de boca de una extranjera, frases o palabras que escuchaban solamente en la mezquita y en el Corán. Yo seguí firme con mi propósito, si me querían explicar en inglés negaba con la cabeza I don’t speak English. Todos mis propósitos se fueron al carajo cuando llegamos al hotel reservado y Farid no estaba. Farid no había llegado. El chofer del aeropuerto me explicaba en su árabe egipcio que él había ido al aeropuerto a la hora acordada pero Farid Murzone no llegó. En ese momento recordé todo el inglés que I don’t speak y acosé a preguntas al chofer y a los responsables del hotel. Ellos tenían los datos de llegada de Farid bien registrados. Habían llegado varios vuelos y esperaron durante tres horas pero Farid Murzone no apareció.

Nos metimos en internet para descartar cualquier accidente aéreo. Por lo menos descartamos eso. No se había caído ningún avión. En eso llegó un mensaje escueto. Farid seguía en Roma víctima de una huelga que había paralizado al aeropuerto de Fiumiccino. Hacía veinticuatro horas que hacía cola para poder subir a un vuelo de conexión al Cairo. No sabía cuándo llegaría.

Nunca nos había pasado algo parecido y nuestros itinerarios solían ser apretados, aprovechar al máximo cada segundo. Ese día, fresquitos recién llegados, nos tocaba ver parte del Cairo e ir al Museo de Antropología. No lo suspendimos, fuimos con Martín pero no pude disfrutarlo al cien por ciento preocupada por Farid que quien sabe cuándo y cómo llegaría. Como no teníamos ninguna información de su vuelo, no podíamos contratar chofer ni ir a esperarlo al aeropuerto. Al final tendría que arreglarse solo.

El museo es enorme. Entramos de día y cuando salimos ya se caían las luces de la tarde. Volvimos al hotel con la ansiedad y la esperanza de que ya estuviera Farid ahí. Pero nada. Ni noticias. Él ya hacía casi dos días completos que debería haber llegado. ¡Dos días! Salimos a dar una vuelta por el concurrido barrio de Las vidrieras iluminadas, mucha gente caminando entre negocios y mercados. Tráfico imposible. Cruzar la calle, a riesgo de la propia vida. Nos habíamos recomendado mucho este asunto. Habíamos leído que para salir ilesos lo mejor era usar a algún egipcio de escudo humano. Y así lo hacíamos. Nos pegábamos a alguien y le seguíamos el paso y el zigzag entre los autos. Los semáforos rojos son decorativos. Hacen el ridículo. Nadie mira los semáforos. No hay agentes de tránsito. Y a pesar de este quilombo, en todo el sentido de nuestra coloquial palabra, no vimos accidentes ni atropellados. En eso, en medio del caos, se distingue la cabeza de un flaco alto y una mirada desorientada entre los autos y la gente. ¡Es Farid!

Como vivíamos en distintas partes del mundo, pasábamos meses e incluso años sin vernos personalmente. Sin tocarnos. Sin abrazarnos. Sin escucharnos en la espontaneidad de lo cotidiano. La voz. El gesto. La alegría nos abundó en el reencuentro. La charla también. Y los sueños.

Las Pirámides de Giza

Al día siguiente salimos a cumplir el cometido primordial de todo viajero a Egipto: las pirámides. En el cruce más céntrico y popular del Cairo nos dimos cuenta que nos habíamos olvidado la cámara de video. Era una cámara, en ese entonces, de lo mejor. Todavía la sigo usando aunque ya dejó de ser de lo mejor y se convirtió en una antigüedad. Farid la había conseguido en Buenos Aires y, en el aeropuerto de Roma, tuvo tiempo de sobra para comprar también un estuche acorde. Pequeña valijita traqueteada cuyos cierres ya están todos maltrechos y que también ha recorrido buena parte del planeta cruzada en bandolera en la montaña o colgada del manubrio de la bicicleta. Alguien volvió de una corrida al hotel a buscar la cámara. No recuerdo haber sido yo. No nos íbamos a perder de grabar el encuentro con esos emblemáticos enigmas de la historia de la humanidad.

Las pirámides no están en el Cairo, están en Giza. Hay que ir en taxi. Paramos varios para regatear precio. Moverse como viajero independiente en esta parte de Egipto, es complicado. Mienten o se hacen los desentendidos, dicen un precio y después otro, intentan confundirte con la moneda que se llama “libra” –pound– igual que la inglesa, pero cuyo valor es diez veces menos. Les decíamos “pirámides” en inglés y en árabe y no sabían de qué les estábamos hablando o se hacían porque, ¿adónde querría ir un turista en el Cairo si no es a las pirámides? ¿Será que todos en el mundo conocemos y nos admiramos de sus pirámides pero no ellos que conviven con ellas? ¿Sería que de tan presentes a lo largo del tiempo y lo ancho de su geografía no las consideran algo excepcional sino simplemente unos monstruos cónicos que están y siempre estuvieron ahí? Por ahí dijimos “Giza” y alguien entendió, así que regateamos a Giza, un pueblo sencillo, lo recuerdo casi precario y sin encanto, en medio de la polvareda arenosa del desierto y de los pasos de peregrinos y caravanas de camellos. Calles de arena en medio de la arena. Pasamos la tarde entera en ese pueblo, dando vueltas tan vagas como las imágenes que rescato de la memoria. Recuerdo la insistencia en el intento, hablar árabe y de una conversación entender una sola palabra y sentir que lo había logrado. Por una palabra.

Recorrimos las pirámides por fuera y por dentro. Caminamos por pasadizos angostos donde apenas cabe un cuerpo, ascendimos entre candilejas por las galerías y descendimos hasta las cámaras subterráneas. Las pirámides de Giza no son como la postal. No son como el dibujo o la pintura. Son mucho más macizas que lo que puede verse en la figura estampada. Las paredes son rugosas, hechas con millones de bloques de piedra apilados. Podrían escalarse las paredes. Son monstruosas y, si aún no nos sorprendimos más, fue porque recién llegábamos y porque en realidad de Egipto y de los egipcios no habíamos visto nada. Si el enigma había sido sembrado en nuestra capacidad de duda antes de visitar las pirámides, la visita al sitio lo socavó. Las pirámides, su estructura geométrica perfecta y uniforme, su magnitud colosal, la escala de un vértice a otro siguiendo a las estrellas de Orión, la temperatura constante en su interior, el contraste de la piedra con la arena fina del desierto. Las pirámides de Egipto no tienen absolutamente nada que ver, nada parecido, nada equiparable al resto de los templos que visitamos después.

También vimos la esfinge. También fuimos a Saqqara, cerca de Menfis, a ver la pirámide de Zoser, la más antigua, el prototipo de las de Giza.

Oasis y desiertos

Y salimos al desierto y los oasis. Quien ha hablado del desierto ha nombrado los oasis. Sin embargo es difícil imaginar en una palabra tan pequeña, de aparente insignificancia -o significancia- dentro de una vastedad inmensa como el desierto, lo que realmente es un oasis. Un pueblo que brota con sus mercados callejeros junto a ramilletes de palmeras. De la nada y de repente, la planicie dorada donde sólo parece mandar el viento se aglutina en un grumo de pueblo y calles, de bullicio de vendedores ambulantes y risas en los cafés donde el aire se condensa en shisha de manzana verde y canela. Es como atravesarse mágicamente a otro mundo. Y de la misma forma, mágicamente, el egipcio se transforma. Los pueblos de los oasis tienen la mansedumbre del agua quieta. No son caóticos ni insistentes. De maneras pausadas, expresión franca, denotan paciencia en su quehacer.

En el oasis de Bahariya nos alojamos en casa de un beduino. Ser huésped en un lugar así es un privilegio al que, si uno no está acostumbrado a ser consentido, puede sucederle que se malcríe en un exceso de mimos y atenciones o se sienta atribulado y casi molesto por lo mismo. Conversamos amenamente con nuestro anfitrión que, con la parsimonia característica, nos volvía a llenar nuestros pocillos transparentes de un té dulce y delicioso. Casi al caer de la tarde nos invitó a dar una vuelta. Nos llevó a una laguna de sal de aguas rosadas y lilas. Nos llevó a unas corrientes de aguas termales. Entre los vahos de vapor se acicalaban con la brisa las ramas de palmas. Algunos burreros cargados saludaron a nuestro anfitrión con ceremonia. Después fuimos a un sembradío de dátiles y el beduino nos bajó una ristra cargada de frutos maduros.

-Toda esta es mi tierra. Estos son mis animales y estas mis palmeras -dijo dirigiéndose a Farid y Martín.

-Ofrezco todo esto a su madre si se queda aquí conmigo, y una felicidad para ella aún desconocida. Cómo podría negarse sin saber cuánta felicidad yo puedo darle.

Mucho mimo, mucho consentimiento, y mucha atribulación.

Cómo responder con un “no” rotundo a una proposición tan cabal y terminante y que sonaba indeclinable.

Prometimos que volveríamos en tres meses. Nunca cumplimos la promesa.

A la mañana siguiente nuestro camino se esfumó en los espejismos del desierto. Nos alejamos hasta los confines de las fronteras egipcias por el desierto libio. Fuimos al llamado desierto negro, cuyas arenas no son negras sino violetas y amarillas, caoba y anaranjadas, y arenas azules. Trepamos y desandamos dunas todo el día y en la tarde llegamos a la luna. Y si no era la luna, es que la luna debe ser así. El desierto blanco con extrañas formaciones de cráteres en la superficie, formas inusitadas que se arman sobre la arenisca como si nacieran y crecieran de improviso de la faz de la tierra. O de la faz de la luna. Es tan inmaculada la vista hacia todo punto cardinal, que uno gira y da vueltas y vueltas y no ve más que ese océano uniforme de blancura con estalagmitas de espuma sólida. Continúa la magia. Las apariciones. Lo imprevisto. Un tirabuzón de roca blanca que surge de la tierra y se enarbola alrededor de una flor de yeso. Un hongo gigante. Un baobab de piedra.

Cuando empezamos a perdernos en la noche, buscamos en la penumbra el regreso al campamento. Un fogón que preparaba Ahmed, nos daba señales de humo y luz. El campamento no era más que una pared de tela colorida que nos repararía del viento. Té caliente y cuando el día se interrumpió las sentimos caer en nuestras pupilas. Un millón de estrellas. Quedamos prisioneros adentro de una cúpula de candelitas titilantes. ¡Eran tantas! Nunca habíamos visto tantas estrellas. Nunca volví a verlas. No así. Estaban por todas partes. Arriba, en lo alto, pero también al lado, al ras de la tierra. Al ras de la luna. Nos acostamos en silencio sobre una alfombra y en silencio y para no espantarlas, no cerramos los ojos, no pestañeamos. La alfombra voló. Estábamos literalmente en el cielo.

Y el que diga que las alfombras voladoras no existen, que vaya al desierto blanco.

Visitamos otros oasis en este desierto enorme. Pueblos que hace miles de años se mantienen en pie, vivos pero como si fueran páginas ilustradas de un libro de leyendas. Fuimos a Farafra y Al Qasr donde a través de los pasillos desordenados de la ciudad nos metimos en el hilo de la historia. Nos mezclamos con los hombres y las mujeres de túnicas con capucha. Al Qasr se sostiene encaramada en un acantilado como si el tiempo se hubiera paralizado en la edad media. Los habitantes de la ciudad no han muerto desde entonces. Son los mismos. Repitiendo su rutina de hacer ladrillos a mano o moler las aceitunas en la piedra igual que hace mil años. El olor y la sedosidad del aceite entre las esterillas. O entre las páginas. Cada noche el libro de leyendas se cierra. Cada mañana se abre y la historia vuelve a empezar el mismo día que ayer. Así durante mil años.

Luxor

Viajar por Egipto es irse y volver al mundo presente. Alejarse y aproximarse al hoy para volver vertiginosamente atrás. En ese ambular del ayer al hoy y viceversa, viramos de los oasis y el desierto hacia Luxor. El viaje por una ruta recta y plana cuyos bordes paralelos apenas se distinguen de la uniformidad del desierto, fue un viaje largo y monótono. Nada interrumpía el ulular del motor viejo del auto ni las eternas suras del Corán en un caset que daba vueltas automáticamente. Pasamos por Al Dakhla, el más populoso de los oasis. De ahí a la ciudad de Luxor, algunos recreos de civilización y ruido contemporáneo nos devolvieron a la realidad. Pero el ir y venir no tiene remedio y tras caminar algunas calles modernas y vistosas donde carromatos exigen al viajero un paseo por algunas libras, nos sumergimos a salvo en el templo de Luxor.

Las columnas erguidas y firmes tal como si de verdad hubiera dinastías divinas apuntalándolas desde el más allá. La noche fue circunstancial y la divinidad visible. Luxor era dorado. Nos reencontramos con los jeroglíficos. Bajorrelieves o sobrerrelieves interminables, tallados por infinitas manos, uno junto al otro como si no hubiera secretos ni apuro. Y sin apuro fuimos desglosando testimonios. Habíamos estudiado una serie de jeroglíficos y uno tras otro tradujimos de los muros de Luxor, de la mano de su autor, el relato de la batalla de Qadesh. Tal y como ayer, ayer hace más de tres mil años, lo grabaron ellos con barrenas y abrasivos. Amenhotep III era nuestro guía en los interiores, descubríamos a Hatshepsut y a Tutmosis III en las columnas papiriformes, mientras Ramsés II, enorme y solemne, custodiaba Tebas desde su trono en las puertas del templo. Sólo quedaban los guardias y nosotros. Era medianoche. El templo de Luxor era un sol encendido en el corazón de la ciudad. Salimos, deslumbrados todavía, descifrando entre los dedos algunas incógnitas acerca de Akenatón y Tutankamón. Caminamos tranquilamente por la avenida de las esfinges como si no hubiera noche necesaria para el descanso, como si sólo hubiera la historia y nuestros pasos por ella.

Los miembros de las estatuas emergían por partes del entierro donde fueron sepultadas por los avatares de la civilización. Más de mil trescientas esfinges dan marco a los tres kilómetros que separan y unen Luxor y Karnak. Amanecimos caminando ese trayecto. Sorprendidos de ver una casa moderna y sencilla en cuyo frente el lomo de una esfinge fungía de banco para sentarse, nos volvimos a sorprender al descubrir un muslo boyando en una zanja y, metros más adelante, el cuerno de otra al borde de una cañería.

Era el año 2008, no era común que los viajeros hicieran este recorrido a pie como los antiguos moradores de Tebas quienes si bien no tenían permitido el ingreso al recinto sagrado, podían caminar por esta avenida hasta la presencia de Amenhotep esculpida en la entrada del templo. Igual que los tebanos, llegamos desde Luxor a Karnak a pie. Porque así es nuestra forma de andar el mundo. Andarlo por su esencia. Andarlo a flor de piel. Por lo más parecido a sí mismo. Por lo auténtico.

Ante Amenhotep hicimos nuestra petición para Amón Ra y el dios cumplió. La avenida de las esfinges fue recuperada y restaurada. Son más de mil trescientos cuerpos en dos líneas paralelas. Una junto a otra. Una frente a otra. Centinelas perpetuas del acontecer entre Luxor y Karnak.

Karnak

Karnak es tan sólido y monumental que excede y se diferencia por su voluminosidad de cualquier otro monumento antiguo. Porque la colina sobre la que brota emergió del océano primordial, las líneas de sus muros altísimos no son rectas. Son ondas como las olas del mar. Las puertas de Karnak fueron labradas en oro con incrustaciones de lapislázuli y pavimentadas en plata. Los obeliscos de Tutmosis y Hatshepsut son rayos petrificados. Verlos hacia arriba nos eleva. Subimos. Vamos por rampas y escaleras siguiendo la sinuosidad vertical de la colina primigenia. Las estrellas de los techos se acercan a nuestras cabezas. Cada vez más cerca del cielo y más lejos de la tierra.

El Valle de los Reyes y las Reinas

En la otra orilla del Nilo, la orilla occidental de Luxor, un acantilado se difumina tras la bruma. Es detrás de esa pared de roca casi fantasmagórica donde los egipcios encontraron el punto de armonía entre la tierra y el cielo. El Valle de los Reyes. Fue socavado por lluvias tormentosas y torrentes y esa concavidad entre la arena y las colinas devoró lo humano para convertirlo en divino. Fuimos en bicicleta a recorrerlo. Cruzamos el Nilo en una barca, avanzamos pedaleando entre campos cultivados y serpenteamos en el desierto. Ra se manifiesta en todo su esplendor. Raja la piedra. Hay polvo y calor. Han pasado muchos siglos. Las sepulturas han sido violadas y desvalijadas. Los tesoros robados. Sin embargo el ultraje no ha logrado corromper una especie de silencio sagrado en la morada eterna. Un silencio solemne. Tampoco ha arrancado a los Anubis que desde las puertas guían a las almas por los caminos de otros mundos. En este valle merodean los faraones. Todos los Ramsés, Hatshepsut, Amenhotep, Tutmosis, Tutankamón. Rondan por ahí. Buscando subirse a la nave de Ra que cada noche navega el inframundo. Son un ayudamemoria de inmortalidad.

Cerca está el Valle de las Reinas. Una garganta en la roca por la que fluye una cascada de agua celestial que transforma la muerte en eternidad. La matriz de Hator, la diosa, útero de vaca cósmica que resucita a los justos. Y más acá, guardaespaldas de la espiritualidad, carceleros de las almas en pena, vigilantes de cualquier devenir, se yerguen los colosos de Memnón, interrumpiendo el silencio con su voz de lira, cada amanecer.