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Yo quiero ver indios pero de verdad

-Yo quiero ver indios pero de verdad.

Lo dijo de un tirón. Un estallido de su pecho y su voz aguda se desparramó en el aire. Un silbido. Un torrente de sueños hecho palabras hecha silbido: yo quiero ver indios pero de verdad. En ese entonces, año 1994, no se discutía si había que llamarlos indios, indígenas, comunidades autóctonas, pueblos originarios, sin embargo, más allá de la discusión y el correcto denominador, cualquiera podía entender qué significaba indio en la imaginación de un nene de cuatro años. Habíamos vivido con los mapuches, la gente de la tierra, una comunidad autóctona, un pueblo originario que alguna vez fue llamado indio. Martín se gestó entre ellos con carne de capón, y Farid, con menos de dos años, se sentaba en el primer banco de la escuela junto a Lilen Cheuquehuala. Pero esos, para nosotros, nunca fueron “los indios”. Los indios que Martín quería ver eran aquellos de los que el abuelo le contaba historias terribles de lucha. Esos que cazaban con arcos y flechas y que usaban más plumas que ropa. Esos eran para él, los indios de verdad. Tenía tal fascinación por esos seres salvajes y misteriosos que para el cumpleaños me pidió que hiciera invitaciones con indios.Yo quiero un indio que vaya en una balsa que lleve en una mano una lanza y en la punta de la lanza lleve la tarjetita. Con esa voz que salía chiflando de entre las lianas de su corazón aventurero, el silbido de una flecha cortando el viento. Hicimos las balsas con palitos de los árboles de la calle ancha. Balsas de mentira pero como de verdad. Amarradas con hilos, con nudos de verdad. Hicimos indios de alambre forrada con colita de rata y cabezas de tergopol. Lanzas de mentira pero como de verdad, con palo y punta de piedra filosa. Las tarjetitas de invitación resultaron ser unas artesanías bastante lindas que algunos conservan en sus repisas veinte años después. Eran tridimensionales, pequeñas maquetas. Para la fiesta, todos íbamos a usar vinchas como las de esos indios con los que él soñaba. Él, una vincha de cacique. Las hicimos con plumas de todas las aves del barrio.

Yo me había rapado hacía poco y tuve que recurrir a los artilugios y postizos de la peluquería My look para que me inventaran una trenza larga con un moño azul. Así lo quería él, y yo estaba dispuesta a cumplir todos sus deseos, incluso ese que parecía imposible, ver indios pero de verdad.

Empezamos las averiguaciones con libros y mapas. No existía internet. Todo había que buscarlo de otra manera, en diarios y en revistas, en la librería o en la Biblioteca Popular. Martín había cumplido cuatro años y Farid, el hermano mayor, tenía seis. Hablábamos de los Xingu y los Yanomami como quien habla de los vecinos. Estas tribus eran las más conocidas, de ellos habíamos encontrado y leído varias novelas, historias de antropólogos, anécdotas de viajeros e investigaciones. Sin embargo, esos textos nos dejaban en ascuas. Siempre parecían -o eran- inconclusos. Llegaban hasta donde la geografía o el cuerpo del autor lo habían permitido, pero habría tanto más, tantas tribus más por Ecuador, Brasil, Perú, Colombia. La Amazonia es enorme y por suerte, a pesar de la devastación, sigue siendo impenetrable. La inmensidad de la selva es tan difícil de imaginar como de recorrer. No todo está explorado ni descubierto. De vez en cuando aparece un indio de verdad perdido, un ejemplar nuevo de otro grupo del que no se tenía ni noción. Comunidades en la profundidad recóndita de la jungla, muy por debajo de la espesa mata de árboles y enredaderas; donde nadie llega, ni siquiera el captador de imágenes satelitales de google earth. Viven realmente en otro mundo.

Nosotros teníamos que elegir un lugar al que pudiéramos llegar y de donde pudiéramos salir sanos y salvos, aunque siempre nos ha tentado aquello que por desconocido parece inexistente, las ciudades míticas, las selvas impenetrables. Esos lugares de los que, quienes se atrevieron, no regresaron. No sé si esto es un instinto humano o es un mal ancestral o de familia. De momento, en 1994, nos conformaríamos con visitar una comunidad de indios de verdad ya descubiertos. Ir por algún camino conocido, por medios accesibles para una madre todavía joven, con dos hijos de cuatro y seis años. Pero cómo llegar. En los mapas las rutas se cortaban en ninguna parte, terminaban a la deriva en el medio de una mancha verde donde no había ni un puntito ínfimo que señalara la existencia de un caserío. Habría que trasladarse por los ríos, en botes. La mismísima ciudad de Iquitos, metrópoli importante en el norte de Perú, se inscribía inmersa en medio de la jungla. Por ahí es donde se confabulan las vertientes andinas y nace el emperador de todos los ríos del planeta, el Amazonas, la cintura cadenciosa del globo terráqueo. Pero hasta ahí, ciudad de trescientos mil habitantes que según leímos crecen de a cien mil por década, no llegaba, en ese momento, ninguna ruta terrestre. Iquitos se une a otras ciudades de la Tierra por sus tentáculos de agua. Catorce horas de barco para ir a Nauta donde el Marañón y el Ucayali dan a luz a un hijo demasiado grande, Amazonas; esta distancia, en la actualidad, se puede hacer por una carretera de cien kilómetros en menos de dos horas, pero si uno quiere seguir hasta Pucallpa, quinientos kilómetros más al sur, el barco tomará una semana más y hasta ahí, no hubo ni hay carreteras.

La mesa larga del comedor, interrumpida a menudo y sin opción a desalojo por rompecabezas de dos mil piezas o huesos de gliptodonte extraídos de la Tosquera, era ahora un muestrario de recortes periodísticos, suplementos de viajes, guías en francés y en inglés, y papeles con anotaciones. Si había que comer, poníamos el plato en la falda y seguíamos señalando y discutiendo adónde ir y por dónde llegar. Farid con sus flamantes seis años, hacía anotaciones en las hojas que sobraban a un cuaderno terminado. Anotaba lugares, nombres, referencias, sacaba cuentas, calculaba kilómetros, cuántos días en barco. Martín, con los codos en el borde de una anaconda demasiado gruesa y las rodillas en el aire de un banquito, abarcaba al mundo dispuesto para él sobre la mesa. El viaje, ya había comenzado. Siempre es así. Esa idea que empieza a dibujarse desde el curso turbio de una fantasía va cobrando fuerza y se convierte en un río, real y navegable, por el que ya estamos yendo sin haber pisado aún sus orillas. Todo es posible. Ahorrar, ahorrábamos. Nunca compramos inutilidades ni cosas que no nos hicieran falta, nunca tuvimos demás, para qué. Y si no había, de alguna manera nos la rebuscábamos. Esta vez, el fin último era llegar a los indios. El lápiz itinerante iba crispando los puntos sobre el mapa y buscando los tentáculos que, tras caprichosos rodeos,  unieran esos puntos. A Iquitos podíamos llegar en un avión pequeño. De Buenos Aires a Lima en un Lloyd Boliviano, el más barato que existió nunca jamás, con escalas eternas de diez horas en el aeropuerto de Viru Viru, un aeropuerto con cinco filas de butacas, una boutique, y dos quioscos de revistas. Pero con un dispenser de agua, así que, canilla libre para el mate. Los chicos se acomodaban con un tetris manual a pila de esos que vendían afuera de Retiro. Desde Lima, la avioneta hasta Iquitos.

Tuvimos que hacer los pasaportes. Hasta entonces sólo habíamos andado por Argentina y países limítrofes. Para hacer el pasaporte había que viajar a Buenos Aires y perder todo el día en la Policía Federal haciendo el trámite. Como eran menores, con los dos padres. Al cabo de unos meses había que volver a Buenos Aires, perder otro día para ir a buscar los documentos. Mis amigos, mis compañeros de trabajo, y algunos familiares, cuando les decía que me iba al Amazonas con los chicos, largaban el poco original calificativo “loca”, tan repetido, que terminó siendo un apodo, “la loca”. Otros comentaban, me estás cargando. Otros decían no vas a poder, no se puede, no te da miedo, y si les pasa algo. El Figa, el papá, siempre nos apoyó y confió en mí. Sabía que yo cuidaría a los chicos por sobre todas las cosas. Fue con nosotros a sacar los pasaportes y para que el día fuera más provechoso y no perdido, cuando terminamos con las fotocopias, llenar planillas, y firmar, nos fuimos a Sanidad de Fronteras a vacunarnos contra la fiebre amarilla. Esta es una de las vacunas exigidas para entrar en la Amazonia. Todos los países con áreas tropicales son endémicos, entre ellos, Argentina; la vacuna es necesaria para no contagiar a las comunidades sanas de jungla adentro, vulnerables a las pestes de la civilización. Trasladar un virus con nosotros puede ser fatal. En Sanidad de Fronteras había poca gente, salimos rápido con nuestra libretita de cartón: vacunados. Diez años de vigencia parecían la primera y última vez. Quién iba a decir que años después, íbamos a necesitar una nueva dosis para nuevas travesías. En ese momento, parecía algo único. Nuestro único viaje; sin embargo así fue como empezó un periplo que duró más de veinte años. Pasaportes, vacunas, y autorización de viaje ante escribano público. No tomaríamos recaudos contra la malaria. Habíamos leído que la quinina provoca malestares estomacales. No hay vacuna contra la malaria, sólo eso, quinina. Pero tendríamos que viajar largas jornadas en barco, en bote, los nenes chicos, y tantas horas de vaivén según la corriente con dolor de estómago resultaría en sufrimiento y nada de disfrute. Usaríamos repelente y mosquitero y comeríamos mucho ajo y suplemento de vitamina B. La fortaleza que da el complejo de vitamina B ayuda a no contraer la malaria o a que el organismo esté más preparado para su defensa. Ya teníamos los pasajes. Comprados puerta a puerta, nada de online en aquel entonces. Llegaríamos a Iquitos y buscaríamos un hotel. Desde las cercanías del malecón indagaríamos en las agencias de viaje que ofrecen tours organizados, pero no iríamos con ellos. La idea era encontrar en esas agencias a algún intermediario de otro intermediario huitoto, yagua, mayoruma, o lo que fuera, que hablara castellano, para que nos ayudara a llegar a la incivilización. Lo tendríamos que organizar allá, directamente, no había forma de arreglarlo antes, ¿o sí? Cuando faltaban dos días para salir, nos enteramos de que en San Pedro, donde estábamos nosotros, vivía una familia de Iquitos. Eso sí que era un milagro. Allá fuimos con nuestro jeep, cerca del Club Paraná por esas calles que eran de tierra por allá atrás. Gastón era de Iquitos, era super buena onda y estaba muy feliz de recibirnos y de que visitáramos su tierra. Llamó por teléfono a su mamá, Meche, y le anunció que unos amigos de Argentina viajaban a Iquitos. “Amigos”, y apenas hacía cinco minutos que nos habíamos presentado en su casa. Nos tomamos el avión, jugamos al tetris en Viru Viru, Bolivia, y bajamos varios termos de mate. La avioneta a Iquitos salió de Lima un par de horas atrasada. Llegó de alguna parte, quizás del mismo Iquitos y aterrizó ahí, delante de las ventanas, como si aterrizara en el patio.

Salimos a la pista, a pie, y por una escalerita, subimos a la avioneta. Era una lata, un avión de calesita, volaría con un soplido. En menos de dos horas, llegamos. Bajamos por la escalerita a la pista de aterrizaje que parecía una cancha de básquet, un descampado de cemento con poca luz. El clima fue aplastante. El contraste entre el oxígeno artificial de la presurización, híbrido y seco, con la humedad sofocada en el espacio como si las partículas estuvieran atascadas. No había aire, sólo un manto pesado de humedad. Olía a savia, como cuando se podan los árboles y se quiebran las ramas, ese olor a verdor resquebrajado era la transpiración de la selva. Había pensado tomar un motocar hasta la casa de los papás de Gastón, pero cuál no sería nuestra sorpresa al cruzar la cinta de la zona de arribos y ver que nos estaban filmando. Nos estaban esperando en el aeropuerto, no sólo como a amigos sino como si fuéramos de la familia, toda una comitiva de recibimiento, hasta un vecino con la cámara de filmar. Como si fuéramos importantes. Fue muy gracioso. Nosotros tres, la mochila, Farid y Martín con esas camisitas blancas de las ocasiones especiales y el polvo del viaje en las pecheras y las rodillas. La familia de Gastón fue en dos autos por si llevábamos mucho equipaje. Dieron una vuelta por el malecón para pasearnos y doblaron en la calle Putumayo que era la de la dirección que yo llevaba anotada. Alejándonos del centro, por Putumayo, descubríamos una ciudad diferente a todo lo conocido. Además de esa humedad y calor -era de noche ya, pero las partículas ni se mosqueaban- la luz de la calle era distinta, era tenue, filtrada quizás por la densidad del ambiente o por la falta de luminarias. A esa altura de la Putumayo ya no había alumbrado público. En las veredas había quioscos, mesas livianas iluminadas con una velita pegada entre chicles, caramelos, cigarrillos. Los cigarrillos se vendían por unidad, comprar un atado era impensable, un lujo cuya pretensión no existía. El quiosco de nuestra esquina lo atendía una viejita doblada en dos.

Habían preparado una casita para nosotros. Una casita a la vuelta de la ellos. La casa de ellos daba a una esquina, una ochava. Sobre un lado estaba la Avenida Putumayo, en la otra punta del centro. Sobre la calle que cortaba Putumayo, la 16, estaba nuestra casita. Ahí habían puesto todo lo mejor que tenían: su equipo de música con una pila de cassettes de Eva Ayllon, un televisor chiquito, una cama grande muy grande y muy cómoda donde entrábamos perfectamente los tres. Tenía un baño, todo impecable. Una cómoda con tres cajones, un ventilador, y una ventana que daba a la calle. Más tarde, cuando prendimos la tele, la ventana se llenó de chicos que se asomaban a mirar. Algunos se sentaban en el alféizar, otros se paraban en el vano de la puerta, otros se apoyaban en el marco o donde podían. Las puertas estaban siempre abiertas. Desde esa noche hasta la última que estuvimos en Iquitos, siempre sacamos las reposeras a la vereda a esperar un soplo de frescor, pero el único y real frescor al que podíamos aspirar era en la moto de Jaime. Si Jaime nos llevaba a dar una vuelta en la moto, eso sí que era vida. Jaime es el hermano de Gastón, más grande. Él vivía en Iquitos con los padres, Meche y Olsen. También estaba Patty, la hermana, y todos los primos y tíos y vecinos. Una cerveza Pilsen fresca y los chicos correteando y jugando con Jimmy y toda la banda del barrio. Yo invitaba cuanto podía, ellos me daban tanto, y yo tan poco.

Nuestra primera experiencia cercana con monos, muchos monos y muy cercanos, la tuvimos cuando fuimos a visitar la laguna de Quistococha. Esta laguna está a unos veinte minutos de Iquitos. Fuimos en un auto grande, un Farlaine azul, una nave con ruedas que amortiguaba con destreza el peso de once tripulantes apiñados. Toda la familia, algunos de los del barrio, nosotros tres y varios chicos a upa. Armamos un picnic con ollas de comida que iban estibadas en los bordes del baúl. Había arroz con pollo, yuca, zanahorias, y plátanos guineos empanizados. Los habitantes naturales del lugar eran de nuestro tamaño y todos peludos.

Alucinante para los chicos que nunca habían estado ante tanto mono suelto, tan amigables, eran como algunos más de nosotros, aunque más inquietos que todos nosotros juntos. Un mono salió de no sé dónde y me arrebató la bolsa de la fruta, se cayeron las ciruelas y eso hizo aparecer a cinco monos más que saltaban alrededor mío abarajando ciruelas. Se armó el griterío, el de los monos, y el nuestro tratando de rescatar algunas frutas. Nadamos en la laguna y salimos a caminar por la selva con una de las primas y todos los nenes, Jaime nos guió. Se cuenta que por ahí, entre las raíces plegadas y anchas de las ceibas, vive el Chullachaqui. El Chullachaqui es un duende de la selva, chulla significa alrevés, y chaquisignifica pie. Se llama así porque tiene un pie parecido al de los humanos y, en el otro, un muñón o una pezuña. El Chullachaqui no es un duende malo, pero se siente solo y como puede adquirir la fisonomía de cualquier persona, se transforma en alguien conocido para engañar a la gente que sale a caminar por la selva y los hace perder. Perdidos en la selva, sin retorno, se quedan con él a hacerle compañía para jugar. El Chullachaqui quiere jugar. Nosotros nos perdimos, por eso supimos que Jaime, no era Jaime. Jugamos un rato con ese que decía ser Jaime. Hicimos jugo de caña con un exprimidor hecho de palo rosa que estaba por ahí en un claro, un palo clavado en la tierra, con una prensa en la punta para machacar la caña.

Tomamos el jugo dulce que chorreaba de la caña y, antes de que oscureciera, encontramos el camino de vuelta al picnic donde el verdadero Jaime nos estaba esperando.

En Iquitos, Jaime nos llevaba en su moto de aquí para allá, nos estaba ayudando a averiguar a qué reserva podíamos ir, cómo, y con quién. No nos interesaban los paseos en cruceros turísticos ni la gente disfrazada de indios, nosotros queríamos indios pero de verdad. Volaba la moto y un poco de aire por la calle Pebaz que es por donde estaban las agencias y las oficinas, ida y vuelta hasta el final de la Putumayo esquivando motocars y resistiendo bocinazos. El ruido en Iquitos traspasa el aire, taladra los oídos y la paciencia. El ruido del tráfico es apabullante. Necesitábamos también una autorización especial de una oficina llamada SERNANP que es el Servicio Nacional de Áreas Protegidas, un permiso para entrar en la selva adonde solamente los nativos pueden y, además, ir con un nativo bilingüe que nos guiara y nos hiciera de traductor. Jaime conocía a un amigo de un amigo que conocía a otro amigo. Fuimos a verlo varias veces pero no andaba en la civilización. Vivía en uno de los puertos bajando el Amazonas donde se había asentado su familia. Posiblemente estaría en Iquitos el fin de semana de carnaval. Allá no tenían teléfono, y los celulares no existían. Seguimos buscando otro por las dudas e hicimos los demás papeles. Con el carnaval llegó Alcides, amigo del amigo que tenía un amigo. Lo encontramos en un conventillo, una vecindad. Compartía un cuarto en el fondo de un zaguán largo y cruzando un patio con galerías y aljibe. Hablaba castellano con pocas palabras. Su familia era de la reserva yagua que está por encima del río Napo aunque, desde que él nació, vivían en Sinchay donde tenían un quincho para turistas. El río Napo confluye hacia el Amazonas desde el norte, así como desde el sur, le dan vida el Marañón y el Ucayali. El Napo está al norte de Iquitos. Navegando por el Amazonas hasta el Napo, y tomando por el río Sinchicuy o por el Yanayacu, podíamos llegar en bote hasta la reserva. Él nos esperaría en Sinchay y nos llevaría. Esta reserva es inaccesible para el turismo convencional. Está en la nebulosa verde que separa las fronteras dudosas de Perú y Colombia y a principios de siglo había sufrido una epidemia de sarampión gracias a los ejércitos que lidiaban por esos límites. El sarampión mató a un tercio de los yaguas. Era muy importante estar sanos y no podríamos entrar si el gobierno del departamento de Loreto no nos daba el visto bueno y nos hacía las credenciales. Era la primera vez que alguien, sin ser explorador, antropólogo, o profesional con investidura, podría entrar a la reserva, y con dos niños, eso sonaba al colmo o a la locura. Acaso no tienen niños, les pregunté. Sí, me contestaron, muchísimos, son como los conejos. Inspiramos confianza, quizás nadie lo había hecho antes porque a nadie se le había ocurrido o lo había intentado. Nos dieron las credenciales, una especie de visa de dos semanas al cabo de las cuales debíamos presentarnos de vuelta en esa oficina. -«Si no los hacen sancocho», bromeó uno de los funcionarios. Los yaguas son carnívoros pero nosotros también, y como habíamos leído mucho, sabíamos que no comen a otros animales que se alimenten de carne o carroña. Al menos, en teoría. Yo ya empezaba a sospechar de todo, me preguntaba cuán cierto podía ser lo que habíamos leído en los libros o recortes acerca de un lugar donde nadie iba. Qué sabían los que escribieron, cómo lo sabían.

El mercado principal de Iquitos está por el este, en la ciudad flotante de Belén sobre el río Itaya.

En Belén algunas casas son palafitos, casas con patas, pero otras, la mayoría, están sobre balsas sobre las que se levantan paredes de tablas con techos de paja. Esos hogares suben y bajan con el río, como si estuvieran sobre el vientre de la tierra que respira. Ancladas alrededor del ombligo de la tierra están las casitas de Belén. Sobre las veredas, que son en este caso los bordes de las balsas, las nenas lavan la ropa con el agua del río en las palanganas de plástico. Las madres airean un fogón para cocinar en una olla con el agua del río. Los padres están pescando.

Vamos con Meche en una piragua angosta. Sentados en fila india. Un remero nos lleva. Es un taxi en Belén, la Venecia del Latinoamérica. Al cielo le pesan los cúmulos limbos, siempre, el sopor calor y humedad son constantes. Sacamos fotos de papel, de rollo, de las que hay que llevar a revelar. La nena que lava, la madre que abanica el fogón, el papá que pesca, y un perro cagando. La vida pasa sobre las balsas sobre el río, beben y comen del río, se bañan y lavan en el río, hacen sus necesidades en el río. El río es la tierra en esta parte del mundo. A pesar del aura mágica y romántica que puede inspirar el relato, Belén es un pueblo triste y pobre. Muy pobre. Sesenta mil personas viven sobre el río Itaya con la contaminación, el dengue, la malaria, la tuberculosis, la lepra. En Belén no hay electricidad, no hay cloacas, y desde hace pocos años hay un servicio deficiente de recolección de basura. Todo va a parar al río. En Belén está el mercado repartido entre palafitos, balsas, y piraguas ambulantes. Se vende de todo, todo mezclado, plátanos de distintas clases y tamaños, baldes, velas. Nosotros compramos ahí las hamacas paraguayas para el viaje. El viaje en el barco dura varios días en los que debemos dormir en hamacas. Para ir hasta la reserva y después a Leticia, Tabatinga, o hasta Manaos, a una semana de barco desde Iquitos. Bajar por el cuerpo del emperador de los ríos, del monstruo, por la cintura cadenciosa del globo terráqueo. El barco saldría en dos días a no ser que nos atreviéramos a retar una vez más al destino. Al día siguiente era martes 13. Mañana no se debe salir, nos aconsejó Meche, es martes 13, martes no te cases no te embarques ni te tu casa te apartes. -Entonces, nos vamos mañana, decidí. Todos miraron anonadados. Martes 13, probaríamos que la yeta no existe. Compramos lo pasajes. Preparamos una mochila muy liviana. Nos habían autorizado a llevar sólo una muda de ropa, ningún jabón, ni perfume, nada de plástico, nada que pudiera ser basura inorgánica. Si íbamos a convivir con los yaguas, viviríamos como ellos. Hicimos nuestro atadito con las hamacas compradas en Belén y al día siguiente nos fuimos al Puerto Masusa a tomar el barco. Salía a las tres de la tarde. Toda la comitiva familiar fue con nosotros. Preparamos servilletas de papel blanco para despedirnos desde rada y desde cubierta. El barco que nos tocó se llamaba Otita. Jaime subió a ayudarnos a colgar las hamacas, a elegir un buen lugar.

Llevábamos frutas y algo de comida envasada para la travesía. Sería un viaje largo. Una vez arriba del barco había que seguir la corriente, podríamos bajar en los puertos en los que parara por algunos minutos a dejar carga o cargar, y a dejar o levantar pasajeros. Nos acomodamos en el segundo piso. Eran dos. En el de abajo iba gente y muchas bolsas. Bolsas de arroz, troncos de árboles, y más bolsas y cajas con mercadería. Los pasajeros esperaban mansamente sentados en los bordes del barco. Meche, Jaime, Olsen, y demás amigos y parientes de la comitiva barrial de la calle Putumayo, oteaban cerca de los muelles con las servilletas blancas listas para flamear. Eran las cuatro, el barco debía salir a las tres y nosotros habíamos llegado a las dos para elegir un buen lugar. El motor no estaba encendido así que bajamos a acompañar a quienes nos acompañaban. Tomamos un granizado, hielo picado con licor dulce de colorante y saborizantes. A las cinco el Otita encendió los motores. Nos abrazamos y despedimos otra vez entre bendiciones y consejos. Meche preocupada todavía por el martes 13. Subimos y sacamos los pañuelos servilletas de papel que ya habían servido para limpiarnos el colorante del granizado y secarnos la transpiración. Saludamos y nos quedamos acodados en la baranda de la cubierta con la servilleta de papel en la mano hasta las seis. El barco no arrancaba. Parecía que sí, pero no. A las siete fui a averiguar qué pasaba. Se había roto la bomba de aceite y el Otita no iba a zarpar ese día. El martes 13 nos cagó. No nos embarcamos. La mayoría de la gente se quedaba ahí a pasar la noche. Nosotros decidimos desatar las hamacas, volver a armar el atadito y partir con toda la comitiva familiar al final de la calle Putumayo. Fue una frustración muy festejada. Tomamos Pilsen y tomamos la fresca en la vereda de la esquina mientras el carnaval cargaba la húmisha de regalos. La húmisha se hace en las palmeras donde los chicos se trepan como los monos a colgar regalos de carnaval. Los regalos son baldes, palanganas, artículos de limpieza, cacerolas, chancletas, cualquier cosa. Cuando termina el carnaval se hace como con una piñata, se le da firme con un palo y el que lo baja, gana y se lleva el premio. Al día siguiente, después de la húmisha y la yeta nos embarcamos en el Aquiles que salió con normalidad, con dos horas de retraso.

El Aquiles era un barco más pequeño que el Otita. Colgamos las hamacas en la punta de proa. El motor era una catramina, muy ruidoso, pero el servicio fue cordial. Si bien nosotros llevábamos algunas provisiones, nos dieron de comer de todo. En los desayunos, café con leche con galletitas, en las comidas, arroz con pollo y yuca.

El cocinero, un hombre sencillo, sin uniforme, uno más entre los viajeros, nos convidó con mangos. Nunca voy a olvidar a ese señor, delgado, pequeño, de unos cincuenta años aunque es difícil adivinarle la edad a estas personas que conviven con la intemperie. -Cómase un manguito, decía, y nos daba un manguito maduro. Nuestro guía nos esperaba al día siguiente en la comunidad en la que vivía su familia. Allí nos bajaríamos para emprender la primera etapa del viaje, la más ansiada y la que nos había llevado hasta ahí. Después, tuvimos tiempo, y seguimos un poco más con intenciones de llegar hasta Manaos, pero esto de los barcos del Amazonas es imprevisible. Todos los días parecen martes 13.

El Aquiles nos dejó en Sinchay, allí preguntamos, como nos habían indicado, por Alcides, -es mi primo, dijo el primer chico al que le preguntamos. Todos son primos. Nos presentó a su familia. Nos sirvieron de comer. Hablaban en su lengua entre ellos. Hablaban de nosotros, sobre todo de los chicos. Entendí el lenguaje de las miradas y los gestos, un poco de sorpresa, un poco de curiosidad, un poco de preocupación. Yo sonreía. Salimos en una lancha chica que siguió por el Amazonas y como a una o dos horas tomó por el Napo. Anduvimos a motor unas cuantas horas más. No muy rápido. La lancha tenía un techito de palma y había bananas colgadas que podíamos comer. Aminoró la marcha y nos metimos en otro de los ríos que conforman la red neuronal de la Amazonia. Las aguas color tanino, el color de las hojas de varza. Todo es agua. Todo se inunda cuando llueve y en el trópico llueve en serio. El agua que inunda la tierra se lleva consigo las hojas del otoño, las hojas de varza que dan el color tanino que identifica a la cuenca del Amazonas. Paró el motor y el envión nos abrió una brecha entre un islote de nenúfares florecidos, lirios de agua, una belleza paradisíaca. Alcides me hizo señas de que me sentara cerca de él para remar. El bote se metió en un riacho angosto y oscuro. Las ramas de los árboles se inclinaban desde las orillas, el movimiento de las hojas y el movimiento del agua daban la impresión de que el río estaba vivo. El sonido de los remos y la caricia del bote sobre la superficie conversaban con el silencio. Un diálogo sobrecogedor. Miré a los chicos. No pestañeaban. Poseídos por un mundo maravilloso, una historia de aventuras sacada de un libro o de la imaginación del abuelo, un sueño hecho realidad. Al principio pensé que era una alucinación auditiva pero los golpes retumbaban más fuertes a cada remada. Eran tambores. Un ritmo de tres golpes que convocaba. Los yaguas nos estaban dando la bienvenida. Volví a mirar a los chicos y me emocionó sentir su expectativa. Estaban entregados, muy lejos de mí en ese instante. Vivían intensamente el aluvión de sensaciones que nos envolvían. Yo, de la emoción, casi no podía sonreír. La hilera de yaguas en el borde del río era solemne. Golpeaban el mazo con seriedad, repitiendo incesantes tres golpes. Alcides no decía una palabra. Me hablaba con señas y gestos. Me indicó que nos dirigíamos a esa orilla. La canoa encalló suavemente en el lecho arenoso. Quien sería el cacique o curaca, levantó el mazo y gritó samariá y otras palabras y samariá. Y todos dejaron de golpear y se acercaron hacia nosotros hablando mucho entre ellos y tocándonos mientras bajábamos. Tenían marcas rojas pintadas en la piel. Los hombres con faldas, champas, de aguay, una planta de pastos que al secarse permanece flexible y blanda. Las mujeres con un tejido enroscado en la cintura, collares de semillas, adornos de plumas y aguay. Tocaban a los chicos, me tocaban el pelo, me abrían los ojos con los dedos y se reían de algo que había en mis ojos. Agarraban a Farid de los hombros y a Martín de los cachetes, y nos llevaban, empujándonos con el abrazo, todos nos querían llevar. Entramos en una trocha de la selva.

Las plantas parecen alimentadas con siliconas. Las hojas de los potus que cuelgan en nuestras casas, una sola hoja de potus de la selva podríamos usarla de sombrero y darnos sombra o protegernos de la lluvia. Los helechos son tan altos y tan tupidos que uno puede esconderse detrás de un helecho. Los culandrillos crecen en todos los bordes y reverdecen el humus. Las lianas engordan de líquenes y barbas de viejos, y las orquídeas, una incalculable variedad de orquídeas destellando desde rincones precisos con estrambóticas flores lilas o blancas o amarillas. Y cuando el milagro parece insuperable, una pasionaria roja desnuda su carne entre las hojas oscuras de un canelo que intoxica el aire de picor. Un montón de chicos apareció corriendo, riéndose. Casi todos iban desnudos. Nos agarraron de las manos y nos llevaron adentro de una construcción ovalada, la única que había. Era de barro con techo de paja. Todos vivían ahí, en la maloca, la unión de la familia o el clan. Dejaron nuestra mochila en una punta de la choza señalando que por ahí podíamos colgar nuestras hamacas. Todo por señas nos explicaron que para una mujer un hombre. Nos daba risa romper la hegemonía porque nosotros éramos tres, pero ellos indicaron con la mano la altura de los chicos, eran niños, pero me señalaban a mí, mujer, para un hombre. Y señalaban hombres solos, Kuarachi y Lupuna. Me explicaron que el hombre que elige a una mujer tiene que trabajar un año para el suegro, para pagar por la esposa. Yo les expliqué que ellos muy lindos, pero yo no yagua.  Y se reían, sin muchos dientes, pero de verdad tan lindos. Kuarachi y Lupuna colgaron nuestras hamacas. Los chicos nos llevaron afuera a ver a las mascotas, un caimán enorme que se metió en un hueco debajo de una piedra cuando escuchó los pasos. Era tan largo que la punta de la cola le quedaba afuera y los chicos pretendían sacarlo a los tirones. Entre el griterío de palabras incomprensibles, escuchamos un ruido, como si alguien se hubiera tirado un pedo y todos se rieron, al instante algo me cayó en la cabeza. Otra de las mascotas, un guacamayo que vivía en la rama de ese árbol se había cagado en mi cabeza. Es de buena suerte, pero huele bastante mal, así que fuimos a la orilla para lavarme el pelo. Una de las mujeres me enseñó cómo, de una mata que tenía un tubo de inflorescencias rojas, amarillas y naranjas, apretando ese tubo hacia arriba, se exprimía una espuma. La mujer, Ikuaka, se pasó la mano por la cabeza explicándome que eso era shampú. Me limpié el pelo y volvimos a ver las mascotas y el guacamayo se volvió a cagar en la cabeza de Farid. Era un juego, no era señal de buena suerte, siempre lo hacía. Quizás era en confabulación con el caimán, si alguien iba a molestar al caimán, el loro se le cagaba en la cabeza. Martín le gritaba desde abajo “lorito cagón, lorito cagón”, y los chicos yaguas le llamaron así desde entonces “orito kahón”. Nos invitaron a sentarnos en unos bancos largos de tronco y trajeron un cuenco con achiote. El achiote es un fruto parecido a la tuna aunque sus espinas son tiernas y no pinchan; al abrirse tiene un pigmento rojo espeso y penetrante. Es comestible y se usa para las salsas y también para teñirse el cuerpo o las fibras para el vestido. Los nenes se pintaron la cara unos a otros enseñándonos y después nos pintaron a nosotros.

Alcides controlaba con la mirada mientras trabajaba con los mayores. Armaron un fogón en medio de la explanada y pusieron a asar un animal que colgaba entre dos árboles. Cuándo preguntamos con señas de qué animal se trataba, los chicos nos llevaron al lugar donde lo habían cuereado y nos hacían gestos referidos a los pinches. Era un puercoespín, bastante grande. A los pies de un tronco juntaron unas bolitas transparentes con un pecíolo colorado, cocona, dijeron, y se las llevaron a Ikuaka que junto con Pukai y Katupi, preparaban una ensalada de hierbas silvestres. Habían pelado yuca y separado las raíces en un recipiente. Farid y Martín tocaban la flauta y los tambores con los chicos. Los hombres hacían girar al animal estaqueado sobre la hoguera. Las mujeres acercaron la yuca en un recipiente con agua de río. Adentro habían metido hojas y granos. Comimos antes de que oscureciera, con las manos desgajamos la pulpa y pelamos los huesos. El puercoespín fue sabroso. La ensalada tenía jengibre que crece naturalmente entre los helechos, y el caldo de yuca tenía unas arvejas arrugadas, parecidas a las alcaparras pero que no salen de chauchas sino de una protuberancia en la corola de una flor. Kuarachi trajo un recipiente con agua del río. El curaca se lavó las manos, los demás lo siguieron. Tomaron los instrumentos y empezaron a tocar. La noche era bien cerrada, nos alumbraba el fuego que los chicos alimentaban con ramas. Las mujeres me tomaron de los brazos y me guiaron cerca de la hoguera. Me indicaron con señas que debía acostarme en el suelo. Me levantaron la remera dejando mi ombligo al descubierto y empezaron a bailar alrededor siguiendo el ritmo. Farid y Martín se acercaron a ver qué estaba pasando y Alcides les explicó que era un bujurki, un baile alrededor del fuego, y que iban a traer una serpiente. Un hombre y una mujer traían entre los dos una boa cuyo cuerpo era más grueso que sus brazos. Una anaconda, boa de los ríos tropicales. Los chicos miraban muy serios aunque sin susto. Alcides agarró uno a cada mano. Yo hice una mueca de resignación, les sonreí y cerré los ojos. Sentí sobre mi piel el cuerpo de la víbora. El hombre y la mujer la maniobraban encima de mi vientre, de mi cuello, y de mis piernas. Sentía su viscosidad, el peso de su cuerpo resbaladizo que serpenteaba masajeándome. Más allá de lo repugnante o espantoso que puede parecer, me estaba gustando. Los tambores tocaban cada vez más fuerte y más rápido, y el cuerpo de la serpiente se enloquecía a mis costados y parecía querer enroscarse en mi cuerpo. Abrí los ojos y vi a Farid y Martín contagiados del éxtasis saltando alrededor con los demás chicos, Alcides, y las mujeres. La música se interrumpió en un golpe y sacaron la víbora. Me incorporé pensando que el bujurki había terminado, pero Ikuaka me empujó suavemente para que siguiera acostada. Trajeron el recipiente de raíces de yuca y otro recipiente alargado de madera con un poco de agua. Pusieron este recipiente con agua entre mis piernas como un papagayo de enfermo. El curaca tocó la flauta y los demás volvieron a empezar con los tambores. Las mujeres bailaban otra vez y yo, acostada entre la tierra y el cielo, me preguntaba con qué animal aparecerían ahora. Alcides les explicaba algo a los chicos. Los chicos con los ojos tan grandes que el fuego se reflejaba y hacía espejismos. Los tambores aumentaban la presión y la velocidad. Las mujeres me empezaron a escupir. Sorprendida ante los escupitajos, abrí los ojos. No me escupían a mí directamente sino que lo hacían hacia el recipiente de madera que estaba entre mis piernas. Estaban preparando el masato, una bebida embriagante. Mascan las raíces de yuca para que las enzimas de la saliva conviertan el almidón en azúcar, escupen el menjunje en ese recipiente de madera y lo dejan fermentar. Es un honor ser elegida para parir el masato. No cualquiera puede estar ahí, antes debe ser aceptada por la serpiente. Si es aceptada parirá un licor puro. No me fui a bañar antes de acostarme porque sospeché que sería una falta de respeto al ritual. La necesidad de bañarme después de haber sido recorrida por una anaconda y escupida por unas cuantas mujeres, era sólo una necesidad del hábito. Me sentía limpia. Nos tendimos en las hamacas. No había mosquiteros ni mosquitos. Los chicos estaban fascinados, me preguntaban a dúo cómo había sido esto y aquello y qué te hicieron y si nos íbamos a quedar suficientes días para poder probar el masato.

A la mañana siguiente salimos a buscar curare. El curare es el ampi, veneno, para cazar. Hay que buscar las plantas venenosas, a veces también usan sapos muy efectivos. Hay un sapo cuyo veneno podría matar a un hombre en cinco minutos y a un pájaro en pocos segundos; pero buscaríamos plantas y no sapos. La más típica que usan los yaguas tiene flores blancas, parecidas a la flor de azar pero con un olor más agrio y, a diferencia de la de azar, tiene un pistilo alargado, un tubo angosto como un capilar que la conecta con el tallo. Es una hierba, una plantita. Crece entre los árboles, mezclada entre los helechos. Las hojas son las que se usan para preparar el curare. Es fácil identificarlas porque las nervaduras no llegan hasta el borde mismo de la hoja sino que chocan con otro borde, un marco de la hoja del que salen otras nervaduras que sí se topan con el borde real. Es como si pusiéramos una hoja pequeña sobre una hoja de la misma forma pero más grande. Así se ve, como dos hojas encimadas. Cortamos hojas y las llevamos al campamento para machacarlas, las mezclamos con un agua que ya había sido preparada por el chamán, él tiene el secreto de todo lo que se le pone al ampi, pueden ser raíces o sapos. Queda una pasta parduzca que se cocina, un puré que por supuesto nadie se atreve a probar. Lo envasamos con cuidado en segmentos de bambú y en calabazas como las de mate pero más chiquitas. Estas calabazas tienen unos agujeritos donde entran los dardos cuya punta se emponzoñará con curare. El curare paraliza y por eso el animal herido se muere, porque se le paralizan los pulmones y el corazón. Había que cazar para la cena. Los chicos y algunos hombres nos enseñaron a usar la cerbatana. Los yaguas la llaman pukuna, es muy larga, más de tres metros y hay que dar un soplido seco y con toda la fuerza posible, además de apuntar bien. Intentamos dar en blanco sin curare para practicar. Yo no pegué una ni en el suelo.

Martín probó hasta que volteó una moneda parada en un palo a más de diez metros. Los hombres salieron de caza con las pukunas, el curare, y los dardos envueltos en hojas de palma. Nosotros nos fuimos con las mujeres y los chicos a pescar pirañas. Usaban unas redes de aguay y muchas pirañas se colaban porque son más chicas que las mojarritas. Salimos en los botes, y pensé en bañarme, las pirañas no parecían amenazantes con ese tamaño. Pregunté con señas. Alcides, nuestro traductor, se había ido con los hombres. Se alarmaron diciéndome que no, que ahí no. Lo peligroso de las pirañas es que son cardúmenes; una sola, es inofensiva, pero en cardumen te pelan hasta los huesos en minutos. En la costa de regreso me señalaron un recodo tranquilo donde me podía bañar sin peligro. Nos metimos ahí. Las aguas amazónicas dulces y limosas dejan la piel más suave que un jabón exfoliante. En el campamento estaban descuerando a un mono. Era un mono araña, gordo, y aunque los monitos titís, u otros monos simpáticos, son mascotas, hay otros monos, más salvajes y agresivos, que son comida. Ikua, uno de los hombres, se había lastimado a un costado de la cintura al subir a desenganchar la presa. Rara vez un animal cazado en la altura con la cerbata o pukuna, cae hasta el suelo. El ramerío frondoso lo abaraja por más que caiga con su propio peso, la selva tiene redes poderosas. Ikua tenía una herida al costado de la profundidad de un dedo meñique, y sangraba. Lo acostaron sobre una esterilla de fibra. Un grupo de mujeres puso a hervir un recipiente con agua, y el chamán entró a la selva. Alcides nos hizo señas de seguirlo. En un árbol, el chamán se detuvo y abrió una herida como la de Ikua en la corteza. La piel del árbol se abrió, como la piel de Ikua. El chamán acercó un recipiente en el que fluyó un líquido rojo como la sangre de Ikua. Sangre de drago, dijo Alcides en español, medicina. De ese árbol llamado comúnmente crotón se extrae el líquido base para hacer los desinfectantes que conocemos como merthiolate o pervinox. El chamán limpió la herida de Ikua con el líquido rojo. Luego abrió unas hojas carnosas y tiernas llenas de un líquido baboso que le vació en la herida. Echó más líquido rojo y le envolvió la cintura con algunas de esas hojas que eran largas y anchas. Con el resto de las hojas volvió al árbol crotón y envolvió el tronco. Estuvimos cuatro días en la comunidad. Conviviendo. Aprendiendo. Ikua ya se había parado y la herida de su cintura se estaba pegando y no sangraba. La corteza del árbol había cicatrizado y eso era buena señal. Habíamos vivido cuatro días con indios pero de verdad, lo habíamos vivido en la desnudez y la entrega. En la intimidad de su hogar, de sus secretos, de su magia, de sus cantos, de los ruidos de la noche. Caminar en la selva de noche revela. Los seres más temidos salen de noche, evitan la burla de la belleza diurna y evitan la muerte. En los tallos de los plátanos se alimentan las tarántulas. Alcides es capaz de verlas en la oscuridad y nos ilumina con la linterna.

Las tarántulas, más grandes que una mano adulta, se aquietan como si así aquietaran cualquier intención ajena. Sólo las observamos. Alcides apaga la linterna, permanecemos en un silencio tal que sólo se escucha nuestra respiración, en la penumbra sola de la noche las vemos moverse lentamente, comen, escuchamos el sonido de la lámina del tallo al desprenderse. Detrás del enjambre de lianas, ramas, y troncos, se adivinan los movimientos del jaguar. Sus ojos se han quedado fijos colgando del aire. Ni la menor brisa los mueve. Observamos fascinados. Estamos más allá de cualquier realidad conocida. Estamos inmersos. Subyugados. Hay un jaguar en estado salvaje en su hábitat natural. Un golpe nos asusta y el jaguar escapa. Alcides ha golpeado el pie contra el suelo para espantarlo. Son los seres de la noche, los que temen a la muerte, los que se avergüenzan de su karma y se ocultan en las sombras. Las arañas más grandes, las serpientes más peligrosas, los jaguares, las plantas carnívoras infieles al sol y a la tierra devorando escarabajos en la oscuridad. La última noche probamos el masato. Era agridulce y espumoso. Comimos aves con salsa de cocona y hongos, yuca hervida con clavo de olor y caña, ensalada de hojas con jengibre, y pirañas fritas en grasa, crocantes y muy ricas. Todas las noches hubo fogón yatunas, danzas, nosotros también, atuna. Descalzos, como ellos de pies anchos, de arco pronunciado y dedos fibrosos y abiertos como garras. Los chicos se entendían con los chicos en pocas palabras, parecía un lenguaje inventado para el juego. Se habían encariñado con los añujes, parecidos al coatí, que habían nacido cerca de la casa, y habían conseguido acariciar el cuero del caimán esquivando la cagada del loro. No podíamos llevarnos nada ni quedarnos más tiempo. El viaje era lento y queríamos bajar un poco más allá las aguas color tanino del gran Amazonas. Kuarachi, Ikuaka, Puka, Lubuna, son nombres que nunca olvidaremos.

No olvidaremos sus ojos limpios, la mirada sabia, ni la alegría explosiva de sus risas. Ellos nos pertenecen en nuestra memoria, en nuestro sentimiento. Creemos pertenecerles a ellos. El bote nos esperaba en la orilla. Nos habían cosechado plátanos y cocos para el camino. Las mujeres habían hervido agua y nos habían hecho té con hierbas. Amanecimos con los ojos pegados de lagañas, quizás fuera el masato. Alcides nos llevó hacia la selva y de un pastizal, a pocos metros, apretó con las uñas una ramita, deslizó los dedos apretados de abajo hacia arriba de la ramita y en la punta salió una gota, es leche de ojé dijo, y es para los ojos. Nos echó una gotita en cada ojo y se hizo la luz, se limpiaron las lagañas como por milagro. Toda la maloca caminó con nosotros hasta la orilla. Uno por uno nos abrazaron y colgaron collares de semillas de nuestro cuello. El curaca tocó la flauta y los demás tomaron los tambores dando los golpes del adiós, uno y dos golpes. Uno y dos golpes. Cuando subimos a la canoa dejaron de tocar y hasta mucho río afuera, hasta los nenúfares con sus lirios, escuchábamos el eco de sus voces. Rayanamá, rayanamá.

En el bote, siguiendo las aguas del Sinchicuy, esa trocha desconocida más allá del Amazonas que ya nos era familiar, cada uno iba encerrado en su silencio. Cada uno ordenaba el recuerdo apabullante de sonidos, de sabores, de gente, de fuego, de olores, de ritos. Inútil es aclarar que algo en nosotros había cambiado y había cambiado para siempre. Despedimos a Alcides en su comunidad, en su maloca, donde lo habíamos encontrado. Nos abrazamos mucho con él y su familia que cuando nos vio acercarnos a la costa corrió a calentar el cocido de gallina. Podríamos haber contado muchas cosas pero todavía no se ordenaban las palabras y nos pesaba alejarnos de la selva, de la libertad plena, donde no rigen convencionalismos, ni acicalamientos, ni hay que aparentar nada ni tener que soportar que otros aparenten, donde no importa el olor a humo, ni las babas de las hojas o las serpientes. Era difícil volver.

Nuestro segundo barco nos llevaría hasta Santa Rosa, triple frontera con Leticia, Colombia, y Tabatinga, Brasil. Subimos al barco que nos llevaría aguas abajo. Paramos en muchos pueblos, recuerdo Arará, recuerdo comunidades de huitotos, los hombres mayorumas con serpientes enroscadas en el cuello, las canciones kokamas Kumbarikira urupukira tsa kumbari utsu ukaima. Me duele el brillo de los ojos de los leprosos de San Pablo ante la caricia. Cada vez que llegábamos a una aldea, bajábamos a comer el cocido de gallina con yuca. Todos los sabores nos eran familiares y hasta parecía que ya entendíamos el kokama sin dudar, sobre todo los chicos, hablaban con otros chicos en las aldeas y subían a bordo a último momento. Nos quedamos dos días en Leticia a tomar café colombiano. Y cruzábamos la frontera, una calle, a Tabatinga para comer sorbetes (helados) que los chicos solicitaban a la vendedora como “soretes”. Un sorete de morango. El siguiente barco, que prometía ser rápido, nos dejó varados en Tonantins, Brasil, a dos o tres días de Manaus. No teníamos noción de la fecha, miramos nuestros permisos y vimos qué día era en un almanaque del mercado. El tiempo vuela y los barcos, no. Teníamos que volver a Iquitos en una lancha rápida a presentar nuestras credenciales. El tiempo transcurre distinto según las aguas. Aunque haya correntada, la correntada se mueve en una inmensidad de la que no tenemos dimensión. No la podemos imaginar. Aún después de estar ahí, después de conocerla, sólo podremos imaginar un poco más allá de lo conocido. El resto es un misterio vasto e imposible. No podríamos llegar a tiempo en esos barcos normales de carga y lugareños. Tuvimos que tomar la lancha rápida. Temeraria. Veinticuatro horas de viaje a motor y a todo vapor. Desandaríamos en un día lo que habíamos tardado en recorrer más de una semana. No teníamos opción. En la intersección del Amazonas y el Napo, la lancha rápida aminoró la marcha. Sólo nosotros tres escuchamos el golpe de tres tiempos de los tambores. Apretamos nuestras manos y sonreímos sin poder hablar. Conmovidos. Detrás de la lancha se insinuaba una familia de bufeos, los delfines rosados de agua dulce. Vimos el bulto prominente de uno de ellos, una hembra, nadando con la panza hacia arriba.

Volvimos a la calle Putumayo. Renovados y repletos de esa renovación. Indios de verdad. Habíamos visto indios pero de verdad. Habíamos convivido con ellos y estar en Iquitos con Jaime y la familia de Gastón era una extensión que entendíamos devenida de las razas de la selva. La ciudad era el exilio y había en todos ellos una mezcla de nostalgia y esperanza. La nostalgia de la selva y la esperanza del río que sigue corriendo y que siempre estará ahí para llevarlos de vuelta si es preciso. Quizás era preciso, también para nosotros, volver a casa. Pero cuando mencioné que podíamos averiguar la avioneta para volver a Lima y de Lima a Buenos Aires, los chicos pusieron el grito en el cielo. Cómo nos vamos a ir, ahora tenemos amigos acá.

Jugaban con Jimmy y la banda del barrio. Meche me dijo que yo podía atenderle su puesto callejero y que los chicos podrían ir al colegio cuando iniciaran las clases en Iquitos. Y por qué no. Los chicos practicaban un desfile escolar cantando canciones del Perú en la vereda. Yo empecé a atender el puesto de Meche donde preparaba licuados y desayunos al paso para la gente que salía en las mañanas hacia el trabajo.

Meche tenía un restaurante en el living de la casa que daba a esa esquina de Putumayo y 16. Una mañana, mientras yo trabajaba, Jaime trajo a Martín en su moto. Había sucedido un pequeño accidente. Estaban haciendo teléfonos con vasitos descartables de plástico. Enganchaban dos vasitos como si fueran dos tubos telefónicos con un hilo largo, haciendo un agujerito en la base de cada vaso. Martín se había cortado un dedo con la cuchilla cuando agujereaba un vaso. Jaime me dijo que ya lo había curado. Abrió el apósito que había puesto en el dedo y vi que la herida era profunda. Se veía el cartílago. Jaime lo había curado con sangre de drago, como hacían sus ancestros yaguas. Creo que hay que darle un punto, le dije. Cerramos el puesto de desayunos y partimos en la moto hacia un centro de salud. Era un centro grande. Luego de la entrada principal había un hall y desde ese hall había tres pasillos identificados con las siglas TBC de tuberculosis, LEPRA, MALARIA. Esos eran los casos normales que se derivaban en ese centro de salud. Fuimos a mesa de entradas y explicamos que era por un corte y preguntamos por dónde deberíamos ir. Una enfermera sentó a Martín en una silla y le puso un termómetro bajo el brazo sin prestar atención a lo que yo le decía: es por un corte en el dedo. No tiene fiebre. Tomar la fiebre es de rigor. Nadie puede saltearse ese paso. Si tiene fiebre desde hace varios días, puede ser malaria. Finalmente nos enviaron con un médico que aprontó los instrumentos para coserlo. Todo estaba listo. Los hilitos cortados, y un hilo enhebrado en la aguja. ¿No va a usar anestesia? pregunté. Normalmente no usamos porque no hay, contestó el médico, si quiere, tiene que ir a comprarla a la farmacia. Por supuesto. Me hizo una receta y fui por la anestesia. Martín sanó más rápido que Ikua, fueron sólo cuatro nudos en el dedo y sangre de drago. Iban a la piscina pública, iban a la escuela de la calle Putumayo. Estuvimos cuatro meses. Hasta que un día desearon volver. Extrañarían a los amigos de Iquitos, a la familia que ya era nuestra y nos había incorporado, pero también extrañaban a los afectos cercanos de nuestro pueblo. Entonces tomamos el vuelo de regreso. Pasajeros Farid Murzone y Martín Murzone, presentarse en cabina. Los habían pasado a primera clase para compensar el avión. Son mis hijos, le dije a la azafata, y nos cambiaron a los tres. Cada vez que despegamos juntos lo hicimos de la mano. El avión carreteó, se inclinó hacia atrás, la punta enfiló entre las nubes. Agarrados de la mano. Farid no dejaba de mirarme, buscaba entre sus ojos y los míos acercar a las palabras otro mundo imposible. Nombrarlo para empezar a andar.

-A mí alguna vez me gustaría ir a Egipto, ¿te imaginás lo que sería eso?

Lebanon Mountain Trail (otra fachada de la USAID)

Introducción

Descubrí el Lebanon Mountan Trail sin buscar nada que se le pareciera. Tenía un pasaje al Líbano devenido de otras cuestiones. Visitar el Líbano, no estaba en mis planes. Pero tenía un pasaje y me dispuse a buscar qué sitios interesantes se podían visitar. Así fue como encontré el Lebanon Mountain Trail. Un sendero de aproximadamente 440 km que cruza de manera longitudinal a este país siguiendo las crestas del Monte Líbano, de norte a sur, o bien de sur a norte. Completo, lo dividen en 26 etapas. Como solamente estaría una semana y en el Líbano hay otros sitio históricos que me interesan, decidí hacer solamente tres o quizás quizás cuatro etapas, y busqué las que me parecían más ricas en cuanto a la variedad del camino, y también las más difíciles. Caminar en llano, ya no me hace gracia. Caminar sin la imponencia de las cumbres, tampoco. Creo que el «mal de montaña» debería llamersele a esta adicción y no al mal de altitud. O, me corrijo, esta adicción podría llamarse «el bien de montaña». Me atacó, y muy fuerte.

Luego de una vuelta por el Malecón de Beirut, las rocas en el mar, el casco histórico y Hamra, se puede tomar un bus en plena carretera hacia Byblos, conocida localmente como Jbeil. Vale la pena detenerse un par de horas en Jbeil. Es hermoso. Callejuelas de piedra, un puerto colorido de botes, y los restos de una ciudadala que es una de las más antiguas que quedan en pie sobre el planeta. Es un lugar tranquilo, con una gruesa pincelada de bohemia, lleno de enredaderas, de flores, de árboles, de pinturas hechas a mano y con amor sobre algunas puertas, o paredes. Vale la pena quedarse un rato mirando el mar. El aire que se respira, es impagable. El minibus desde Beirut hasta Bjeil cuesta 2000 libras, (1 dólar = 1500) y tarda menos de media hora. Van demasiado rápido. Velocidad temeraria.

En la misma carretera que da entrada a Jbeil, se puede volver a parar a otro minibus, van, y seguir viaje hasta Trípoli, aquí le dicen Trablous. Al entrar en Trablous o Trípoli, el contraste con Jbeil, Byblos, es un shock. Trípoli es caótica, llena de mercados callejeros, del tráfico de autos que tocan bocina. Las construcciones son viejísimas. Hay muchos rastros de la guerra civil. Edificios que han sido reconstruidos junto a otros que están despedazados o impactados por las balas. No me quedé mucho tiempo. Demasiado ruido perturbaba la paz con me había cobijado en Byblos. El minibus de Byblos a Trípoli cuesta otras 2000 libras y tarda un poco más de media hora, aunque vuela sobre la carretera.

Vi que en una esquina, de las bulliciosas, la gente tomaba los servis, taxis compartidos, así que fui ahí y me acomodé en uno que me llevaría hasta otro punto donde debería tomar el definitivo a Bqaa Safrine.

Antes, llamé por teléfono a uno de los guesthouses que recomiendan en la página del Lebanon Mountain Trail. Buscaba un locutorio, pero como no encontré, un hombre al que le pregunté, me prestó su teléfono para que llame.

En total, los dos servis, taxis compartidos, me salieron como 9000 libras.

Desde Bqaa Safrine inicié estas contadas etapas del trail. El primer día que había anotado, es el más difícil de la caminata. Son 23 km. El desnivel es 1406 metros de ascenso y 979 metros de descenso. Desconocía absolutamente todo acerca del trazado del trek y rogaba que hubiera marcas ya que, con marcas y todo, siempre me pierdo igual. Había leído que había algunos manantiales en el camino para beber y cargar agua, y también ruinas romanas.

En Bqaa Safrine paré en lo de Abou Majed. Una familia hermosa. Tienen una casa enorme, especie de gustehouse. Muy confortable. Todas las habitaciones son grande y limpias. Hay varias salas con sofás.Dos baños enormes.

Es pensión completa y cuesta 50 dólares todo. Me dieron muchísimo de comer. Dawali, arroz preparado y envuelto dentro de hojas de parra, otro arroz con carne y nueces de la India. Una ensalada con verduras recién cosechadas de la huerta. Higos en almíbar, y un plato de frutas. Eso se suponía que era el almuerzo. Luego me ofrecieron una cena, pero estaba tan satisfecha que no podía comer nada más. Solamente una manzana, también cosechada de los frutales de la familia.

Primera etapa: de Bqaa Safrine a Ehden

Lo más rescatable de esta etapa, es la gente. Menos mal que existen los libaneses y que muchos de ellos viven en las pequeñas aldeas entre las montañas. El sendero fue más difícil de lo que esperaba. Terminé sana y salva pero mis brazos eran un muestrario de rayas y en las manos tenía una colección de espinas.

Arranqué bien, sobre todo bien alimentada. El desayuno en lo de Abou Majed fue suculento y rico. Hasta huevo comí, a mí que no me gusta. Estaba todo delicioso. Yugur, aceitunas, humus, pan árabe. Tuve que rogarles que basta de comida porque me prepararon dos sánguches para el camino, uno de zater y otro con higos en almíbar. Me dieron tres manzanas y una bolsa de nueces. En el camino no paré a comer nada ni a descansar porque durante todo el trayecto perdí mucho tiempo tratando de encontrar el sendero. Yendo hacia adelante y volviendo hacia atrás. Por eso digo que menos mal existen los libaneses. Si no fuera porque pregunté cientos de veces en cada casita que encontré, o en cada campo donde estaban cosechando, no sé adónde estaría en este momento.

Llegué a Ehden. Lo más hermoso paisajísticamente hablando, es la Reserva Forestal. La tenía al lado. Al ladito de la cabañita que alquilé por esa noche. Caminar por la reserva después de semejante jornada fue reconfortante, volver a respirar, tranquilamente, y con olor a resinas de pinares. Infinidad de pinares. Y ese olor que me rodeaba tan fresco. Fresco como el agua de los manantiales. Agua pura en el camino.

No es un trayecto para cualquiera. No está preparado para nada. Creo que es de lo más complicado que he hecho. No lo recomiendo. Salvo que lleven GPS, que sepan hablar árabe a la perfección, que lleven sogas.

Menos mal que andaba con una mochila liviana.

Saliendo de Bqaa Safrine y hasta Dounia, preguntando, se puede llegar sin demasiados problemas. Preguntando y entendiendo aunque sea la mitad o las señales de la explicación. Después se arma el quilombo. Hay que bajar una ladera, después de haber subido, pero el sendero no está marcado. Hay que bajar por cualquier parte. Está lleno de árboles, y de matas. Hay que abrirse camino a la buena de Dios. Cuando uno llega debajo de esta primer ladera, hay que subir otra, hay que cruzarla, y luego bajar, y acá viene lo más complicado. Aunque parezca mentira, siempre lo más complicado es bajar. En este caso, por suerte están los árboles y las matas. El terreno es vertical. Es una garganta que desciende estrepitosamente hasta un manantial. Un arroyito sin mucha agua ni mucha corriente. Hay que descargarse por esa ladera vertical. Hubiera estado bueno tener una soga, atarla a un árbol y bajar agarrándome de la soga. Pero no tenía soga, así que fui tanteando las salientes de las piedras y sosteniéndome de las ramas. Un desastre. Terminé toda rajuñada. Con razón los campesinos que cosechaban y que me llenaban los bolsillos y las manos de pepinos frescos, me preguntaban «inti tarif?» (tú sabes?)

Esta etapa, la primera que hice del Lebanon Mountain Trail, no es apta para el trekking de alguien sin experiencia.

Al inicio, si bien los caminos son fáciles, dificulta el hecho de que hay pequeñas aldeas y por supuesto la gente de las aldeas camina, tienen animales que caminan, usan carros, carretillas, algún auto, y entonces, como no hay señales, uno no sabe que huella o qué sendero seguir.

Después viene la parte de las laderas y así se llega a Keir Mor y Bchanata. Después ya se entra en la reserva forestal que es lo más lindo, ahí adentro sí están las marcas pintadas, y también hay algunos carteles. Cuando ya no hacen falta, porque dentro de la reserva, como es muy visitada, las huellas están bien claras entre el bosque.

Cuando desemboqué en Ehden, la ciudad no me gustó a primera vista. Estar entre el pavimento y los coches. Había leído que uno de los hoteles recomendado se llamaba justamente La reserva, especulé y especulé bien, que estaba dentro o cerca. Un maravilloso hombre al que le pregunté, llamó por teléfono, tenía que volver 4 km hacia atrás. Ya había hecho 23. Dudé. Ya no quería caminar más por este día. No por caminar en sí, pero por haberme perdido tanto y haber sufrido tantos traspiés y rajuñones. El maravilloso hombre, John, me llevó en su auto.

Las cabañas cuestan 50 dólares con desayuno. Comida no. Pero tenía los sánguches de Abou Majed, las manzanas, las mermeladas del hotel, y galletitas. Pedí agua caliente para el mate. Y como si hubiera sido poco, después de ducharme, me fui a dar otra vuelta entre las nubes, por adentro de la reserva. Una hermosura.

Segunda etapa y Tercera etapa: de Ehden a Wadi Qannoubine, de Wadi Qannoubine a Bcharre

Hice dos etapas en un día. De Ehden a Wadi Qannoubine, dícese que son 9.1 km y de Wadi Qannoubine a Bcharre, 9.8 km.

Nunca encontré el sendero del Lebanon Mountain Trail. Lo hice como mejor pude. Con un mapa precario, peor orientado que yo. Pusiera el mapa para la dirección que lo pusiera, le preguntaba a la gente, y siempre lo que buscaba estaba para el otro lado. Si una cosa estaba para un lado, contrario al que señalaba el mapa, otra estaba bien, entonces no entendía nada. Me imaginé que para llegar tenía que hacer algo así como transportarme a otra dimensión y volver a esta. Era imposible. Este trekking está muy mal diseñado. No está diseñado. Es una mentira. No existe. Los lugares existen, pero no están ni en el lugar señalado ni a la distancia estimada en los folletos. Los pobladores de los lugares por donde se pasa no tienen ni idea de la existencia del sendero, nunca vieron una de las marcas blanca y roja, ni nunca vieron a nadie que estuviera trabajando en el camino. Había leído que en los hospedajes había mapas y explicaciones. En dos de los tres lugares en que dormí, tenían, pero el mapa equivocado. Si estoy en Bcharre y he terminado la sección 6 y 7, necesito el mapa de la 8 para continuar, pero aquí tienen solamente el de la 4, la 5, la 6 y la 7. En cambio, en la Reserva, no tenían ninguno, y en Bqaa Safrine, también tenían el de la sección anterior. O sea que los tienen al pedo. O quizás para ir alrevés de lo que la organización plantea si uno busca información en internet. Nadie sabe dónde salen los senderos.

La segunda mañana, después de un suculento y exquisito desayuno en la reserva, los dueños, Raymunda y Alfonso, me llevaron adonde supuestamente podía retomar la marcha. Ellos no tenían ni idea, pero leímos en un folleto que conseguí yo en un puesto de información de la reserva, que podía empezarse en el Monasterio de Maar Yaaqub. No había ninguna señal, pero intenté seguir los datos del folletín. Caminé, tal como decía allí hasta Mart Moura y de ahí, según el folletín, debía seguir 500 metros hasta encontrar una escalerita que bajaba hacia el valle y la comunidad de Aintourine. Nunca encontré la escalerita. Caminé miles de metros a un  lado y a otro y más de una vez. Le pregunté a la gente, y ahí me señalaban Aintourine para un lado, pero Wadi Qannoubine, para el otro. Me harté. Caminé por la ruta a pesar de que alguien me dijo que el Wadi era a más de una hora de coche. En un momento encontré un cartel que no era del Lebanon Mountain Trail, pero que indicaba bajada al Wadi y me mandé por ahí. Muy bello, y muy impresionante la garganta rocosa y las casitas colgadas de las laderas con sus terrazas cultivadas. Caminé hasta el final de ese camino que terminaba en una casa. Ni una marca del Lebanon Mountain Trail. Subí por el mismo camino y seguí por la ruta hasta los pueblos de Blawza y Hadchit. Se hizo largo y pesado, ya que no era un sendero de trekking sino una ruta con todas las curvas que implica construir una carretera en la montaña. Además, Hadchit y Bcharre están arriba de las montañas y los valles de Qadisha y Qannoubine, van quedando cada vez más profundos e invisibles entre las paredes de roca. Tarde y agotada, llegué a Bcharre y me alojé en el primer hotel que encontré, el Bauhaus. Una habitación con tres camas, me cobraron 30 dólares porque son 10 dólares por cama. Está bueno porque es un departamento antiguo. Enorme. Con habitaciones grandes. Podía usar la cocina. Hay dos baños, y un balcón grande, como una terraza, que da a la calle, desde el que se ven las montañas y en el que hay una parra. Llovió, y tomando mates en esa terraza, cobijada por las ramas de la parra, disfrute del olor a tierra mojada.

Como si en realidad no hubiera estado tan cansada, salí a caminar. Bcharre es pintoresco. Lindas vistas del valle. Hay conventos y construicciones antiguas. Hay una tumba fenicia y la casa donde nació el escritor Khalil Gibran.

Epílogo

Visitar el Líbano por lo que el Líbano reúne en sí, vale la pena. Vale la pena su gente. Es interesante hablar con ellos. Son muy amables en general. Muy amables. Choca, sobre todo con los católicos, los maronitas, los cristianos, que planteen una y otra vez que ellos son los buenos y los otros son los malos. Es un aspecto triste que queda como resabio en una sociedad prejuiciosa.

Tuve la fortuna de conocer gente de todo tipo. Gente maravillosa. Jad, quien no me conocía más que por referencias, porque es amigo de mi amigo Mohammed que vive en Egipto, se ocupó de mí como si me conociera de toda la vida. Ninguno de los musulmanes con los que hablé exigió conocer mi filiación religiosa, como sí lo hicieron los cristianos, y ningún musulmán me dijo que los cristianos eran malos.

El Líbano tiene sobre su territorio uno de los yacimientos más antiguos, increíbles y inexplicables del mundo: Baalbek. Es impresionante, imponente, y maravilloso.

Desde allí, fui en una van con dos muchachos muy macanudos que me llevaron gratuitamente, hasta la frontera con Siria. Son muy pocos kilómetros. Siria se ve ahí nomás, al alcance de los ojos, de las manos, de los pasos.

Mi objetivo inicial, cuando compré el pasaje, era cruzar a Damasco y sumarme al escudo humano en contra del bombardeo imperialista. Afortunadamente el mundo se movilizó en todos los rincones y el hijo de puta de Obama tuvo que suspender sus diabólicas intenciones de seguir destruyendo con sus armas el Oriente Medio. Pero yo igual quise ir a Damasco, y desde Baalbek fui hasta la frontera donde a pesar de la confianza ganada con algunos de los soldados que llamaron inclusive a sus superiores por teléfono, no pude cruzar ni siquiera por dos horas, al no tener en mi pasaporte, una visa tramitada en mi país de origen.

Así fue como en lugar de a Siria, llegué a Taanayel. Medio por casualidad, o por mala o buena suerte, porque así tenía que ser; un lugar donde me encontré con la casa de mis sueños, construida de adobe, con pocos muebles, alfombras en el piso, colchonetas, almohadones, al mejor estilo beduino. Necesitaba descansar y me quedé ahí, casi en silencio, entre un bosque de álamos y cedros, y un lago pequeño, en esa casita de barro que tanto me gustó.

Antes de regresar a Beirut para tomar el vuelo de regreso a Estambul, visitamos con Jad la ciudad de Sidón.

Sé que albergo restos de almas fenicias en mi ser, y sé que haber tenido un pasaje justamente para el Líbano, en un momento en el que prácticamente ya no deseaba nada, no fue en vano.

Seguramente, como me dice uno de mis sabios hijos, esto llevará algunos meses, quizás algunos años, quizás no tanto de tantos, para aclararse.

 

Eso sí, si alguien lee esta nota con el interés del trekkig, si alguien piensa en en Lebanon Mountain Trail, no vayan porque no existe. El Lebanon Mountain Trail, ha sido, seguramente, otra fachada de espionaje de la USAID en Oriente Medio. Nada extraño ya que sobran evidencias en el mundo entero del accionar de esta organización. Si se encaprichan e insisten en el trekking, lleven GPS, traductor, machete, sogas, y así y todo no esperen llegar a destino, lo más probable es que lleguen a otra parte.

Artículo Biciclub: De México a la Argentina, madre e hijo en bicicleta

María Taurizano (49) y su hijo Martín (25) concretaron una muy inhabitual travesía por Latinoamérica. Ambos nacieron en San Pedro, Buenos Aires, pero son nómades por naturaleza. Cada uno por su lado ha vivido en distintos puntos del planeta, inmersos en diferentes culturas. A principios del año pasado decidieron reunirse para encarar el apasionante viaje en bici que María nos cuenta a continuación en primera persona.
Por María Taurizano

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“Lo hicimos. Nos vinimos desde México DF hasta Argentina (a nuestra ciudad, San Pedro) en bicicleta y llegamos siete meses y medio después. La idea fue de Martín (25), mi hijo. Él vivía en México desde 2003. Nos habíamos mudado después de pasar una temporada en Barcelona. Siempre fuimos nómades y en ese entonces los caminos de la vida tomaron ese rumbo. Desde 2003 y hasta la actualidad, mis dos hijos y yo nos seguimos moviendo. Farid, el mayor, regresó a la Argentina para hacer la universidad, yo me fui a Palestina, a Turquía, a Bulgaria. Martín salía esporádicamente de México y nos encontrábamos en algún otro lugar. A caminar el mundo, escalar montañas, navegar los mares. En bicicleta teníamos en nuestro haber dos excursiones breves, una por el Valle de los Reyes y el Valle las Reinas, en Egipto, y otra en los mil templos de Angkor, en Camboya. Pero lo que se dice viajar en bicicleta, iba a ser la primera vez.

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La propuesta de Martín se descolgó de alguna elucubración existencial en un momento de esos en que uno se pregunta qué hacer con la vida, cómo seguir adelante cuando el panorama es incierto. ¿Y si nos vamos a la mierda? Irse a la mierda es la liberación ante la incertidumbre de tener que hacer algo con esa vida; en definitiva todo el mundo hace algo de su vida, aún el que no hace nada. Así que mejor nos vamos, seguimos andando y esta vez (por falta de presupuesto y exceso de ganas de conocer palmo a palmo el mundo y nuestras potencialidades), en bicicleta.
Yo compré una bicicleta. Nada del otro mundo, una barata, rodado 27.5, con 21 velocidades y frenos v-brake. Martín tenía una un poco mejor, rodado 29 y con frenos a disco y 24 velocidades. De todo esto cuyo léxico ahora parezco manejar, en ese entonces no entendía nada. No tenía idea de cuándo ni cómo subir o bajar un cambio, ni tampoco de los platos, el piñón o las llantas. Y no me entrené, no. Andar en ciudad de México de casa al trabajo, tal como lo había previsto, me daba miedo. Siempre tenía la visión drástica de que algún vehículo desde atrás me iba a pasar por encima. Todo mi entrenamiento previo se redujo a tres domingos en los que algunas calles del DF están habilitadas para ciclistas. En total, 144 kilómetros de paseo sin interferencias de más vehículos que gente patinando, haciendo footing o jugando al monopatín.

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Salir a la ruta en ese estado fue duro. Las alforjas eran de cuarta, hechas de tela como de uso urbano y pequeñas sobre portaequipajes de rodado 26 adaptados con abrazaderas porque aún no se fabricaban o en México no se conseguían para rodados 27.5 ó 29. Teníamos poco dinero. Pero al cumplirse la fecha comenzamos con el propósito.
Atamos los bártulos como pudimos. A una cuadra de la casa se me salió la cadena y a menos de dos kilómetros se nos empezaron a caer las cosas. Pero pusimos la cadena, volvimos a anudar los bultos y arremetimos.
Pedalear en la ruta era mucho más difícil que la imagen idílica que yo me había hecho de circular plácidamente por una calle lisa y plana. América Latina nunca es plana, en ningún tramo. Algo que se me grabó a sangre y fuego para siempre. La bicicleta me estorbaba, el bulto se me bandeaba o se me caía y durante los primeros meses pedaleé con la paranoia de que me atropellara un camión. Martín me aseguraba que ellos me verían, pero me pasaban tan cerca que yo presentía que me esquivaban cuando me tenían a uno o dos metros, como si hasta ese momento no se hubieran percatado de la presencia del ciclista.

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Al cabo de unos meses (¡sí! unos meses) empecé a disfrutar. Viajar en bicicleta se convirtió en algo maravilloso, un reto físico en el que mi ser se conjugaba y se entendía con la naturaleza para saber escucharla, aprender a detenerme, a no ser obsecuente ni caprichosa sino a obedecer al viento o a la lluvia cuando se imponen muchos más necesarios que nuestra insignificancia en una vía del ancho mundo.
Viajar en bicicleta se convirtió en la movilidad ideal, ya que nos permitía llegar a todas partes sin perdernos nada. Una frecuencia promedio de 100 kilómetros diarios nos obliga a parar en cada pueblo. La sed nos obliga además a parar en cada puesto o caserío.
Conocimos la realidad de América Latina y la belleza que no sólo está en los horizontes marinos o en los atardeceres, en los caribes turquesas o las selvas, en las montañas y las cascadas cristalinas. Más allá de todo esto, más acá, está la belleza de la gente. En lugares a los que nunca nadie va porque no son destino turístico, porque no tienen ni el Caribe turquesa ni la selva verde, ni la montaña, ni el atardecer, ni la cascada cristalina, pero donde uno se sienta a descansar y descubre los combates de Camilo en una charla, la desesperanza de Hilda en una hamaca, a Joel y Marcos jugando a la pelota, a Maricela acunando una muñeca de trapo a la que le falta una patita y ella besa con ternura inusitada. Nos miran, descalzos, con sus bicicletas de herrería suburbana, con las sonrisas que resplandecen como el sol de la siesta, gente del color de la tierra que es al fin y al cabo quien nos acoge y nos alberga en esta travesía. Esa es la belleza del mundo que los paquetes turísticos ignoran, donde está la gente a la que ahora pertenecemos y nos pertenece.

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La bicicleta nos dio mucho más que transportarnos desde México hasta Argentina. Cada día aprendimos y nos hicimos parte de una realidad oculta y desconocida y escribimos una página acerca de lo andado. Aprendimos acerca de la ruta, de si hay o no agua, camping, hostel, pueblo, caserío. De si la carretera sube o baja, si está en buen estado o es precaria, si es de tierra, arena, asfalto o canto rodado. Cada día, además, aprendimos una historia real de gente que nadie conoce, pero que está ahí, nunca se acaba y sale como de los hormigueros de la tierra, con sus costumbres, lenguajes, quehaceres, alegrías y penas, carencias y abundancias y allí, siempre, su generosidad y camaradería. Todas esas páginas conforman nuestro libro América Latina en bicicleta, que pronto editaremos y presentaremos junto con una película que pretende resumir tanta riqueza.

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Las personas que quieran reservar ese material, pueden escribirnos por mail. No tenemos sponsors, todo lo hemos hecho a pulmón, vendiendo en México aquello que no necesitaríamos y trabajando durante el viaje, así que se aceptan colaboraciones. Instamos además a viajar en bicicleta. Si tenés este sueño, animate. Si necesitás un empujoncito, escribinos. Charlar con nosotros es gratis; siempre respondemos los mensajes. Alentarte, contarte acerca de nuestros caminos es como volver a andarlos y eso nos encanta.”

Fuente: http://biciclub.com/de-mexico-a-la-argentina-madre-e-hijo-en-bicicleta/

La casa con ruedas, un sueño, una realidad

Nota publicada en La Opinion Semanario

María Silvina Taurizano es sampedrina y vivió siete años en México, hace un tiempo se planteó la posibilidad de cruzar por tierra América Latina hasta llegar a Argentina y fue en auto que recorrió casi 17.000 Km., el viernes pasado, luego de casi 115 días al volante y de visitar varios países, las ruedas de su vehículo pisaron suelo sampedrino.

 

Una mujer valiente, varios destinos, todos los caminos, una impecable composición de paisajes entre soles y tempestades e interminables sensaciones y vivencias se entremezclaron en esta aventura tan única que María fue desafiando desde hace tres meses y medio. Como ella misma la denominó “en femenino”, su burbuja, su autita colorada, la condujo sin apuros y con calma a un destino que no sólo imaginó, sino que alcanzó gloriosamente habiendo sorteado dificultades imaginables, otras no tanto, pero con un saldo favorable y definitivamente un sueño hecho realidad.
Es complicada la tarea de relatar una aventura tan propia y tan personal como la de María Silvina, pero fue ella misma quien fue narrando sus vivencias, describiendo cada carretera adornada por su propio paisaje, cada naturaleza viva, todas o la mayoría de las sensaciones, sus amistades, sus charlas con compañeros de ruta, sus encuentros y desencuentros, los problemas que fueron surgiendo, las ilusiones, sus ganas de compartir, mostrando a través de imágenes cada lugar, para que los lectores tengamos el panorama más simple y podamos imaginar parte de esta hazaña tan propia, tan suya, aunque todo haya sido intensamente relatado, para que quienes hayan seguido su rumbo, puedan al menos, abordar parte de esta marcha descendiendo hacia el sur.

Todos los caminos conducen al sur
El 31 de octubre fue la largada triunfal desde Guanajuato, donde vivió y trabajó durante siete años, tal como ella misma relata en su blog: lacasaconruedas.blogspot.com, que utilizó como diario de viaje, y en el que mantenía a sus seres queridos informados durante todo el itinerario, nadie se iba a dormir sin antes tener noticias frescas durante el período de viaje.
A bordo de su Pontiac Matiz modelo 2007 rojo, ya con casi 14.000 Km. antes de la partida, emprendió su camino, “aunque sea no más que una carcaza de lata con ruedas es mi casa, mi casa con ruedas, que lleva las cosas que elegí de entre todas las cosas porque a pesar de ser cosas tienen un valor agregado”, relató en algún trayecto.
Sin demasiadas preocupaciones de horarios, porque no había ni aviones, ni colectivos por perder… simplemente múltiples rutas por recorrer y mapas que alineaban su brújula hacia el sur, el destino final sería San Pedro, Argentina, ese era su objetivo.
Su recorrido abarcó once países: México, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Chile y Argentina, cada uno añadió a su retina y a sus recuerdos de todo un poco y un poco de todo lo que sus ojos retuvieron para quedarse siempre en ella y en esta enriquecedora experiencia que eligió. Nadie mejor que ella puede narrar a lo largo de sus 115 días de viaje por América: ripio, lluvias, flores, humedad, calor, bosques, junglas, selvas, fríos, vientos, playas, arena, mar, bruma, olor a tierra fresca, matices de todos los verdes posibles y verdes brillantes, montañas, volcanes, arrieros, vacas, rebaños, azules y grises cielos, caracoles, mareas, palmeras, mariposas azules, cerros, pantanos, desiertos coloridas o blancas ciudades, casonas antiguas, museos, costa y entre todo, mates, muchos mates acompañando fielmente su camino, el que ella eligió. “Cada pueblo, cada ciudad, abre las puertas de su galería en conmemoración de los que dieron su vida en esta lucha”, relató mientras estaba en Nicaragua.

El viaje con ella misma
“Mi casa se desarma y se vuelve a armar seguido”, relató mientras estaba en Perú, para esto, mucho de lo soñado se iba concretando y otro tanto quedaba en sus anhelos y deseos por definir. Algunos destinos fueron predilectos, otros no tanto…y así el desplazamiento con su coche se iba inventando palmo a palmo.
El viaje fue pensado un tiempo atrás, su principal objetivo y sus ganas eran cruzar América por tierra, “si hubiese sido en casa rodante mejor” pero como los números no daban, logró comprar un auto en cuotas, aunque antes realizó un viaje para sentirse segura para desafiar el volante, en esta oportunidad sola, sin sus hijos, sólo ella, sus recuerdos y sus mates se conjugaban dentro de su propia burbuja, esa que sería su casa, sin dudas, su casa con ruedas.
Contaba con 2.270 euros y unos 380 dólares. Esta suma de dinero sería suficiente para hospedaje, nafta, comida y otras necesidades que fueran surgiendo, no mucho más que eso, pero los imprevistos también estuvieron a la orden del día.
Cruzar Panamá no fue fácil y allí se instaló la angustia, la bronca, la impotencia, las lágrimas y mucho dinero perdido para pasar su auto en barco junto a sus pertenencias con valor tan significativo para ella que viajaron en container. Parte de sus recuerdos y objetos tan valorados se atesoraban en el vehículo, mientras ella cruzó en avioneta hasta llegar a Colombia, pero el mal trago pasó, tuvo que perder muchos más días de los imaginados y trabajar para recuperar algo de los U$S 1.300 que le costó el trámite y los papeles del cruce del canal de Panamá.

El tiempo que no es, el que no se siente
“Me he sentido parte de este sitio y de esta gente. Me voy llena de todo, de aire puro y de promesas. Sigo el rumbo. Hacia otros valles”, escribió en su blog desde Panamá, luego llegaron fuertes emociones, más vivencias y unas cuantas anécdotas relatadas en su diario que cada día improvisaba con relatos desde Internet. En el camino no usó ni GPS, ni notebook, ni celular, optó por los medios de comunicación tradicionales y para publicar sus noticias buscaba Cyber cafés.
Las descripciones de la rutina eran completas y detalladas, desde las rutas, el clima, la idiosincrasia de los habitantes, las culturas, los colores y aromas de las ciudades, los hoteles donde pernoctaba, los momentos compartidos con compañeros de emociones, las comidas y cuánto le costaba cada día en dinero.
“Con una emoción que ustedes no pueden ni imaginarse llegué a nuestra Argentina, apasionada, cara dura, intrépida, controvertida, peleadora y tan querida! Cuando vi la bandera, ahí, ondeando en el mástil como haciendo un zarandeo de zamba, distraídamente, el cartel de BIENVENIDOS A ARGENTINA, apreté el timón y me puse a llorar. Y después a reirme y después en el camino, a carcajadas”, apuntó María en sus escritos.
“Desde que crucé la frontera, desde un poco antes para ser sincera, desde que aquel desierto mustio se empezó a poner a naranja en Atacama, no hay paleta de pintor ni muestrario de pinturería que alcance para matizar los colores de nuestra Argentina y además el llano ahora el horizonte infinito”
Una historia tan disfrutable como emocionante trazada en 115 días llenos de magia y camino por recorrer, un recuerdo que será infinito. Nuevos rumbos la llevarán hacia nuevos destinos, pero sin prisa y con calma, todos los caminos de esta aventura la condujeron hasta un lugar en el mundo: San Pedro.
“Es tan hermoso ser testigo en el camino. Yo no podía imaginarme mi vida sin el viaje. Haber hecho este recorrido, no lo cambio por haber hecho en estos meses ninguna otra cosa. Mi casa es acá, aunque pase de visita, aunque no permanezca. Argentina es mi casa”, reafirmó entre sus interminables palabras expresadas luego de haber alcanzado uno de sus tantos desafíos.

Zona Prohibida

Antes de internarme en la selva me quedé dos días en Yaviza. No había mucho para hacer, pero mi intención era pura y exclusivamente esa, no hacer nada, nada más que buscar con quien hablar y a quien escuchar acerca del Darién. Sin embargo para ellos era como si no existiera. El Tapón de Darién parecía no pertenecer al imaginario popular de sus pobladores. Su silencio me recalcaba la sensación inexplicable de no hablar el mismo idioma que la gente que, aunque eran de etnias kuna, wounnan, o emberá, todos, además de su lengua, hablaban en castellano.

No lograba explicarme si el Tapón de Darién, la Selva con mayúscula, les era tan familiar que no venía al caso hablar de eso, o tan ajena y desconocida que, aunque hubieran vivido ahí desde el día que nacieron, nunca habían avanzado mil metros más ni por curiosidad, ni siquiera cuando eran chicos, ni de travesura. O quizás fuera un tema vedado. Algo que en el fondo sabían muy bien de qué se trataba y por esa razón, porque sabían, no se metían con eso. Los de la cabaña de Yaviza tampoco me entendían a mí, del mismo modo, como si fuera yo la que hablaba en otro idioma, qué hacía yo, mujer, y sola -aparentemente-, en ese lugar. Acaso en mi país no había trabajo. Pregunta recurrente en los lugares del mundo de los que la gente se va para buscar una vida mejor.

 

Salí de Yaviza bien temprano después de dos termos de mate y con el termo nuevamente lleno. La mujer sola con un morralito en el hombro, no llamó la atención de los soldados que controlan el final de la carretera. Habrán supuesto que salía a husmear, a dar una vuelta. Yaviza resultó no ser el último reducto del camino como había leído, a pocos minutos pasé por un caserío sin detenerme, y al cabo de una hora otro caserío más, y después por el pueblito de Yape.

Sin llamar la atención, aunque la gente de estos lugares parece adivinarlo todo y enterar por telepatía al resto del mundo de lo que vieron. Más adelante los caseríos se hicieron más ralos y la vegetación más tupida. Las chozas ya no eran de madera como las casitas de Yaviza o las de Yape.

Eran palapas aisladas de palos y cañas con techo de palma y pilares de barro. El último rastro humano fue una nena con un bebé de varios meses a upa de su cintura. La mirada de la nena esperaba algo de mí, una explicación a lo insólito, adónde iba la mujer blanca y sola, caminando derecho hacia donde todo se acaba.

No paré para tratar de entender sus ojos ni para explicar. La nena balbuceaba monosílabos al bebé y el bebé la escuchaba fascinado y le manoteaba la cara exigiendo toda la atención y más. Último vestigio de civilización, la nena y el bebé, siameses de dos cabezas sin edad frente a una choza de palos y cañas.

A partir de ahí, todo se hizo lluvia.

Lluvia que caía de las nubes, del techo de la selva, de las ramas de los árboles, de los pastos. Durante todo el día caminé bajo la lluvia al costado de la lluvia y sobre la lluvia. Había buscado información, había leído de todo, hasta una novela en inglés con romance y divorcio adentro del Darién. Pero no dimensioné los datos: precipitaciones, índice de pluviosidad más alto del mundo, nueve mil milímetros anuales; el elemento permanente en la selva del Darién no es la fotografía, no es la imagen muda y seca que registramos, es el agua, la humedad, lo mojado. El agua, el ruido del agua, el olor del agua.

Más de trescientos ríos, más barriales, más los charcos que nadan sobre la plasticidad del suelo y se ensanchan.  Usar mis botas era lo mismo que andar en ojotas, solamente me protegían la planta del pie. A través de la media caña, a cada paso, entraba y se escurría el barro. Había algunos puentes rústicos, troncos cruzados o tablas sin clavar.

Había que tantear bien antes de afirmar el pie y avanzar a paso de caracol. Un caracol se deslizaba a centímetros de mi pie. Era más rápido que yo. Se me ocurrió que en realidad el caracol era más intrépido que yo. Un caracol intrépido parece algo inconcebible, pero así son los caracoles del Darién. Yo avanzaba despacio, más despacio que el caracol, buscando los claros entre la maleza voraz que, sin embargo, no me devoraba. Tampoco las serpientes, las presentía sin admitir el presentimiento. Las negaba. Prefería engañarme, no había visto a esa víbora que tras un siseo fugaz, se escabulló, no era la punta de su cuerpo ese dedal escaramujo detrás de la mata. Prefería a las mariposas azules, la naturaleza no puede ser letal si hay mariposas azules que se pasean como ángeles entre las hojas.

Los puentes colgantes tienen algo apocalíptico. Algún día va a pasar. Algún día se va a caer. Y no es como en la cornisa que flota en el aire y por la que codo a codo cruzo el infinito con Froloff. Los puentes colgantes se van a pique. Algún día va a pasar, sólo espero que no sea hoy, que hoy no sea abril y no sean las cuatro de la tarde porque está lloviendo, y ese es mi destino. Todo el tiempo ha estado lloviendo. La lluvia, el barro, los charcos, no me dejan ver qué pasa en el suelo que voy pisando, pero corro el riesgo, confío en el pulso del instinto. Sigo. El barro se me acomoda debajo de los tobillos y se amasa sobre el empeine, hay otro puente y aprovecho a vaciar las botas y a sentarme un momento. Sólo un momento.

Los puentes colgantes no me gustan pero no deben amilanarme y es preciso seguir. Otro puente colgante. Colgante colgante. Nada más que eso. Sin barandas, sin agarraderas. No tengo de dónde sostenerme más que el brazo invisible, el brazo intangible de Froloff que me acompaña. Su voz se agarra de mi cabeza como una morsa de utilería, sin apretar, pero firme. En el aire no se tambalea ni una gota. La lluvia ha quedado detenida en el espacio por un segundo en el que canta un pájaro. La naturaleza no puede ser fatal si hay un pájaro que canta. Aprovecho ese segundo y ese canto para dar con tranquilidad y hasta diría con alegría, el paso final al puente. La lluvia vuelve a desplomarse, de pronto, como si el mundo entero llorara cuando me paro segura, del otro lado del río. Alguna vez hubo un cable que ahora cuelga de un tronco en este lado. Hubo alguien que cruzó el puente, alguien que enrolló el cable, alguien que lo dejó en el tronco. Alguien construyó el puente y caminó en este mismo sentido asegurándose en el cable, como si sólo así fuera permisible sobrevivir a ese río bravo que se revuelve en sí mismo.

 

El Darién no me devora, no me ahoga ni me encierra, y aunque la selva es profusa no crece más rápido que el minutero de un reloj. No sé qué hora es. No sé qué día es -eso nunca- pero sé que no puede ser abril porque hace apenas unos días era diciembre. Tampoco sé cuántos kilómetros anduve, ni qué río es ese, pero siento que he avanzado, que quizás estoy en la mitad o por llegar a la mitad, y aún puedo ver claros entre la vegetación y seguir mirando al sur. Sigo. Toda mojada y sin remedio ni prenda seca. El punto de empapado no puede ser mayor, ha llegado al límite, la mochila, la ropa, el pelo, los pies. El punto de embarrado tampoco da tregua, donde me paso la mano se embarra la mano y donde me toco se embarra la cara se embarra el pelo.

Ya no veo, el barro y la noche. El fastidio de estar toda mojada y el fastidio de no poder limpiar con nada el barro porque todo está definitivamente embarrado, agota mi fortaleza. No hay opción, volver atrás sería el mismo esfuerzo que seguir adelante. Camino un  poco hasta que no veo nada. Nada más que Nada. Tanteo un sitio un poco ancho y sin charco, extiendo la bolsa de dormir que también está empapada y me acurruco sobre ella para que pase la noche y mientras tanto, descansar el cuerpo. Intento dormir con un solo ojo, alerta en la somnolencia. Aprendo los ruidos, mentalmente clasifico de qué son y mido la distancia de dónde vienen. La oscuridad no me ayuda. La noche me los acerca. Los siento cerca. Muy cerca. Estoy atenta, pero la lista de ruidos es como el rebaño de ovejas que contamos para conciliar el sueño. La lista se vuelve onírica y escribo garabatos que chorrean por un papel mojado como si fuera un tobogán. Quiero leer qué son esos ruidos que escribí pero no me entiendo la letra. El papel se me va de las manos, la lapicera se mezcla con la barza del pantano y me da igual. Aflojo los puños que cerraban la bolsa de dormir sobre mi cuerpo y me quedo dormida.

Cuando un escalofrío nos recorre la piel toda junta al mismo tiempo, dicen que pasó la muerte. La gente se frota para sacársela de encima. Yo, en cambio, la abrazo porque sé que es la presencia de Froloff. Un escalofrío me recorre y me abrazo a mis brazos. No quiero que me despiertes, le pido; por favor. No quiero despertarme. El sueño me ha vencido, y los ojos se niegan a abrirse. Tengo frío, tengo mucho frío. Un frío que no puede ser posible. No puede ser posible en el Darién porque es húmedo pero intensamente tropical, pero yo sigo sintiendo escalofríos, uno enseguida del otro, como si alguien me sacudiera, como si alguien me siguiera sacudiendo, como si me quisieran desabrazar los brazos. Me sacuden la superficie de la piel mojada como si fuera posible despegarla de otra piel y eso me hace tiritar hasta los huesos. Me despierto convulsionada y me quedo dura y fija en sus ojos amarillos. Nunca antes había visto algo así. El lomo agazapado se teje en una red con las ramas del árbol. Es una pantera más negra que la noche. No puedo quitar mis ojos de sus ojos amarillos. Nos miramos fijamente. Sin pestañear. Si llegara a pestañear le daría a entender que soy algo vivo entre la maleza y la lluvia. Ella está quieta, tan quieta como yo, y muy cerca. Dios. Invoco al Dios en cuyo nombre vengo de pecar. Dios en el que no puedo creer. Imploro. Árboles. Seres de luz. Michel.

En medio de la noche, en medio del Darién. Mi peor miedo era al hombre. Miedo a ser asaltada o violada, a que revolvieran entre mi ropa y encontraran las dos monedas de oro que yo creía que podían salvarme, pero el oro no puede salvarme ahora. La pantera eriza el cuerpo y gruñe, no le bajo los ojos y lo único que se me mueve es una lágrima. El agua de la lluvia, el agua del techo de los árboles, el agua de los charcos, del suelo, de la transpiración, y el agua de una lágrima. Dicen que pasó la muerte, digo que es Froloff. Michel, lo llamo.

Una ráfaga de viento y un chaparrón se descuelgan sobre mi cabeza. Un pájaro enorme penetra la fronda en vuelo directo hacia la sombra, chilla o gruñe como la pantera misma.  Se la lleva por delante, se arroja en su cuello y le arranca los ojos amarillos con el pico rapaz. El cuerpo de la pantera se debate entre las garras de una harpía que sale de la fronda como entró, sin dificultad y con una buena presa entre las patas. Toda la selva se sacude como si fueran miles las panteras que huyen atropellándose a través de la jungla. No había leído nada acerca de panteras. No se me había ocurrido pensar que en el Darién hubiera  panteras. Me siento muy tonta, muy ignorante. No había aprendido nada y me creía capaz de todo. En ese momento de miedo, sentí que el final podía existir de verdad y supe que Froloff, Michel, me protege de ese final aunque eso signifique transitar la inmensidad codo a codo por la nebulosa pero sin tocarnos. Sin tocarnos, aunque mi único deseo en este momento es poder abrazar-lo sin abrazar-me.

Encogerme adentro de su pecho. Pero no puedo abrazar-lo y al querer tocar-lo, sólo me-toco. Me paro y las rodillas me abandonan y me desarmo como una marioneta en el lodo. No sé si estoy llorando aunque quisiera hacerlo, pero no sé si soy yo la que llora o qué es toda esta agua, entonces grito muy fuerte. Sé que es él mismo el que me levanta desde las axilas como a un chico y de alguna manera me ayuda a seguir caminando en medio de la noche, en medio del Darién. Camino y todos los charcos estancados se succionan por milagro en el lecho de barro. Voy sin ver y voy más rápido. No veo nada y no estoy perdida como siempre. O estoy loca, o voy bien. Es por ahí y estoy segura.

Empieza el día, agradezco a la luz porque de día todo se ve más claro, y esas palabras tan banales son un alivio después de las tinieblas. No es posible que ya haya llegado a la frontera dudosa con Colombia, sin embargo escucho un silbido, y es un silbido y no un pájaro. Ahora el silbido es un hombre, no sé si debo temer o dar las gracias. Su gesto, su ceño fruncido; se queda mudo cuando me ve, tarda en reaccionar hasta que logra preguntarme y usted adónde va, y anda sola, y acá no se puede andar. Voy a Colombia le explico, mi auto va por barco y yo voy a pie. Esta es zona prohibida. Usted es colombiano, le digo, tiene acento. Lleva un arma colgada y ropa de fajina, pero no sé qué es. Un militar solo, es raro, y no me gustan los militares ni las víboras de dedal escaramujo, prefiero las mariposas azules. El sombrero de tela, estilo piluso, me da confianza porque le quita rigurosidad al uniforme camuflado, es un sombrero gracioso que contrasta con el resto de su apariencia recia. A usted la van a secuestrar o la van a matar directamente, me dice negando con la cabeza, sin margen de error. Esta es zona prohibida, repite con el acento colombiano. ¿Pero esto es Colombia? insisto en preguntarle. Esto es la selva, me dice, tierra de nadie,  yo soy colombiano, pero esas cosas mejor ni se preguntan. Creo que el hombre no sabe qué hacer. Saca un pañuelo del bolsillo, me dice que me va a vendar los ojos y me va a sacar de ahí. Escucho que se está desabrochando el cinto y no quiero pensar lo que estoy pensando. Pero con el cinto me ata las manos y me lleva de tiro como a un perro. Así está bien, compañera. Avance, compañera. Me llama compañera. Usted es de la guerrilla, le digo. Acá esas cosas mejor ni se preguntan, vuelve a decirme, pero una cosa sí le puedo asegurar, si la agarran los paramilitares, la matan, sin margen de error. El hombre habla poco, toda respuesta empieza con “eso mejor ni se pregunta”, sigue con algunos datos escuetos y contradictorios y termina con “sin margen de error”. Yo quiero saber, por curiosidad periodística, y por mi ideología. Pero nada me queda claro. Se me ocurre que tiene cara de Jacinto y lo llamo Jacinto, aunque no se llama así, me dice su nombre que no puedo escribir y me cuenta de cómo se había ido cuando el ejército pasaba por las escuelas reclutando a los chicos antes de ser hombres.  Me cuenta de los muertos de los que no puede hacer la cuenta, de la gente común que aparece asesinada con dos zapatos del mismo pie y de distinto número, de las madres asustadas que no denuncian nada porque ya tienen suficientes hijos asesinados y suficientes hijos sin paradero.  Me saca el pañuelo y lo vuelve a guardar en el bolsillo. Entiendo que no me volverá a vendar los ojos. Me desata las manos y se pone el cinto en su lugar. Es un momento en el que ha parado de llover aunque el cielo parece pesar sobre nuestras cabezas. Nos sentamos a comer bananas y a descansar cerca de un curso de agua marrón. Me señala una víbora con la puntera de la bota, la víbora se regodea en el barro, tiene un capuchón escaramujo en la punta de la cola y sisea. Ya vi de esas, le digo, haciéndome la valiente. Su mordedura es mortal, me dice, sin margen de error. Niega con la cabeza mirándome. De qué manicomio habrá salido, supongo que se pregunta. Una rana celeste se mueve con delicadeza entre los juncos. Me enternecen sus dedos frágiles. Le acerco mi mano para que se trepe pero Jacinto me la saca de un tirón. Puede ser venenosa, parece una arlequín, hay muchas especies diferentes. Jacinto no me suelta la mano, ha visto mi anillo, el único que uso hace años y que es un regalo de mi hijo. Está casada, sugiere; sí, le miento. Y dígame, compañera cómo es eso de que un esposo deje ir a su mujer así. Era un plan de los dos, pero a él le dio la malaria; me espera en Colombia. Caminamos todo el día y hablamos.

Antes del atardecer llegamos a la costa. Al Caribe otra vez. Mañana va a pasar la lancha, y cuidadito que la vuelva a ver por allá adentro, que eso es zona prohibida. Acá ya es Colombia, me dice, y a usted nadie la espera, pero igual la tengo que dejar solita, yo no puedo quedarme, compañera, y usted nunca me ha visto.

El extranjero

Me fui con el extranjero porque se parecía a Froloff. Esa fue la única razón. Quería volver a tocar esa mezcla de piel blanda con barba incipiente de su cuello. Según el obituario Froloff había muerto hacía siete años; según yo, aún sigue vivo; pero tocarlo, lo que se dice tocarlo, sólo puedo hacerlo en sueños. La manía humana de desear tocar me persigue y me enferma. La carencia del tocar me angustia. Una vez pensé en hundirme en un lago helado, congelar la enfermedad. Sin embargo ante la asquerosa humanidad freudiana del impulso sexual, ante el vacío de la enfermedad, ante la angustia, Froloff me regala una hoja o un pétalo, ofrenda que es como un caramelo para calmar el berrinche. Supe que el extranjero aparecía en mi camino puesto por él mismo, por Froloff. Justo en ese momento y en ese lugar, el Tapón de Darién. Hasta ahí había llegado en auto, “la autita”, pero a partir de ahí, no se podía seguir, no hay más ruta, no hay más carreteras. Son solamente cien kilómetros que desconectan el cuerpo de América. Dicen que es por la selva, porque esa selva devora con tanta ferocidad lo que se le interpone, que es posible ver cómo brotan las plantas ante nuestros propios ojos. Dicen que la selva del Darién se mueve más rápido que el minutero de un reloj, que las  ramas se multiplican el doble de lo que podrían ser taladas, que las lianas se enredan en las piernas antes de que estas puedan dar un paso más, atrapan en una red, y asfixian. Dicen que el Darién se mueve y podemos verlo si estamos dispuestos a morir en el intento. Nadie ha dado más pruebas que palabras o historias como esta. Pocos escaparon a las lenguas voraces dejando tras de sí el misterio sin revelar, la cámara de fotos y la cordura sepultadas en una parva verde infinita y húmeda. A riesgo de todo eso decidí cruzar el Darién a pie. No hay riesgo fatal si pienso en Froloff. Uno junto al otro nos veo ir por una nebulosa, una cornisa en medio del aire, codo a codo entre las sombras y los disparos de la luz, vamos, vagamente entre la muerte y la vida. Codo a codo con Froloff, cualquier sendero, cualquier cumbre, cualquier selva es posible.

Después de muchos días de averiguaciones en Panamá -todo el mes de diciembre estuve dando vueltas con esto-, encontré una compañía naviera que se ajustaba a mi presupuesto. Me explicaron que podían trasladar a la autita en ro-ro y que eso era más barato que dentro de un contenedor. Yo debía llevarla y entregarla con la llave puesta en el Puerto Manzanillo, luego ellos la subirían a la cubierta de un barco que la llevaría hasta Cartagena de Indias, Colombia. La autita debía pasar el Darién por mar en un barco de carga, era la única manera, y yo, en avión o en lancha. O caminando.

Hacía dos meses que había arrancado en Guanajuato, México, y había recorrido, cantando, la cintura delgada pero sinuosa de América Central. Cantaba a viva voz a los colores sin nombre, los verdes incalificables que pasaban por las ventanillas. Cantaba a Froloff, a su aura erguida entre los verdes de la ventanilla y mi mirada. Él, el acompañante, iba sentadito al lado mío, la transparencia de su mano se dejaba caer sobre mis venas alertas en la palanca de cambios. Sentaditos los dos, nos quedamos mirando a la autita que se mezclaba sin timidez aunque sonrojada -al rojo vivo- entre miles de autos estacionados, como si ella fuera la única. Un puntito avanzando en el espacio de un playón interminable.

La miramos, tomando mates con el agua que quedaba en el termo y un injusto sabor a desprendimiento. Una amargura que no valía la pena pero que tenía que ver con la desprotección de pronto. La autita era la casa, la casa con ruedas, y la casa se alejaba de nosotros para cuadrarse en un lote de vehículos con número de orden y bill of  lading.

Pero no había forma de seguir en ella en ese angosto tramo del camino, y abrigué a la nostalgia con la ilusión del reencuentro. En pocos días más. Ellos dijeron “una semana”. Sonreí y, sin soledad pero a simple vista sola, acomodé la mochila de entretiempo, y caminé a la salida del puerto.

El Puerto Manzanillo está en Colón. Colón tiene fama de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo. La gente que pasa por Colón va al hotel y se moviliza en taxi. Del hotel, taxi al centro, taxi al hotel. Nadie camina por las calles de Colón. Es el segundo puerto libre más grande del mundo después de Hong Kong. Los trámites son enrevesados pero como por debajo de la mesa, la mercadería circula rápido. Uno no alcanza a ver nada. Tampoco a entender. Aunque en Panamá hablan castellano, uno no entiende. Las maniobras se hacen solas mientras una voz que sale de una coladera de metal, nos automatiza, y, embobados, pasamos papeles sellados en una caja que va y que vuelve por debajo de una ventanilla negra.

Con la mochila liviana colgando de un solo hombro, me paré en el borde de la ruta para hacer dedo. Sintecho. No andaba nadie. El vaho del calor de la siesta levantaba un reflejo alucinante hasta la altura de mis ojos. Recordé a ese tipo, el extranjero. Él también andaba viajando en auto al sur, en una camioneta. Nos habíamos conocido entre esas idas y vueltas tratando de encontrar una naviera. Yo le había visto el cuello y se lo había deseado. Esa mezcla de piel blanda y barba incipiente. Hablé con él como si no hablara con él, él no me interesaba. Imaginé que si así eran los pliegues de su cuello, que si hacía esa arruga en el borde de la sonrisa, posiblemente tendría más de Froloff para darme. No tenía su mirada. Nadie la tiene. Pero al menos era una mirada clara. Y quizás si se callara, si lograra hacerlo callar y que no hablara en inglés, entonces podría volver a tocarlo a él, a Froloff. La manía humana de querer tocar. La enfermedad asquerosa. El extranjero también tenía que embarcar algún día de esos. También tenía que hacer el trámite, contratar la naviera, ir a Colón, no cruzar el puente y seguir de largo para entrar en Manzanillo, hablar con el robot por la coladera de la ventana negra, pasar los papeles por la caja, equivocarse, ir otra vez abajo del toldo, poner otro sello, volver al edificio de la naviera, volver a pasar la caja, volver a hablar con nadie y salir a esta calle, esta ruta donde el vaho de la siesta levanta un reflejo alucinante hasta la altura de mis ojos y entre el vaho se ve llegar, como otra alucinación, una camioneta azul.

Dijo que estaba verificando el camino, que era un hombre precavido y quería asegurarse cómo era eso de ir a Manzanillo y no cruzar el puente, pasar de largo, entrar a puerto; familiarizarse con el lugar, las ventanillas negras, los edificios, el toldo, el playón interminable. Lo invité a invitarme. Querés que te acompañe, yo ya hice todo. Así que lo llevé. Le mostré la secuencia de oficinas por las que debería pasar a sellar algún día de esos, cuando embarcara la camioneta. Y ahora cómo te vas a ir, me preguntó. Caminando, me encogí de hombros.

Estábamos sobre la costa del Atlántico, el Caribe, y yo debía volver al interior y viajar hacia el sur hasta el final de la ruta. Luego adentrarme en el Darién. Al principio habría un camino de tierra, después senderos de poblados, caseríos cada vez más ralos, y la selva. El Tapón de Darién que cerraba su propia fronda de secretos y al que yo, lejos de temer, ansiaba. El carguero saldría en una semana y ahí estaba el extranjero, hablando en inglés, admirándose en inglés oh, my god, de la sorpresa de volver a encontrarnos, y preguntándome en inglés si quería pasar un par de días con él recorriendo la costa del Caribe panameño. Pasaríamos por Puerto Lindo donde él se había alojado, recogeríamos sus cosas, compraríamos algo para comer, y nos iríamos a una finca de unos conocidos suyos que ahora no estaban. Como si lo hubiera planeado. Sonaba bien, aún en inglés. Podía quedarme ahí, al borde de la ruta, hacer dedo hasta el centro de Colón donde todo el mundo toma taxis, ir a la terminal y tomar un autobús que me acercara lo más posible al Tapón, quizás hasta Metetí, uno de los últimos pueblos al que la carretera se las arregla para llegar antes de enmadejarse en la jungla. O podía irme con él. Subirme en la camioneta azul, viajar a Puerto Lindo y después adónde, le pregunté. A Nombre de Dios, me dijo con esa arruga al costado de la sonrisa. Nombre de Dios, digna paradoja para esta aceptación al infierno, pensé, y me subí a la camioneta.

Froloff es francés, a pesar del apellido ruso y los ancestros, y además tiene una voz grave de esas que hacen tambalear los cimientos. El extranjero, no. Tampoco era desagradable sino todo lo contrario, era simpático, era muy amable, ni siquiera era denso ni un tipo baboso. Me habló de su historia, de su pasado, de por qué viajaba. Yo prefería mirarlo a escucharlo. Buscarle a Froloff entre los dedos. El extranjero era de su misma edad, esa edad en la que Froloff ya no podía gemir más que de dolor. Yo quería saber, tocar más acá de los sueños, como sería él, cómo sería su piel, y yo sabía, además, que esa oferta de la realidad, tan visible, y tangible, no era una casualidad. Mi soledad no era la soledad plena. Podía sobrevivir a la vacuidad del tacto. Podía ser feliz, era feliz, lo estaba siendo aún sintecho y a simple vista sola, en el peor lugar imaginable del mundo y ante las peores perspectivas. Era el propio Froloff el motor de esa camioneta azul que me estaba llevando al mismísimo Nombre de Dios. Lo dejé hacer. Y al otro, lo dejé hablar en inglés. Íbamos rodeando los vericuetos rocosos de la costa, el ruido del motor, música en inglés más inglés, el chasquido de las olas, mi brazo afuera de la ventanilla dejándose remontar por el viento. Yo ya había sido transportada a otra galaxia. A la cornisa de la nebulosa. Y si lo miraba, la arruga en la sonrisa. No tenía dudas. Me entregué.

Llegamos a la tardecita a Puerto Lindo y salimos a caminar entre dos hileras de árboles al costado de la bahía. La transpiración de la tierra se condensaba en la corola de las ramas.

Las olas débiles se rendían agonizando contra la voluptuosidad de las rocas. Nos sentamos frente al agua por una súplica de frescor para nuestras mejillas. Apenas por una súplica de frescor. Pero él sonrió con la arruga al lado de la boca.

Dos botes se apareaban sin temor a la incertidumbre. Dos botes entre la costa tan cercana como inaccesible y el océano impreciso. Dos botes horizontales. Dos cuerpos anclados.

Cuando la noche se tendió sobre las sombras y uniformó el pudor en un solo tono oscuro, volvimos a la camioneta. Tomamos la ruta de la costa, una ruta sencilla, de pavimento o alisado de material pero sin marcas. Aparecen curvas y caseríos a la luz de la luna y de las candelas. A estas horas, únicas en las que se apacigua el calor, la gente saca las reposeras a la calle. Hay chicos jugando. Un muchacho trata de besar a una mujer contra el marco de un zaguán. Unos chicos manotean chicles de una mesita iluminada con velas, la mesita es un quiosco y lo atiende una viejita doblada en dos. Como en Iquitos, recuerdo. Voy mirando. No escucho nada de lo que me habla. No quiero escuchar. Sólo cuando paramos me doy cuenta que hubo una decisión imprevista. Vamos a comer algo en ese lugar. El lugar es el patio de una casa. Bajamos y me propongo no ser injusta. El hombre es definitivamente amable. Gracias a la vida, y gracias al hombre que me saca fotos cuando las hijas de la del restaurante juegan a la peluquería con mi pelo largo y me hacen trenzas. Lo dejo que me tome la mano, tal como si fuera él mismo, un amigo, quizás, un amigo por qué no, pero no puedo dejar de encontrarle a Froloff entre los dedos y entonces le beso las manos. La arruga al costado de la sonrisa me lo agradece y yo me acerco a besarlo, se me escurren las trenzas entre los deditos mulatos de las nenas, las trenzas se deshacen en jirones y yo me deshago en lágrimas.

La madre, la que cocina, reta a las nenas pensando que me han hecho mal. Podemos hablar en castellano, pero es difícil encontrar las palabras para explicar lo que me pasa y no me pasa nada. La cena está lista.

Nos indican cómo seguir el camino a Nombre de Dios. Ya no queda nadie ni la noche misma afuera, es lo que dirían una boca de lobo. Entramos con la camioneta azul en la boca del lobo, no puede haber cordero más inocente en Nombre de Dios. Acampamos y nos acostamos largo rato sobre el pasto a mirar las estrellas. Hablamos en susurros aunque nadie vaya a despertarse. Estamos, o él lo cree así, absolutamente solos en esa finca. Los grillos. Las ranas. Las estrellas. Las vemos caer y pienso en todos los deseos que tengo. Los digo en voz alta, él no entiende nada, qué va a entender, cordero de Dios en la boca del lobo en Nombre de Dios. Porque puede haber víboras nos metemos a dormir en la carpa, pero no dormimos. Le busco la piel debajo de la ropa y le encuentro otra piel. Le amo la piel que no es suya. Toda la noche. El cuello y la piel blanda con las asperezas de la barba incipiente. Gracias a la vida maldigo a tu muerte y gracias al hombre que es, y al hombre que fuiste.

El extranjero duerme fulminado. Un tipo macanudo. Empieza a amanecer y yo ya no puedo verlo más. Saco mis cosas de la carpa, me desperezo estirándome en la inmensidad, me sobrecoge un silencio ajeno al mundo y, en ese silencio, sin el más mínimo ruido posible, me visto, cierro mi mochila, y me pierdo en la espesura hacia el interior y hacia el sur en dirección al Darién.

De Pisang a Mungji

Hoy es 15 de abril, y según lo que habíamos planificado, estamos más allá de donde deberíamos estar pasado mañana. No es por sacar ventaja de nada, es la naturaleza a nuestro alrededor y lo que nos ofrece el camino es una sorpresa constante que no tiene desperdicio, y aún cuando significa subir y subir, uno se olvida por completo del esfuerzo físico, los pies van solos como si ellos quisieran ver, y la mochila en la espalda es totalmente parte de uno.

Hoy fue realmente alucinante. Martín dijo que esto cada vez se pone mejor, y es verdad. Son monstruosas, las Himalayas son unas moles que se nos aparecen y se nos plantan ante nuestros ojos y aunque sean grande porque son nuestros ojos los
que las ven, como al cielo, es casi imposible verlas y verlas por completo. Uno se detiene a mirar, y ellas siguen sorprendiendo con más picos, con más cuerpo brotando desde el infinito, es como si crecieran. Uno las ve, y al rato parecen más inmensas. Y somos tan pero tan pequeños, tan poca cosa, tan nada, ante tanta majestuosidad. No hay palabras para poder describir la imponencia de estas montañas. Blancas. Cubiertas de gruesas capas de nieve y hielo, una parece bañarse hacia la otra en espuma, y así siguen, entretejiéndose unas a otras todo alrededor, y con esos picos que se lanzan al espacio de repente desde una nube que decide correrse como el telón para esa representación de magnificencia. Me conmueve estar entre ellas, me supera.
Hoy caminamos desde Pisang, Upper Pisang o Pisang de arriba, hasta Mungji. Fuimos por el camino difícil; difícil pero bellísimo. Hay dos formas de salir de Pisang: por la carretera en construcción o por la montaña. Por supuesto elegimos por la montaña. Fue una subida durísima, pero tuvo su premio, y su gloria. El premio, constante. Ver durante toda la subida el macizo de los Annapurnas, cada vez más en su amplitud, y al llegar a la cima a 3800 metros, dos horas después de haber salido: Ghyaru, un pueblito tibetano encaramado en la montaña con sus casitas de piedra y su gente simpática. Toda la gente por acá es simpática. Ellos sonríen. Son hermosos. Tranquilos. Amables. Buena gente. Nos sentamos ahí, frente a la gompa que está al pie de Ghyaru, a tomar unos mates con todo ese panorama increíble, una danza de blancas gigantes doblándose  caprichosamente, recortándose del cielo.
Seguimos nuestro camino bordeando la montaña, guiados por los chortens, que son monumentos de piedra con rodillos de oración que debemos pasar por la izquierda y hacer girar. Lo hacemos, y todo se conjura en una paz inexplicable. El aire frío de la altura, las montañas imponentes que sostienen y vigilan nuestros pasos, los rodillos de oración de los chortens. Es tan hermoso!
Seguimos hasta Ngawal, dos horas más desde Ghyaru. En Ngawal comimos el típico dhal baat y unos macaronis. Tratamos de hablar en nepalí, lo poco que sabemos y podemos, y ellos se ríen y se entusiasman en hablar con nosotros.
El plan inicial era dormir mañana en Ngawal, ya habíamos adelantado un día al llegar a Chame. Hoy pasamos de Ngawal, y sin querer, nos pasamos de Bragha, que era donde deberíamos haber llegado pasado mañana. Esto significa que llevamos dos días
por adelantado nuestro peregrinaje. No porque sea una carrera, simplemente porque nos gusta, porque nos sentimos bien, porque nuestros corazones se van acostumbrando a la exigencia de latir más rápido para bombear el oxígeno necesario para estar bien. Y estamos bien.
Nos pasamos de largo de Bragha y llegamos a Mungji donde decidimos quedarnos. Estamos en un albergue que cuesta 100 rupias, 1 dólar con 17 centavos. Después la comida es más o menos siempre 4 dólares, pero si es dhal baat, nos dan para repetir, así que más no podemos pedir.
En este lugar no sé si hay luz, internet menos que menos. Ya hemos tenido que sacar todo nuestro abrigo. Ayer nevó en el camino, y aunque caminando no sentimos nada de frío, al detenernos, hay que abrigarse.

de Sofía a Skakavitsa

La estación de trenes de Sofia está pegada a la estación de autobuses. A una parte de la central de autobuses; no me había dado cuenta, ya que siempre salí del edificio de la izquierda, que había otro edificio a la derecha. Y en realidad debería haberlo sabido, porque ese edificio de la derecha es de donde sale los autobuses internacionales, así que el año pasado, con Martín y Stella, hemos tomado el bus a Hungría desde ahí. Me falta Martín, mi GPS. Tengo el mapa y la brújula, pero tal comme d’habitude, me perdí. Y no me preocupé, la verdad, me dejé llevar por el bosque, como Caperucita Roja, hasta que apareció el lobo a rescatarme. Pero vamos por partes. Primero lo primero. Y lo primero fue tomar el tren a Dupnitsa. Salía a las 11.40, con 5 minutos de atraso. En menos de dos horas, llegué. La estación de buses de Dupnitsa también está pegada a la estación de trenes. Así que enseguida tomé un minibús a Saparava Banya. Ahí empecé a preguntar dónde estaban los senderos. Pregunté varias veces mientras me alejaba por las calles de ese publito. No es complicado, de donde para el autobús, hay que caminar a

la derecha. Las callejuelas suben. Hay que ir en subida. Hacia el sur y hacia arriba. Cuando vi un cartel que decía -menos mal que puedo leer cirílico- Panichishte 10 km, me quedé tranquila porque supe que iba bien, aunque el camino, rutita de pavimento, no es muy confortable. El paisaje me distrajo de la pesadez del asfalto. Las cadenas intercaladas de las Rila. Me sentí feliz al verme rodeada otra vez por ese paisaje y me puse a conversar con los árboles del camino. Finalmente y afortunadamente, apareció el sendero. Seguí las marcas, pero alguna la pasé de largo y no desvié a la derecha cuando debía desviar para ir a Skakavitsa. Seguía en subida, y empezaron a aparecer carteles que señalaban Rilski ezera, y nada de Skakavitsa. Pregunté a algunos que bajaban, y no sabían, así que me dejé llevar, total, hoy hacía noche en
Skakavitsa para mañana seguir a los lagos, y al parecer me había pasado de largo y ya estaba en el camino de los lagos. Unos muchachos muy amables que bajaban me dijeron que más adelante había dos hizhas, la primera a una hora, así
que de última podía dormir ahí.

Ya llevaba casi tres horas de andar, y la mochila, pesa. Mucha comida. Así que me la voy a re morfar cuanto antes para alivianar, urgente, antes de escalar el Musala. De paso llego más fuertecita, y más entrenada con estos días previos. Creo que
perdí el estado que traía de los Himalayas, pero no podría ser tan así, caminaba también los 7 km que separan Yabor de Triavna. En fin, me recupero muy pronto. Llegué cansada. No es normal. Pero vamos a lo segundo, lo segundo es lo segundo. Cuando me di cuenta que me había equivocado de camino, decidí tomármelo con mate. Paré junto a un arroyito que antes debí
cruzar, y me preparé el mate. El agua que llevaba en el termo desde las 8 de la mañana, cuando había salido para participar de una clase de español con Mixaela, estaba fría. El mate, un asco. Pero en fin, me lo seguí tomando con calma. Me senté tranquila en una piedra. En eso veo a uno de los amables muchachos que vuelve agitado, en subida. Volvió, unos quince minutos de camino, pero volvió, para avisarme que el camino a Skakavitsa salía más abajo y había unas marcas en las piedras. Por las dudas que yo quisiera volver, pegó la vuelta, subió rápido para alcanzarme y avisarme. Yo ya había decidido según la corriente del arroyo, seguir a los lagos, pero cómo le iba a hacer al pobre amable muchacho. Encima que se volvió a avisarme. Así que decidí volver a cruzar el arroyo y volver yo también hacia Skakavitsa. Menos mal, porque el sendero era más hermoso. Puro
bosque de pinos, ideal para perderse y no reencontrarse jamás. Cada recodo  entre los pinos es igual al otro. Dónde estoy? En el bosque, donde las sombras de la tarde que cae, engañan a los ojos, que además no ven muy bien. Prestar atención. Brújula y mapa. Volví a cruzar unos varios arroyitos y allá arriba, la vi. La hizha. Relajada llegué hasta aquí. Una hizha enorme, y muy linda, que como todas estas fueron construidas e inauguradas por el comunismo que auspiciaba los deportes al aire libre. Esta hizha fue la primera. Hay unos cuadros antiguos. Lo que no había, hoy 20 de julio, era lugar. Sin cama. Pero me ofrecieron un sofá y es tremendamente cómodo. Gratis. Empecé a darle al diente a las galletitas, me tomé unos mates calientes, y la típica sopa de después del camino, sin meat balls por esta vez.
Tardé de cuatro a cinco horas entre perdida y todo. Ya estoy rodeada. En las cumbres más altas
hay nieve. El bosque verdea todas las colinas. Es hermoso.

 

 

 

 

 

 

 

 

de Skakavitsa a Ivan Vazov-los Siete lagos

Impresionante. No hay palabras para describir tanta exuberante belleza. Los lagos empezaron a asaltarme la vista sin darme respiro. Un después del otro.

Pero lo primero es lo primero. Y lo primero hoy fue llegar hasta la primera hizha llamada de Rilski ezero. Saliendo de  Skakavitsa, la señal es clara. Se sale por donde hemos llegado. Hay una bifurcación, a quince minutos de haber salido, que
ofrece tomar el sendero de la marca roja, directo hacia el lago Babreka (Riñón. Tiene esa forma), que sería el tercero, y que será el primero más llamativo que encontremos muy cerca del camino. Hay otros antes, pero son más pequeños y se ven desde arriba, aunque es posible bajar, no están tan cerca. Si uno toma el sendero marcado con señal roja, no verá los primeros lagos. Yo no agarré la bifurcación. Seguí por la señal verde, para ver todos los lagos. Este sendero, el de la marca verde, no parece ser muy transitado, iba completamente sola, hay árboles caídos en mitad del sendero, hay que rodear los troncos, y la vegetación avanza sobre el camino. Se llega la hizha tras una hora de andar. Hasta ahí también llegan aerosillas desde Pionerska, y esa es otra de las razones por las que no mucha gente usa el sendero. Prefieren no caminar.
Todo el día es en subida. Cada lago está un poco más arriba que el anterior. Los primeros lagos aparecen sobre nuestra izquierda. El primero es Dolnoto ezero, está a 2095 metros, tiene una profundidad de 11 metros y una superficie de 0.059 km2. Su nombre significa lago Bajo, y se debe justamente a que está en un área baja y colecta el agua de los otros  seis lagos. Sus
costas están llenas de hierbas y algas.

Enseguida vemos el Ribnoto ezero. Lago de los peses. Está a 2184 metros de altura, tiene una profundidad de 2 metros y medio y su superficie es casi la mitad del anterior con sólo 0.035 km2. Le dicen el lago sombrío porque las montañas alrededor lo oscurecen. La superficie y las costas también están cubiertas de hierbas. Cerca de él hay una segunda hizha llamada Cedemte ezera (Siete lagos).

Apenas unos pasos más y vemos a los Gemelos, Bliznaka. Se les llama así porque aunque son dos, están unidos un angosto canal. Estos están un poquito más arriba, a 2243 metros de altura, tienen una profundidad de 27 metros y medio y su superficie es de 2.10 km2. Entre los dos se destaca una elevación, un pico llamativo y hermoso que se llama Haiduta o Haramiata. Casi al mismo tiempo, pero sobre nuestra derecha, aparece el Riñón, Babreka. Es el más grande de los Siete Lagos y famoso centro de la danza Panevritnia, danza de la Paternidad Blanca. Está a 2282 metros, con una profundidad de 28 metros, y una superficie de 0.54 km2.

Imposible no detenerse varias veces ante tanta belleza que brota sin pausa de la faz del mundo. Hice un pequeño picnic en las costas de Babreka que son de rocas. Hasta aquí habían sido dos horas de camino desde Skakavitsa. Cerca de este lago está el pico Otovinski que es un lugar de relajación donde se reúne especialmente un grupo llamado la Hermanda Blanca. Desconozco.
Sólo puedo decir que ante el espectáculo me sentí enormemente agradecida y con una paz y una alegría que me conmovían a cada paso. Eso no fue nada. Seguí subiendo, y a 2440 metros, aparece el lago Okoto, el Ojo, la belleza es indescriptible, embriagante, me mareaban las orillas con la nieve volcándose sobre las aguas desde las montañas. Además, este lago, al ser el más profundo, 37.9 metros, e ve tan pero tan cristalino y azul. No es muy grande, 0.27 km2, pero su belleza apabulla y tuve que volver a parar un momento y sentarme a respirar junto a él.
Apenas pasar el Ojo, y subir un poco más, se divisa a lo lejos el Trebol, Trilistnika. Está cerca de los Gemelos, pero antes me lo
ocultaban las montañas. Lo vemos desde arriba. Se encuentra a 2216 metros, tiene una profundidad de 6.5 metros, y 0.026 km2. Y al final de lo que se llama el Circo de los 7 lagos, está el Salzata, la lágrima. Este lago está casi la mayoría del año congelado. Está a 2535 metros, es el más alto, no es muy grande, 0.18 km2, y tiene una profundidad de 4 metros y medio. También se le llama Gornoto. Sus aguas son cristalinas. Aquí ya estamos en la cima del cerro «Ezerni», desde la cumbre, la visión es a-lu-ci-nan-te.

Fue muy hermoso. Saqué miles de fotos, de las montañas alrededor. Las crestas intercaladas de las Rila. De los lagos. Creo haber visto muchos más de 7. Tanta belleza. El día fue espléndido. Me detuve muchas veces a mirar y admirar y sacar fotos. El camino normal llevaría desde Skakavitza, 4 horas hasta aquí, pero uno no podría hacer este camino sin detenerse, ni aunque
tuviera los ojos vendados, hay algo que seguro nos detendría. La paz. El aire. El silencio. El murmullo de la montaña.
Ya después de este maravilloso espectáculo, la plenitud parecía insuperable. Se sigue derecho un poco más, pasando por el borde de la Lágrima y en un cruce de caminos, si uno quiere continuar hacia Ivan Vasov, como yo lo hice, debe girar a la derecha. Es muy fácil. Muy recto. Y la hizha se ve apenas unos minutos después. Es una hora por este camino tranquilo donde
no queda más remedio que meditar acerca de lo vivido. Rememorar las imágenes que se nos han grabado en el alma. Pensé muchas veces en Martín. Cómo hubiera querido que el viera los Siete lagos. En Ivan Vasov estoy en un dormitorio común. Cuesta 13 levas. Tomé mates y comí una ensalada, 3 levas. Y me fui a bañar al río. Fresco, pero fuerte como un cosaco como diría Michel, pelé bombacha y corpiño, y me bañé con jabón y todo. Luego me tiré al sol. Se nubló, se largó a llover, y volvió a
salir el sol. Un gato negro se subió a la banca y se sentó en mi falda.