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Moscú-Día 2

Nuestra segunda jornada en Moscú la dedicamos al Kremlin.

El Kremlin es el corazón de Moscú junto a la Plaza Roja, la Catedral de San basilio, y el río Moskbá. Principalmente son cuatro palacios y cuatro catedrales, rodeadas de una muralla infranqueable, roja, y varias torres. Son 2,25 kilómetros de muralla almenada y 19 grandes torres, rodeados por un foso y por el río Neglínnaya. Además de estos edificios hay otras habitaciones, salas de exposiciones, y muchos jardines. Es la sede del gobierno ruso.

Para visitar el Kremlin hace falta mínimo medio día. Nosotros dedicamos un poco más. Sacamos las entradas con anticipación, por internet, a través de la página oficial del Kremlin: https://www.kreml.ru  Saber ruso ayuda, aunque la página también está traducida al inglés. Pudimos comprar las entradas desde el País Vasco poco menos de una semana antes de salir. Cuesta 700 rublos la entrada general y si se quiere visitar la Armería, 1000 más. Con las entradas compradas anticipadamente es más rápido el trámite de entrar ya que, por la mañana, a la hora de apertura llegan los tours y se arman largas colas. Si tenemos la compra echa por internet, impresa, nos dirigimos directamente a las ventanillas 6, 7, 8 y allí cambiamos el documento por las entradas. Este proceso es rápido.

En el cartón de entrada hay un recorrido sugerido, pero anticipándonos a los tours que visitarán sin duda el barrio de las catedrales, empezamos por allí antes de que llegue el malón. Es conveniente estar en el Kremlin entre las 9 y las 9.30 de la mañana, apenas abran las taquillas, para entrar cuanto antes.

La construcción del Kremlin comenzó en los siglos XII y XIII cuando Moscú no era más que una aldea eslava cuya población ocupaba apenas una tercera parte de lo que es hoy el Kremlin. Desde el año 1156 se menciona el nombre de este lugar como Moscú, y la incipiente población comenzó a ganar prominencia y renombre al vencer a los mongoles.

Con el correr de los años y siglos las primeras murallas fueron reemplazadas por murallas más consistentes y moscú se convirtió en la residencia de la familia real.

 

En la Catedral del Arcángel se encuentran la tumba del primer Zar ruso Iván IV, el Terrible y sus hijos Iván y Fiodor. Las lápidas de los Romanov están junto a los pilares. La historia de esta necrópolis se remonta al año 1340 con el entierro del príncipe moscovita Iván I. Es el sepulcro más grande de príncipes y zares rusos, hay más de 50 enterramientos. El ícono más antiguo es el que representa las hazañas de los ángeles, fue creado en 1399 y el iconostasio fue realizado entre 1679 y 1682. La arquitectura de este templo mezcla los estilos renacentista italiano y el ruso antiguo. Tres entradas conducen al interior del templo, dos están decoradas con portales de piedra blanca tallada.

La Catedral de la Anunciación estaba destinada a las ceremonias familiares. Uno de los portales es de piedra blanca y columnas corintias adornadas con ornamentos tallados. El otro portal es de forja dorada con imágenes en hojas de la Anunciación, profetas y antiguos filósofos. El espacio interior del templo no es muy espacioso, está dividido en tres naves que se elevan hacia sólidas bóvedas. En una de las bóvedas hay una composición exclusiva del árbol de Iseev que representa la genealogía bíblica de Jesús. Las cruces procesionales tienen medallas de hueso con escenas de festividades y figuras en relieve de plata y piedras preciosas. El iconostasio de múltiples filas es uno de los más antiguos que se conservan en nuestros días, contiene cien íconos. En el sótano de esta catedral hay una exposición donde se exhiben las piezas más valiosas encontradas en el Kremlin.

La Iglesia de la Deposición del Manto, iluminada desde su cúpula y desde varias ventanas, cumplió la función de ser iglesia de casa. Se divide en tres naves delimitadas por pilares cuadrados. Todos los frescos se refieren a la fiesta de deposición del manto. Hay pequeñas puertas interiores ilustradas y candeleros cilíndricos, de plata,  decorados con incrustaciones de cera de colores. En esta iglesia hay un ícono de San Jorge tallado en madera de antiquísima existencia.

Seguimos nuestro recorrido pasando a la Catedral de la Dormición. La entrada principal es de cobre dorado con la imagen de la virgen de Vladimir en la parte superior, y otros santos más abajo. Este es el templo principal del estado ruso, sepulcro de los metropolitanos y patriarcas moscovitas. La arquitectura es insólita, mezcla rasgos del renacimiento italiano con un laconismo severo tal, que parece haber sido sacado de una sola piedra. Está coronado por cinco cúpulas. Apenas entramos nos encontramos con un gran relicario de plata con baldaquino de bronce plateado. Dentro de esta catedral se erigen los cubículos y tronos desde donde oraban zares, zarinas y patriarcas. En este recinto se llevaban a cabo las coronaciones y eventos de importancia y solemnidad estatal.

Visitamos otras habitaciones más pequeñas. Nos metemos en cuanta puerta vemos que podemos abrir, incluso sin querer legamos al comedor de almuerzo de los empleados del Kremlin.

Visitamos el Palacio de los Patriarcas con la Iglesia del Concilio de los Doce Apóstoles y el Museo de Artes Aplicadas y Vida Cotidiana de Rusia del siglo XVII.

Los elementos decorativos del palacio de los Patriarcas se parecen a muchos de los otros templos. La fachada es un cinturón de arcos falsos y pequeñas columnas con capiteles esculpidos. El lujo de las cámaras rivalizaba con las del Zar. Los suelos en las salas de gala fueron revestidos con azulejos, las paredes y techos con íconos enchapados, los muebles tallados, y las estufas también de azulejos.

En cuanto al Museo, encontramos la cámara de la Cruz, una sala enorme construida de manera insólita para la época, sin sostén en el medio. Allí se reunían los concilios.  El suelo revestido de azulejos y las ventanas cubiertas con mica de colores. Los incensarios y cáliz son de oro, las copas de plata plateada y también dorada.

Varias horas nos llevó el minucioso recorrido por todos estos edificios, recorrido aquí resumido. Nos dirigimos a pasear por las torres y jardines. Vemos la campana del Zar, la campana más grande y pesada del mundo. Pesa 202 toneladas y tiene una altura y un diámetro de más de 6 metros.

Las torres de Kremlin están unidas por la alta muralla almenada, forman sobre el plano un triángulo irregular con una superficie de 28 hectáreas. Fueron construidas con la idea de que desde ellas se pudiese disparar no sólo sobre el terreno abierto ante las mismas, sino igualmente a lo largo de su muralla. Por esta razón una gran parte de las torres sobresalen de la línea amurallada.

Donde las murallas formaban el ángulo se erigieron torres redondas, que eran las más consistentes y permitían hacer los disparos en forma circular. Tales son las torres Angular del Arsenal, del Agua y de Beklemíshev. En ellas se perforaron pozos disimulados para abastecer de agua a los defensores del Kremlin en caso de un prolongado asedio. Uno de esos pozos se conserva todavía en la torre Angular del Arsenal.

De las torres con entrada al Kremlin, las más importantes son las del Salvador, San Nicolás, de la Trinidad y del Pinar. En la antigüedad en las torres del Rebato y del Zar había campanas que tocaban al rebato cuando el Kremlin se veía amenazado. En las atalayas de las torres del Salvador y de la Trinidad fueron instalados relojes.

La altura de la muralla hasta las almenas es de 5 a 19 metros, según la configuración del terreno; su grosor varia de 3,5 a 6,5 metros. El Kremlin tiene 20 torres, cinco de ellas con la entrada hacia su recinto. La longitud de la muralla, incluidas las torres, es de 2.235 metros.

Ha pasado más de la mitad del día, cae la tarde, y salimos del Kremlin dando paseos por sus extensos jardines. Fuera de la Muralla nos volvemos a quedar extasiados con la fotografía emblemática de San Basilio, y nos encaminamos luego a visitar los almacenes GUM, en ruso GYM, los almacenes del estado, convertidos hoy en un shopping moderno y luminoso de varios pisos lujosos. La fachada tiene 242 metros y el recorrido por todas su plataformas, es una caminata de 2 kilómetros. Su arquitectura trapezoidal combina elementos de arquitectura medieval rusa, además de utilizar una estructura de acero y techo de vidrio.

 

Moscú-Día 1

La primera impresión de Moscú es que todo es demasiado grande. En mi costumbre de programar viajes y recorrer el mundo palmo a palmo, la mayoría de las veces a pie, estudio los mapas antes de salir, los planos de las ciudades, calles, monumentos, parques, museos, imprescindibles; en el caso de Moscú y de Rusia en su inconmensurable totalidad, me apunto a todos los rincones de su historia sobre todo política, pero también artística, pictórica, literaria. Llego con mis apuntes hechos a mano, a pura lapicera y papel, sin embargo esta vez la escala del mapa me ha dejado corta. No la tuve en cuenta, me supera. Una cuadra, supuse una cuadra normal, cruzar la calle o un puente. Pero no. Las cuadras de Moscú son larguísimas, las veredas amplísimas, los puentes anchísimos, los parques ocupan hectáreas y las fuentes, repletas de esculturas echando ráfagas de agua transparente o de colores, salvajemente o al son de la música, no se rodean en pocos pasos, sino que es como dar una vuelta a la manzana. Todo es holgado. Moscú es una ciudad tremenda. Me impacta por su grandiosidad tanto en las dimensiones como en la ostentación de muros, ornamentos, tanto en su omnipresencia como en su gloria histórica. No pasan desapercibidas las estatuas de los transformadores de este este territorio empeñados en crear la utopía más grande de que fuera capaz la humanidad y a pesar de los años transcurridos, no pasan desapercibidos sus logros, los avances técnicos y científicos de que fueron capaces desde hace más de un siglo, y sobre todo la atención puesta en el pueblo, en los trabajadores. Todo el poder a los soviets. Personalmente, me emociona a cada paso. Y no dejo de andar, a pesar de su enormidad y de que las horas del día, el día de 24 horas, сутки (sutki) como lo llaman ellos, no me alcanza para llegar al último renglón de mi apunte. Me ayuda muchísimo saber ruso, y me alegra infinidad poder practicarlo; escuchar hablar, me regocija, preguntar algo, leer con rapidez todos los carteles e inscripciones en cirílico.

El periplo. Llegamos al aeropuerto Sheremetyevo de Moscú en la madrugada. Esperamos allí a que amaneciera. Ya de entrada, algunas personas se interesaron en hablar con nosotros, en ruso y otros idiomas. Simpáticos. Luego superamos nuestro primer desafío, llegar al centro en transporte público económico, no en el tren aeroexpres que cuesta 500 rublos, sino en el bus de 55 para enganchar luego con el metro.  1 euro es igual a 70 rublos.

Para tomar el bus, el 851 que va hasta Richnoy Ploshchad -y bokzal, estación-, se sale a la calle y se busca la parada con esos datos. Se puede pagar al chofer. El viaje toma su tiempo, alrededor de una hora, es lejos, y los autobuses circulan con calma y muchas paradas que anuncia un altavoz y un cartel luminoso. En Richnoy Plshchad buscamos la estación de metro del mismo nombre. Todas las estaciones de metro están señalizadas con una M mayúscula roja. Hay una cadena de comercios que se llama Metro -letras amarillas-, eso no es.

Para viajar en metro compramos una tarjeta Troika. La tarjeta cuesta menos de 39 rublos, y el viaje 38. A la tarjeta se le va cargando dinero y la pueden usar varias personas, para el metro, para los buses es sólo de uso individual. Compramos una porque somos 4 y vamos a manejarnos en metro. El tendido de metro más profundo del mundo, las escaleras mecánicas más largas del mundo. No sé ve el final ni hacia abajo ni hacia arriba y se aprecia cómo, los ciudadanos, logran mantener una conversación completa tan sólo en el transcurso de subir o bajar la escalera mecánica.

Vamos hasta la estación Kievskaya y allí hacemos nuestra primera visita a un «palacio del pueblo», así se denominaron desde el comunismo a las estaciones de metro, y como tal fueron pensadas, como palacios de pueblo, construidas con materiales nobles, mármol, estatuas y ventilaciones de bronce, escenas de mosaiquismo, pinturas, arañas dignas de salones. Además la profundidad en la que se encuentran fue pensada también como refugio de en caso de guerra. Los metros, muchos de ellos de la época soviética, son un fierro. Funcionales, espaciosos como todo, rapídisimos. Cada 90 segundos llega un metro. Infalible. Nunca se amontona gente en los andenes ni en los vagones, normalmente alcanzan los asientos, el movimiento es constante y funciona relojosamente (y no religiosamente).

Es práctico moverse en metro, y se aprende rápido. Los mapas de líneas están en todas las estaciones, y luego a cada lado del ancho pasillo de circulación están los andenes, en las columnas de acceso al andén aparece la línea con las estaciones en esa dirección. En la mayoría de los metros, una voz da aviso en inglés.

Nuestra primera parada la hacemos en la estación Kievskaya, decorada con escenas en mosaicos que muestran relaciones de amistad entre los pueblos ruso y ucraniano. El diseño de la estación fue elegido mediante un concurso llevado a cabo en Ucrania se caracteriza por unos pilones bajos y cuadrados recubiertos con mármol blanco sobre los cuales se encuentran los mosaicos diseñados por el artista Myzin para conmemorar la unidad ruso-ucraniana. Escenas coloridas, de pioneros, campesinos, trabajadores, milicianos, y en la cabecera, Lenin.

Salimos de la estación Kievskaya para caminar hasta Park Kultury. Nos topamos con la primera de las Siete Hermanas, los rascacielos de Stalin visibles desde casi cualquier punto de la inmensa Moscú. En este caso el edificio está ocupado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Al igual que los otros seis que veremos continuamente desde distintos puntos de la ciudad, este está construido en una elaborada combinación de estilo barroco ruso y gótico.

Este es el único de las Siete Hermanas no coronado por una estrella soviética, llega a los 172 metros y tiene 27 pisos. Se encuentra al final de la muy conocida calle Arbat. En la parte más alta de la fachada se encuentra un gran emblema de la Unión Soviética. Dicen que los interiores son lujosos pero como se trata de un edificio de uso público no puede visitarse por dentro aunque vale la pena verlo. Desde aquí podemos entrar y recorrer la tradicional calle Arbat, la antigua. Y ver la casa donde sobre esta calle, vivió una temporada de inspiración y felicidad conyugal el poeta Alexander Pushkin.

Nosotros seguimos el rumbo a la estación de metro Park Kultury. Esta estación está decorada con 26 bajorrelieves de forma circular del artista Rabinovich en los que se representan actividades de ocio de la juventud soviética como deportes, juegos, música y baile. Los pilares de la estación están recubiertos de mármol gris. El vestíbulo de entrada es un imponente edificio con una cúpula colosal de cobre.

Llegamos al río Moskbá y atravesamos un puente eterno, que nos impacta como todo. Vamos a alojarnos en el distrito Yakimanka, sobre la avenida Bolshaya Yakimanka. Los edificios por supuesto no constituyen un sólo edificio de departamentos sino un complejo de varios edificios que se encuentran bajo la misma dirección, misma calle, misma numeración. En nuestro caso, Avenida Bolshaya Yakimanka 32. Son varios edificios, de no muchos pisos. Cada edificio tiene a su vez el número de porch, de acceso o portal. Y luego el piso y departamento que corresponda.

Muy cerca de nuestro departamento está el parque de las esculturas que recorremos este mismo día. Se le llama también Muzeon. Es un museo de esculturas al aire libre donde se han instalado también esculturas de los tiempos soviéticos que fueron removidas de sus lugares originales y ubicadas aquí. A un lado del parque está la galería de arte Tetriakova y por otro lado hay un paseo junto al río. La estatua de Pedro el Grande hace honor a su nombre y brota como un gigante desde el medio del río tripulando desde la proa su flota y sus conquistas.

Siguiendo un poco el instinto ya que no tenemos mapa, nos damos cuenta que estamos cerca del Kremlin! y que desde nuestro alojamiento hacia el río, y luego desde el puente, tenemos una vista privilegiada de las murallas rojas y las torres y las cúpulas doradas de las catedrales. Rodeamos el Kremlin y nos dejamos llevar placenteramente por las aguas de las sucesivas fuentes de los Jardines Alexandrovsky y los canteros tapizados de flores.

Son tres jardines que ocupan diez hectáreas! El jardín superior de Alexander es el más grande cerca de la torre del Kremlin, con césped impecable y abundantes flores, esta parte del jardín está a un par de metros por debajo del nivel de las calles, alrededor de las instalaciones Manezhnaya. Lo rodea una elaborada verja de hierro forjado y la entrada principal está decorada con símbolos para conmemorar la victoria sobre Napoleón.

No muy lejos de la entrada está el monumento al soldado desconocido. Bajo la lápida se encuentran los restos de soldados transferidos desde una fosa común en la carretera de Leningrado. La composición escultórica representa una bandera desplegable en pesados ​​pliegues; que son el casco de un soldado y una rama de laurel. En el centro, desde una estrella de bronce con cinco puntas, arde la llama eterna rodeada de la inscripción que dice: “Tu nombre es desconocido, pero tu hazaña es inmortal.”

Y en nuestro debut en Moscú no podíamos dejar de ver a la emblemática catedral de San Basilio.

 

Cascais y Estoril (día 6)

Cascais es un pueblo con mar. Son las playas recomendadas cercanas a Lisboa. Para llegar hasta allí, desde Lisboa se puede tomar el tren Linha Cascais desde la estación de Cais Sodré. Se puede usar la misma tarjeta Viva Viagem que se usa para ir a Sintra, sólo hay que cargar, en las máquinas de la estación, los boletos de ida y vuelta; cuestan 4.50. La máquina da vuelto. El viaje dura menos de una hora.

Cascais está resguarda por un fuerte bien conservado, es un antiguo puerto de pescadores, y fue guarida veraniega de los reyes hasta el siglo pasado. Por estas razones ofrece al visitante varios puntos a visitar, el faro que daba señal a los botes a su entrada o salida del río Tajo, y los palacios y quintas donde pasaban algunos meses los nobles. También se pueden hacer agradables paseos. Uno de ellos hasta la Boca do Inferno, una entrada rebelde de agua por piedras erosionadas durante milenios. Es una vista fabulosa y vertiginosa desde los bordes del acantilado actualmente asegurados por vallas que protegen a los visitantes. Entre el agua, la roca erosionada, desflecada por las incansables mareas. Se puede caminar hasta este punto de Boca do Inferno desde el centro de Cascais siguiendo la costa por un malecón que bordea las onda costanera. Las playas están en sentido contrario así que si queremos disfrutar de un baño de mar tranquilo -y muy fresco- y retozar un poco en la arena, debemos volver sobre nuestros pasos y luego elegir entre alguna de las bahías. Son playas de arena, pequeñas. El mar es muy calmo, transparente, y al menos en esta oportunidad en que visitamos Cascais, helado.

Desde Cascais caminamos siguiendo las playas hasta Estoril, tres kilómetros y medio; es la estación de tren siguiente yendo hacia Lisboa. Estoril es moderno y turístico, sin embargo allí existen pueblos históricos y cuatro antiguas grutas artificiales que se utilizaban como necrópolis en el periodo neolítico hace más de 5.000 años. Actualmente Estoril es una ciudad elegante, ordenada, de excelsos jardines. Ni bien llegamos se destaca el Casino que cobró fama al ser escenario de una película de James Bond de los años 70 «Al servicio secreto de Su Majestad». La ciudad lleva largo tiempo asociada a los ricos y famosos de Europa, muchos de los cuales se ven atraídos por el glamour de imponente casino donde se presentan fastuosos espectáculos. Durante la II Guerra Mundial, el casino fue un refugio para los espías que llevaban a cabo negociaciones secretas y vigilancia encubierta, actividades que fueron la inspiración del primer libro de Ian Fleming, Casino Royale.

Sintra (día 5)

Para llegar a Sintra desde Lisboa se puede tomar el tren, la linha de Sintra, que parte desde la estación de Rossio. Son 27 km y el tren demora unos 45 minutos. Compramos la tarjeta Viva Viagem en al que se puede cargar dinero según las necesidades. La tarjeta la compramos en ventanilla, en la misma estación, y cuesta 50 centavos. El viaje ida y vuelta  Sintra cuesta unos 4 euros.

Desde Sintra hay unos autobuses de una compañía llamada Scottbus, que hacen recorridos por cercanías pero es un bus caro. Cuesta unos 10 euros para hacer un recorrido por lugares cercanos. La entrada a todos los palacios, jardines, castillos, también cuesta alrededor de 10 euros, algunos como el de Pena, más, casi 20 euros si se quiere visitar el interior y los jardines.

Nosotros pasamos por todos los castillos y palacios pero sin pagar, o sea sin entrar, pero como Sintra es una sierra, es muy fácil, además de hermoso, caminar de un edificio a otro por un bosque exuberante lleno de matas de flores exóticas. Desde cada ladera o colina se pueden apreciar los frentes, muros, y torres de palacios y castillos.

Caminar por Sintra y su Parque Protegido es una hermosura! Hay cientos de senderos por bosques de robles-cerquiños, de álamos o acacias, el verde lo cubre todo. Lord Byron aseguró que Sintra era el lugar más bello del mundo. Da gusto visitarlo, y es aconsejable ir con tiempo ya que, así como en cada esquina de las ciudades portuguesas se abre un abanico de rincones por descubrir, en cada recodo del bosque de la sierra de Sintra, en cada crurva en la ladera, se divisan las torres de un nuevo palacio o castillo.

Los más tradicionales son el Castillo dos Mouros construido en el siglo VIII Y IX por los árabes. Este castillo está  en lo más alto de la sierra rodeado de murallas. En otra de las cumbres está el Palacio da Pena, construido en el siglo XIX por Fernando de Sajonia-Coburgo, rey consorte de Maria II. Es muy llamativo, colorido, desde afuera, rojo y amarillo, de estilo ecléctico. Dentro de este palacio hay vestigios del Convento de los Jerónimos sobre el que fue edificado.

Uno de los palacios que más nos llamó la atención por sus torres llenas de molduras, arabescos, decoración, y torres erigidas como agujas enigmáticas, fue la Quinta da Regadeira. Esta quinta y palacio conocida también con el nombre de Palacio de Monteiro dos milhoes es patrimonio de la Unesco y fue diseñado por su propietarios con ayuda del arquitecto italiano Luigi Manini. En medio de un bosque el edificio esconde significados relacionados con la alquimia, la masoneria, los templarios y la rosacruz. La quinta está modelada por construcciones que evocan la arquitectura románica, gótica, renacentista y manuelina.

Caminamos hasta allí, pasando por otra residencia morisca, ahora abandonada y cerrada, y luego de la Quinta da Regadeira fuimos hasta el Palacio Sete Cais que actualmente es un hotel.

Sintra fue el lugar de residencia veraniega de los reyes de Portugal desde hace más 600 años, y por eso en el centro de la ciudad, entre un laberinto de calles empedradas también se alza el Palacio Real.

Lisboa (día 4)

Si antes pensé que Porto era inagotable tan repleta de rincones a descubrir, no menos puedo decir de Lisboa! Lisboa sorprende en cada esquina. No sólo callejas de adoquín y frentes con azulejos sino que cuadra a cuadra se despliegan ante nuestros ojos monumentos de todos los tiempos y estilos. El estilo decimonónico, el art nouveau, los murallones del medioevo, el arco de medio punto, la influencia mudejar en ojivas y recortes de columnas o ventanas. Color, monumento, parques, plazas enormes y gente amable. Muchas antigüedades, mucha literatura viva.

Nos dejamos llevar sin mucha exigencia de un plan determinado. Es difícil, caminando por Lisboa, intentar unir un punto a otro premeditadamente porque seguro que en medio se nos cruzará algo que llamará nuestra atención y luego otra cosa, y entonces perderemos el hilo de cualquier itinerario planeado.

Hay desnivel, calles que suben y bajan de las colinas sobre las que se explaya la ciudad capital. En algunas de ellas como la Calçada da Gloria, existe el funicular, en otras podemos encontrar escalera mecánica, vías de carris (tranvías), escaleras de piedra, o empedrado, y elevadores, como el de Santa Justa, al que se accede por un puente rodeado de alambre tejido en el que se atan cientos de candados y cintas, promesas de enamorados.

Se puede recorrer en carris, los tranvías, en tuktuks que ofrecen paseos para turistas continuamente, en otros carritos y trencitos. Al igual que Porto, Lisboa es una ciudad muy visitada por turistas de todas partes. Este día seguimos recorriendo a pie, para mí, dentro de una ciudad, es la mejor manera de no perderse nada.

Pasamos por la tradicional cafetería La Brasileira, reducto de poetas y escritores de todos los tiempos, antes y ahora, por las calzadas donde uno tras otro se yerguen edificios de bibliotecas, ventas de antigüedades, casas de modas vintage. Hay artistas callejeros, pintores, ferias, artesanos. Abunda el color entre las mayólicas y las ventanas con ropa tendida. La gente es amable, sonríe, es solícita para indicar, aun cuando uno no pregunta, y los precios son accesibles.

Descansamos en la Plaza de la Alegría, un reducto de paz a la sombra de una enorme conífera achaparrada, caminamos por Rossio, pasamos por el Teatro Dona Maria, subimos al Castillo de San Jorge, a la Sé Catedral, y bajamos por Alfama, el barrio del tradicional fado hacia la Plaza de Comercio junto al mar. Esta última, fue reconstruida después del terremoto de 1755, los edificios que la rodean son de estilo neoclásico, es una plaza enorme, muchos aún la denominan Terreiro do Paço porque se encuentra sobre los terrenos que ocupaba el antiguo palacio real.

El Castillo de San Jorge se eleva sobre la colina primigenia de Olisipo, los cimientos son visigodos del siglo V, luego fue remodelado por los árabes en el IX y resontruido por Alfonso desde 1147 hasta el siglo XI. Desde estas alturas las vistas del Mar de Paja y el estuario del río Tajo, son preciosas.

La Catedral de Lisboa, Sé, tal como la de Oporto es de austeros muros románicos con aspecto de fortaleza y macizas torres gemelas.

 

Coimbra (día 3)

La ciudad de Coimbra es la ciudad universitaria por excelencia de Portugal. Aquí se encuentra una de las universidades más antiguas de Europa, fundada en 1290. Está sobre una colina y se accede a ella por diversos callejones de empedrado jalonados de frentes de todas las épocas y unas cuantas iglesias.

La ciudad de Coimbra fue la capital del reino de Portugal y por eso sus edificios tales como la Catedral son de gran porte y similar ostentación que los que encontraremos en Lisboa o Porto.

Coimbra está a 118 km de Oporto, y se puede llegar a ella en tren o en bus. Los buses Rede Expresso salen desde la Rodoviaria 24 de agosto, tardan una hora y diez miutos y cuestan 11.90 euros. Los trenes salen desde Santa Polonia y el Intercidade cuesta 13.60.

Luego desde Coimbra tenemos buses a Lisboa cada hora por 14 euros, y trenes por cerca de 20 euros.

Caminamos desde la Rodoviaria de Coimbra hasta el centro siguiendo la Avenida Magalhaes, frente a la rodoviaria. En un momento veremos el río Mondego, y hacia la dirección contraria la entrada a los callejones por los que accederemos a la legendaria ciudad universitaria.

Oporto (día 2)

Intensa caminata por las inagotables calles y puentes de Porto.

Salimos desde nuestro departamento en la Rua da Alegria y a pocos metros pasamos por el Teatro Helena Sá e Costa. Luego tomamos la Rua Santa Catarina, pasamos la Capela das Almas y cerca del Mecado do Bolhao nos compramos unos panes artesanales, tradicionales, riquísimos! de milhojas y con sabroso relleno de frutas, dulces, y cubiertos con escamas de almendras, delicias! y buen precio! A pocos metros, por esta calle peatonal, de frentes azulejados que obligan a detenerse a admirar a cada paso, hicimos un nuevo stop, en el famoso café Majestic, hermosa arquitectura, estilo art nouveau, vitrales y ornamentación. Subimos por la parte alta de la Fortaleza al Puente Luiz I y cruzamos a Vila Nova de Gaia donde se encuentran las antiguas y renombradas bodegas de Oporto. Caminamos por el malecón e hicimos nuestro pic-nic de mediodía con una vista privilegiada del Douro y las casitas de la otra margen más los continuos barcos haciendo sus paseos. Volvimos a cruzar por el Puente Luiz I, pero esta vez por la parte baja. Este puente es Patrimonio de la Humanidad y fue diseñado por un discípulo de Eiffel, construido en 1886.

Caminamos un buen rato más por Porto, fuimos a la Catedral, a la Igreja Santo Idelfonso, a San Francisco, entramos en la Santa Clara de increíbles retablos y plafonds barrocos dorados. Pasamos otra vez por San Bento, por el Mercado Ferreira Borges y por el Museu Igreja da Misericordia. Volvimos a la Torre dos Clerigos y cruzando un parque cerca de ella pasamos por la librería Lello & Irmao donde había una multitud esperando en la cola para entrar. Luego caminamos tranquilamente a casa.

Seguramente hemos visto y puede verse más de lo comentado en estos posts. Porto parece ser una ciudad repleta de rincones a descubrir, da para mucho y da gusto andar y perderse en sus callecitas, con sus frentes de mayólicas de todos los tiempos, viejos y tal como fueron hacen siglos, o renovados. Además, la gente, es amable, y en estos dos días, varias personas se han acercado a hablar con nosotros y hacernos comentarios aún cuando no les hemos preguntado nada. Se ve que les da gusto, quieren platicar.

Entrevista en la Radio 92.3, programa Pandemonio

Fragmento 1 (Como periodista y conductora de Tv, cantante desde los 13, ganadora del concurso Cherchez le chanteur viaje a París a los 17…)

https://www.youtube.com/watch?v=zKUL17LVY9E

Fragmento 2 (Cara Sucia por Tv, Holiday on ice… y un poco más de Cherchez le chanteur)

 

Cómo aprender inglés fácil para viajar

1-Conjuga todos los verbos regulares y olvídate del género y el número para los adjetivos

Un nativo de habla inglesa llegó al hotel donde trabajaba y me dijo: “yo estar bueno pero necesitar un habitación, yo sentir cansado, hoy yo caminar mucho, querer dormir, gracias para…”

Al pobre nativo se le ha puesto difícil aprender castellano, pero se agradece su esfuerzo, siempre es una muestra de respeto llegar a un país extranjero y poder hablar mínimamente en su idioma. Aunque sea para saludar y dar las gracias.

En inglés nos manejamos en el aeropuerto de Bangkok

Afortunadamente existe el inglés, una especie de cliché internacional como alguna vez lo pretendía ser el esperanto. No creo que el inglés se haya convertido en la lengua del mundo por la penetración cultural, si bien no hay duda de que el avance corsario de los británicos siempre pirateando mares y costas, ha ayudado a que se difunda por los cinco continentes, es más probable que haya proliferado como modo de comunicación internacional porque es un idioma bastante básico y sencillo de aprender. Si nosotros tradujéramos la frase del amigo nativo con un diccionario, textualmente, quedaría “I am well but I need a room, I feel tired, today I walk a lot, I want to sleep, thanks for…” Sin embargo, a oídos del interlocutor inglés, nuestra frase sí sonaría correcta porque los verbos en inglés, salvo una excepción, no necesitan conjugarse.

Sólo para referirse a su necesidad de “dormir” el viajero inglés habría necesitado aprender DIEZ palabras mientras que a nosotros nos bastará una sola “sleep”

Dormir — — to sleep

Yo duermo — — I sleep

Tú duermes— — You sleep

Él/ella duerme — — He/she sleeps (agregamos una s sólo 3ra pers.singular)

Nosotros dormimos — — We sleep

Vosotros dormís (ustedes duermen) — — You sleep

Ellos duermen —— They sleep

Duérmete! — — Sleep!

Duerme! —— Sleep!

And everybody sleep! Todos duermen!

En inglés es siempre igual, sólo se agrega esa pequeña s a la 3ra persona del singular. En cambio en castellano! Madremía! DIEZ palabras distintas! Y esto sólo en presente del indicativo, sin profundizar en el subjuntivo ni en toda la riqueza gramatical idiomática que poseen las lenguas grecolatinas, indoeuropeas, y otras.

Atenas. Menú griego traducido al inglés

En inglés, si bien hay he y she para él o ella, no hay nosotrAs diferente de nosotrOs, no hay estar bien diferente de estar bueno, por eso muchos extranjeros dicen “estoy bueno” cuando quieren significar “estoy bien”; en inglés sólo hay una palabra para cada cosa, I am fine, I am well, this is good, no tienen género, entonces las soltamos así sin más, y puede estar tan “good” el mate como la galletita, tan “fine” la tarde como el abuelo, tan “well” el libro, como la casa. O los mates, o las galletitas, o los libros, los abuelos, las casas, porque los adjetivos no necesitan concordar ni género ni número. No hay que pensar tanto.

En inglés for, es por y para, se usa entonces thanks for (gracias por…) this is for me, (esto es para mí). No hay que elegir cuál usar, es for o for.

Para viajar es importante recordar la pregunta WHERE, DÓNDE, y aunque aún no estemos preparados para entender la respuesta verbal, podremos intuir e interpretar las señas corporales, el lenguaje universal de los gestos.

Vamos ahora a los verbos. Pensamos una lista de verbos en castellano y la vamos buscando en un diccionario de inglés, o en tío Googletranslate. Ya que estamos en el viaje podemos empezar con el verbo viajar, travel. Y conjugo automáticamente sin posibilidad de error: I travel, you travel, he/she travels, we travel, you travel, they travel. Excellent!!

Cartel en Damasco, Siria

Vamos con otro, y ya que vamos, verbo IR, piensen por un momento nada más, lo difícil que debe ser para un inglés conjugar el verbo IR que no se parece en nada a Yo VOY. En inglés, I go, you go, he/she, goes (pone una e antes de la s) we go, you go, they go. El verbo venir, I come, you come, he/she comes, we come, you come, they come. Y así sucesivamente con todos los verbos que tengan ganas.

Supongo que ya tendrás una libreta y habrás empezado a tomar notas y a practicar.

2- TO BE or NOT TO BE, that is the question

El verbo to be significa SER y también ESTAR, es importante aprenderlo separado de todos los demás y conservarlo como el as de la manga, siempre a mano, ya que nos va a servir para muchas cosas. Es prácticamente el único verbo diferente que tenemos que aprender y no es tan complicado.

I am —— Yo soy o Yo estoy

You are — — Tú eres o Tú estás

He/She is — — él/ella es o él/ella está

We are — — Nosotros/Nosotras somos o estamos

You are — — Vosotros/Vosotras sois o estáis/Ustedes son o están

They are — — Ellos/Ellas son o Ellos/Ellas están

Con este verbo, SER o ESTAR, cuando viajamos, podemos contarle a la gente acerca de nosotros.

I am María, I am a traveller, I am a teacher, I am a journalist, I am a writer, I am happy.

Apuntar en la libreta y repasar aspectos de nuestra vida, nuestro quehacer, nuestro estado de ánimo. Si no sabes las palabras, busca en el diccionario.

Del mismo modo podemos hacer preguntas, sólo tenemos que dar vuelta las palabras y en lugar de decirle al interlocutor o interlocutora o interlocutores, da igual, YOU ARE, lo ponemos alrevés, ARE YOU…? Y así les preguntamos, are you a traveller? Are you a teacher? Are you a journalist? Are you a writer? Are you happy?

Te apuntas la lista de todo lo que te gustaría poder preguntar a los posibles compañeros del camino.

Podemos estudiar un poco de este vocabulario del que nos interesa hablar con la gente, o bien llevar un diccionario de bolsillo y, con pocos pero suficientes recursos gramaticales, nos podremos comunicar.

El verbo TO BE, nos va a servir al igual que en castellano, para el gerundio, lo que estoy haciendo ahora, y para el futuro próximo, lo que voy a hacer después… más tarde… mañana… la semana que viene.

El gerundio, en inglés, se forma agregando “ING” a los verbos

Yo estoy durmiendo —— I am sleeping

Tú estás cantando —— You are singing

Él está viniendo —— He is coming

Ella está viajando — — She is traveling

Nosotros/nosotras estamos yendo — —We are going

Vosotros/ustedes estáis/están jugando — — You are playing

Ellos están corriendo -— They are running

A veces entre el infinitivo y el ing se duplica la consonante como en running de run, correr, pero no afecta a la pronunciación así que a los efectos de hablar, no es necesario recordar si duplica o no. Sólo saber que los gerundios (ando-endo) como cantando, corriendo, jugando, estudiando, viajando, durmiendo, leyendo, en inglés se forman agregando ing al verbo. Nada más.

Antigua Cartago, Túnez

Con esto ya casi damos un paso más, ya podemos hablar del futuro cercano porque ya sabemos decir ESTOY YENDO A… I AM GOING TO… que vamos a traducir de manera coloquial a nuestro castellano como VOY A…

Así que ya podremos compartir nuestros próximos planes, I am going to travel, I am going to walk, I am going to visit, I am going to dance, I am going to read, I am going to sleep… (voy a viajar, voy a caminar, voy a visitar, voy a bailar, voy a leer, voy a dormir)

Puedes anotar y recordar cuáles son tus próximos planes para comentar con otros viajeros.

En inglés a veces se acortan las frases, por eso vamos a escuchar y es correcto decir I’M en lugar de pronunciar todas las letras I AM. Lo mismo ocurre al negar YOU ARE NOT, HE IS NOT, se reducen a YOU AREN’T o HE ISN’T pero ambas formas, reducidas o con todas las letras, son correctas.

3-Futuro y pasado

Si queremos hablar de un futuro más lejano en el tiempo, vamos a usar la partícula will:

he will travel, she will walk, we will visit, you will dance, they will read… (él viajará, ella caminará, nosotros visitaremos, tú bailarás o ustedes bailarán, ellos leerán)

En inglés siempre hay que mencionar al sujeto, I, YOU, HE… porque como el verbo no se conjuga, sin el sujeto no se sabría quién realiza la acción; en castellano no hace falta, si digo “bailaré” se sabe que soy “yo”, si digo “cantarás” se sabe que eres “tú”.

Para el pasado en inglés se agrega ed al verbo. Esto funciona con los verbos regulares que son la mayoría. Hay una lista de verbos irregulares que son diferentes, pero con ed, ya podemos contar algo de nuestro pasado,

I travelled, I walked, I visited, I danced… (yo viajé, caminé, visité, bailé)

Como pueden apreciar, en pocos pasos podemos empezar a manejarnos en inglés. No es que sea absolutamente sencillo. Estos cuatros pasos, no significan cuatro días. Practicar y recordar llevará un poco más de tiempo, aunque sea fácil. Requiere dedicación, voluntad, pero es más fácil que cualquier otro idioma y nos va a ayudar a comunicarnos durante el VIAJE, ya sea con otros viajeros o para conseguir trabajo, ayuda, o información.

4-DO, el auxiliar que da la nota

Para completar este apéndice mínimo de inglés en cuatro pasos, falta añadir el auxiliar DO, que no es la nota musical do, y que en inglés además de ser auxiliar-y también la nota musical- significa “hacer”. I do, you do, he/she does, we do, you do, they do (yo hago, tú haces, él/ella hace, nosotros hacemos, vosostros/ustedes hacéis/hacen, ellos hacen)

El DO como auxiliar se usa para preguntar con casi todos los verbos “normales”, como sleep, travel, walk, come, go, visit, read, dance. Se coloca delante de la persona a la que se pregunta DO YOU VISIT? (tú visitas?) DO YOU SING? (tú cantas?), o DO THEY COME? (ellos vienen?) DO WE GO? (nosotros vamos?) La respuesta se simplifica diciendo sólo: YES, I DO; o NO, I DO NOT que suele resumirse en I DON’T. Para la 3ra persona del singular, que lleva s, se pone DOES y para negar DOES NOT o DOESN’T.

Estudiante palestino en mi clase de Inglés

Y ahora como colofón…

you are going to translate:

Do you speak Spanish? Do you speak English?

I am María la que viaja, I’m a traveler, I visited Nepal and I walked in the Himalayas and I will go to Russia. I am not tired, I’m fine. I don’t need to sleep today, I prefer to sing and dance. I am a teacher. In this article I explained English for you. I am going to write more. I hope you like and you will study. English is good for travelers. I am waiting for your claps.

Do you understand?

¡Nos vemos en el Cairo! Parte I: el Cairo, pirámides, oasis y desiertos, Luxor, Karnak, Valle de Reyes y Reinas

¡Nos vemos en el Cairo!

Todo estaba perfectamente coordinado. Cada uno saldría de su lugar de residencia hacia el respectivo aeropuerto local y uno a uno iríamos aterrizando en el Cairo. El vuelo de Martín y el mío llegaban al mismo tiempo, el de Farid llegaría una noche antes.

Pensar “Egipto” nos embriagaba de curiosidad y expectativas. Las pirámides. Los faraones. También nos provocaba desconcierto leer acerca del Cairo actual, caótico, e intentar conjugar ese revuelo contemporáneo con la imagen que nos describía Christian Jacq en las historias de los sucesivos Ramsés y sus templos. El hijo de la luz. El templo de millones de años. Nos leímos todo y esto no hacía más que alimentar las incógnitas y alargar la lista de lugares a visitar.

Yo estudiaba árabe desde hacía un año, en la computadora y con un método audiovisual. Para mí no sería problema llegar al aeropuerto y pedir a un transporte que me lleve hasta el hotel que habíamos reservado. Tampoco sería problema para Martín que llegaba conmigo, pero para Farid, teniendo en cuenta todas esas sensaciones de fascinación e intriga que nos evocaba Egipto, más la llegada nocturna, más el idioma, no solamente por el árabe hablado sino también por los carteles dibujados en líneas sinuosas de derecha a izquierda, era mejor contratar un servicio de taxi pre-pago. Definitivamente. Además las costumbres. La idiosincrasia de una cultura que no sabíamos cuán ajena o cercana nos resultaría.

Así que nos despedimos por Messenger, “nos vemos en el Cairo”, y cada uno llenó de ilusiones y deseos su propia mochila y se subió al avión con el pasaporte pegoteado de visas que ocupaban páginas enteras. Todo un trámite. Varios trámites. Los hizo Farid que era el único de los tres que habitaba en tierra patria. Le mandamos nuestros documentos por correo y él visitó las embajadas de los países de Oriente Medio que habíamos incluido en el itinerario. Eran varios países aunque el relato se refiera casi exclusivamente a Egipto. En ese entonces todos requerían visado que no siempre era factible y sólo se otorgaba entre 48 y 72 horas después de la solicitud y tras aprobar desconcertantes interrogatorios. Farid, a pesar de su nombre o por eso mismo, parecía ser el viajero más cuestionado.

Volamos. Yo había decidido hablar sólo en árabe. Durante el vuelo repasé los saludos y las respuestas clásicas y las palabras claves y necesarias y adopté como caballito de batalla la frase terminante y categórica I don’t speak English.

Mis primeros intentos de comunicación fueron un fracaso. Consideré que era normal. Eran mis primeros intentos y, como de costumbre, Martín entendía más las señas que yo las palabras. A pesar de repetir y deletrear prácticamente cada sílaba de cada palabra y hacerlo con un esfuerzo de concentración en el sonido perfecto de la pronunciación aprendida en el curso, mis interlocutores me miraban desconcertados y, algunos, sorprendidos o admirados. Me habían dicho que el árabe de Egipto era distinto, pero no sólo era distinto del árabe estándar que yo había estudiado sino que era distinto del árabe distinto al distinto al árabe standard. O sea era muy pero muy distinto. No me entendían nada y, los que sí me entendían, se admiraban de escuchar de boca de una extranjera, frases o palabras que escuchaban solamente en la mezquita y en el Corán. Yo seguí firme con mi propósito, si me querían explicar en inglés negaba con la cabeza I don’t speak English. Todos mis propósitos se fueron al carajo cuando llegamos al hotel reservado y Farid no estaba. Farid no había llegado. El chofer del aeropuerto me explicaba en su árabe egipcio que él había ido al aeropuerto a la hora acordada pero Farid Murzone no llegó. En ese momento recordé todo el inglés que I don’t speak y acosé a preguntas al chofer y a los responsables del hotel. Ellos tenían los datos de llegada de Farid bien registrados. Habían llegado varios vuelos y esperaron durante tres horas pero Farid Murzone no apareció.

Nos metimos en internet para descartar cualquier accidente aéreo. Por lo menos descartamos eso. No se había caído ningún avión. En eso llegó un mensaje escueto. Farid seguía en Roma víctima de una huelga que había paralizado al aeropuerto de Fiumiccino. Hacía veinticuatro horas que hacía cola para poder subir a un vuelo de conexión al Cairo. No sabía cuándo llegaría.

Nunca nos había pasado algo parecido y nuestros itinerarios solían ser apretados, aprovechar al máximo cada segundo. Ese día, fresquitos recién llegados, nos tocaba ver parte del Cairo e ir al Museo de Antropología. No lo suspendimos, fuimos con Martín pero no pude disfrutarlo al cien por ciento preocupada por Farid que quien sabe cuándo y cómo llegaría. Como no teníamos ninguna información de su vuelo, no podíamos contratar chofer ni ir a esperarlo al aeropuerto. Al final tendría que arreglarse solo.

El museo es enorme. Entramos de día y cuando salimos ya se caían las luces de la tarde. Volvimos al hotel con la ansiedad y la esperanza de que ya estuviera Farid ahí. Pero nada. Ni noticias. Él ya hacía casi dos días completos que debería haber llegado. ¡Dos días! Salimos a dar una vuelta por el concurrido barrio de Las vidrieras iluminadas, mucha gente caminando entre negocios y mercados. Tráfico imposible. Cruzar la calle, a riesgo de la propia vida. Nos habíamos recomendado mucho este asunto. Habíamos leído que para salir ilesos lo mejor era usar a algún egipcio de escudo humano. Y así lo hacíamos. Nos pegábamos a alguien y le seguíamos el paso y el zigzag entre los autos. Los semáforos rojos son decorativos. Hacen el ridículo. Nadie mira los semáforos. No hay agentes de tránsito. Y a pesar de este quilombo, en todo el sentido de nuestra coloquial palabra, no vimos accidentes ni atropellados. En eso, en medio del caos, se distingue la cabeza de un flaco alto y una mirada desorientada entre los autos y la gente. ¡Es Farid!

Como vivíamos en distintas partes del mundo, pasábamos meses e incluso años sin vernos personalmente. Sin tocarnos. Sin abrazarnos. Sin escucharnos en la espontaneidad de lo cotidiano. La voz. El gesto. La alegría nos abundó en el reencuentro. La charla también. Y los sueños.

Las Pirámides de Giza

Al día siguiente salimos a cumplir el cometido primordial de todo viajero a Egipto: las pirámides. En el cruce más céntrico y popular del Cairo nos dimos cuenta que nos habíamos olvidado la cámara de video. Era una cámara, en ese entonces, de lo mejor. Todavía la sigo usando aunque ya dejó de ser de lo mejor y se convirtió en una antigüedad. Farid la había conseguido en Buenos Aires y, en el aeropuerto de Roma, tuvo tiempo de sobra para comprar también un estuche acorde. Pequeña valijita traqueteada cuyos cierres ya están todos maltrechos y que también ha recorrido buena parte del planeta cruzada en bandolera en la montaña o colgada del manubrio de la bicicleta. Alguien volvió de una corrida al hotel a buscar la cámara. No recuerdo haber sido yo. No nos íbamos a perder de grabar el encuentro con esos emblemáticos enigmas de la historia de la humanidad.

Las pirámides no están en el Cairo, están en Giza. Hay que ir en taxi. Paramos varios para regatear precio. Moverse como viajero independiente en esta parte de Egipto, es complicado. Mienten o se hacen los desentendidos, dicen un precio y después otro, intentan confundirte con la moneda que se llama “libra” –pound– igual que la inglesa, pero cuyo valor es diez veces menos. Les decíamos “pirámides” en inglés y en árabe y no sabían de qué les estábamos hablando o se hacían porque, ¿adónde querría ir un turista en el Cairo si no es a las pirámides? ¿Será que todos en el mundo conocemos y nos admiramos de sus pirámides pero no ellos que conviven con ellas? ¿Sería que de tan presentes a lo largo del tiempo y lo ancho de su geografía no las consideran algo excepcional sino simplemente unos monstruos cónicos que están y siempre estuvieron ahí? Por ahí dijimos “Giza” y alguien entendió, así que regateamos a Giza, un pueblo sencillo, lo recuerdo casi precario y sin encanto, en medio de la polvareda arenosa del desierto y de los pasos de peregrinos y caravanas de camellos. Calles de arena en medio de la arena. Pasamos la tarde entera en ese pueblo, dando vueltas tan vagas como las imágenes que rescato de la memoria. Recuerdo la insistencia en el intento, hablar árabe y de una conversación entender una sola palabra y sentir que lo había logrado. Por una palabra.

Recorrimos las pirámides por fuera y por dentro. Caminamos por pasadizos angostos donde apenas cabe un cuerpo, ascendimos entre candilejas por las galerías y descendimos hasta las cámaras subterráneas. Las pirámides de Giza no son como la postal. No son como el dibujo o la pintura. Son mucho más macizas que lo que puede verse en la figura estampada. Las paredes son rugosas, hechas con millones de bloques de piedra apilados. Podrían escalarse las paredes. Son monstruosas y, si aún no nos sorprendimos más, fue porque recién llegábamos y porque en realidad de Egipto y de los egipcios no habíamos visto nada. Si el enigma había sido sembrado en nuestra capacidad de duda antes de visitar las pirámides, la visita al sitio lo socavó. Las pirámides, su estructura geométrica perfecta y uniforme, su magnitud colosal, la escala de un vértice a otro siguiendo a las estrellas de Orión, la temperatura constante en su interior, el contraste de la piedra con la arena fina del desierto. Las pirámides de Egipto no tienen absolutamente nada que ver, nada parecido, nada equiparable al resto de los templos que visitamos después.

También vimos la esfinge. También fuimos a Saqqara, cerca de Menfis, a ver la pirámide de Zoser, la más antigua, el prototipo de las de Giza.

Oasis y desiertos

Y salimos al desierto y los oasis. Quien ha hablado del desierto ha nombrado los oasis. Sin embargo es difícil imaginar en una palabra tan pequeña, de aparente insignificancia -o significancia- dentro de una vastedad inmensa como el desierto, lo que realmente es un oasis. Un pueblo que brota con sus mercados callejeros junto a ramilletes de palmeras. De la nada y de repente, la planicie dorada donde sólo parece mandar el viento se aglutina en un grumo de pueblo y calles, de bullicio de vendedores ambulantes y risas en los cafés donde el aire se condensa en shisha de manzana verde y canela. Es como atravesarse mágicamente a otro mundo. Y de la misma forma, mágicamente, el egipcio se transforma. Los pueblos de los oasis tienen la mansedumbre del agua quieta. No son caóticos ni insistentes. De maneras pausadas, expresión franca, denotan paciencia en su quehacer.

En el oasis de Bahariya nos alojamos en casa de un beduino. Ser huésped en un lugar así es un privilegio al que, si uno no está acostumbrado a ser consentido, puede sucederle que se malcríe en un exceso de mimos y atenciones o se sienta atribulado y casi molesto por lo mismo. Conversamos amenamente con nuestro anfitrión que, con la parsimonia característica, nos volvía a llenar nuestros pocillos transparentes de un té dulce y delicioso. Casi al caer de la tarde nos invitó a dar una vuelta. Nos llevó a una laguna de sal de aguas rosadas y lilas. Nos llevó a unas corrientes de aguas termales. Entre los vahos de vapor se acicalaban con la brisa las ramas de palmas. Algunos burreros cargados saludaron a nuestro anfitrión con ceremonia. Después fuimos a un sembradío de dátiles y el beduino nos bajó una ristra cargada de frutos maduros.

-Toda esta es mi tierra. Estos son mis animales y estas mis palmeras -dijo dirigiéndose a Farid y Martín.

-Ofrezco todo esto a su madre si se queda aquí conmigo, y una felicidad para ella aún desconocida. Cómo podría negarse sin saber cuánta felicidad yo puedo darle.

Mucho mimo, mucho consentimiento, y mucha atribulación.

Cómo responder con un “no” rotundo a una proposición tan cabal y terminante y que sonaba indeclinable.

Prometimos que volveríamos en tres meses. Nunca cumplimos la promesa.

A la mañana siguiente nuestro camino se esfumó en los espejismos del desierto. Nos alejamos hasta los confines de las fronteras egipcias por el desierto libio. Fuimos al llamado desierto negro, cuyas arenas no son negras sino violetas y amarillas, caoba y anaranjadas, y arenas azules. Trepamos y desandamos dunas todo el día y en la tarde llegamos a la luna. Y si no era la luna, es que la luna debe ser así. El desierto blanco con extrañas formaciones de cráteres en la superficie, formas inusitadas que se arman sobre la arenisca como si nacieran y crecieran de improviso de la faz de la tierra. O de la faz de la luna. Es tan inmaculada la vista hacia todo punto cardinal, que uno gira y da vueltas y vueltas y no ve más que ese océano uniforme de blancura con estalagmitas de espuma sólida. Continúa la magia. Las apariciones. Lo imprevisto. Un tirabuzón de roca blanca que surge de la tierra y se enarbola alrededor de una flor de yeso. Un hongo gigante. Un baobab de piedra.

Cuando empezamos a perdernos en la noche, buscamos en la penumbra el regreso al campamento. Un fogón que preparaba Ahmed, nos daba señales de humo y luz. El campamento no era más que una pared de tela colorida que nos repararía del viento. Té caliente y cuando el día se interrumpió las sentimos caer en nuestras pupilas. Un millón de estrellas. Quedamos prisioneros adentro de una cúpula de candelitas titilantes. ¡Eran tantas! Nunca habíamos visto tantas estrellas. Nunca volví a verlas. No así. Estaban por todas partes. Arriba, en lo alto, pero también al lado, al ras de la tierra. Al ras de la luna. Nos acostamos en silencio sobre una alfombra y en silencio y para no espantarlas, no cerramos los ojos, no pestañeamos. La alfombra voló. Estábamos literalmente en el cielo.

Y el que diga que las alfombras voladoras no existen, que vaya al desierto blanco.

Visitamos otros oasis en este desierto enorme. Pueblos que hace miles de años se mantienen en pie, vivos pero como si fueran páginas ilustradas de un libro de leyendas. Fuimos a Farafra y Al Qasr donde a través de los pasillos desordenados de la ciudad nos metimos en el hilo de la historia. Nos mezclamos con los hombres y las mujeres de túnicas con capucha. Al Qasr se sostiene encaramada en un acantilado como si el tiempo se hubiera paralizado en la edad media. Los habitantes de la ciudad no han muerto desde entonces. Son los mismos. Repitiendo su rutina de hacer ladrillos a mano o moler las aceitunas en la piedra igual que hace mil años. El olor y la sedosidad del aceite entre las esterillas. O entre las páginas. Cada noche el libro de leyendas se cierra. Cada mañana se abre y la historia vuelve a empezar el mismo día que ayer. Así durante mil años.

Luxor

Viajar por Egipto es irse y volver al mundo presente. Alejarse y aproximarse al hoy para volver vertiginosamente atrás. En ese ambular del ayer al hoy y viceversa, viramos de los oasis y el desierto hacia Luxor. El viaje por una ruta recta y plana cuyos bordes paralelos apenas se distinguen de la uniformidad del desierto, fue un viaje largo y monótono. Nada interrumpía el ulular del motor viejo del auto ni las eternas suras del Corán en un caset que daba vueltas automáticamente. Pasamos por Al Dakhla, el más populoso de los oasis. De ahí a la ciudad de Luxor, algunos recreos de civilización y ruido contemporáneo nos devolvieron a la realidad. Pero el ir y venir no tiene remedio y tras caminar algunas calles modernas y vistosas donde carromatos exigen al viajero un paseo por algunas libras, nos sumergimos a salvo en el templo de Luxor.

Las columnas erguidas y firmes tal como si de verdad hubiera dinastías divinas apuntalándolas desde el más allá. La noche fue circunstancial y la divinidad visible. Luxor era dorado. Nos reencontramos con los jeroglíficos. Bajorrelieves o sobrerrelieves interminables, tallados por infinitas manos, uno junto al otro como si no hubiera secretos ni apuro. Y sin apuro fuimos desglosando testimonios. Habíamos estudiado una serie de jeroglíficos y uno tras otro tradujimos de los muros de Luxor, de la mano de su autor, el relato de la batalla de Qadesh. Tal y como ayer, ayer hace más de tres mil años, lo grabaron ellos con barrenas y abrasivos. Amenhotep III era nuestro guía en los interiores, descubríamos a Hatshepsut y a Tutmosis III en las columnas papiriformes, mientras Ramsés II, enorme y solemne, custodiaba Tebas desde su trono en las puertas del templo. Sólo quedaban los guardias y nosotros. Era medianoche. El templo de Luxor era un sol encendido en el corazón de la ciudad. Salimos, deslumbrados todavía, descifrando entre los dedos algunas incógnitas acerca de Akenatón y Tutankamón. Caminamos tranquilamente por la avenida de las esfinges como si no hubiera noche necesaria para el descanso, como si sólo hubiera la historia y nuestros pasos por ella.

Los miembros de las estatuas emergían por partes del entierro donde fueron sepultadas por los avatares de la civilización. Más de mil trescientas esfinges dan marco a los tres kilómetros que separan y unen Luxor y Karnak. Amanecimos caminando ese trayecto. Sorprendidos de ver una casa moderna y sencilla en cuyo frente el lomo de una esfinge fungía de banco para sentarse, nos volvimos a sorprender al descubrir un muslo boyando en una zanja y, metros más adelante, el cuerno de otra al borde de una cañería.

Era el año 2008, no era común que los viajeros hicieran este recorrido a pie como los antiguos moradores de Tebas quienes si bien no tenían permitido el ingreso al recinto sagrado, podían caminar por esta avenida hasta la presencia de Amenhotep esculpida en la entrada del templo. Igual que los tebanos, llegamos desde Luxor a Karnak a pie. Porque así es nuestra forma de andar el mundo. Andarlo por su esencia. Andarlo a flor de piel. Por lo más parecido a sí mismo. Por lo auténtico.

Ante Amenhotep hicimos nuestra petición para Amón Ra y el dios cumplió. La avenida de las esfinges fue recuperada y restaurada. Son más de mil trescientos cuerpos en dos líneas paralelas. Una junto a otra. Una frente a otra. Centinelas perpetuas del acontecer entre Luxor y Karnak.

Karnak

Karnak es tan sólido y monumental que excede y se diferencia por su voluminosidad de cualquier otro monumento antiguo. Porque la colina sobre la que brota emergió del océano primordial, las líneas de sus muros altísimos no son rectas. Son ondas como las olas del mar. Las puertas de Karnak fueron labradas en oro con incrustaciones de lapislázuli y pavimentadas en plata. Los obeliscos de Tutmosis y Hatshepsut son rayos petrificados. Verlos hacia arriba nos eleva. Subimos. Vamos por rampas y escaleras siguiendo la sinuosidad vertical de la colina primigenia. Las estrellas de los techos se acercan a nuestras cabezas. Cada vez más cerca del cielo y más lejos de la tierra.

El Valle de los Reyes y las Reinas

En la otra orilla del Nilo, la orilla occidental de Luxor, un acantilado se difumina tras la bruma. Es detrás de esa pared de roca casi fantasmagórica donde los egipcios encontraron el punto de armonía entre la tierra y el cielo. El Valle de los Reyes. Fue socavado por lluvias tormentosas y torrentes y esa concavidad entre la arena y las colinas devoró lo humano para convertirlo en divino. Fuimos en bicicleta a recorrerlo. Cruzamos el Nilo en una barca, avanzamos pedaleando entre campos cultivados y serpenteamos en el desierto. Ra se manifiesta en todo su esplendor. Raja la piedra. Hay polvo y calor. Han pasado muchos siglos. Las sepulturas han sido violadas y desvalijadas. Los tesoros robados. Sin embargo el ultraje no ha logrado corromper una especie de silencio sagrado en la morada eterna. Un silencio solemne. Tampoco ha arrancado a los Anubis que desde las puertas guían a las almas por los caminos de otros mundos. En este valle merodean los faraones. Todos los Ramsés, Hatshepsut, Amenhotep, Tutmosis, Tutankamón. Rondan por ahí. Buscando subirse a la nave de Ra que cada noche navega el inframundo. Son un ayudamemoria de inmortalidad.

Cerca está el Valle de las Reinas. Una garganta en la roca por la que fluye una cascada de agua celestial que transforma la muerte en eternidad. La matriz de Hator, la diosa, útero de vaca cósmica que resucita a los justos. Y más acá, guardaespaldas de la espiritualidad, carceleros de las almas en pena, vigilantes de cualquier devenir, se yerguen los colosos de Memnón, interrumpiendo el silencio con su voz de lira, cada amanecer.