La travesía de Tilcara a Calilegua tiene de fascinante lo que demanda de esfuerzo físico y buena voluntad, sobre todo los primeros días. La recompensa se revelará poco a poco y a cada paso hasta volverse indescriptible y única. La transformación del paisaje casi violenta, transformación abrupta y típica del altiplano, aquí como en Bolivia, prolongándose y mutando en una Puna sin fronteras políticas. Los primeros días de este sendero significan elevarse a un estado de embotamiento por la falta de oxígeno, estado en el que no es infrecuente perder la calma, entrar en crisis. El relieve y el clima nos enfrentan a una prueba difícil de vencer. El sol castiga. La sombra es poca. La altura es inconmovible. El paisaje se vuelve soberbio y nos desafía con contrastes que vencen cualquier resistencia al esfuerzo. Es en este tipo de paisajes que se funden desde la altura en la selva subterránea, en los que la uniformidad de las montañas suele enloquecer y la roca, secular y dura, vetusta y firme, imponente, parece sin embargo flamear como un arco iris de colores, y adoptar la cadencia de trazos y textura de acuarela. El Altiplano, la Puna, en su desfiladero hacia las Yungas, es la paleta añeja de la naturaleza. Quizás cuando todo estuvo pintado fueron a parar aquí todos los restos y por eso hay líneas delgadas amarillas en fondos bordó, pinceladas gruesas escaramujo, faldas de verdes frescos con flecos grises y tablones lilas, cintura violeta, brazos azules, volados rosas, cintas terracotas que ondean en un océano profundo, húmedo y esmeralda. Pero es indescriptible y sólo al poder recorrerlo, de a pie, siendo parte uno mismo del paisaje, puede comprender lo que a decir de palabras resulta incomprensible. Puede asirse la imagen a medida que se iza o se arrea la altura. Puede asirse para siempre. Ser parte de ello. Ser entonces del paisaje y el paisaje de uno. Sólo hay que caminarlo, andarlo con el respeto y la paciencia que exige tanto contraste. Vamos por partes.
Empezaremos nuestro recorrido en Tilcara. En esta oportunidad, para llegar hasta allí, tomamos un avión desde el aeroparque de Buenos Aires. El precio a Salta, ida y vuelta, fue de 2500 pesos argentinos, en ese momento equivalentes a 165 dólares. El costo del vuelo resulta menor que el precio de los autobuses. Llegados a la ciudad de Salta, salimos del aeropuerto y a 200 metros llegamos a una ruta por donde pasan los transportes locales que nos llevarán hasta el centro de la ciudad. El transporte colectivo funciona con una tarjeta como la SUBE, no tenemos pero un pasajero nos hace el favor con la suya y le reintegramos los pasajes. Demoramos cerca de una hora hasta el centro. Bajamos cerca de la Terminal ya que tenemos planeado tomar el bus hacia Tilcara. Son 3 horas 40 minutos de viaje. Llegamos a Tilcara de noche madrugada, preguntamos por el camping. Hay carteles que señalan cómo llegar. No es muy lejos de la terminal y, en breve, dando unas vueltitas por callecitas de tierra, llegamos al camping El Jardín. Hay dos campings pegados, dicen que de la misma administración. Este cuesta 70 pesos argentinos. Estamos en el mes de noviembre, no es temporada alta y el lugar está medio descuidado pero con suficiente y más para nuestras necesidades. El baño con duchas de agua caliente, buena arboleda, algunos charcos que delatan que ha llovido, mesas y bancos, fogones y parrillas, y algunas luces. A pocos metros hay un establo donde una yegua acaba de dar a luz. Detrás corre el río Grande.
Día 1 de caminata, de Tilcara a Casa Colorada
Arrancó la travesía. Apuntábamos en nuestro itinerario ir hasta Huaira Huasi. Es humanamente imposible con carga. El primer día de esta caminata es mucho más duro que lo que Tilcara augura. Si bien vamos con el andar tranquilo, pausado, el ascenso es continuo y la altura que ganamos nos va escatimando oxígeno a cada paso. Chicar coca no sólo ayuda, es prácticamente necesario para soportar el trajín del ascenso y los efectos de la Puna. Los lugareños hacen el trayecto hasta Molulo, mucho más allá de Huaira Huasi, en un solo día. El doble de distancia que nosotros pretendíamos hacer, y muchos van y vuelven en una sola jornada.
Desde la plaza del centro de Tilcara tomamos la calle Rivadavia y nos encaminamos a la Garganta del Diablo. Tardamos alrededor de una hora en llegar. En la entrada a la Garganta del Diablo hay una canilla. Es importante cargar agua al menos para dos horas más ya que, de aquí en adelante y hasta Casa Colorada, no encontraremos más. El sol es mucho. Es un sol que te corta en seco. Todo se suma a la fatiga. La subida, el sol implacable. Nada de sombra. El sendero de a pie puede confundirse con una ruta para bicicletas. Es fácil equivocarse con GPS ya que los tracks grabados suelen coincidir con la ruta para bicis. En principio, a partir de la Garganta del Diablo, enfilamos rumbo al pueblo de Alfarcito, pero el sendero de a pie no pasa por Alfarcito, va por arriba del pueblo. Apenas se vislumbra cuando estamos a punto de equivocarnos. No hay que bajar a Alfarcito, hay que subir una colina e ir rumbo a la escuela. El sendero no está señalizado y como desde el principio vamos por un camino ancho, la distracción nos puede confundir a que sigamos por éste hacia Alfarcito. Prestar atención porque antes de ver el pueblito el camino ancho se bifurca y hay que tomar un sendero angosto que va prácticamente delante de nuestros pasos. No tomar a la izquierda. Seguir derecho. Hay pocos lugareños, pero en todo caso, preguntar y usar “la escuela” como referencia.
Desde aquí hasta Casa Colorada hicimos un parate en la única sombrita que encontramos durante el trayecto. Vimos un arroyito también, escueto y pobre pero que sirvió para salivar unos sorbos de agua.
Pasando Casa Colorada, a 2 horas 40 de la Garganta del Diablo con paso tranquilo, llegamos a una hostería bastante lujosa. Como es baja temporada está cerrada. No hay nadie en los alrededores pero hay agua! Aleluya! nos servimos y volvemos a descansar. Durante el descanso, la mitad de los caminantes del grupo manifiestan dolores sintomáticos del mal de altura, apunamiento. No podemos continuar, así que buscamos un lugar prudente alejado de la construcción para no molestar, y cerca, justamente, de una caidita de agua. Armamos nuestro campamento y más tarde, el encargado, Reynaldo, tras rogarle y suplicarle acepta que pernoctemos allí bajo promesa de dejar todo igual que como lo encontramos y levantar campamento con las primeras luces del alba. Está prohibido acampar allí. Aquellos caminantes que se encuentren más o menos enteros podrían abastecerse de agua en este sitio y continuar una hora y media más hasta un caserío de piedra, construcciones precarias y derruidas donde sí está permitido pernoctar, aunque agua, no hay. Media hora más delante de este viejo caserío vamos a encontrar agua pero la altura no será la más conveniente para pasar la primera noche durante la travesía.
Día 2 de caminata, de Casa Colorada a Huaira Huasi
El camino continua en franco ascenso con efectos secundarios. Indispensables hojas de coca. El día es menos caluroso. El paisaje desértico, sin sombra. Arrugas añejas en la corteza del planeta. Cruzamos algunos caminantes, lugareños que se desplazan de un caserío a otro, al trabajo, a otro pueblo. Los maestros del Durazno, a quienes topamos varias veces. Su escuelita está en la zona de Yungas. Un día de a pie.
Poco después de dejar Casa Colorada pasamos por el caserío de piedra derruido, y un poco más adelante por el río caudaloso con su puente de madera, un lugar ideal para echarse un buen descanso. Se siente la frescura del agua, hay un poco de sombra. Podemos beber, recargar las ánforas, refrescarnos, dejar que el cuerpo se acomode un poco a la altura. Es bueno y necesario descansar aquí. Pocos minutos después aparecerán unas pampas, con el curso del río mediando. Un lugar que pinta lindo también para un pic-nic o campamento si nuestro cuerpo se banca esa altura. A poco de pasar por este plácido lugar, llegaremos a la parte más alta de la travesía, entre 4165 a 4200 metros. Quizás no signifique nada exagerado la cifra en sí, pero hay un área, el área de Puna, donde está la altura máxima y es una ancha planicie donde el oxígeno escasea, se esfuma, desaparece del aire. Es difícil respirar. No hay oxígeno en el aire. El área está señalada con una cruz cubierta de flores. Se llama el Abra de la Cruz o el Paso Cruz Alta. Es recomendable no frenar. A pesar de la incapacidad del cuerpo, la mente debe forzarnos a continuar dando pasos para salir cuanto antes de esa zona. No nos tomará mucho tiempo y es mejor para el cuerpo, la salud, para sentirnos bien, no frenar. Llegaremos a un cruce de arroyos encajonados, en un lugar protegido contra el viento, con un poco de sombra del terraplén. Otro lugar que invita al descanso y que se merece tras haber salvado con éxito la zona de puna.
El paisaje empieza a mutar, a ablandarse un poco, a presagiar su esplendor, esa mezcla enloquecida de amarillos verdes, violáceos y rojizos. El camino nunca es plano, sube, baja, da vueltas; ya no cruzamos más lugareños. Hemos andado casi 6 horas y aún no vemos ni por asomo un techito que nos haga sospechar el caserío de Huaira Huasi. No tenemos mapas ni GPS, sólo llevamos algunas notas. No hay nadie a quien preguntar. No sabemos cuánto falta. En eso, tras un recodo de la serranía vemos una casita por allá adelante y un poco en descenso. Uno de nosotros se aproxima, no hay pobladores pero hay agua. Agua que sale de una manguera ancha conectada a alguna vertiente. La casita está cerrada. Acampamos afuera, alrededor, hacemos nuestro fogón y nuestra cena. Hay agua y la noche no puede ser más infinita. En el cielo estrellado por demás, interrumpido por estrellas fugaces que lo rayan olímpicamente, suben y bajan luces sospechosas de diferentes tamaños. OVNIS.
Llevamos dos días de caminata y aún no hemos llegado a Huaira Huasi, destino del primer día. No lo sabemos, estamos a menos de media hora del lugar.
Día 3 de caminata, de Huaira Huasi a Molulo
A veinte minutos de salir del rincón quasi mágico donde hemos pernoctado, nos encontramos con la abrupta y enorme cascada de Huaira Huasi que cae y desagua cada vez con menos fervor hacia las laderas que rodean al pueblo. El pueblo es un reducido caserío con muchas más ovejas que casas o pobladores. El suelo está punteado de blancos y algún que otro lunar oscuro, la oveja negra. Es la típica postal. Una imagen bellísima entre la paleta desechada en el paisaje. Los contornos irregulares de las montañas, el valle del Huaira Huasi tan húmedo y verde como un oasis a la piedra rosa y lila, los infinitos azules en la altura, los verdes aún más profundos en los enigmas de las montañas más lejanas. A pesar de haber salido apenas, nos detenemos un poco para extasiarnos y llenarnos de este paisaje. Contemplamos, cargamos agua fresquísima y pura de la vertiente y retomamos. El sendero es muy recortado, nada parejo. Sube y baja continuamente pero además no ofrece casi ninguna planicie donde echarse a descansar un momento. Es angosto y desparejo. Va faldeando una tras otra montaña, no da tregua. Tampoco nos da tregua el clima que se desata en tormenta. Cae granizo, llueve, vuelve a caer granizo tupido. No podemos parar. No hay espacio. Sólo podemos avanzar, bajo la lluvia o bajo el granizo, en una fila india rala, pero uno detrás del otro. No hay hueco ni cobijo. Hay que seguir. Paso a paso y chubasco tras chubasco.
Todo el día es así, mientras tanto, el paisaje es cada vez más verde, y el verde cada vez más profundo, casi azul según matice el sol o la bruma. Aquella roca hosca, lila y dura, cede ante la humedad y reverdece. Se desparrama por colinas eternas como una alfombra infinita. Rasgada de vez en cuando por la sinuosidad terracota de un camino, con la estampa de un rebaño o una casita allá lejos, adonde vaya a saber cómo, alguien ha llegado alguna vez.
Tras seis horas llegamos al cementerio de Molulo. El sendero que va hacia la escuela 76 es el que sale a la izquierda. Vamos hacia la escuela porque hemos leído que ahí se puede pernoctar, pero es un momento complicado, hay padrinos de visita, soldados que están construyendo algo en la escuela. La onda del maestro tampoco es linda ni interesante como la de los maestros del Durazno que hemos cruzado antes, Fabiola y Ariel, dos grosos. Hay gente de la comunidad en la escuela, haciendo cola para recibir donaciones; nos sugieren dormir en lo de la tal Carmen pero cobra carísimo y contesta de mal modo. Decidimos ir a lo de Felipa. Nos guía su yerno que anda rengo y con una muleta. No es muy cerca. Hay que caminar casi una hora más y meterse abajo en un pozo al que hay que llegar por una pendiente abrupta que deberemos remontar al día siguiente. Mala decisión dormir allí o en cualquier otro sitio de Molulo. No hemos visto ningún lugar donde fuera posible pernoctar antes de llegar a Molulo, salvo cerca del cementerio. Lo más recomendable sería seguir, una a dos horas más. Cargar agua en Molulo y seguir para dormir más adelante en alguna pampa.
Nosotros fuimos a parar a lo de Felipa. Su casa son tres construcciones desordenadas y sucias. Todo está tirado por cualquier parte. Encima llueve! Hay basura por doquier, ropa mojada, llena de lodo. No hay un hueco decente. Dormimos en la habitación donde secan el charqui. El olor es penetrante. Hay costillares y carne colgada en toda la habitación, incluso hay más entre las sábanas y cobijas que hay por ahí. Es sencillamente un asco, pero no nos queda otra que armar las carpas por ahí. Algunos dentro de la habitación del charqui, otro afuera bajo la lluvia y sobre el barrial y la mugre. Uno se adapta a todo, el olfato también se acostumbra al olor del charqui. El átomo desinflamante ayuda un poco a confundir los aromas.
Día 4 de caminata, de Molulo a San Lucas
Llovió toda la noche en Molulo y amaneció lloviendo y la mañana avanzaba pero las nubes y la bruma avanzaban junto con la mañana. Había que salir. Molulo y el lugar no invitaban a quedarse. La familia cocinó algunas tortillas de harina que algunos de los caminantes compraron y comieron con beneplácito y sin consecuencias. El fuego mata todo. Al final, amainó un poco, y bajo la garúa y bien empochados encaramos. No hay marcas. No hay ninguna señalización. Nos dijeron que antes habían pasado tres caminantes. Nunca los vimos, sin embargo, como el suelo estaba embarrado, no fue difícil seguir ciertas huellas de borcegos bien marcadas. El sendero sube y baja. La tendencia es en bajada. Molulo está a 3000 metros, venimos de los 3500, y vamos hacia San Lucas que estará a 1800 pero antes deberemos ascender a 3500 para después volver a bajar. Llueve todo el día. No hacemos paradas porque no hay reparo. No hay. No hay pobladores. Seguimos las huellas de quienes nos anteceden con la esperanza de que lleven a San Lucas. De vez en cuando levantamos la mirada hacia el cielo encapotado y siempre, cada vez que levantamos la mirada, nos sorprende una planta o un insecto extraño. Cañas de tallos violetas con hojas verdes. Flores como calas enormes estampadas de animal print. Suculentas de flores verdes y hojas azules o rosas. Es como una animación infantil. Insólitos los colores de la mutación entre la piedra y la selva, entre la altura y la jungla. Entre la oquedad del desamparo y la frondosidad, lo seco y lo húmedo estallan con consecuencias poco creíbles. O era así o la el agua de lluvia de esta zona tiene efectos alucinógenos. Caminamos todo el día, más de 7 horas. Sin parar. Sólo a veces para esperarnos unos a otros. Nos caíamos. Varias veces. El lodo se acanala y es como caminar por ríos de fango, por aludes pegajosos de barro rosado o color ladrillo. Estamos hasta los pelos de barro rosa.
Llegando a San Lucas, el pueblito se ve desde antes y eso da un último aliento para seguir andando, una de las primeras moradas es la casa de Rufina y David Tolaba, un bálsamo para nuestra triste humanidad echa agua y jirones. Rufina tiene un par de habitaciones con camas cuchetas. Algo seco por fin. Nos cobra 600 pesos por todos, somos cinco personas. Compartimos con ella el calor del fogón y la charla mientras se secan nuestras cosas.
El fogón de Rufina está en el piso. Hecho de piedras. Leña encendida en el medio y una parrillita precaria. Apenas un par de alambres. La habitación es un cubículo de un metro por un metro, una especie de chimenea que no ha sido deshollinada jamás. Las paredes son negras y brillantes impregnadas de costras de carbón y cenizas. Del techo penden estalactitas de cenizas, cristales oscuros de anhídrido carbónico. Rufina es bajita, casi como un duende. Atiza el fogón todo el tiempo, mueve las ollas en las que sólo dios podría adivinar qué brebaje bulle. Hay que estar así como ella, bajitos, porque a menos de un metro de altura se sostiene la humareda. Arriba, casi invisible un hueco pequeño como un ojo deja escapar hacia afuera un hilo de humo. Rufina nos cuenta historias del lugar, de su vida, de su familia, de otros viajeros. Nos hace reír con sus ocurrencias. Rufina es espontanea, vivaz. Fuerte a pesar de los años y el trabajo duro de los huertos y el chiquero. No se amilana. Va y viene todo el tiempo de aquí para allá.
San Lucas es un caserío encantador, de tierra trabajada y casitas de colores que parecen sostenerse enclenques sobre los desniveles de las colinas. Un río transparente cruza al poblado sobre un lecho de lajas naranjas y lilas.
Día 5 de caminata, de San Lucas a San Francisco
Inmersos en la selva y con un día que se ofrece casi despejado y nos sacude a descubrir la belleza. Todo lo que ayer estuviera velado por la bruma y la lluvia constante se revela luminoso. El clima no es bueno del todo. Hay nubes que surcan como estelas el cielo y no son garantía de una jornada sin tormentas. Salimos sin demorarnos, por si acaso. La ropa no se ha secado. Aprovechamos los rayos del alba para asolear un poco. El calor se siente un poco más. Estamos más abajo. En medio de la yunga. La vegetación es increíble, se multiplica en cantidad y tamaño. Todas las hojas, todo el ramerío, ha recibió una sobredosis de hormonas, siliconas, vitaminas. Hay plantas iguales a los yuyos pampeanos pero en su versión gigante. Un yuyo de sapo de tres metros, una campanilla que podría usar de sombreo. Una rama de helecho capaz de servir de techo. Flores raras, exóticas en todo el sentido de la palabra. Nunca vistas antes. Imposible nombrarlas o compararlas. Son completamente nuevas a nuestros ojos y vivencias anteriores. Igual los insectos. Hay más hay muchos, inverosímiles, dignos de Tim Burton, de colores que no cuajan. Llenos de contrastes naranjas con negro, azules fluorescentes brillantes.
El camino entre San Lucas y San Francisco es bastante fácil y, aunque ha llovido, no está barroso. Cruzamos arroyos y cascadas, bajamos hasta el curso de los ríos y volvemos a remontar las laderas. Es un camino hermoso, riquísimo. Se siente el calor pero las sombra de la jungla es amable, es húmedo y hay agua. A cada ratito hay agua.
Salimos a la ruta 83. Una ruta de tierra que une Valle Grande con el Parque Calilegua. Caminamos hacia San Francisco y nos alojamos en el camping municipal por 50 pesos cada uno. San Francisco también es un pueblo con encanto. Aquí, como pasa la ruta de autos, es más fácil conseguir de todo. En el camping hay una parrilla que no desaprovechamos en absoluto y nos hacemos un asado delicioso. En el mismo camping hay dormis y hay duchas de agua caliente que tampoco desaprovechamos. Hay una galería con una mesa grande, un espacio acogedor.
Al día siguiente iremos desde aquí a las Termas del Jordán. Están a tres horas, bajando. Después hay que subir. Es un sendero muy sencillo pero que las circunstancias del lugar y la población exigen hacer con guía. Sólo por la cuestión económica, por el curro, ya que es de muy sencillo recorrido. Cobran 150 pesos.
Nos vamos al Parque Nacional Calilegua y aprovechamos unos días más para recorrer los senderos. En un día y medio se pueden hacer todos. Son sencillos, calurosos. Acampamos dentro del parque, gratis. Hay insectos que picotean y garrapatas.
Llegamos a Calilegua a dedo desde San Francisco, también hay un transporte que pasa una vez por día.
Desde Calilegua donde pernoctamos dos noches, salimos a dedo hacia Libertador San Martín. También hay un transporte. Vuelve a llover.
Máncora, 31 de enero de 2010
Este lugar me encanta! Recién caminaba por la playa y me reía sola, me reía de alegría, de haber llegado hoy acá, de haber encontrado la posada, de haber podido armar mi carpa entre las palmeras, de que hace calor pero hay brisa y no me duele la cabeza.
Confieso que pasé tres días con un dolor de cabeza imbancable pero que sin embargo no me detuvo. Lo atribuyo a una deshidratación. No tomé suficiente agua en muchas horas de viaje, no sé exactamente en qué ramo fue, pero recuerdo que tenía mucha sed y se me había acabado el agua en el auto, la de la botella y la del mate y por no parar… se suma a eso el hecho de haber estado a más de tres mil metros de altura, pero ya. Tomé abundante agua potable y descansé lo más bien estos días y ahora estoy al nivel del mar. Chocha.
Acabo de comerme un cebiche y una milanesa de pescado, todo es de pescado y en el país de los soles, estos menús fijos, almuerzos, cuestan 7 soles. 1 dólar = 2.8 soles.
Cómo fue cruzar la frontera? No fue jodido como preanunciaba la Lonely Planet. Es domingo, no hay tráfico comercial, pero… je je, cuando me tocó sellar el pasaporte el hombre de migra Perú, detectó que no había pasado por la migra Ecuador a sellar salida. No paré porque no vi ningún desvío ni oficina ni ventanilla. Me hicieron volver. El lugar es fantástico en serio, nunca antes había pasado por una zona migratoria como esta. Está buena. Hay carreteras anchas, enormes puentes con jardines con flores en el medio. Crucé los dos puentes de nuevo y me di unas embarulladas entre los troncales que desvían para un lado y otro de las rotondas hasta que encontré migra Ecuador, por suerte no había mucho tráfico, sellé salida y volví a Perú. Bienvenidos a Perú.
Es más complicado que en otros países, pero zafa. Hay que pasar primero por la oficina de la poli, está ahí nomás. La poli verifica que una no sea un «buscado, se recompensará» y bueno, como todavía no me catalogaron por ahí, me sellaron un papelito, con ese papelito hay que ir a la ventanilla de migra entrada Perú, pero OH! Héte aquí que casi cuando me tocaba a mí y a otra gente que esperaba, el empleado de migra Perú dijo que su turno se había terminado y qué él se iba y que el relevo lamentablemente no había llegado. Bueno, dije yo, será que me tengo que volver a Ecuador… A los otros que esperaban los dejaron pasar para Perú, porque eran ecuatorianos y solamente venían a pasar el día. El poli que me había sellado llamó urgente un relevo y me dijo que en media hora llegaría, me pareció bien, así que me dispuse a conseguir agua para unos matecitos pero el relevo no me dio tiempo. Llegó y me selló. Una vez sellado, pasé por la aduana, otra ventanilla por ahí nomás y otro oficial me hizo el permiso para entrar y circular con la burbuja colorada. Todo genial. Encaré Panamericana al sur, entre una hecatombe de motocars, ver otra vez los motocars… qué emoción… qué simpáticos y qué quilmbo, salen de todos lados y andan por las rutas como pancho por su casa y sí, son pancho peruano por su casa. Me encantan, me recuerdan antiguos viajes, con los chicos y amigos peruanos, tan familiares. Panamericana y desierto, desierto, desierto y mar a mi derecha.
Llegué a Máncora, es un lugar de playa precioso, la construcción de cabañas y paradores es todas de bambú, caña y palma y estoy feliz de que me hayan hecho un lugarcito en el camping porque de entrada me habían dicho que no se podía porque ya había más de 4 carpas, pero la mía es tan pequeña que ahí está y sobra espacio. El camping tiene unas instalaciones muy cómodas, está frente al mar y tiene pileta, cuesta 7 soles y uno más para usar la cocina para calentar el agüita para el mate, 8.
Este es un lugar para tomarse unas vaciones. Pero yo creo que seguiré mi rumbo y disfrutaré este día y las horas que me separan del camino, a pleno, así que os dejo compañeros y camaradas.
Ah, me escribió el papá de Lori Berenson, es posible que pueda visitarla. Me da mucha felicidad. Ojalá.
Playa las Piedras, Pimentel, 1 de febrero de 2010
Hoy es el cumpleaños de mi mamá, lo hago público, cada día más joven la novia de Copello.
Estoy en un páramo, un oasis en el desierto. Playa Las Piedras, es un lugar elegido al sur de la Playa Pimentel que a su vez queda a 12 km de Chiclayo. Chiclayo no da para quedarse, al menos para mí. Es una ciudad caótica de esas en las que los motocars y los taxis y la gente aparece de la nada por todos los recovecos, tocan bocina, se cuelan por un costado y por el otro. Estando tan cerca del mar, a un paso, me vine para acá.
Armé la carpita azul, que aunque de lejos se vea como un tacho de basura, es una casita de campaña donde me siento a gusto, en mi casa. En este camping hay también chozas de palma y bambú, hamacas, lugares para fogón, cocina y es todo lindo ese reducto, pero yo elegí armar la tiendita. Mis vecinos son gringous y el ayudante del dueño, un viejo francés que se encuentra refugiado de la esposa.
Detalles técnicos de la ruta, cargar gasolina antes de encarar la ruta del desierto peruano, casi toco fondo. Desde Piura hasta unos kilómetros antes de Chiclayo no hay ni una sola estación de servicio a lo largo de casi 300 km. Cuando encontré una, solamente había kerosene, diesel y gasolina de 84 y 90 octanos, puse de 90. No había opción y no me iba a quedar en el camino. Hay gente que vende en bidones por ahí, pero no me resulta confiable.
Más detalles, es desierto, desierto por donde se mire, primero de piedra, después de arena. Hay pueblos de caña en medio del desierto, caseríos más que pueblos, todo mimetizado en el mismo color ocre. Cada tanto se ve el vaivén de una persona cruzar la carretera casi recta y abúlica, los espejismos confunden. No anda mucha gente. Recomiendan hacerla de noche, por la fresca, afortunadamente esta mañana salí temprano y no hizo demasiado calor. El aire acondicianado no lo uso para no forzar el motor y gastar menos.
La gasolina barata de Ecuador se acabó. Acá cuesta 11 soles y monedas el galón. 1 dólar = 2.8 soles.
Imposible subir las fotos, se las debo.
Van abrazotes!!!! Desde el Pacífico peruano.
Huanchaco, 2 de febrero de 2010
Huanchaco está a 12 km de la ciudad de Trujillo. Acampo. Me encanta acampar. Mi casa se desarma y se vuelve a armar seguido. Viene muy bien que en esta parte del desierto y la costa peruana haya camping, es más barato y más lindo. Este camping cuesta 10 soles. Un almuerzo, 5 soles. La gasolina en la carretera de hoy la encontré más cara, 14 soles el galón de la 95, pero no había, así que otra vez a poner de la de 90…
Mañana, el plan es ir a Trujillo a hacer un service y mientras tanto, yo, recorrer la ciudad. El contador de kilómetros marcó los 12mil desde que salí de Guanajuato. Vamos bien. El camino es lo mejor, amo estar en el camino, seguir andando.
Este lugar de playa, Huanchaco, es muy lindo, hay bastante turismo porque son vacaciones, hace calor, el mar es amplísimo, tanto mar.
Voy regulando, haciendo un poco de tiempo para llegar a Lima antes del sábado, el sábado son las visitas en la cárcel donde está Lori Berenson. Espero poder pasar esta vez, no me interesaba entrar a Lima. Imagino que manejar ahì debe ser un quilombo groso, ya que conducir en estas ciudades medianas, lo es. Los peruanos son bastante despelotados para conducir, creo que de los países que pasé es el que me obliga a estar más atenta, a cuatro ojos. Estuadiaré el plano y las avenidas que me lleven hasta el barrio Miraflores.
También voy investigando el tema de las rutas bolivianas… pregunto a otros viajeros… las lluvias… la corriente del Niño. Mi idea es desde Perú, Arequipa, Juliaca, Puno, Lago Titicaca, Copacabana ya en Bolivia, La Paz, Oruro, Sucre y de ahí a Paraguay. Si alguno de mis lectores, escucha, ve o sabe alguna noticia acerca de cómo está ese tramo de la ruta en estos tiempos, se agradecerá mucho. No tengo ganas de ir por Chile…
Tengo muchas fotos, pero no las puedo subir, les debo el desierto, la playa, abrazos y mates juntos, pero pronto los tomaremos.
Hay fiesta acá también, al estilo Guanajuato, sacan a pasear a los santos, tiran petardos explosivos y molestos y bailan en la plaza.
Hoy me paró la poli, vieron el papel y meta charla. Yo apago el motor porque cuando entran a hablar del viaje se olvidan por qué me habían parado. Tomamos mates. Menos mal que tengo bastante yerba.
Juájuájuá!! Ahí van fotos, estaba medio nublado más temprano, ahora salió un solazo que raja la tierra, en serio.
Vean, vean, en las fotos, esos que se van a la mar con sus piraguas de totora, van y te pescan los que les pidas, al toque, pescado recién salido del agua.
Trujillo, 3 de febrero de 2010
Hoy le tocó a ella.
Busqué un taller donde hicieran todo el service pero no hay. Me mandaban de acá para allá, en esa ciudad grande, de avenidas y conductores intrépidos. No pueden imaginarse cómo doblan en mitad de una calle, o dan un vire completo en una bocacalle y salen para el otro lado y en las avenidas, entre cuadra y cuadra todos quieren doblar en U, en V, en JOTA, en CUALQUIERA!
Finalmente fui a Goodyear para tema balanceo, alineación, control de frenos, de paso ahí me cambiaron aceite y filto y el muchacho -un amor- inventó una tapita para el hueco donde se había roto el bolilero porque dice que si seguía entrando polvo y mugre se iba a volver a dañar. Así que como fuimos a comprar una pero no la conseguimos, hizo de su ingenio y le metió una tapita tipo de bidón, color azul, con un borde de silicona, dice el muchacho que aguanta hasta Argentina. Juájuájuá, no creo, pero bueno…
Después de todo eso, lavado, engrase no había. Lavado de chasis, remontaron a la burbujita cual globo colorado, lavado de carrocería, encerado e interiores hasta donde los bártulos permitieron. Quedó bien.
Yo esperé, comí, tomé agua porque no había llevado el mate y volví a Huanchaco montada en un simil cero kilómetro. Ya está guardada, detrás del portón y bajo techo.
Me fui un rato a la playa, con el termo, el mate y el hawain tropic, ahí me encontré a Adan, uno de los vecinos del camping, gringou. Los que viven en la carpa de al lado son franceses, hay otros con los que hablé hoy, muy copados, él nació en Canarias, el padre es uruguayo, la madre es argentina, ambos exiliados de ambas dictaduras, tomá mate, la compañera del canario es peruana, el canario tiene una hijita brasileña, bahiana, y la mujer peruana tiene un hijo con un árabe y además viajan con un primito, que ese no terminé de averiguar de dónde lo sacaron, todo muy cosmopolita. Me uní a ellos. Los nenes me hacen acordar a Farid, Martín y Mica cuando eran chicos, me da nostalgia de aquellos tiempos en que hippiábamos juntos.
Estuve investigando rutas. Va a ser muy difícil bajar por Bolivia y Paraguay. Estuve leyendo que la ruta que pasa de Bolivia a Paraguay, la transchaqueña, es intransitable de tantos pozos, a lo mejor es información vieja, tengo que seguir averiguando. Bolivia me dicen la gente que va subiendo que hay muchos tramos sin asaltar. Como viene la mano creo que me quedaré con una llaguita en el corazón, el proceso boliviano, Evo Morales, es algo imperdible, pero mi autita… es tan petisa, tengo que seguir pensando, a lo mejor encuentro un camino, viene medio trabado el tema y si le pongo alas… y sino será un deseo pendiente, pendiente para dentro de poco.
Casma, 4 de febrero de 2010
Perú es polvoso, o mejor dicho, esta parte de la larga longitud peruana es polvosa. La ruta es un solo volar arena, arenisca, piedra, piedrisca, por la naturaleza que rodea y abunda sin compasión y porque los camiones parece que sólo cargan ese tipo de material y cargan así nomás, entre unos palos y envuelto en lonas rudimentarias o plásticos atados con sogas, con hilos, con juncos, con alambre, lo atamo con alambre lo atamo, le ponemo tapita de plástico le ponemo, todavía ahí va la tapita azul en la rolinera o bolillero de la trasera izquierda.
Antes de llegar a Casma entré a Playa Tortugas, una bahía tranquilísima de botes, playa, flamencos y tortugas, por supuesto.
Casma es una urbanización de menos de 25mil habitantes que se sientan a la siesta pasmados, con la boca abierta al calor, como lagartos. Algunos se quedan dormidos, los viejos, debajo de sus sombreros de esparto. Esta ciudad tiene algún parentezco con Macondo. Comí un almuerzo esectacular de 4 soles y paro en un hostal con una onda feng shui, lleno de plantas, jarrones, pasillos y patios altos y blancos por donde el aire circula como un bálsamo, bálsamo igual que el mar, tanta agua tan cerca de tanto desierto.
Volviendo atrás, no podía dejar de mostrar la autita y todo el retoque de ayer. Ayer no lograba subir las fotos. Aquí van. Para algunos curiosos financistas, respondo que, alineación, balanceo, verificación de frenos, cambio de aceite y filtro, más la tapita azul, costó 130 soles. Lavado de chasis, carrocería, interior y encerado costó 18 soles y el tanque de gasolina super de 95 lo llené con 82.5 soles, tenía cuarto antes de llenar.
Ahora, mi turno de preguntar, a los conductores avezados de las rutas argentinas, llámese por ejemplo Eduardo Martorell, si entro por Calama, San Pedro de Atacama, desde Chile a Argentina, entro cerca de San Antonio de los Cobres en Jujuy, qué ruta me aconsejáis desde Salta, la ruta 9 por Santiago del Estero, Córdoba, Rosario, San Pedro? o la ruta que cruza Chaco, creo que es la 16, pasa por Resistencia y luego tomar la 11, y después la 9, está segunda opción sería desde Salta, Resistencia, Santa Fe, Rosario, San Pedro? Toda sugerencia será más que bienvenida.
Todavía mi mente baraja Bolivia, Bolivia, el mapa tartamudea, parece que Bolivia se bancaría hasta cierto punto, hay un problemita entre Bolivia y Paraguay, sobre todo porque faltan tramos de pavimento y es época de lluvias, pero si alguien tiene información de esa región, también la agradeceré.
Compatriotas, de a ratos tengo ganas de llegar a pisar nuestra tierra cuanto antes, de a ratos me quedo en stand by, pasmada como esta gente, detenida, paralizada, shoqueda, en éxtasis, si me pregunto, el viaje se acaba y QUÉ? Me invento mecanismos para disfrutar, entre el deseo de llegar y la melancolía de no estar, entre lo incierto del después y lo prometido del durante, mecanismos para aprender con plenitud lo que el camino me està regalando, tan generosamente y tan vasto, como el desierto y como el mar, como fue el verde de antes y es el grito ahora VERDEEEE POR FAVOR!! VERDE QUE TE QUIERO VERDE!!!
Recomendación, de paso y porque me acabo de acordar, viajeros que van por la ruta del costeña del norte, desde la frontera Ecuador-Perú hasta Trujillo, CUIDADO! Tiran unas chapitas, con clavos, las llaman «aletas de tiburón», las tiran de día más que nada, cuando viaja menos gente y no viajan micros de larga distancia, te revientan la llanta y te asaltan, yo esquivé una sin saber qué era, no estaba enterada de esto, me enteré después. Pero al que le toque viajar por esa ruta larga de espejismos y fantasmas ojo al piojo.
Miraflores, Lima, 5 de febrero de 2010
En Casa del Mochilero.
Me fui por el malecón, atardecer en la flor de la canela, qué MaravillA!!
Agrego fotos del hostal de ayer, de La Casa del Mochilero todavía no saqué.
Las rutas en Perú están muy bien, pero entrar a Lima es un caos! Llegué sana y salva. Repitiendo el mapa aprendido de memoria; desde Panamericana, cruzar el Puente del Ejército sobre el río Rimac, a 200 m cruzar vía ferrocarril -no está más- Plaza 2 de mayo, rotonda de frente, Plaza Bolognesi, diagonal Guzmán unas cinco cuadras, avenida 28 de julio, 2 cuadras a la izquierda hasta Av. Arequipa, unas cuantas cuadras hasta el Ovalo de Miraflores, en el Ovalo derecho 10 cuadras por Pardo hasta la Plaza Morales Barros y por ahí. Claro. Nunca sale tan redondo como uno lo estudió como para sacarse un 10 sin pensar, siempre aparece la parte del desafío, de la incógnita y esa es cuando aparece un cartel que dice «vía en reparación, desvío obligatorio» y te mandan al carajo, en este laberinto, en las encerronas de colectivos, combis, autos, taxis, no hay que otra que el popular bocinazo, todos lo usan y yo también, pi pi piiiiiii, a mí no me toquen el culo, pi pi piiiiii, acá voy yo la concha de tu madre, puteando y transpirada llegué a un lugar fenomenal, La Casa del Mochilero, más fenomenal todavía fue preparar el mate y que aparecieram Roxana, Sandra y Nadia, las tres argentinas re piolas que había conocido en Máncora.
No tengo fotos de este lugar. Adjunto algunas de la ruta que sigue siendo entre el vasto desierto y el ancho mar debo muuuchas, tengo un par del hostal de Casma, muy feng shui, con un árbol VIVO, adentro! la gente en Casma tan linda! Y acá también, no he parado de hablar desde que llegué, con Tola, la encargada del lugar cuyo esposo trabaja en la fiscalía de terrorismo, así que hablamos de Lori Berenson, de la cárcel de mujeres y fui a comprar unos dulces para llevarle mañana en mi visita. Más luego contaré. No habrá fotos, no se permiten electrónicos y AGRADEZCO CON MAYÚSCULAS LAS RESPUESTAS DE NAICO Y MARTOREL, referentes a las posibles rutas de entrada a Argentina.
La ruta de Bolivia, me dicen acá, está en tramos pavimentada y en otros sólo entoscada y estos días tiene agua. Voy a entrar por Chile, por el desierto de Atacama, por Calama, luego será LA PATRIA, Ruta Nacional Nº 9: Salta-Tucumán-Santiago del Estero-Córdoba-Rosario-SAN PEDRO.
Penal de Santa Mónica de Chorrillos, Lima, 6 de febrero de 2010
Hoy fui a visitar por segunda vez a Lori Berenson.
Tres amigas de La Casa del Mochilero a quienes les conté la historia de Lori, compartieron la experiencia, Muriel y Lucía, argentinas, e Ivanna, uruguaya. Con estas chicas es con las que estoy haciendo banderitas en los semáforos para juntar algunas monedas y seguir viaje. Yo no sé hacer nada. Solamente le doy vueltas en círculos o en ochos a los banderines, pero en el conjunto, acompaña. Luego viene la policía, y nos saca.
Partimos al penal tamprano, en la mañana, antes de las 9. El penal está en una zona muy urbana de Lima, barrio Chorrillos, desde Miraflores se pasa por el barrio Barranco y luego está Chorrillos. En diez minutos estábamos ahí. En la cola había puros hombres así que preguntamos y nos dijeron que era en Máxima, en la esquina. Antes esta prisión era de máxima seguridad, por eso la llaman así, Máxima; ahora es una gran casa donde las presas conviven en un ambiente bastante ameno.
Lori está lindísima, se la ve mucho mejor que hace algunos años cuando sufrió el congelamiento en las alturas de Puno. Aquella vez, 1999, los guardias me había tratado a mí como delincuente de Máxima también, y me escoltaron apuntándome en la espalda hasta la salida del penal. Después fui a Arequipa donde Lori había sido trasladada. Ella es pura entereza, una mujer inteligente, lectora, intelectual y en estos tiempos, enamoradísima de su hijo, Salvador, que hoy cumple 9 meses, una preciosura de hijo, un niño tranquilo, que toma la teta todo el tiempo que se acuerda de reclamarla, o sea bastante seguido.
La visita fue formidable. No pudimos sacar más fotos que la de nuestros brazos marcados por el sello de entrada de visita, está prohibido llevar cámara o cualquier aparato electrónico, fue una día rico de conversaciones y acompañamiento, no solamente por Lori sino además por otras mujeres, presas políticas del MRTA, tales como Nancy, cuya sensibilidad le salta por los ojos. Nancy tiene dos hijos exiliados desde pequeños en Nantes, Francia, a su esposo lo asesinaron y ella a pesar de ese brillo que se le escapa de los ojos, es firme como una roca inquebrantable. Milagros, escribe poesía, estudia Ciencias de la Comunicación y todavía carga una condena de 7 años más. No conocemos a fondo su pasado, sin embargo, después de haber compartido con ellas este día, almorzamos juntas en el patio, tomamos mates, nos mostraron sus celdas arregladas como pequeñas casitas con sus cosas personales, sus afectos, aquello por lo que perseveran y aquello que las identifica, y después de charlar y charlar màs de nuestras vidas, nos resulta inconcebible que no puedan ser útiles a la sociedad, hoy sabemos de sus pensamientos, de sus deseos para el mundo, de su capacidad de desear lo mejor y llevarlo a cabo, y por eso las encierran, para que no hagan lo que muchos pensamos que HAY QUE HACER y que es CAMBIAR EL MUNDO, por un MUNDO MEJOR.
Nazca, 8 de febrero
Las líneas de Nazca es imposible descifrarlas de cerca. Ocupan una superficie de 500 km cuadrados y son cientos de formas geométricas, flores, animales, tallados en el desierto de piedra. Todavía nadie se atreve a explicar cómo y por quién fueron realizadas. Humanamente y hasta donde la teconologìa ha avanzado hoy dìa, es casi imposible establecer, a no ser desde una altura considerable de la tierra, las proporciones para dibujar de manera tan perfecta, recta, simétrica y equilibrada esas enormes figuras. Pueden verse desde el aire. Los vuelos son caros -60 dòlares- y la mayorìa de la gente que va, regresa descompuesta por el vértigo, de mirar hacia abajo y porque las avionteas se inclinan acrobàticamente. No cabe duda que debe ser impresionante ser testigo visual de este enigma entrañable. Un misterio, sobre todo para los que todavía no creen en la física de las posibilidades.
El marcador de km ya supera los 13 mil. Esta es una parada para recuperar el sueño, aunque mi hermana Moroca me enseñó que es ficticio, el sueño no se recupera, digamos para tomar mates, recobrar energías y seguir en la pesquiza de un paisaje diferente. Hoy desierto de arena, desierto de mar, algunas playas casi deshabitadas y después màs desierto, desierto de piedras, al final, casi llegando a Nazca se abrió un oasis de verde y palmeras, ahí saqué una foto y un poli me paró, para saludarme…
La gasolina sigue siendo cara, varìa según la marca desde 12 a màs de 15 soles el galòn. El otro día le puse la de 97 octanos, era un cohete la nave. Hoy 95. Las gasolineras, muchas de ellas, aceptan dólares, se me van que se me van volando, de a 30, y bueno… gases del oficio -Chirola dixit,.
Las rutas peruanas siguen estando bien. Aparecen algunos peajes de 5 a 11 soles, dicen que si vas para el norte te cobran a partir de Lima para arriba y si venís para el sur, cobran de Lima para abajo, o sea, que ahora me toca pagar.
Hoy me metí a una ruta que todavía no inauguraron. Me equivoqué. Fantasmgórico, no andaba nadie, parecía una escena de Pedro Páramo, apareciò un pibe en una carreta cargada de vegetales y le preguntè y me dijo que siguiera normal -yo? normal?-y seguì, normal como soy, pero por algo nadie tenìa la idea normal de ir por esa ruta impecable, no llega a ninguna parte, de pronto, pum se acaba. Tuve que volver, deshacer el camino y encarar la ruta vieja. Fue un tramito nomás y estuve de estreno así que necesito pedir tres deseos.
Ahora regreso de comer el almuerzo, 6 soles, cerdo adobado, sopa, jugo de alfalfa, ensalada de aguacate.
Estoy en otra casa de mochileros, internet incluido, cocina, 15 soles, gente piola.
Anoche trasnoché entre argentinas y uruguayas, charla y mate, mate y charla.
Mañana sigo bajando al sur.
La ruta hasta Puno es transitable, hay una parte nada màs que hay lodo, no sè còmo està a partir de Puno hacia Bolivia en estos días. Creo que mi auto pasaría, ya pasó por tanta variopinta topografía, orografía, hidrografía! Pero no tengo ganas de correr este riesgo ahora, a pesar de Bolivia, suena tonto a lo mejor, hice todos estos kilómetros, casi siempre sin preguntar nada de los caminos ni anticiparme al pronóstico del tiempo, dejàndome llevar por el mapa y el deseo.
Moquegua, 9 de febrero
Ruta brava. Lo de hoy no tiene recedentes en mi experiencia personal. Tampoco me esperba algo así. Tormenta de arena. Un viento infernal. La autita que se sacudìa. La ruta que desaparecìa debajo de pequeños médanos. Màquinas topadoras que trataban de destapar la ruta. La ruta està bien, salvo un tramo lleno de putos pozos. El paisaje cambiaba segùn el capricho del viento, era una ronda de mèdanos enloquecidos. Recordè un cuento de Silvia Iparrguirre que habla al respecto. LO VIVÍ! Pero en el auto y no de vacaciones. El mar estaba de luto, sobre las aguas se pintaba a lo largo del horizonte un brazalete negro, huracanado, era ese viento enardecido, enojado o feliz y gritón. Tengo fotos, pero no puedo descargarlas. No se veía nada, era un revuelo, de a ratos se calmaba, abría un poquito la ventanilla y enseguida tenìa que volver a cerrar. Cuando se acababa la arenada, se venìa la niebla, cuando se acababa la niebla habìa derrumbes, despuès se me vino la noche encima, con niebla, curvas y derrumbes invisibles y una luz roja en el tablero GASOLINAAAAA!!!! No hay gasolineras en la larga ruta del desierto costeño peruano. Hay muy pocas y venden cualquier verdura màs que vender gasolina.
Algunas gasolineras en las ciudades aceptan dòlares y tarjetas de crèditos. Estas de la ruta, ademàs de muy esporàdicas, no tienen nada que aceptar y casi nada que ofrecer, casi no hay mercaditos en las estaciones de servicio, ni cafè ni nada. A aprontarlas vituallas compañeros, todas las vituallas.
Llegué regulando, de noche, y pretando el que-te-jedi, pero llegué, sana, salva, medio áspera… estoy en el Hostal de Los Limoneros, que huele a jazmines y azahares por supuesto, es una casona grandísima, pintada de azul, llena de jardines, el auto adentro, al lado del jardìn. Tòdavía me queda arena hasta en las orejas, juájuájuá, pero esta no es producto de le algarabía y explosión inmobiliaria de San Pedro. Arena de este desierto que no tiene nada que envidiarle al Sahara ni al Wadi Rum, esto no se acaba?? Es inmenso, kilómetros y kilómetros, una superficie incalculable y menos calculable hoy que se desparramò todo.
Además de esta tarea de conductora que asì y todo como la cuento y no la puedo mostrar, me permitió cebarme yo solita un par de par de mates, hoy salì màs tarde. Al hostal de Nazca llegron dos chicas argentina, mìsticas y artistas, una de ellas es maestra de danzas africanas en el Centro Cultural Rojas y conoce a Rosaura Garcìa, la otra es es alumna de danzas, nos tomamos dos termos de mates con la charla desde las 6 de la mañana y hasta las 9 en que partí màs al sur`, ellas irán al norte, en micros, a dedo… hasta Mèxico quieren llegar.
Esta ciudad, Moquegua, està a 160 kilòmetros de Tacna, Tacna frontera con Arica, Chile.
Ya estuve husmeando, el centro es colonial y pintoreco y en el husmear olí algo que me està llamando el apetito engañado hoy con galletitas, asì que hasta pronto compañeros de utopías y de otras cosas también, bon apetit!
Purmamarca-ARGENTINAAAAAAAAAAAAAAA – 10 de febrero de 2010
Con una emoción que ustedes no pueden ni imaginarse llegué a nuestra Argentina, apasionada, cara dura, intrépida, controvertida, peleadora y tan querida! Cuando vi la bandera, ahí, ondeando en el mástil como haciendo un zarandeo de zamba, distraídamente, el cartel de BIENVENIDOS A ARGENTINA, apreté el timón y me puse a llorar. Y después a reirme y después en el camino, a carcajadas.
No me pasée mucho por Chile. El paisaje del norte chileno continúa la monotonía del largo desierto peruano. Ayer salí de Perú, llegué a Chile, dormí en Chile, hoy estoy en Argentina, hice uns cuantos más de mil kilómetros en el tramo, ya superamos los 15mil desde el inicio de la travesía en Guanajuato.
Salida de Perú, de Monquegua, cruce de la frontera Tacna-Arica. En la migra peruana siempre se exige un papelito más que en cualquier otra frontera, un trámite más, pero nada hay de complicado y detallista como la autoridad chilena. Son insoportables en ese aspecto. En el camino entre Arica y el paso de Jama, tuve 4 controles de aduana. El peor fue el primero, entrando a penas a Chile porque además de revisar todo el auto, hay que bajar todos y cada uno de los bultos y pasarlos por un scanner. Con el desparramo que a esta altura del partido yo tengo en el auto, esto me llevó un rato largo, ya que hay muchas cosas fuera de lugar.
Hubo un momento triste, el de tener que dejar al duende del árbol que viajaba en la puerta derecha. El duende del árbol que vivió en una maceta en mi oficina de Don Quijote durante añossss, que viajó conmigo hasta que una chilena con autoridad, demostrando todo su poder sobre nosotros inofensivos pero fuertes, dijo «esto no pasa». Para casi cualquiera era un palito de mierda, pero no para nosotros. Fue feo dejarlo ahí, pero acepto que quizás, tenga otra misión que cumplir ahora que yo, casi voy alcanzando esta meta.
Después de eso, iguiendo con el trámite, hay que llevar el auto a una playa donde lo pasan por un scaner, le hace una especie de tomografía, a ver si adolece de cocaína, fusiles, o más duendes ocultos.
Salí como tres horas después de la frontera con Chile y arranqué para Arica. Tuve que entrar a esta ciudad a cambiar dinero, en la frontera no había cambistas y además necesitaba cargar gasolina. Lo llené y con ese tanque hice todo el tramo hasta Calama, como 800 km. Gasolina de 95 en Chile 623 pesos chilenos.
Cabe aclarar, al margen, que a pesar de lo complicado, tedioso y cargoso que suele ser cruce de frontera Perú-Chile, gente hincha pelotas, todos los peruanos y chilenos, sin excepción, que encontré en lo cotidiano y con los que charlé un poquito, me cayero re amables.
Después de conseguir pesos chilenos, ayer, un dólar es 545 pesos chilenos, salí hacia Iquique para llegar a los cerros Pintados, pero no me gustaron, no me gustó el lugar para quedarme ahí, así que seguí. Hay poco y nada en la ruta. No hay ni una gasolinera, en Chile le dicen grifos, ni un hostal, ni casi ningún lugar para comprar comida. Pensé en dormir en Quillagua, que marca un pueblito en el mapa. En Quillagua, oh sorpresa, hay otra oficina de aduana pero ni pueblo ni hotel. Unos muchachos me aconsejaron seguir hasta Calama, eran las 9 de la noche. Descubrí que manejar de noche, si la ruta está buena, es muy lindo. Dos horas más a Calama, a las 11 pm, el simpático viejito, Eugenio, me abrió la puerta del hostal y no demoró ni dos minutos para calentar el agua y como dijo él, tomar unos matecitos, aunque después, amargo, no le gustó.
Esta mañana di una vuelta por Calama y antes de salir de Chile pasé dos controles más de aduana, más breves, sin scaner.
A Argentina!!!!! Todo bien con los papeles, con visualización del vehículo pero sin bajar las cosas, tengo el permiso para estar tres meses con el auto en Argentina y ver mientras tanto cómo funciona la ley para ver si se puede quedar y seguir siendo funcional a alguien que lo necesite, pero ya. La autita va cumpliendo su cometido. Estoy en un camping en Purmamarca, la ciudad está re linda, la plaza colorida, el mercado, y ya con la carpa en pie, en un revoltijode más de 20 carpas, casi todos argentinos, charlando, parloteando, tomando mates con los paisanos y con una felicidad que no me cabe en el cuerpo.
No puedo subir fotos porque me cambiaron las patitas de los enchufes, así que me reservo la batería que me queda hasta que consiga un adaptador.
Todo cambió de golpe, venía con una especie de abatimiento arenoso, si bien el mar y la música, vengo gastando a Soledad Bravo, me la canto -grito, vocifero- en las más de 300 canciones que me grabó mi Rau. Pero todo cambió, de golpe el paisaje se pintó de colores, las vicuñas de Coquena corren por los campos de pastizales bajos y aunque escasos, verdes, los cerros se tiñen de celestes, rojos, temibles violetas, los cactus llegan hasta el cielo, las nubes son rebaños y el aire que se filtra por la ventanilla toca una música de ocarina.
Estoy contenta. Falta un tramo, varios tramos hasta SanClemenchi.
El viernes, con este brisa que canta y acompaña mientras yo también canto, llegaré a San Pedro, primer tramo.
Santiago del Estero- ARGENTINAAAA – 11 de febrero de 2010
Si todo va como hasta ahora, mañana a eso de las 6 de la tarde entro a San Pedro. Ni yo que emprendí esto lo puedo creer. Si me pongo a pensar que allá andaba por Honduras o por Panamá y que ahora estoy acà, acà, a màs de 15 mil kilómetros de Guanajuato de donde salì el 31 de octubre. 15 mil y pico de kilómetros que serán 16 mil por cómo marcha el contador, engordados por ese desvío ansiado, obligado y que resultò fructìfero por demàs, llamado Venezuela.
Estoy tan feliz.
Voy en la ruta y no dejo de repetir la frase cèlebre de Jorge, QUÈ PAÌS QUE TENEMOS!!!!! El norte argentino es tan precioso, es una gema en estado natural. El aire huele a palo santo. No pude dejar de parar varias veces hoy en el camino. La Quebrada de Humahuaca, Tucumàn, què lindo està el jardìn de la Repùblica, despuès Termas de Rìo Hondo. Calor que no claudica. Silencio de siesta. Chicharras. Susurro de hojas. Respiro.
Lleguè a Santiago y acampo, en el camping Las Casuarinas, rodeado de parques, árboles.
Hay tres carpas locas contando la mìa. Pasa un muchacho. Nos saludamos. Pregunta obligada «de dònde sos». Respuesta al unìsono «DE SAN PEDROOOOO!!!» No se puede creerrrrrrrrrrrrr. El muchacho se llama Leonel Lòpez Villanueva y estudiò saxo en el conservatorio, asì que manda saludos para Eleonora, para Chichì y para Ronzani, va para el norte, de travesìa y aventura. Tomamos mates. Despuès nos vemos. Yo salì a caminar por esta Santiago que ya se levantò de la siesta. Esta ciudad està brilla. Yo no sè, quizàs es mi corazòn, mi alma los que hablan, pero yo veo una Argentina que brota. «Què paìs que tenemos». Yo veo los campos verdes, llenos de matas encrespadas que parecen lechugas -no sè que son- de un verde oscuro brillante, un verde màs para los indescriptibles que encontraba en Amèrica Cetral y con tanta dificultad y escasez de palabras para nombrarlos, lograba describir.
Desde que crucè la frontera, desde uno poco antes para ser sincera, desde que aquel desierto mustio se empezò a poner a naranja en Atacama, no hay paleta de pintor ni muestrario de pinturerìa que alcance para matizar los colores de nuestra Argentina y ademàs el llano. El llano anhelado. Vengo de sierras, montañas, casi todo el camino con un muro a mi costado, a mis espaldas o a esquivar en el frente, y ahora el horizonte infinito, ese que segùn Sylvia Iparraguirre -otra vez la convoco- nos permite galopar sin necesidad de llegar a ninguna parte sino solamente seguir cabalgando. Nada nos detiene.
Gracias a todos los que comparten esta travesìa conmigo. Todavìa falta un trecho que no puedo adjetivar ni grande ni pequeño porque en esta circunstancia en que me encuentro, es las dos cosas.
No sè dònde me toque parar cuando llegue a la ciudad madre, San Pedro, pero mi casa sigue rodando y la carpa es tan fiel compañera como la autita -balneario municipal? O algùn patio por ahì? O algùn techo?-. Anoche lloviò a chaparrones en Purmamarca, oì quejas de los vecinos, se les mojaban las cosas, a mì, en ese reducto que a simple vista no garantiza ser refugio seguro, no se me mojò nada. Dormì con el murmullo en el declive azul de las paredes livianas, abrigada, hasta que me despertó la mañana de los pájaros.
Hay fotos. Iràn todas juntas en pròxima presentaciòn. O veanlo con sus propios ojos. Es tan hermoso ser testigo en el camino. Yo no podìa imaginarme mi vida sin el viaje. Haber hecho este recorrido, lo que llevo hasta hoy, no lo cambio por haber hecho en estos meses ninguna otra cosa. Faltan menos de mil kilómetros hasta San Pedro, algunos màs hasta San Clemenchi. Me siento en casa. Què raro. A veces me dormìa con la necesidad de ir a mi casa y dudaba, me preguntaba «adònde queda». No sabìa. Mi casa es acá, aunque pase de visita, aunque no permanezca. Argentina es mi casa. Y por acà nos vemos.
Gracias por los consejos que me dejò anónimo acerca de rutas. Voy por la 34, la que pasa por Rafaela.
Gracias por los que esperan con vinitos, mmmm, tenga por ahì hepatlagina, mi hìgado vino mal de fàbrica.
Van abrazossssss a todossss, mañana comenzaràn a ser dados.
San Pedro-La ciudad donde nacì-El hogar- 14 de febrero de 2010
Hace dos dìas los carteles de la ruta enumeraron de forma regresiva los kilòmetros para llegar a San Pedro. Lleguè. Llegamos. Llegamos todos, los que fuimos en la autita, el turquito Hasan, algunos miembros de la familia de Coco, el duende del árbol pero sin el árbol, Pinochio, el espíritu de Michel querido, y la propia autita, los que, fugaces en el camino, se despidieron con un abrazo de aliento para no transigir ante las dificultades y seguir andando, los que se bancaron el blog con las buenas y las malas ondas que explotaban de mi alma segùn las circunstancias y entonces, aquellos que no dejaban de escribir para acompañar con palabras cargadas de energìa, de la buena.
Llegamos todos, por ahora hasta San Pedro. GRACIAS!
De Aila al refugio Auquinco, otras cuatro etapas del gran sendero patagónico narradas por María Taurizano. Una travesía inolvidable en primera persona.
María Taurizano es la primer persona en haber completado todas las etapas habilitadas del Sendero Huella Andina durante el verano de 2013,
éste simple y concreto dato no revela sin embargo lo más relevante … su enorme y profunda pasión por la naturaleza, un espíritu nómade y su cálida sencillez.María es esa escasa clase de personas a quien uno se quedaría escuchando por horas sus aventuras, experiencias y pensamientos que inspiran a idear y llevar adelante aventuras. Y aunque ella diga que se extienda demasiado en sus respuestas, no hay dudas que al leer esta entrevista vas a pensar lo contrario deseando que hubiese contado más !
– María, ¿cómo nació la idea de hacer el recorrido de Huella Andina?
La idea de hacer la Huella Andina fue el inevitable caer en la tentación apenas enterarme de que dicha Huella existía. Yo había ido a la oficina de Parques Nacionales, en Bs As, a pedir información acerca del Lanín, ya que mi idea era subir al volcán. Cuando me atienden, empiezan a sacar folletería y aparece esta novedad “la Huella Andina”, así que ahí nomás empecé a barajar la posibilidad de cambiar de idea. Ya había hecho una ruta larga antes, la Ruta Lycia, 509 km sobre los montes Tauro en Turquía y a la vera del Mediterráneo, y este tipo de travesías, que a la vez son un desafío físico, una invitación a la aventura, y significan sumergirse en la naturaleza salvaje y la incivilización, a mí me enloquecen. Si algo así se me mete en la cabeza es muy difícil que lo deje de lado.
– ¿Dónde conseguiste info previa? Descargaste una topoguía ¿de dónde?
Primero tuve un mapa, sencillo, incompleto, de los primeros trazados de la Huella, y sin explicaciones detalladas de las etapas. Simplemente era un folleto de promoción del “sendero más largo de la Argentina”. Busqué en internet y encontré en una página que no recuerdo pero que promociona el turismo en Argentina, un documento en Adobe con 24 etapas ya habilitadas de la Huella Andina. Ese documento me lo descargué en una netbook que llevé conmigo. Incluye una explicación de cada una de las 24 etapas, un mapa con el trazado, un gráfico de alturas y desniveles, y algunas consignas importantes para tener en cuenta cada día, como “no olvidar cerrar la tranquera”, o “llevar zapatos extras para vados”, recomendaciones así, además de poner si hay alguna posibilidad de transporte urbano o de servicios o proveeduría en los puntos de salida o llegada.
– ¿Cuántos días habías planeado que durase y cuántos te llevó finalmente?
Me llevó lo que había pensado. Eran 24 etapas, al menos las que tenía programadas de acuerdo a esa topoguía. Como hay puntos en que hay que desplazarse por ruta de un punto a otro para retomar ya que faltaría unir tramos mediante sendas, yo había calculado que ahí perdería un día entre salir de una ciudad y llegar a otra para seguir caminando temprano al día siguiente. Así que yo había calculado 26, 27 días. Al final fueron 29 días, con dos etapas más en el programa. El Krugger completo -ida y vuelta sin enlace lacustre- que fue cerrado por emergencia meteorológica, y el Baguilt que no yo no lo tenía contemplado pero que al enterarme que ya estaba abierto y siendo además el final de Huella Andina, decidí realizar.
– ¿Te preparaste físicamente antes? ¿Qué consejos le darías a una persona que quiera hacer Huella Andina o parte de la misma?
Yo no voy habitualmente a un gimnasio, le pongo dinamismo a lo cotidiano. Muchas veces me han preguntado por qué mis brazos son musculosos y yo me río y digo que es de pasar el trapo. Siempre hice la gimnasia hogareña doblemente productiva, y además con alegría; puede sonar gracioso pero llevo el peso de las bolsas del supermercado repartido en las dos manos y camino a casa haciendo bíceps, o llevo la mochila para caminar con 14 o 15 kg de peso en la espalda. Camino mucho, y desde chica hice actividad física, quizás más inclinada a lo artístico como gimnasia artística, acrobacia, patinaje artístico, o diferentes tipos de danza. Esta vez, pensando en una escalada, iba caminando a una escuela de campo donde fui suplente un par de meses y volví a hacer un mes de telas y aerobic en un gimnasio, pero más que nada es el dinamismo puesto en lo cotidiano, a conciencia, barrer apretando abdominales y glúteos, haciendo tríceps entre las sillas de a ratos, y caminando bastante, con las bolsas, la mochila cargada, subir y bajar las escaleras en lugar de usar el ascensor, y sobre todo la alegría y el optimismo.
– Contanos brevemente el equipo que con que hiciste el trekking: mochila, carpa, calentador, tipo de ropa y calzado, etc. ¿Cuántos kg llevabas aproximadamente? Y ahora que finalizó ¿te faltó llevar algo?
Yo no tengo equipo. Mi equipo es muy rudimentario, y hace tiempo que estoy pensando en renovarlo. Lo necesito. Lo que pasa es que es caro y siempre primero saco pasaje y relego el equipo, pero lo necesito. Lo único bueno que tengo es una bolsa de dormir que me salvaría hasta arriba de un glaciar porque es 1 kg de pluma, es lo único. La carpa es de juguete, la compré en un supermercado en México y es para que los niños jueguen en el jardín, pero resiste, no sé si a fuerza de mi fe y mi voluntad que le ruego desde adentro que no se llueva. No tiene más sobre techo que un cuadradito de tela. Pero resiste. La mochila es una mochila vieja que no tiene ningún tipo de separación con la espalda, de hecho me hizo una ampolla por el roce en la lumbares, que luego se convirtió en una llaga y luego ya se secó y endureció; la mochila no tiene el gancho para la cintura, así que le hago un nudo que a cada a rato tengo que volver a atar y ajustar porque se va aflojando. Ropa es toda ropa común. No tengo ni un par de medias para caminar o correr, ni una camiseta traspirable, ni un pantalón de trekking, ni una campera de duvet o goretex. Las botas estuvieron bien y dejaron sus huellas. Se la re bancaron. No son muy famosas, se llaman Confortex y las compré de emergencia en Bulgaria cuando las montañas Rila acabaron con las que llevaba. Tampoco pude comprarme la marmita, pero me compré una pavita de bazar y una olla que mandé derecho viejo al fogón y jubilé totalmente negras al final del viaje. Arranqué con 18 kg porque llevaba comida por demás de Bs As. Comí muchos fideos y polenta los primeros días, para alivianar, y seguí todo el camino manteniendo un promedio de 15 kg y comprando comida donde sabía que seguro iba a encontrar, para los días en que no habría proveedurías. Ni más ni menos comida, a veces más menos que más, con tal de no llevar peso en exceso, eso sí, la netbook firme para escribir el blog y ver los documentos que llevaba. Después, otro tema, era poder cargarle la batería. En cuanto a si me faltó llevar algo… nada indispensable, pero sí pienso que aunque se puede hacer la Huella Andina con un equipo básico -nada más básico que el mío- si uno puede hacerse con una buena mochila, con un buen calzado, con elementos livianos y pequeños, como por ejemplo una toalla de esas que son ultradelgadas pero secan que yo tampoco tengo aún, entonces todo eso suma para hacer más ameno el esfuerzo. Yo me arreglé bien con lo que llevaba pero reconozco que tengo un gran poder de adaptación a todas las circunstancias y carencias.
– ¿Dónde empezaste el recorrido y cómo fueron las primeras etapas?
Viajé de Bs As a Junín de los Andes para empezar desde el Parque Nacional Lanín, lago Huechulafquen, la caminata a la base del Volcán Lanín. Esa es la primera etapa que señalaba la topoguía. Luego supe que habilitaron el lago Ñorquinco más al norte, y ahora ya tengo nuevas obsesiones instaladas en el cerebro. Como primera etapa hice base en el Volcán Lanín, hacia la cara sur, camino de ida y de vuelta porque ahí no se puede dormir. Después fue del Huechu hacia Aila, sencillo y con la sorpresa que nunca antes me había pasado en otras caminatas por el mundo de tener que abrir con total confianza varias tranqueras y pasar por propiedades. Nunca olvidar cerrar las tranqueras. Ya desde las primeras etapas me fui dando cuenta que aunque dijeran “población” como en el caso de Aila, se trata de una sola familia, una sola casa, normalmente a cargo del espacio para acampar y con casi nada que ofrecer al caminante, pan casero y tortas fritas en la mayoría de los casos, pero no en todos.
– Hay etapas clasificadas como difíciles, ¿las recomendarías para gente que no tiene ninguna experiencia en el tema trekking?
Yo creo que si yo lo hice, cualquiera puede hacerlo, pero yo daría algunas explicaciones más detalladas acerca de esas etapas más difíciles. Igual fácil o difícil es muy relativo. A mí no me cuesta treparme a las piedras enormes que hay antes de llegar al Jakob, pero me cuesta un montón orientarme en medio de los descampados, y por eso se me hizo más difícil llegar al Camping Kaleuche o a Wharton que al Jakob. Igual pienso que para alguien que no tiene absolutamente ninguna experiencia en trekking, si bien creo, estoy segura, que pueden lograrlo, hay que anticiparles algunas cosas, como qué tipo de terreno será el que hay que trepar o descender abruptamente como los acantilados del sendero a Desemboque, o si llegaremos a un lugar donde no hay absolutamente nada ni nadie como el Refugio Rincón de Pinos o la Tapera de Lagos, qué es un mallín y cómo es mejor pasarlo, después cada uno reflexionará y decidirá de acuerdo a sus posibilidades.
– Contanos de las etapas que más te costaron y ¿por qué?
Probablemente las que más me costaron a mí no son las de mayor dificultad técnica. A mí me costó llegar del Steffen al Kaleuche, un camino anunciado como sencillo. Sin embargo yo salí del Steffen y después de caminar una hora llegué al Steffen. Sí. Tal cual. No es un error de redacción. Me perdí y volví sin querer adonde había salido y me di cuenta que en vez de bajar el río Manso, lo estaba remontando otra vez hacia sus nacientes. Había marcas, pero eran para la gente que hubiera deseado ir alrevés que yo. Yo iba alrevés. Y ese día fui alrevés muchas veces porque en dos descampados abiertos que crucé, en uno con algunas ovejas y un caballo, y en otro sin más que unas rosas mosquetas salpicadas por ahí, las dos veces salí mal, de tal modo que en lugar de salir a 300 metros de la gendarmería de Villegas, salí a 3 km y no sabía dónde estaba. Y esa no es una caminata que se diga de dificultad alta, pero a mí se me hizo larga porque me perdí. Lo mismo para ir a Wharton. Yo a Wharton no pude llegar y estaba tan fastidiada que hasta me dije “hasta acá llegó mi Huella Andina”, pero después, ya en un camping, bañadita y fresca, me volvía el ímpetu, le fuerza, el deseo de vencer el desafío y retomaba.
– ¿Cuáles etapas disfrutaste más y por qué?
Disfruté todas, pero en algunas los momentos intensos no me daban tregua a la emoción. La subida al Jakob desde el arroyo Casa de Piedra, desde sentir el estruendo del arroyo a poco que uno empieza el sendero, hasta los bosques amables, y la sensación más fuerte de la Huella cuando llegás casi a la altura del Jakob y el bosque se convierte en pura piedra, piedras enormes por las que es preciso trepar, ya no sólo caminar, y a tu izquierda tenés una cascada que se suicida y sin embargo sobrevive en belleza pura a los ojos de uno que está ahí. Esa parte fue sublime, y lo mismo, después de llegar, sentarse junto al lago Jakob. Yo sentí algo muy especial y diferente ese día. Plenitud. Lo mismo a la mañana siguiente, ascendiendo al paso Schwaizer por todo ese pedrero y precipicio y la laguna de los témpanos, y uno tan cerca del cielo y de la cúspide de los riscos y tanta paz. Después ya el arroyo Casalata y los mallines, medio me sacaron canas verdes, y no quiero saber nada de mallines. Prefiero las piedras. Otro día que la caminata es por demás interesante y variada es cuando vas desde Laguna Verde hacia el Refugio Rincón de Pinos, es una caminata muy rica porque de bordear la laguna y caminar por el bosque subís hasta donde está el volcán Achen Ñiyeu y después el Portezuelo del Auquinco y después otra vez bosque, y al final valles y pampas hasta el Refugio. Me encantó la costa del Lolog al día siguiente, en Refugio de Auquinco, y la caminata a Puerto Arturo que no estaba señalizada pero es clara y que se trae su emoción también. Hay que vadear el río ancho y bastante profundo, y sobre el final tiene tres trepadas emocionantes. Me encantaron también las vistas del Puelo caminando al Desemboque, se ve hasta Chile! Es como ver el mapa al natural y caminarle por arriba al mapa, y ya descendiendo al río Epuyen también te corre la adrenalina hasta las patas y es un discurrir del agua calma al agua tumultuosa, como si fueran aguas de diferentes edades, tranquilas ancianas las del lago o infantiles juguetonas traviesas las del río. Me conmovió ese panorama y me vuelve a conmover al contarlo. Pero todas las etapas tuvieron su parte de encanto, qué sé yo, caminar bordeando el lago Rivadavia hasta el río Rivadavia, vivir un día en una chacra con personas sorprendentes, tan gauchas como cultas, por demás de cordiales, ensillar una yegua y salir a ordeñar las vacas o arriar las ovejas, llegar a la laguna Escondida temprano en la mañana y ver primero su propio reflejo antes de ver la laguna misma, descubrir que el Baguilt es diferente a todos los demás lagos, que del otro lado del Huechulafquen uno no tiene más remedio que arrodillarse ante el majestuoso Lanín. Todas las etapas tienen un encanto propio y no creo que haya habido ninguna en la que sin querer y en voz alta, hablando sola, o con los árboles, se me salieran expresiones como “qué hermosura”, o “qué belleza”.
– Al final de las etapas ¿acampaste siempre en un camping? ¿qué te parecieron los campings en general?
No siempre acampé en un camping porque a veces no había, por ejemplo en Rincón de Pinos, Rincón de Auquinco, o Tapera de lagos. En los dos primeros acampé afuera de los refugios, y en Tapera de lagos no hay nada más que una pila de maderas de lo que alguna vez habrá sido una tapera. No hay nada ni nadie, salvo pumas, dicen. En otros lugares no se puede acampar al llegar, como el bosque de Arrayanes, así que lo hice ida y vuelta, y en otros como al cruzar la zona de chacras entre el Manso y el Foyel y hacia el lago Escondido, tampoco hay campings pero me quedé en la chacra de Abraham Troncoso donde fui más que bienvenida y recibida como un huésped aunque le cayera como peludo de regalo. Paré en campings de diferentes tenores. Todos constan en mi blog para más detalle. En general son lugares donde no hay electricidad, algunos tienen un generador que encienden en las noches, pero son lugares donde no siempre se pueden cargar las baterías de las cámaras por ejemplo, y es algo a tener en cuenta si uno quiere documentar la travesía. En casi todos los campings, las familias a cargo, gente del lugar, hacen pan casero y tortas fritas. Algunos tienen proveedurías, sencillas, y en general también, bastante caras. Algunos tienen duchas, algunos… no todos, algunos ofrecen un excusado, otros nada, ni una mesa de palos, o un fogón hecho nada más que de un círculo de piedras e igual te cobran. Y hay otros muy completos, como en Wharton que a pesar de ser un puesto nada más, tiene wifi y un baño regio azulejado y con ducha caliente o el Kaleuche que tiene una cabaña de madera enorme decorada con excelente gusto, o el de la UBA en Villa la Angostura que a pesar de lo estrecha del área de acampe ofrece un servicio inmejorable. Todos están en el blog y allí también están los precios y algunos datos más de cada uno. Yo, como mencioné antes, me adapto fácilmente a las circunstancias, y siempre sentí que habiendo agua y leña, estaba salvada porque siempre llevaba algo para echar al fogón. En algunos campings como el de Termas de Epulafquen, el Kaleuche, o el de Río Azul, o mismo en lo de Troncoso, sentí un compromiso serio y entusiasta con el proyecto Huella Andina.
– Tema comida: ¿conseguiste siempre para comprar en los campings u otro lugar al final de cada día? ¿qué llevabas siempre en la mochila para comer o cocinar?
Calculaba los días que tenía entre urbanidad y urbanidad, digamos entre San Martín y Villa la Angostura, por ejemplo, y llevaba algo como lentejas, o polenta, o fideos, contando al menos una comida fuerte por día. Llevaba sobres saborizadores, cubitos de caldo, queso rallado, un par de sopas, y siempre cosas pequeñas pero energizantes como maní, nuez, garrapiñada, turrón, chocolate, y también galletitas y algunos caramelitos dulces. Infaltable siempre, la yerba para el mate. La yerba mate tiene minerales como potasio y magnesio y aunque para nosotros es una tradición, ayuda mucho a recuperarse y a arrancar con energía. Para mí el mate es esencial y sé que podría sobrevivir varios días caminando y tomando sólo mate.
– Alguna anécdota o historia linda del viaje que vayas a atesorar en la memoria.
Si pienso en cada día, cada día hay una anécdota atesorada. El tema de que hubiera pumas en Tapera de lagos es afortunadamente una anécdota con final feliz, porque no hubo, o no tocaron a mi carpa. Evaristo, un baqueano del camping Cataratas desde donde más o menos arranca el sendero para subir a Tapera, me preguntó alarmado que cómo me animaba a andar sola por ahí, que por ahí había pumas. Yo muy tranquila le dije que de todas maneras los pumas tendrían otras cosas para comer, otros animalitos para cazar, y el hombre ladeando la cabeza medio de refilón, me decía con tonito no se creaaaa eh? Mire que la cenizas ha raleado mucho todo, todo menos los pumas. Yo por supuesto encaré. Tapera de lagos como escribí antes es un páramo en medio de la montaña y el monte, con un arroyo a algunos metros. Armé la carpa, encendí el fogón, y entrada la noche me metí en la carpa. Al lado de la cabeza dejé un cuchillo tramontina y el gas pimienta y me puse a pensar en los pumas. Los pumas son felinos, pensaba, como los gatos; los gatos salen de noche. Pensé que si escuchaba la garrita de un puma en la lona de la carpa agarraba el cuchillo y lo miraba de frente, pero después pensaba, un puma, un puma, pero ¿y si vienen de a cuatro? Y entonces decidí dormirme y dejar que la naturaleza sabia hiciera los suyo. Lo último que pensé esa noche fue, y bueno, si me tienen que comer… que me coman. Otro hecho medio inesperado fue hundirme en un mallín en la bajada del Casalata hacia los Césares. Yo no estaba preparada para esa contingencia, a ese extremo, y la verdad es que ahí me asusté más que con la posibilidad de pumas. Iba tanteando el terreno, con el barro un poco más arriba de los tobillos y que se me iba metiendo en la caña de las botas. Tenía los pies completamente ahogados en barro. Las marcas se han perdido en esos mallines, así que trataba de pasarlos por donde me parecían menos profundos, pero el fango es oscuro y traicionero y en una de esas, tanteé, apoyé el pie confiada y el mallín me chupó la pierna entera hasta la cintura. No sé cómo hice para tirar hacia atrás, no sé con qué fuerza pude despegarme y que además el barrial no me succionara la bota. Pensé que la perdía. Salí, y me imaginé desapareciendo con mochila y todo ahí abajo en las cavernas del pantano y al sombrerito solo flotando en los pastos. Por suerte es sólo una pintura de la imaginación. Y algo completamente increíble fue lo que me pasó en la laguna Escondida. Tan escondida como su nombre. Poca gente llega hasta ahí. Yo llegué temprano. Me senté en unos troncos a admirar los reflejos en el agua y aparecieron cuatro personas hablando en inglés. Eran de Estados Unidos. Se sentaron a charlar, como hablo inglés, lo hicimos en inglés. Nos preguntamos de dónde éramos y qué hacíamos por ahí. Yo les cuento que normalmente viajo, que soy nómade, que vivo por aquí y por allá, que camino, y que voy a Palestina y trabajo en el Valle del Jordán, los beduinos, la zona C, y hablo y hablo. Cuando hablo acerca de Palestina, tengo mucho que contar y es difícil que haga un punto y aparte. Cuento lo que sé, lo que los medios no dicen, lo que otros por ahí no saben porque nadie se los dijo, porque no lo escucharon pero sin embargo es una herida del mundo. En un momento, una de las personas, Stephen, dijo que él cada tanto hace algo que es un ritual y que siente que en ese momento debe hacer ese ritual conmigo. Mientras habla saca una billetera y escarba en un bolsillo pequeño de la misma. Yo pienso que sacará una foto, un amuleto, una piedra, un símbolo. No. Saca un billete de 100 dólares doblado en tres y me lo da. El otro hombre, Bob, saca fotos y registra el momento. Le digo que no, que yo no puedo tomar el dinero. Pero él me dice que tengo que agarrarlo porque él sintió que es el momento de ese ritual y que ese dinero es para Palestina, que él puede hacer eso y que de hecho lo viene haciendo desde hace tiempo, y me cuentan una historia parecida, quizás el ritual anterior, con un taxista. Estoy tan sorprendida que no se bien qué le dije, sé que se lo agradecí en árabe y en nombre del pueblo palestino. Después me fui el resto del camino un poco preocupada pensando cómo voy a hacer para que el dinero llegue adonde tiene que llegar.
– Un mensaje a aquellas personas que no se han puesto una mochila en la espalda para caminar en la naturaleza y se preguntan cómo será.
Llevar una mochila en la espalda y caminar en la naturaleza sin que se nos ofrezca en el camino ninguno de los servicios que nos ofrece y de los que nos envicia la urbanidad, no es tan difícil, ni tan pesado, ni sólo para valientes, ni sólo para unos pocos que deben tener estado físico y ser fuertes. Yo siempre digo que si yo lo hago, cualquiera puede hacerlo. Ahora bien, mucha gente puede haber decidido que no le gusta el reto o esta forma de andar. Si así lo afirman es porque no han probado. Se están perdiendo una experiencia sencilla y única, una experiencia que nos ayuda a aprender de nosotros mismos, porque el camino con la casa a cuestas y a través de senderos, dura muchas horas cada día, y son horas de comunicación en exclusivo con los sonidos de la naturaleza y con el propio interior. La única manera de poder adentrarse verdaderamente en la naturaleza, es esta, caminando. Hay muchos lugares a los que solamente podemos llegar de a pie, lugares que nos esperan. La llegada allí, después de haber dado cada paso, sabe muy distinto en nuestro interior a aquel lugar donde hemos sido transportados por otro móvil que no sea nuestro propio andar. Además llevarnos la mochila nos enseña el valor de lo necesario. Darnos cuenta que tenemos tanto y necesitamos tan poco para sentirnos plenamente felices.
Primer día
Iniciamos una segunda travesía de montaña a través de la Cordillera Real. La intención es caminar esta cordillera por sus laderas o crestas, subiendo y bajando a las lagunas que aparecen entre ellas y pasando a través de abras, pasos de montaña.
No es fácil llegar a algún punto de la cordillera real para iniciar una caminata por cuenta propia. Las agencias de turismo son quienes se encargan de guiar las caminatas y quienes para esto proveen el transporte hasta los puntos desde donde puede arrancarse. Sin embargo también es posible hacerlo sin depender de una agencia de viaje.
Desde la terminal provincial de La Paz puede tomarse un bus o combi que vaya a Copacabana y bajarse en Palcoco. Es un poblado pequeño a borde de carretera que va hacia las antiguas minas del mismo nombre: Palcoco. Al borde de carretera hay taxistas esperando para llevar gente montaña adentro. Cobran 150 bolivianos el viaje que dura una hora por un camino de piedras. Logramos una rebaja y hacemos el viaje por 100 bolivianos en compañía de Eustaquia, la mamá del chofer y dos nietitos, uno de ellos, Bismar, viaja conmigo.
Sobre el camino a mano derecha y poco antes de llegar a la laguna Ajwani, pasamos por dos lagunas grandes:
En la laguna Ajwani hay un albergue en construcción, tiene varios cuartos y baños, cocina, salón. Aún está sin terminar, pero Clemente se acerca a decirnos que podemos dormir en el lugar cerrado por 15 bolivianos cada uno. Armamos las carpas adentro y armamos un fogón afuera. No hay mucha leña. Ya que es zona de pastizales, pero encontramos algunos escombros de madera de la construcción del refugio y nos servimos de ellos para hacer unas lentejas deliciosas.
Apenas llegamos, con sol todavía, caminamos hasta la cumbre de una de las montañas que rodean este lugar. Desde arriba vemos el lago Titicaca. Se ven cumbre nevadas, puntasnegras, todo alrededor es inmensidad y nada más. Apenas tres casitas está salpicadas en las colinas alejadas unas de otras. Sale la luna llena y la luz es tremenda.
Segundo día
Arrancamos desde Ajwani dirigiéndonos hacia el camino de tierra para vehículos y a partir de ahí subimos la cumbre. No hay un sendero definido en esta parte. Caminamos entre coirones y pastos duros; avanzamos por la cresta, ya no hay vegetación. Los nevados dominan las panorámicas, seguimos hasta llegar a un paso entre montañas señalado por una pirca. Seguimos avanzando hacia arriba hacia otro paso donde hay otra pirca. Desde allí tenemos la cumbre del Milluni de 5030. El Huayna Potosí se yergue en el horizonte. Luego descendemos hasta la laguna Sistaña.
La laguna Sistaña es una laguna de aguas mansas. Hay una casita en una de sus veras y algunos botes anclados en la orilla.
Desde la Laguna Sistaña tenemos que volver a subir. El sendero no es claro. La altura vuelve lento el avance. Es difícil respirar. La vegetación se va perdiendo a medida que avanzamos hacia arriba. Los últimos metros, varios cientos de metros son de pura pedregal. Hay una huella marcada. La seguimos hasta visualizar la laguna Juri Qota. La bajadaa Juri Qota es vertical por terreno de piedra movediza pequeña. No hay una huella, se puede bajar por cualquier parte en dirección a la laguna y a una casita a modo de refugio. Acampamos adentro de un cuarto de este refugio. Eva, muy amable, nos cede un espacio por 40 bolivianos para los tres. No hay leña pero logramos juntar algunos restos de madera de la construcción del refugio y armamos un lindo fogón donde cocinamos unos suculentos spaghettis a la crema.
Las vistas de las montañas reflejadas en la laguna Juri Qota, son bellísimas. Un paraíso.
Tercer día
Una caminata magnífica que permitió una vista única y exclusiva de casi toda la Cordillera Real. Para esto debimos ascender a la cumbre del Pico Austria, 5300 metros de altura y desde sus cimas pudimos ver todas las lagunas de alrededor, aquellas por las que ya pasamos, otras inaccesibles pero visibles desde esta altura y en nuestro frente los picos nevados, cadenas intercaladas de cumbres blancas y roca negra. Es una vista hermosísima, vale el esfuerzo y el paso lento.
La caminata de hoy desde Juri Qota fue dura pero placentera. Saliendo del albergue de Juri Qota bordeamos la laguna por su margen izquierda. Hay una huella en la ladera de la montaña. Después hay que subir varias pendientes. Una de ellas de piedra dura y enorme hay que sortear un precipicio por un borde de cornisa sin ningún tipo de agarre auxiliar, sólo la roca. Hay que prestar mucha atención al maniobrar sobre todo con el peso traicionero de la mochila en nuestras espaldas. Salvado este paso el camino sigue duro pero estable y sin dificultad técnica. Hay pircas que señalan el rumbo y puntos fundamentales por donde ir guiando nuestro rumbo.
Llegamos al Paso Austria y desde ahí, dejando las mochilas abajo, hicimos cumbre. Siempre es una emoción particular alcanzar la cumbre de una montaña.
Después fue todo descenso, desde la cumbre al paso y desde el paso a la laguna Chiar Qota.
En Chiar Qota nos alquilaron una habitación de albergue por 20 bolivianos por persona. Estuvimos con Roberto, el sereno y con Wilmar a quien ayudamos con algunas frases en inglés para hablar con los turistas. En este punto hay un refugio con luz eléctrica, agua, baño. En nuestro sector no hay luz pero está bien cerrado y aclimata. No hicimos fogón así que con el calentador hicimos una rica polenta.
El Condoriri domina la vista en este lugar. Estamos en el Campo Base de ascenso a este cerro de alas abiertas.
Cuarto día
Desde Chiar Qota caminamos hasta el Lago Tuni. Caminamos prácticamente por sendero plano. Paramos a descansar y conversar con Diego y Marcelo, dos niños de Rinconada, un paraje hasta donde llega el camino factible para vehículos que llevan turistas a Condoriri. Diego y Marcelo están con su hermanito Miguel de dos años.
Llegamos a Tuni en tres horas y armamos un campamento gitano al reparo del viento y a la vera de sus orillas turquesas. Enfrente está el Wayna Potosí y a un costado el Condoriri, en vuelo frentista y siempre con las alas desplegadas. Es paradisíaco.
En eso escuchamos un coche y como no hay transporte público hasta el lugar nos apresuramos a preguntarle si nos llevaría de regreso hasta la ruta principal. Nos deja en… tras una hora de viaje por 100 pesos que hubo que regatear. Desde allí, volvemos a La Paz.
Si hubiera que elegir un lugar del planeta para demostrar la transformación del paisaje, ese lugar sería Bolivia.
Cruzamos la frontera argentina desde La Quiaca a Villazón. Desde el centro de La Quiaca se puede caminar hasta la frontera. Son entre cinco y diez cuadras. El trámite migratorio es rápido y sencillo. La oficina de migraciones está abierta desde las de la mañana hasta la medianoche. Se puede dormir en cualquiera de los dos lugares. Creemos que en La Quiaca la oferta de alojamiento es más variada y amplia.
En Bolivia sintonizamos los relojes, una hora menos que en Argentina. Cambiamos dinero, pesos y dólares por bolivianos. Un dólar, 6.85 bolivianos, y un peso argentino, 0.425.
En Villazón tomamos un micro a Uyuni para conocer el salar más grande del mundo, más de 12000 km cuadrados. Suena exagerado pero los datos enciclopédicos lo confirman.
Durante el trayecto de bus desde Villazón a Uyuni el paisaje se transforma continuamente. Arrancamos con las montañas que continúan la geografía de Humahuaca, el cerro de los siete colores se multiplica a ambos lados de la carretera. Montañas escarpadas de tonos contrastantes, del verde al violeta, el fucsia al amarillo. Pero a medida que avanzamos sobre la carretera, un camino rudimentario y en mal estado ya que, nos cuentan con orgullo están asfaltando la ruta principal, las montañas se convierten en pilones de rollizos salvavidas de pidra color beige, unos encima de otros, y, poco después esas piedras rollizas se convierten en pilotes, en árboles de piedra, en columnas de castillos gigantes con torres agudas. En cada manifestación ocurrente del paisaje se salpican las casitas de adobe y las casitas nuevas de block.
Si bien la distancia entre Villazón y Uyuni son solamente 290 km, tardamos más de siete horas debido al estado del camino suplementario por el que transitamos. Llegamos a Uyuni con la fiesta, el 10 de julio celebran el aniversario de la ciudad. Todo el fin de semana hay desfile. Todo el pueblo desfila además de otras formaciones y grupos que visitan la ciudad. Hay música y siento que emociono cuando me percato de que el locutor, al nombres a mandos mayores y abanderados de algunas formaciones, menciona apellidos como Choque y Mamani, apellidos que antes del gobierno de Evo Morales no tenían acceso a pertencer a ninguna repartición pública a no ser como personal de limpieza.
Nos alojamos en el Hotel Palace y estuvo bien. Nos cobraron 40 bolivianos por persona, un cuarto con tres camas, baño privado, agua caliente, internet y tv con muchos canales.
Al día siguiente salimos a recorrer el salar. Lo hacemos yendo a dedo hasta Colchani y caminando desde ahí. Es importante ver las montañas alrededor como puntos de referencia para no perderse y poder regresar. Hay excursiones organizadas al salar, de uno o más días ya que hay sectores con lagunas de superficie de diferente color, roja o turquesa, flamencos rosados, lugares insólitos de montañas de sal donde crecen cactus de otra era, más gruesos que un árbol añejo.
Esa misma noche tomamos un bus a La Paz. Es cómodo. Coche cama con calefacción y nos dieron dos frazadas a cada uno. Dormimos durante el viaje. Hace una parada en un restaurante sencillo donde se puede amenizar con un cafecito caliente para engañar a estas temperaturas heladas.
Primer día:
Para tomar este sendero tenemos que llegar hasta un punto denominado La Cumbre. La Cumbre se encuentra a media hora de la estación de buses Villa Fátima de La Paz. Villa Fatima, a su vez, se encuentra a poco menos de una hora del centro dependiendo del tráfico. En Villa Fátima se buscan las combis que van a Coroico y se le pide al chofer que se detenga en La Cumbre para bajar. El precio es el mismo que para ir hasta Coroico, 20 bolivianos.
Cuando llegamos a La Cumbre hay que registrarse en una oficina de techo rojo y empezar a caminar para arriba. El sendero no da tregua. Es claro, no hay vegetación y hay huellas de autos, motos, gente que subre por este páramo montaños a riscos inusitados desde donde uno puede admirarse de su alrededor parado literalmente sobre las nubes. Literalmente. Las nubes corren por debajo de nuestros pies. Las cumbres son puntiagudas, roca negra cubierta de nieve inmaculada. Vistas y sensación inmejorable que nos certifican que el esfuerzo hacia arroba valió la pena.
Se cruza el paso, el Abra Chucura, a 4880 metros de altura y empieza la bajada, para algunos bajar suele ser la peor parte. Mucho más fastidioso que el esfuerzo de subir. Esfuerzo que en esta región se acentúa irremediablemente por la altura normal. La Paz está a , La Cumbre a 4660, y el Abra a 4880. Luego empezamos el descenso trastabillando por un camino de mulas y piedras laja. Durante todo el sendero hay vertientes de agua, ríos, agua que surca desde el deshielos las laderas y llega hasta nuestros pies. También cruzamos varias edificaciones precolombinas y la calzada epor la que nos desplazamos pertenece a los antiguos caminos incas.
Llegamos a Samaña Pampa. Vive una familia. Eulogio y su familia. Aquí hay que apuntarse nuevamente en un libro de registro. Decidimos acampar en este lugar. Es muy bello. Enclavado entre montañas donde pastan rebaños de llamas. Hay una mesa de madera debajo de una galería, bancos mesita de piedra, sombrilla de paja y un baño sencillo. El río Chucura corre al lado. Eulogio y su familia pisan papitas para pelarlas y preparar chuño, una de sus hijas prepara tuta, otro tubérculo deshidratado blanco. El camping nos cuesta 10 bolivianos. Tomamos, mate de coca, café, todo cuesta 2 bolivianos.
Hace frío. Temperatura de helada. Segundo día
Nos despedimos de la familia de Eulogio y Gumersinda sin dejar de compartir con ellos mate de yerba, el nuestro.
El sendero entre Samaña Pampa y Choro baja y baja. Es piedra y piedra. Piedras macizas, duras, desparejas. Irregulares. Difícil no trastabillar entre tanta piedra despareja. A medida que avanzamos y vamos bajando en altura empieza a haber más vegetación.
A una hora de Samaña Pampa está Chucura, un pequeño poblado con escuela, gimnasio, varias casitas. Un señor, Miguel, en la entrada de su casa, nos ataja para registrarnos otra vez y cobrando 20 bolivianos por el uso del camino.
Desde Chucura pasamos a Challapampa, tres horas más. Allí hay un amplio espacio de acampe, un puente que cruza el río, lugar para descansar, bebidas. Descansamos un rato en Challapampa y a dos horas y media más, bajando y subiendo en esta etapa, llegamos a Choro. Esta última parte del camino es la más extenuante. Se suma al cansancio de las horas andadas hasta aquí que deberemos surcar por terreno enlodado y con piedra despareja. El camino trepa en un sendero más angosto que el camino precolombino por el que vinimos hasta aquí. Trepa y desciende hasta el río. El río es caudaloso y cae en cascadas estrepitosas entre piedras enormes.
A los bordes del sendero hay un reguero constante de frutillas rojas, maduras, grandes y dulces.
Acampamos en Choro. Cobran 10 bolivianos. Se puede hacer fuego y hay leña alrededor y un arroyito de vertiente a pocos pasos donde es por demás saludable darse un buen baño. Estupendo.
Estamos rodeados de montañas monumentales. Aún no terminamos de bajar. Anoche dormimos a 4400 y hoy descendimos a 3600.
Tercer día
El recorrido entre Choro y Bella Vista es agotador. Se van bordeando varias montañas. Se sube hasta las cimas y luego se baja casi al ras de los ríos. Hay que cruzar tres puentes colgantes de alrededor de cien metros de longitud y por sobre cincuenta metros encima del río. Son de madera y se zarandean tenebrosamente a nuestro paso.
Se pasan pequeños caseríos, una o dos casas. Primero Buena Vista, una familia; está a poco más de una hora de salir de Choro. Cuatro horas más adelante pasamos San Francisco, dos casas. Una hora más y llegamos a Bella Vista donde decidimos quedarnos a descansar.
El suelo sigue siendo de piedra durísima, maciza y desorganizada a la buena de dios sobre la huella. En algunos tramos es más plano y en otros hay sectores de tierra blanda y hojas secas que nuestros pies agradecen.
La flora y la fauna son exclusivas. Flores extrañas y exóticas. Nunca las vimos antes.
La temperatura ha subido muchísimo. Atravesamos sectores de jungla y humedad netamente tropicales. Ya no hace aquel frío helado de hace solamente dos días. Ahora es calor y, al llegar a las cimas el sol nos pega. La vegetación, arriba, se vuelve rala y de pastizal duro y, a medida que volvemos a bajar se va haciendo mata más tupida y humeda.
Pasamos por debajo de una caída de agua de cientos de metros, especulamos que más de doscientos. Pasamos por debajo y luego, rodeando la montaña adyacente la vemos desde la ladera de enfrente. En ese momento estamos subiendo la Cuesta del Diablo. Una subida un tanto escalonada de piedra, un caracol en vertical y sin tregua por más de media hora hacia arriba y arriba.
En Bella Vista acampamos con vista a las montañas. Nos cobran 10 bolivianos y hay un pequeño quiosco con bebidas y snacks. Al lado hay una mesita donde podemos cenar y también hay un espacio amplio donde podemos hacer fuego y agua que traen con mangueras desde el río.
Hay conejos. Andan sueltos, corren entre la mata de la montaña y son gordos. Cuarto día
El camino hasta Sandillani, una hora y media, es hermoso y húmedo. Tierra blanda, suelo bueno. Hay sombra. Sandillani es un punto con construcciones de madera, un albergue, lugar para acampar y una vista alucinante de todas las montañas alrededor. Todas las montañas de esta región son moles. Son macizas. No son escarpadas, son bloques de piedra cubiertos de vegetación selvática.
El camino de hoy es casi todo en bajada y lamentablemente la humedad se va secando y el suelo se endurece. La primera parte de este día es amable con los pies, pero después es duro. Piedra dura y despareja y pastos secos. El sol y el calor nos pegan.
Desde Sandillani a Chairo son dos horas y media más. Chairo es un poblado de cincuenta personas. No hay habilitado ningún espacio específico de camping ni hay hotel pero preguntando encontramos a Dionisio Pérez que nos prestó un espacio que tiene en construcción. En la esquina de una de las dos cuadras del pueblo está el almacén de Delfina. Allí compramos mandarinas a tres por un bolívar y sardinas en salsa de tomate y pan a dos por un bolívar con cincuenta.
Lo dijo de un tirón. Un estallido de su pecho y su voz aguda se desparramó en el aire. Un silbido. Un torrente de sueños hecho palabras hecha silbido: yo quiero ver indios pero de verdad. En ese entonces, año 1994, no se discutía si había que llamarlos indios, indígenas, comunidades autóctonas, pueblos originarios, sin embargo, más allá de la discusión y el correcto denominador, cualquiera podía entender qué significaba indio en la imaginación de un nene de cuatro años. Habíamos vivido con los mapuches, la gente de la tierra, una comunidad autóctona, un pueblo originario que alguna vez fue llamado indio. Martín se gestó entre ellos con carne de capón, y Farid, con menos de dos años, se sentaba en el primer banco de la escuela junto a Lilen Cheuquehuala. Pero esos, para nosotros, nunca fueron “los indios”. Los indios que Martín quería ver eran aquellos de los que el abuelo le contaba historias terribles de lucha. Esos que cazaban con arcos y flechas y que usaban más plumas que ropa. Esos eran para él, los indios de verdad. Tenía tal fascinación por esos seres salvajes y misteriosos que para el cumpleaños me pidió que hiciera invitaciones con indios.Yo quiero un indio que vaya en una balsa que lleve en una mano una lanza y en la punta de la lanza lleve la tarjetita. Con esa voz que salía chiflando de entre las lianas de su corazón aventurero, el silbido de una flecha cortando el viento. Hicimos las balsas con palitos de los árboles de la calle ancha. Balsas de mentira pero como de verdad. Amarradas con hilos, con nudos de verdad. Hicimos indios de alambre forrada con colita de rata y cabezas de tergopol. Lanzas de mentira pero como de verdad, con palo y punta de piedra filosa. Las tarjetitas de invitación resultaron ser unas artesanías bastante lindas que algunos conservan en sus repisas veinte años después. Eran tridimensionales, pequeñas maquetas. Para la fiesta, todos íbamos a usar vinchas como las de esos indios con los que él soñaba. Él, una vincha de cacique. Las hicimos con plumas de todas las aves del barrio.
Yo me había rapado hacía poco y tuve que recurrir a los artilugios y postizos de la peluquería My look para que me inventaran una trenza larga con un moño azul. Así lo quería él, y yo estaba dispuesta a cumplir todos sus deseos, incluso ese que parecía imposible, ver indios pero de verdad.
Empezamos las averiguaciones con libros y mapas. No existía internet. Todo había que buscarlo de otra manera, en diarios y en revistas, en la librería o en la Biblioteca Popular. Martín había cumplido cuatro años y Farid, el hermano mayor, tenía seis. Hablábamos de los Xingu y los Yanomami como quien habla de los vecinos. Estas tribus eran las más conocidas, de ellos habíamos encontrado y leído varias novelas, historias de antropólogos, anécdotas de viajeros e investigaciones. Sin embargo, esos textos nos dejaban en ascuas. Siempre parecían -o eran- inconclusos. Llegaban hasta donde la geografía o el cuerpo del autor lo habían permitido, pero habría tanto más, tantas tribus más por Ecuador, Brasil, Perú, Colombia. La Amazonia es enorme y por suerte, a pesar de la devastación, sigue siendo impenetrable. La inmensidad de la selva es tan difícil de imaginar como de recorrer. No todo está explorado ni descubierto. De vez en cuando aparece un indio de verdad perdido, un ejemplar nuevo de otro grupo del que no se tenía ni noción. Comunidades en la profundidad recóndita de la jungla, muy por debajo de la espesa mata de árboles y enredaderas; donde nadie llega, ni siquiera el captador de imágenes satelitales de google earth. Viven realmente en otro mundo.
Nosotros teníamos que elegir un lugar al que pudiéramos llegar y de donde pudiéramos salir sanos y salvos, aunque siempre nos ha tentado aquello que por desconocido parece inexistente, las ciudades míticas, las selvas impenetrables. Esos lugares de los que, quienes se atrevieron, no regresaron. No sé si esto es un instinto humano o es un mal ancestral o de familia. De momento, en 1994, nos conformaríamos con visitar una comunidad de indios de verdad ya descubiertos. Ir por algún camino conocido, por medios accesibles para una madre todavía joven, con dos hijos de cuatro y seis años. Pero cómo llegar. En los mapas las rutas se cortaban en ninguna parte, terminaban a la deriva en el medio de una mancha verde donde no había ni un puntito ínfimo que señalara la existencia de un caserío. Habría que trasladarse por los ríos, en botes. La mismísima ciudad de Iquitos, metrópoli importante en el norte de Perú, se inscribía inmersa en medio de la jungla. Por ahí es donde se confabulan las vertientes andinas y nace el emperador de todos los ríos del planeta, el Amazonas, la cintura cadenciosa del globo terráqueo. Pero hasta ahí, ciudad de trescientos mil habitantes que según leímos crecen de a cien mil por década, no llegaba, en ese momento, ninguna ruta terrestre. Iquitos se une a otras ciudades de la Tierra por sus tentáculos de agua. Catorce horas de barco para ir a Nauta donde el Marañón y el Ucayali dan a luz a un hijo demasiado grande, Amazonas; esta distancia, en la actualidad, se puede hacer por una carretera de cien kilómetros en menos de dos horas, pero si uno quiere seguir hasta Pucallpa, quinientos kilómetros más al sur, el barco tomará una semana más y hasta ahí, no hubo ni hay carreteras.
La mesa larga del comedor, interrumpida a menudo y sin opción a desalojo por rompecabezas de dos mil piezas o huesos de gliptodonte extraídos de la Tosquera, era ahora un muestrario de recortes periodísticos, suplementos de viajes, guías en francés y en inglés, y papeles con anotaciones. Si había que comer, poníamos el plato en la falda y seguíamos señalando y discutiendo adónde ir y por dónde llegar. Farid con sus flamantes seis años, hacía anotaciones en las hojas que sobraban a un cuaderno terminado. Anotaba lugares, nombres, referencias, sacaba cuentas, calculaba kilómetros, cuántos días en barco. Martín, con los codos en el borde de una anaconda demasiado gruesa y las rodillas en el aire de un banquito, abarcaba al mundo dispuesto para él sobre la mesa. El viaje, ya había comenzado. Siempre es así. Esa idea que empieza a dibujarse desde el curso turbio de una fantasía va cobrando fuerza y se convierte en un río, real y navegable, por el que ya estamos yendo sin haber pisado aún sus orillas. Todo es posible. Ahorrar, ahorrábamos. Nunca compramos inutilidades ni cosas que no nos hicieran falta, nunca tuvimos demás, para qué. Y si no había, de alguna manera nos la rebuscábamos. Esta vez, el fin último era llegar a los indios. El lápiz itinerante iba crispando los puntos sobre el mapa y buscando los tentáculos que, tras caprichosos rodeos, unieran esos puntos. A Iquitos podíamos llegar en un avión pequeño. De Buenos Aires a Lima en un Lloyd Boliviano, el más barato que existió nunca jamás, con escalas eternas de diez horas en el aeropuerto de Viru Viru, un aeropuerto con cinco filas de butacas, una boutique, y dos quioscos de revistas. Pero con un dispenser de agua, así que, canilla libre para el mate. Los chicos se acomodaban con un tetris manual a pila de esos que vendían afuera de Retiro. Desde Lima, la avioneta hasta Iquitos.
Tuvimos que hacer los pasaportes. Hasta entonces sólo habíamos andado por Argentina y países limítrofes. Para hacer el pasaporte había que viajar a Buenos Aires y perder todo el día en la Policía Federal haciendo el trámite. Como eran menores, con los dos padres. Al cabo de unos meses había que volver a Buenos Aires, perder otro día para ir a buscar los documentos. Mis amigos, mis compañeros de trabajo, y algunos familiares, cuando les decía que me iba al Amazonas con los chicos, largaban el poco original calificativo “loca”, tan repetido, que terminó siendo un apodo, “la loca”. Otros comentaban, me estás cargando. Otros decían no vas a poder, no se puede, no te da miedo, y si les pasa algo. El Figa, el papá, siempre nos apoyó y confió en mí. Sabía que yo cuidaría a los chicos por sobre todas las cosas. Fue con nosotros a sacar los pasaportes y para que el día fuera más provechoso y no perdido, cuando terminamos con las fotocopias, llenar planillas, y firmar, nos fuimos a Sanidad de Fronteras a vacunarnos contra la fiebre amarilla. Esta es una de las vacunas exigidas para entrar en la Amazonia. Todos los países con áreas tropicales son endémicos, entre ellos, Argentina; la vacuna es necesaria para no contagiar a las comunidades sanas de jungla adentro, vulnerables a las pestes de la civilización. Trasladar un virus con nosotros puede ser fatal. En Sanidad de Fronteras había poca gente, salimos rápido con nuestra libretita de cartón: vacunados. Diez años de vigencia parecían la primera y última vez. Quién iba a decir que años después, íbamos a necesitar una nueva dosis para nuevas travesías. En ese momento, parecía algo único. Nuestro único viaje; sin embargo así fue como empezó un periplo que duró más de veinte años. Pasaportes, vacunas, y autorización de viaje ante escribano público. No tomaríamos recaudos contra la malaria. Habíamos leído que la quinina provoca malestares estomacales. No hay vacuna contra la malaria, sólo eso, quinina. Pero tendríamos que viajar largas jornadas en barco, en bote, los nenes chicos, y tantas horas de vaivén según la corriente con dolor de estómago resultaría en sufrimiento y nada de disfrute. Usaríamos repelente y mosquitero y comeríamos mucho ajo y suplemento de vitamina B. La fortaleza que da el complejo de vitamina B ayuda a no contraer la malaria o a que el organismo esté más preparado para su defensa. Ya teníamos los pasajes. Comprados puerta a puerta, nada de online en aquel entonces. Llegaríamos a Iquitos y buscaríamos un hotel. Desde las cercanías del malecón indagaríamos en las agencias de viaje que ofrecen tours organizados, pero no iríamos con ellos. La idea era encontrar en esas agencias a algún intermediario de otro intermediario huitoto, yagua, mayoruma, o lo que fuera, que hablara castellano, para que nos ayudara a llegar a la incivilización. Lo tendríamos que organizar allá, directamente, no había forma de arreglarlo antes, ¿o sí? Cuando faltaban dos días para salir, nos enteramos de que en San Pedro, donde estábamos nosotros, vivía una familia de Iquitos. Eso sí que era un milagro. Allá fuimos con nuestro jeep, cerca del Club Paraná por esas calles que eran de tierra por allá atrás. Gastón era de Iquitos, era super buena onda y estaba muy feliz de recibirnos y de que visitáramos su tierra. Llamó por teléfono a su mamá, Meche, y le anunció que unos amigos de Argentina viajaban a Iquitos. “Amigos”, y apenas hacía cinco minutos que nos habíamos presentado en su casa. Nos tomamos el avión, jugamos al tetris en Viru Viru, Bolivia, y bajamos varios termos de mate. La avioneta a Iquitos salió de Lima un par de horas atrasada. Llegó de alguna parte, quizás del mismo Iquitos y aterrizó ahí, delante de las ventanas, como si aterrizara en el patio.
Salimos a la pista, a pie, y por una escalerita, subimos a la avioneta. Era una lata, un avión de calesita, volaría con un soplido. En menos de dos horas, llegamos. Bajamos por la escalerita a la pista de aterrizaje que parecía una cancha de básquet, un descampado de cemento con poca luz. El clima fue aplastante. El contraste entre el oxígeno artificial de la presurización, híbrido y seco, con la humedad sofocada en el espacio como si las partículas estuvieran atascadas. No había aire, sólo un manto pesado de humedad. Olía a savia, como cuando se podan los árboles y se quiebran las ramas, ese olor a verdor resquebrajado era la transpiración de la selva. Había pensado tomar un motocar hasta la casa de los papás de Gastón, pero cuál no sería nuestra sorpresa al cruzar la cinta de la zona de arribos y ver que nos estaban filmando. Nos estaban esperando en el aeropuerto, no sólo como a amigos sino como si fuéramos de la familia, toda una comitiva de recibimiento, hasta un vecino con la cámara de filmar. Como si fuéramos importantes. Fue muy gracioso. Nosotros tres, la mochila, Farid y Martín con esas camisitas blancas de las ocasiones especiales y el polvo del viaje en las pecheras y las rodillas. La familia de Gastón fue en dos autos por si llevábamos mucho equipaje. Dieron una vuelta por el malecón para pasearnos y doblaron en la calle Putumayo que era la de la dirección que yo llevaba anotada. Alejándonos del centro, por Putumayo, descubríamos una ciudad diferente a todo lo conocido. Además de esa humedad y calor -era de noche ya, pero las partículas ni se mosqueaban- la luz de la calle era distinta, era tenue, filtrada quizás por la densidad del ambiente o por la falta de luminarias. A esa altura de la Putumayo ya no había alumbrado público. En las veredas había quioscos, mesas livianas iluminadas con una velita pegada entre chicles, caramelos, cigarrillos. Los cigarrillos se vendían por unidad, comprar un atado era impensable, un lujo cuya pretensión no existía. El quiosco de nuestra esquina lo atendía una viejita doblada en dos.
Habían preparado una casita para nosotros. Una casita a la vuelta de la ellos. La casa de ellos daba a una esquina, una ochava. Sobre un lado estaba la Avenida Putumayo, en la otra punta del centro. Sobre la calle que cortaba Putumayo, la 16, estaba nuestra casita. Ahí habían puesto todo lo mejor que tenían: su equipo de música con una pila de cassettes de Eva Ayllon, un televisor chiquito, una cama grande muy grande y muy cómoda donde entrábamos perfectamente los tres. Tenía un baño, todo impecable. Una cómoda con tres cajones, un ventilador, y una ventana que daba a la calle. Más tarde, cuando prendimos la tele, la ventana se llenó de chicos que se asomaban a mirar. Algunos se sentaban en el alféizar, otros se paraban en el vano de la puerta, otros se apoyaban en el marco o donde podían. Las puertas estaban siempre abiertas. Desde esa noche hasta la última que estuvimos en Iquitos, siempre sacamos las reposeras a la vereda a esperar un soplo de frescor, pero el único y real frescor al que podíamos aspirar era en la moto de Jaime. Si Jaime nos llevaba a dar una vuelta en la moto, eso sí que era vida. Jaime es el hermano de Gastón, más grande. Él vivía en Iquitos con los padres, Meche y Olsen. También estaba Patty, la hermana, y todos los primos y tíos y vecinos. Una cerveza Pilsen fresca y los chicos correteando y jugando con Jimmy y toda la banda del barrio. Yo invitaba cuanto podía, ellos me daban tanto, y yo tan poco.
Nuestra primera experiencia cercana con monos, muchos monos y muy cercanos, la tuvimos cuando fuimos a visitar la laguna de Quistococha. Esta laguna está a unos veinte minutos de Iquitos. Fuimos en un auto grande, un Farlaine azul, una nave con ruedas que amortiguaba con destreza el peso de once tripulantes apiñados. Toda la familia, algunos de los del barrio, nosotros tres y varios chicos a upa. Armamos un picnic con ollas de comida que iban estibadas en los bordes del baúl. Había arroz con pollo, yuca, zanahorias, y plátanos guineos empanizados. Los habitantes naturales del lugar eran de nuestro tamaño y todos peludos.
Alucinante para los chicos que nunca habían estado ante tanto mono suelto, tan amigables, eran como algunos más de nosotros, aunque más inquietos que todos nosotros juntos. Un mono salió de no sé dónde y me arrebató la bolsa de la fruta, se cayeron las ciruelas y eso hizo aparecer a cinco monos más que saltaban alrededor mío abarajando ciruelas. Se armó el griterío, el de los monos, y el nuestro tratando de rescatar algunas frutas. Nadamos en la laguna y salimos a caminar por la selva con una de las primas y todos los nenes, Jaime nos guió. Se cuenta que por ahí, entre las raíces plegadas y anchas de las ceibas, vive el Chullachaqui. El Chullachaqui es un duende de la selva, chulla significa alrevés, y chaquisignifica pie. Se llama así porque tiene un pie parecido al de los humanos y, en el otro, un muñón o una pezuña. El Chullachaqui no es un duende malo, pero se siente solo y como puede adquirir la fisonomía de cualquier persona, se transforma en alguien conocido para engañar a la gente que sale a caminar por la selva y los hace perder. Perdidos en la selva, sin retorno, se quedan con él a hacerle compañía para jugar. El Chullachaqui quiere jugar. Nosotros nos perdimos, por eso supimos que Jaime, no era Jaime. Jugamos un rato con ese que decía ser Jaime. Hicimos jugo de caña con un exprimidor hecho de palo rosa que estaba por ahí en un claro, un palo clavado en la tierra, con una prensa en la punta para machacar la caña.
Tomamos el jugo dulce que chorreaba de la caña y, antes de que oscureciera, encontramos el camino de vuelta al picnic donde el verdadero Jaime nos estaba esperando.
En Iquitos, Jaime nos llevaba en su moto de aquí para allá, nos estaba ayudando a averiguar a qué reserva podíamos ir, cómo, y con quién. No nos interesaban los paseos en cruceros turísticos ni la gente disfrazada de indios, nosotros queríamos indios pero de verdad. Volaba la moto y un poco de aire por la calle Pebaz que es por donde estaban las agencias y las oficinas, ida y vuelta hasta el final de la Putumayo esquivando motocars y resistiendo bocinazos. El ruido en Iquitos traspasa el aire, taladra los oídos y la paciencia. El ruido del tráfico es apabullante. Necesitábamos también una autorización especial de una oficina llamada SERNANP que es el Servicio Nacional de Áreas Protegidas, un permiso para entrar en la selva adonde solamente los nativos pueden y, además, ir con un nativo bilingüe que nos guiara y nos hiciera de traductor. Jaime conocía a un amigo de un amigo que conocía a otro amigo. Fuimos a verlo varias veces pero no andaba en la civilización. Vivía en uno de los puertos bajando el Amazonas donde se había asentado su familia. Posiblemente estaría en Iquitos el fin de semana de carnaval. Allá no tenían teléfono, y los celulares no existían. Seguimos buscando otro por las dudas e hicimos los demás papeles. Con el carnaval llegó Alcides, amigo del amigo que tenía un amigo. Lo encontramos en un conventillo, una vecindad. Compartía un cuarto en el fondo de un zaguán largo y cruzando un patio con galerías y aljibe. Hablaba castellano con pocas palabras. Su familia era de la reserva yagua que está por encima del río Napo aunque, desde que él nació, vivían en Sinchay donde tenían un quincho para turistas. El río Napo confluye hacia el Amazonas desde el norte, así como desde el sur, le dan vida el Marañón y el Ucayali. El Napo está al norte de Iquitos. Navegando por el Amazonas hasta el Napo, y tomando por el río Sinchicuy o por el Yanayacu, podíamos llegar en bote hasta la reserva. Él nos esperaría en Sinchay y nos llevaría. Esta reserva es inaccesible para el turismo convencional. Está en la nebulosa verde que separa las fronteras dudosas de Perú y Colombia y a principios de siglo había sufrido una epidemia de sarampión gracias a los ejércitos que lidiaban por esos límites. El sarampión mató a un tercio de los yaguas. Era muy importante estar sanos y no podríamos entrar si el gobierno del departamento de Loreto no nos daba el visto bueno y nos hacía las credenciales. Era la primera vez que alguien, sin ser explorador, antropólogo, o profesional con investidura, podría entrar a la reserva, y con dos niños, eso sonaba al colmo o a la locura. Acaso no tienen niños, les pregunté. Sí, me contestaron, muchísimos, son como los conejos. Inspiramos confianza, quizás nadie lo había hecho antes porque a nadie se le había ocurrido o lo había intentado. Nos dieron las credenciales, una especie de visa de dos semanas al cabo de las cuales debíamos presentarnos de vuelta en esa oficina. -«Si no los hacen sancocho», bromeó uno de los funcionarios. Los yaguas son carnívoros pero nosotros también, y como habíamos leído mucho, sabíamos que no comen a otros animales que se alimenten de carne o carroña. Al menos, en teoría. Yo ya empezaba a sospechar de todo, me preguntaba cuán cierto podía ser lo que habíamos leído en los libros o recortes acerca de un lugar donde nadie iba. Qué sabían los que escribieron, cómo lo sabían.
El mercado principal de Iquitos está por el este, en la ciudad flotante de Belén sobre el río Itaya.
En Belén algunas casas son palafitos, casas con patas, pero otras, la mayoría, están sobre balsas sobre las que se levantan paredes de tablas con techos de paja. Esos hogares suben y bajan con el río, como si estuvieran sobre el vientre de la tierra que respira. Ancladas alrededor del ombligo de la tierra están las casitas de Belén. Sobre las veredas, que son en este caso los bordes de las balsas, las nenas lavan la ropa con el agua del río en las palanganas de plástico. Las madres airean un fogón para cocinar en una olla con el agua del río. Los padres están pescando.
Vamos con Meche en una piragua angosta. Sentados en fila india. Un remero nos lleva. Es un taxi en Belén, la Venecia del Latinoamérica. Al cielo le pesan los cúmulos limbos, siempre, el sopor calor y humedad son constantes. Sacamos fotos de papel, de rollo, de las que hay que llevar a revelar. La nena que lava, la madre que abanica el fogón, el papá que pesca, y un perro cagando. La vida pasa sobre las balsas sobre el río, beben y comen del río, se bañan y lavan en el río, hacen sus necesidades en el río. El río es la tierra en esta parte del mundo. A pesar del aura mágica y romántica que puede inspirar el relato, Belén es un pueblo triste y pobre. Muy pobre. Sesenta mil personas viven sobre el río Itaya con la contaminación, el dengue, la malaria, la tuberculosis, la lepra. En Belén no hay electricidad, no hay cloacas, y desde hace pocos años hay un servicio deficiente de recolección de basura. Todo va a parar al río. En Belén está el mercado repartido entre palafitos, balsas, y piraguas ambulantes. Se vende de todo, todo mezclado, plátanos de distintas clases y tamaños, baldes, velas. Nosotros compramos ahí las hamacas paraguayas para el viaje. El viaje en el barco dura varios días en los que debemos dormir en hamacas. Para ir hasta la reserva y después a Leticia, Tabatinga, o hasta Manaos, a una semana de barco desde Iquitos. Bajar por el cuerpo del emperador de los ríos, del monstruo, por la cintura cadenciosa del globo terráqueo. El barco saldría en dos días a no ser que nos atreviéramos a retar una vez más al destino. Al día siguiente era martes 13. Mañana no se debe salir, nos aconsejó Meche, es martes 13, martes no te cases no te embarques ni te tu casa te apartes. -Entonces, nos vamos mañana, decidí. Todos miraron anonadados. Martes 13, probaríamos que la yeta no existe. Compramos lo pasajes. Preparamos una mochila muy liviana. Nos habían autorizado a llevar sólo una muda de ropa, ningún jabón, ni perfume, nada de plástico, nada que pudiera ser basura inorgánica. Si íbamos a convivir con los yaguas, viviríamos como ellos. Hicimos nuestro atadito con las hamacas compradas en Belén y al día siguiente nos fuimos al Puerto Masusa a tomar el barco. Salía a las tres de la tarde. Toda la comitiva familiar fue con nosotros. Preparamos servilletas de papel blanco para despedirnos desde rada y desde cubierta. El barco que nos tocó se llamaba Otita. Jaime subió a ayudarnos a colgar las hamacas, a elegir un buen lugar.
Llevábamos frutas y algo de comida envasada para la travesía. Sería un viaje largo. Una vez arriba del barco había que seguir la corriente, podríamos bajar en los puertos en los que parara por algunos minutos a dejar carga o cargar, y a dejar o levantar pasajeros. Nos acomodamos en el segundo piso. Eran dos. En el de abajo iba gente y muchas bolsas. Bolsas de arroz, troncos de árboles, y más bolsas y cajas con mercadería. Los pasajeros esperaban mansamente sentados en los bordes del barco. Meche, Jaime, Olsen, y demás amigos y parientes de la comitiva barrial de la calle Putumayo, oteaban cerca de los muelles con las servilletas blancas listas para flamear. Eran las cuatro, el barco debía salir a las tres y nosotros habíamos llegado a las dos para elegir un buen lugar. El motor no estaba encendido así que bajamos a acompañar a quienes nos acompañaban. Tomamos un granizado, hielo picado con licor dulce de colorante y saborizantes. A las cinco el Otita encendió los motores. Nos abrazamos y despedimos otra vez entre bendiciones y consejos. Meche preocupada todavía por el martes 13. Subimos y sacamos los pañuelos servilletas de papel que ya habían servido para limpiarnos el colorante del granizado y secarnos la transpiración. Saludamos y nos quedamos acodados en la baranda de la cubierta con la servilleta de papel en la mano hasta las seis. El barco no arrancaba. Parecía que sí, pero no. A las siete fui a averiguar qué pasaba. Se había roto la bomba de aceite y el Otita no iba a zarpar ese día. El martes 13 nos cagó. No nos embarcamos. La mayoría de la gente se quedaba ahí a pasar la noche. Nosotros decidimos desatar las hamacas, volver a armar el atadito y partir con toda la comitiva familiar al final de la calle Putumayo. Fue una frustración muy festejada. Tomamos Pilsen y tomamos la fresca en la vereda de la esquina mientras el carnaval cargaba la húmisha de regalos. La húmisha se hace en las palmeras donde los chicos se trepan como los monos a colgar regalos de carnaval. Los regalos son baldes, palanganas, artículos de limpieza, cacerolas, chancletas, cualquier cosa. Cuando termina el carnaval se hace como con una piñata, se le da firme con un palo y el que lo baja, gana y se lleva el premio. Al día siguiente, después de la húmisha y la yeta nos embarcamos en el Aquiles que salió con normalidad, con dos horas de retraso.
El Aquiles era un barco más pequeño que el Otita. Colgamos las hamacas en la punta de proa. El motor era una catramina, muy ruidoso, pero el servicio fue cordial. Si bien nosotros llevábamos algunas provisiones, nos dieron de comer de todo. En los desayunos, café con leche con galletitas, en las comidas, arroz con pollo y yuca.
El cocinero, un hombre sencillo, sin uniforme, uno más entre los viajeros, nos convidó con mangos. Nunca voy a olvidar a ese señor, delgado, pequeño, de unos cincuenta años aunque es difícil adivinarle la edad a estas personas que conviven con la intemperie. -Cómase un manguito, decía, y nos daba un manguito maduro. Nuestro guía nos esperaba al día siguiente en la comunidad en la que vivía su familia. Allí nos bajaríamos para emprender la primera etapa del viaje, la más ansiada y la que nos había llevado hasta ahí. Después, tuvimos tiempo, y seguimos un poco más con intenciones de llegar hasta Manaos, pero esto de los barcos del Amazonas es imprevisible. Todos los días parecen martes 13.
El Aquiles nos dejó en Sinchay, allí preguntamos, como nos habían indicado, por Alcides, -es mi primo, dijo el primer chico al que le preguntamos. Todos son primos. Nos presentó a su familia. Nos sirvieron de comer. Hablaban en su lengua entre ellos. Hablaban de nosotros, sobre todo de los chicos. Entendí el lenguaje de las miradas y los gestos, un poco de sorpresa, un poco de curiosidad, un poco de preocupación. Yo sonreía. Salimos en una lancha chica que siguió por el Amazonas y como a una o dos horas tomó por el Napo. Anduvimos a motor unas cuantas horas más. No muy rápido. La lancha tenía un techito de palma y había bananas colgadas que podíamos comer. Aminoró la marcha y nos metimos en otro de los ríos que conforman la red neuronal de la Amazonia. Las aguas color tanino, el color de las hojas de varza. Todo es agua. Todo se inunda cuando llueve y en el trópico llueve en serio. El agua que inunda la tierra se lleva consigo las hojas del otoño, las hojas de varza que dan el color tanino que identifica a la cuenca del Amazonas. Paró el motor y el envión nos abrió una brecha entre un islote de nenúfares florecidos, lirios de agua, una belleza paradisíaca. Alcides me hizo señas de que me sentara cerca de él para remar. El bote se metió en un riacho angosto y oscuro. Las ramas de los árboles se inclinaban desde las orillas, el movimiento de las hojas y el movimiento del agua daban la impresión de que el río estaba vivo. El sonido de los remos y la caricia del bote sobre la superficie conversaban con el silencio. Un diálogo sobrecogedor. Miré a los chicos. No pestañeaban. Poseídos por un mundo maravilloso, una historia de aventuras sacada de un libro o de la imaginación del abuelo, un sueño hecho realidad. Al principio pensé que era una alucinación auditiva pero los golpes retumbaban más fuertes a cada remada. Eran tambores. Un ritmo de tres golpes que convocaba. Los yaguas nos estaban dando la bienvenida. Volví a mirar a los chicos y me emocionó sentir su expectativa. Estaban entregados, muy lejos de mí en ese instante. Vivían intensamente el aluvión de sensaciones que nos envolvían. Yo, de la emoción, casi no podía sonreír. La hilera de yaguas en el borde del río era solemne. Golpeaban el mazo con seriedad, repitiendo incesantes tres golpes. Alcides no decía una palabra. Me hablaba con señas y gestos. Me indicó que nos dirigíamos a esa orilla. La canoa encalló suavemente en el lecho arenoso. Quien sería el cacique o curaca, levantó el mazo y gritó samariá y otras palabras y samariá. Y todos dejaron de golpear y se acercaron hacia nosotros hablando mucho entre ellos y tocándonos mientras bajábamos. Tenían marcas rojas pintadas en la piel. Los hombres con faldas, champas, de aguay, una planta de pastos que al secarse permanece flexible y blanda. Las mujeres con un tejido enroscado en la cintura, collares de semillas, adornos de plumas y aguay. Tocaban a los chicos, me tocaban el pelo, me abrían los ojos con los dedos y se reían de algo que había en mis ojos. Agarraban a Farid de los hombros y a Martín de los cachetes, y nos llevaban, empujándonos con el abrazo, todos nos querían llevar. Entramos en una trocha de la selva.
Las plantas parecen alimentadas con siliconas. Las hojas de los potus que cuelgan en nuestras casas, una sola hoja de potus de la selva podríamos usarla de sombrero y darnos sombra o protegernos de la lluvia. Los helechos son tan altos y tan tupidos que uno puede esconderse detrás de un helecho. Los culandrillos crecen en todos los bordes y reverdecen el humus. Las lianas engordan de líquenes y barbas de viejos, y las orquídeas, una incalculable variedad de orquídeas destellando desde rincones precisos con estrambóticas flores lilas o blancas o amarillas. Y cuando el milagro parece insuperable, una pasionaria roja desnuda su carne entre las hojas oscuras de un canelo que intoxica el aire de picor. Un montón de chicos apareció corriendo, riéndose. Casi todos iban desnudos. Nos agarraron de las manos y nos llevaron adentro de una construcción ovalada, la única que había. Era de barro con techo de paja. Todos vivían ahí, en la maloca, la unión de la familia o el clan. Dejaron nuestra mochila en una punta de la choza señalando que por ahí podíamos colgar nuestras hamacas. Todo por señas nos explicaron que para una mujer un hombre. Nos daba risa romper la hegemonía porque nosotros éramos tres, pero ellos indicaron con la mano la altura de los chicos, eran niños, pero me señalaban a mí, mujer, para un hombre. Y señalaban hombres solos, Kuarachi y Lupuna. Me explicaron que el hombre que elige a una mujer tiene que trabajar un año para el suegro, para pagar por la esposa. Yo les expliqué que ellos muy lindos, pero yo no yagua. Y se reían, sin muchos dientes, pero de verdad tan lindos. Kuarachi y Lupuna colgaron nuestras hamacas. Los chicos nos llevaron afuera a ver a las mascotas, un caimán enorme que se metió en un hueco debajo de una piedra cuando escuchó los pasos. Era tan largo que la punta de la cola le quedaba afuera y los chicos pretendían sacarlo a los tirones. Entre el griterío de palabras incomprensibles, escuchamos un ruido, como si alguien se hubiera tirado un pedo y todos se rieron, al instante algo me cayó en la cabeza. Otra de las mascotas, un guacamayo que vivía en la rama de ese árbol se había cagado en mi cabeza. Es de buena suerte, pero huele bastante mal, así que fuimos a la orilla para lavarme el pelo. Una de las mujeres me enseñó cómo, de una mata que tenía un tubo de inflorescencias rojas, amarillas y naranjas, apretando ese tubo hacia arriba, se exprimía una espuma. La mujer, Ikuaka, se pasó la mano por la cabeza explicándome que eso era shampú. Me limpié el pelo y volvimos a ver las mascotas y el guacamayo se volvió a cagar en la cabeza de Farid. Era un juego, no era señal de buena suerte, siempre lo hacía. Quizás era en confabulación con el caimán, si alguien iba a molestar al caimán, el loro se le cagaba en la cabeza. Martín le gritaba desde abajo “lorito cagón, lorito cagón”, y los chicos yaguas le llamaron así desde entonces “orito kahón”. Nos invitaron a sentarnos en unos bancos largos de tronco y trajeron un cuenco con achiote. El achiote es un fruto parecido a la tuna aunque sus espinas son tiernas y no pinchan; al abrirse tiene un pigmento rojo espeso y penetrante. Es comestible y se usa para las salsas y también para teñirse el cuerpo o las fibras para el vestido. Los nenes se pintaron la cara unos a otros enseñándonos y después nos pintaron a nosotros.
Alcides controlaba con la mirada mientras trabajaba con los mayores. Armaron un fogón en medio de la explanada y pusieron a asar un animal que colgaba entre dos árboles. Cuándo preguntamos con señas de qué animal se trataba, los chicos nos llevaron al lugar donde lo habían cuereado y nos hacían gestos referidos a los pinches. Era un puercoespín, bastante grande. A los pies de un tronco juntaron unas bolitas transparentes con un pecíolo colorado, cocona, dijeron, y se las llevaron a Ikuaka que junto con Pukai y Katupi, preparaban una ensalada de hierbas silvestres. Habían pelado yuca y separado las raíces en un recipiente. Farid y Martín tocaban la flauta y los tambores con los chicos. Los hombres hacían girar al animal estaqueado sobre la hoguera. Las mujeres acercaron la yuca en un recipiente con agua de río. Adentro habían metido hojas y granos. Comimos antes de que oscureciera, con las manos desgajamos la pulpa y pelamos los huesos. El puercoespín fue sabroso. La ensalada tenía jengibre que crece naturalmente entre los helechos, y el caldo de yuca tenía unas arvejas arrugadas, parecidas a las alcaparras pero que no salen de chauchas sino de una protuberancia en la corola de una flor. Kuarachi trajo un recipiente con agua del río. El curaca se lavó las manos, los demás lo siguieron. Tomaron los instrumentos y empezaron a tocar. La noche era bien cerrada, nos alumbraba el fuego que los chicos alimentaban con ramas. Las mujeres me tomaron de los brazos y me guiaron cerca de la hoguera. Me indicaron con señas que debía acostarme en el suelo. Me levantaron la remera dejando mi ombligo al descubierto y empezaron a bailar alrededor siguiendo el ritmo. Farid y Martín se acercaron a ver qué estaba pasando y Alcides les explicó que era un bujurki, un baile alrededor del fuego, y que iban a traer una serpiente. Un hombre y una mujer traían entre los dos una boa cuyo cuerpo era más grueso que sus brazos. Una anaconda, boa de los ríos tropicales. Los chicos miraban muy serios aunque sin susto. Alcides agarró uno a cada mano. Yo hice una mueca de resignación, les sonreí y cerré los ojos. Sentí sobre mi piel el cuerpo de la víbora. El hombre y la mujer la maniobraban encima de mi vientre, de mi cuello, y de mis piernas. Sentía su viscosidad, el peso de su cuerpo resbaladizo que serpenteaba masajeándome. Más allá de lo repugnante o espantoso que puede parecer, me estaba gustando. Los tambores tocaban cada vez más fuerte y más rápido, y el cuerpo de la serpiente se enloquecía a mis costados y parecía querer enroscarse en mi cuerpo. Abrí los ojos y vi a Farid y Martín contagiados del éxtasis saltando alrededor con los demás chicos, Alcides, y las mujeres. La música se interrumpió en un golpe y sacaron la víbora. Me incorporé pensando que el bujurki había terminado, pero Ikuaka me empujó suavemente para que siguiera acostada. Trajeron el recipiente de raíces de yuca y otro recipiente alargado de madera con un poco de agua. Pusieron este recipiente con agua entre mis piernas como un papagayo de enfermo. El curaca tocó la flauta y los demás volvieron a empezar con los tambores. Las mujeres bailaban otra vez y yo, acostada entre la tierra y el cielo, me preguntaba con qué animal aparecerían ahora. Alcides les explicaba algo a los chicos. Los chicos con los ojos tan grandes que el fuego se reflejaba y hacía espejismos. Los tambores aumentaban la presión y la velocidad. Las mujeres me empezaron a escupir. Sorprendida ante los escupitajos, abrí los ojos. No me escupían a mí directamente sino que lo hacían hacia el recipiente de madera que estaba entre mis piernas. Estaban preparando el masato, una bebida embriagante. Mascan las raíces de yuca para que las enzimas de la saliva conviertan el almidón en azúcar, escupen el menjunje en ese recipiente de madera y lo dejan fermentar. Es un honor ser elegida para parir el masato. No cualquiera puede estar ahí, antes debe ser aceptada por la serpiente. Si es aceptada parirá un licor puro. No me fui a bañar antes de acostarme porque sospeché que sería una falta de respeto al ritual. La necesidad de bañarme después de haber sido recorrida por una anaconda y escupida por unas cuantas mujeres, era sólo una necesidad del hábito. Me sentía limpia. Nos tendimos en las hamacas. No había mosquiteros ni mosquitos. Los chicos estaban fascinados, me preguntaban a dúo cómo había sido esto y aquello y qué te hicieron y si nos íbamos a quedar suficientes días para poder probar el masato.
A la mañana siguiente salimos a buscar curare. El curare es el ampi, veneno, para cazar. Hay que buscar las plantas venenosas, a veces también usan sapos muy efectivos. Hay un sapo cuyo veneno podría matar a un hombre en cinco minutos y a un pájaro en pocos segundos; pero buscaríamos plantas y no sapos. La más típica que usan los yaguas tiene flores blancas, parecidas a la flor de azar pero con un olor más agrio y, a diferencia de la de azar, tiene un pistilo alargado, un tubo angosto como un capilar que la conecta con el tallo. Es una hierba, una plantita. Crece entre los árboles, mezclada entre los helechos. Las hojas son las que se usan para preparar el curare. Es fácil identificarlas porque las nervaduras no llegan hasta el borde mismo de la hoja sino que chocan con otro borde, un marco de la hoja del que salen otras nervaduras que sí se topan con el borde real. Es como si pusiéramos una hoja pequeña sobre una hoja de la misma forma pero más grande. Así se ve, como dos hojas encimadas. Cortamos hojas y las llevamos al campamento para machacarlas, las mezclamos con un agua que ya había sido preparada por el chamán, él tiene el secreto de todo lo que se le pone al ampi, pueden ser raíces o sapos. Queda una pasta parduzca que se cocina, un puré que por supuesto nadie se atreve a probar. Lo envasamos con cuidado en segmentos de bambú y en calabazas como las de mate pero más chiquitas. Estas calabazas tienen unos agujeritos donde entran los dardos cuya punta se emponzoñará con curare. El curare paraliza y por eso el animal herido se muere, porque se le paralizan los pulmones y el corazón. Había que cazar para la cena. Los chicos y algunos hombres nos enseñaron a usar la cerbatana. Los yaguas la llaman pukuna, es muy larga, más de tres metros y hay que dar un soplido seco y con toda la fuerza posible, además de apuntar bien. Intentamos dar en blanco sin curare para practicar. Yo no pegué una ni en el suelo.
Martín probó hasta que volteó una moneda parada en un palo a más de diez metros. Los hombres salieron de caza con las pukunas, el curare, y los dardos envueltos en hojas de palma. Nosotros nos fuimos con las mujeres y los chicos a pescar pirañas. Usaban unas redes de aguay y muchas pirañas se colaban porque son más chicas que las mojarritas. Salimos en los botes, y pensé en bañarme, las pirañas no parecían amenazantes con ese tamaño. Pregunté con señas. Alcides, nuestro traductor, se había ido con los hombres. Se alarmaron diciéndome que no, que ahí no. Lo peligroso de las pirañas es que son cardúmenes; una sola, es inofensiva, pero en cardumen te pelan hasta los huesos en minutos. En la costa de regreso me señalaron un recodo tranquilo donde me podía bañar sin peligro. Nos metimos ahí. Las aguas amazónicas dulces y limosas dejan la piel más suave que un jabón exfoliante. En el campamento estaban descuerando a un mono. Era un mono araña, gordo, y aunque los monitos titís, u otros monos simpáticos, son mascotas, hay otros monos, más salvajes y agresivos, que son comida. Ikua, uno de los hombres, se había lastimado a un costado de la cintura al subir a desenganchar la presa. Rara vez un animal cazado en la altura con la cerbata o pukuna, cae hasta el suelo. El ramerío frondoso lo abaraja por más que caiga con su propio peso, la selva tiene redes poderosas. Ikua tenía una herida al costado de la profundidad de un dedo meñique, y sangraba. Lo acostaron sobre una esterilla de fibra. Un grupo de mujeres puso a hervir un recipiente con agua, y el chamán entró a la selva. Alcides nos hizo señas de seguirlo. En un árbol, el chamán se detuvo y abrió una herida como la de Ikua en la corteza. La piel del árbol se abrió, como la piel de Ikua. El chamán acercó un recipiente en el que fluyó un líquido rojo como la sangre de Ikua. Sangre de drago, dijo Alcides en español, medicina. De ese árbol llamado comúnmente crotón se extrae el líquido base para hacer los desinfectantes que conocemos como merthiolate o pervinox. El chamán limpió la herida de Ikua con el líquido rojo. Luego abrió unas hojas carnosas y tiernas llenas de un líquido baboso que le vació en la herida. Echó más líquido rojo y le envolvió la cintura con algunas de esas hojas que eran largas y anchas. Con el resto de las hojas volvió al árbol crotón y envolvió el tronco. Estuvimos cuatro días en la comunidad. Conviviendo. Aprendiendo. Ikua ya se había parado y la herida de su cintura se estaba pegando y no sangraba. La corteza del árbol había cicatrizado y eso era buena señal. Habíamos vivido cuatro días con indios pero de verdad, lo habíamos vivido en la desnudez y la entrega. En la intimidad de su hogar, de sus secretos, de su magia, de sus cantos, de los ruidos de la noche. Caminar en la selva de noche revela. Los seres más temidos salen de noche, evitan la burla de la belleza diurna y evitan la muerte. En los tallos de los plátanos se alimentan las tarántulas. Alcides es capaz de verlas en la oscuridad y nos ilumina con la linterna.
Las tarántulas, más grandes que una mano adulta, se aquietan como si así aquietaran cualquier intención ajena. Sólo las observamos. Alcides apaga la linterna, permanecemos en un silencio tal que sólo se escucha nuestra respiración, en la penumbra sola de la noche las vemos moverse lentamente, comen, escuchamos el sonido de la lámina del tallo al desprenderse. Detrás del enjambre de lianas, ramas, y troncos, se adivinan los movimientos del jaguar. Sus ojos se han quedado fijos colgando del aire. Ni la menor brisa los mueve. Observamos fascinados. Estamos más allá de cualquier realidad conocida. Estamos inmersos. Subyugados. Hay un jaguar en estado salvaje en su hábitat natural. Un golpe nos asusta y el jaguar escapa. Alcides ha golpeado el pie contra el suelo para espantarlo. Son los seres de la noche, los que temen a la muerte, los que se avergüenzan de su karma y se ocultan en las sombras. Las arañas más grandes, las serpientes más peligrosas, los jaguares, las plantas carnívoras infieles al sol y a la tierra devorando escarabajos en la oscuridad. La última noche probamos el masato. Era agridulce y espumoso. Comimos aves con salsa de cocona y hongos, yuca hervida con clavo de olor y caña, ensalada de hojas con jengibre, y pirañas fritas en grasa, crocantes y muy ricas. Todas las noches hubo fogón yatunas, danzas, nosotros también, atuna. Descalzos, como ellos de pies anchos, de arco pronunciado y dedos fibrosos y abiertos como garras. Los chicos se entendían con los chicos en pocas palabras, parecía un lenguaje inventado para el juego. Se habían encariñado con los añujes, parecidos al coatí, que habían nacido cerca de la casa, y habían conseguido acariciar el cuero del caimán esquivando la cagada del loro. No podíamos llevarnos nada ni quedarnos más tiempo. El viaje era lento y queríamos bajar un poco más allá las aguas color tanino del gran Amazonas. Kuarachi, Ikuaka, Puka, Lubuna, son nombres que nunca olvidaremos.
No olvidaremos sus ojos limpios, la mirada sabia, ni la alegría explosiva de sus risas. Ellos nos pertenecen en nuestra memoria, en nuestro sentimiento. Creemos pertenecerles a ellos. El bote nos esperaba en la orilla. Nos habían cosechado plátanos y cocos para el camino. Las mujeres habían hervido agua y nos habían hecho té con hierbas. Amanecimos con los ojos pegados de lagañas, quizás fuera el masato. Alcides nos llevó hacia la selva y de un pastizal, a pocos metros, apretó con las uñas una ramita, deslizó los dedos apretados de abajo hacia arriba de la ramita y en la punta salió una gota, es leche de ojé dijo, y es para los ojos. Nos echó una gotita en cada ojo y se hizo la luz, se limpiaron las lagañas como por milagro. Toda la maloca caminó con nosotros hasta la orilla. Uno por uno nos abrazaron y colgaron collares de semillas de nuestro cuello. El curaca tocó la flauta y los demás tomaron los tambores dando los golpes del adiós, uno y dos golpes. Uno y dos golpes. Cuando subimos a la canoa dejaron de tocar y hasta mucho río afuera, hasta los nenúfares con sus lirios, escuchábamos el eco de sus voces. Rayanamá, rayanamá.
En el bote, siguiendo las aguas del Sinchicuy, esa trocha desconocida más allá del Amazonas que ya nos era familiar, cada uno iba encerrado en su silencio. Cada uno ordenaba el recuerdo apabullante de sonidos, de sabores, de gente, de fuego, de olores, de ritos. Inútil es aclarar que algo en nosotros había cambiado y había cambiado para siempre. Despedimos a Alcides en su comunidad, en su maloca, donde lo habíamos encontrado. Nos abrazamos mucho con él y su familia que cuando nos vio acercarnos a la costa corrió a calentar el cocido de gallina. Podríamos haber contado muchas cosas pero todavía no se ordenaban las palabras y nos pesaba alejarnos de la selva, de la libertad plena, donde no rigen convencionalismos, ni acicalamientos, ni hay que aparentar nada ni tener que soportar que otros aparenten, donde no importa el olor a humo, ni las babas de las hojas o las serpientes. Era difícil volver.
Nuestro segundo barco nos llevaría hasta Santa Rosa, triple frontera con Leticia, Colombia, y Tabatinga, Brasil. Subimos al barco que nos llevaría aguas abajo. Paramos en muchos pueblos, recuerdo Arará, recuerdo comunidades de huitotos, los hombres mayorumas con serpientes enroscadas en el cuello, las canciones kokamas Kumbarikira urupukira tsa kumbari utsu ukaima. Me duele el brillo de los ojos de los leprosos de San Pablo ante la caricia. Cada vez que llegábamos a una aldea, bajábamos a comer el cocido de gallina con yuca. Todos los sabores nos eran familiares y hasta parecía que ya entendíamos el kokama sin dudar, sobre todo los chicos, hablaban con otros chicos en las aldeas y subían a bordo a último momento. Nos quedamos dos días en Leticia a tomar café colombiano. Y cruzábamos la frontera, una calle, a Tabatinga para comer sorbetes (helados) que los chicos solicitaban a la vendedora como “soretes”. Un sorete de morango. El siguiente barco, que prometía ser rápido, nos dejó varados en Tonantins, Brasil, a dos o tres días de Manaus. No teníamos noción de la fecha, miramos nuestros permisos y vimos qué día era en un almanaque del mercado. El tiempo vuela y los barcos, no. Teníamos que volver a Iquitos en una lancha rápida a presentar nuestras credenciales. El tiempo transcurre distinto según las aguas. Aunque haya correntada, la correntada se mueve en una inmensidad de la que no tenemos dimensión. No la podemos imaginar. Aún después de estar ahí, después de conocerla, sólo podremos imaginar un poco más allá de lo conocido. El resto es un misterio vasto e imposible. No podríamos llegar a tiempo en esos barcos normales de carga y lugareños. Tuvimos que tomar la lancha rápida. Temeraria. Veinticuatro horas de viaje a motor y a todo vapor. Desandaríamos en un día lo que habíamos tardado en recorrer más de una semana. No teníamos opción. En la intersección del Amazonas y el Napo, la lancha rápida aminoró la marcha. Sólo nosotros tres escuchamos el golpe de tres tiempos de los tambores. Apretamos nuestras manos y sonreímos sin poder hablar. Conmovidos. Detrás de la lancha se insinuaba una familia de bufeos, los delfines rosados de agua dulce. Vimos el bulto prominente de uno de ellos, una hembra, nadando con la panza hacia arriba.
Volvimos a la calle Putumayo. Renovados y repletos de esa renovación. Indios de verdad. Habíamos visto indios pero de verdad. Habíamos convivido con ellos y estar en Iquitos con Jaime y la familia de Gastón era una extensión que entendíamos devenida de las razas de la selva. La ciudad era el exilio y había en todos ellos una mezcla de nostalgia y esperanza. La nostalgia de la selva y la esperanza del río que sigue corriendo y que siempre estará ahí para llevarlos de vuelta si es preciso. Quizás era preciso, también para nosotros, volver a casa. Pero cuando mencioné que podíamos averiguar la avioneta para volver a Lima y de Lima a Buenos Aires, los chicos pusieron el grito en el cielo. Cómo nos vamos a ir, ahora tenemos amigos acá.
Jugaban con Jimmy y la banda del barrio. Meche me dijo que yo podía atenderle su puesto callejero y que los chicos podrían ir al colegio cuando iniciaran las clases en Iquitos. Y por qué no. Los chicos practicaban un desfile escolar cantando canciones del Perú en la vereda. Yo empecé a atender el puesto de Meche donde preparaba licuados y desayunos al paso para la gente que salía en las mañanas hacia el trabajo.
Meche tenía un restaurante en el living de la casa que daba a esa esquina de Putumayo y 16. Una mañana, mientras yo trabajaba, Jaime trajo a Martín en su moto. Había sucedido un pequeño accidente. Estaban haciendo teléfonos con vasitos descartables de plástico. Enganchaban dos vasitos como si fueran dos tubos telefónicos con un hilo largo, haciendo un agujerito en la base de cada vaso. Martín se había cortado un dedo con la cuchilla cuando agujereaba un vaso. Jaime me dijo que ya lo había curado. Abrió el apósito que había puesto en el dedo y vi que la herida era profunda. Se veía el cartílago. Jaime lo había curado con sangre de drago, como hacían sus ancestros yaguas. Creo que hay que darle un punto, le dije. Cerramos el puesto de desayunos y partimos en la moto hacia un centro de salud. Era un centro grande. Luego de la entrada principal había un hall y desde ese hall había tres pasillos identificados con las siglas TBC de tuberculosis, LEPRA, MALARIA. Esos eran los casos normales que se derivaban en ese centro de salud. Fuimos a mesa de entradas y explicamos que era por un corte y preguntamos por dónde deberíamos ir. Una enfermera sentó a Martín en una silla y le puso un termómetro bajo el brazo sin prestar atención a lo que yo le decía: es por un corte en el dedo. No tiene fiebre. Tomar la fiebre es de rigor. Nadie puede saltearse ese paso. Si tiene fiebre desde hace varios días, puede ser malaria. Finalmente nos enviaron con un médico que aprontó los instrumentos para coserlo. Todo estaba listo. Los hilitos cortados, y un hilo enhebrado en la aguja. ¿No va a usar anestesia? pregunté. Normalmente no usamos porque no hay, contestó el médico, si quiere, tiene que ir a comprarla a la farmacia. Por supuesto. Me hizo una receta y fui por la anestesia. Martín sanó más rápido que Ikua, fueron sólo cuatro nudos en el dedo y sangre de drago. Iban a la piscina pública, iban a la escuela de la calle Putumayo. Estuvimos cuatro meses. Hasta que un día desearon volver. Extrañarían a los amigos de Iquitos, a la familia que ya era nuestra y nos había incorporado, pero también extrañaban a los afectos cercanos de nuestro pueblo. Entonces tomamos el vuelo de regreso. Pasajeros Farid Murzone y Martín Murzone, presentarse en cabina. Los habían pasado a primera clase para compensar el avión. Son mis hijos, le dije a la azafata, y nos cambiaron a los tres. Cada vez que despegamos juntos lo hicimos de la mano. El avión carreteó, se inclinó hacia atrás, la punta enfiló entre las nubes. Agarrados de la mano. Farid no dejaba de mirarme, buscaba entre sus ojos y los míos acercar a las palabras otro mundo imposible. Nombrarlo para empezar a andar.
-A mí alguna vez me gustaría ir a Egipto, ¿te imaginás lo que sería eso?