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Día 43 (2 de mayo) – de Zambrano a Tegucigalpa

Se escuchó diluviar toda la noche sobre el techo de chapa. Arrancamos con bruma y garúa. Estábamos en las alturas, a 1400 metros sobre el nivel del mar. Con el aire fresco. Cerca de las nubes. La ruta enseguida se fue a pique y bajamos durante los primeros 10 kilómetros más de 500 metros. Sin engolosinarse. Pedalear Honduras es jodido. Es arremeter contra las murallas naturales de América que se anudan todas juntas en esta cintura del continente. Es jodido y es precioso al mismo tiempo. Tiene el sabor del desafío y la conquista, y la mirada del mundo desde un palco privilegiado. Quien no cruza las montañas por sus propios medios, ya sea en Honduras o en la Patagonia o en los Himalayas, nunca entenderá de qué estoy hablando. No existen palabras suficientemente exactas para contar cómo es. La geografía de Honduras como la de otros espacios selectos del mundo, es imponente y tan caprichosa que no habíamos terminado de gritar de alegría en esa ráfaga de descenso cuando otra vez el terreno nos obligó a pedalear y forzar y sudar hacia arriba. Tan duro como gratificante. En el trayecto cruzamos a grupos de ciclistas entrenando, entre ellos conocimos a Daniel Zavala. Daniel pedaleó con nosotros hasta Tegucigalpa a quien cariñosamente todos ya llamamos Tegus. Hicimos juntos una parada y Daniel insistió en invitarnos una gaseosa fresca. Luego nos guio hasta el centro de la capital. Nos llevó por avenidas que eludían el periférico para evitar pasar cerca de barrios marginales peligrosos, según nos dijo.

La entrada a Tegucigalpa es un quilombo. Una bajada rauda con mucho tráfico y vehículos recontracelerados por todas partes y hacia todas las direcciones. Menos mal que teníamos guía, así y todo nos perdíamos de vista entre el caos y los viaductos, puentes, avenidas que pasan unas encima de otras y dan vueltas y rotondas. Difícil. Estresante. Confuso. Pasamos por Comayaguela un barrio suburbano populoso, una pequeña ciudad dentro de la gran ciudad, y por el estadio nacional, y al final llegamos al centro. Daniel nos dejó en la esquina de cerca de donde hay varios hoteles. Los hoteles Granada que yo conocía de antes resultaron ser caros para nuestro actual presupuesto así que seguimos buscando y encontramos el hotel Gutemberg, en el barrio Guanacaste. Muy bien. Lindo. Limpio. Con internet, agua potable, café gratis, televisión, cuarto pintado de lindos colores, para los tres, 400 lempiras.

Salimos a comer y este barrio es de mercados, es barato, ¡tres tamales por 10 lempiras! En una tienda de segunda mano compramos un pantalón para Martín, 100 lempiras, y una calza para mí, 50 lempiras; carne y chorizo con ensalada por 50 lempiras, 7 bananas por 10, una bolsa de mangos por 20.

En medio del caos urbano Tegucigalpa tiene lo suyo. La historia post-colonial estampada en los frentes y altares de las iglesias labradas por indios anónimos. El estilo es único, el barroco tradicional aquí es almohadillado o salomónico y recae en guirnaldas rococó. Además, la originalidad de la decoración en cerámica vidriada. Haciendo frente a la liturgia, Francisco Morazán en el centro del parque y de la historia, se abre el pecho y grita eternamente “aún estoy vivo”. A este mismo parque central llegábamos de a miles en 2009. Cuatro mil desde Comayagua, tres mil desde Olancho, cuarenta mil en total marchábamos en resistencia cantando con el puño izquierdo en alto ‘nos tienen miedo porque no tenemos miedo’. Habían impuesto el toque de queda, la represión violenta, los golpes de macana, el atropello de la caballería, las ráfagas de gases lacrimógenos y balas de goma. Cientos fueron detenidos, cientos fueron desaparecidos.

Datos técnicos: Zambrano-Tegucigalpa 38.8 km

3.21.01 hs

Total: 2967.45 km

Día 42 (1 de Mayo) – de Siguatepeque a Zambrano

La ruta desde Siguatepeque se puede tomar yendo al centro, a la plaza, y de ahí tomar el bulevar y ese bulevar sale a la carretera. Fuimos hasta la plaza de las banderas donde se congregan los puestos ambulantes de comida a tomar un frugal y nutritivo desayuno. Café con leche y también avena y pancito dulce. Desde la plaza encaramos el bulevar con la fresca. Siguatepeque está a 1100 metros y, a esta altura, el aire es complaciente y brumoso. El trayecto empieza subiendo un poco más y, después, una bajada que nos arrastra como un alud a 500 metros sobre el nivel del mar. La pendiente se tranquiliza pero uno no debe engañarse. Sabemos que, más adelante, nos aguarda la famosa Cuesta del Rodeo. Temible. Una subida pronunciada y en caracol en algunos tramos, de más de mil metros.

A 35 kilómetros de Siguatepeque, pasamos por Comayagua, la primera capital de Honduras. Es la región más plana del territorio hondureño. De aquí en más y todo alrededor hasta los dos mares, se entrelazan las cordilleras. Comayagua se destaca por los tejados rojos y la arquitectura colonial barroca, huella indeleble de un pasado de abolengo. Sus iglesias son el destino de la pascua de resurrección, las calzadas reciben a los peregrinos pintadas de aserrín con escenas del vía crucis. Seguimos a Flores. 25 kilómetros más con la idea de quedarnos a descansar allí y estudiar desde abajo cómo pintaba el desnivel de la temible cuesta. Sin embargo la buena energía por un lado y lo diminuto del pueblito de Flores por otro, nos envalentonaron a seguir. Flores es un pueblo simpático. Tiene los ingredientes del sabor pueblerino. Después de almorzar en una esquina enfrente de la tradicional plaza, nos sentamos a hacer la digestión a la sombra del quiosco central. A las dos de la tarde empezaron a llegar las señoras. Esperaron en la puerta de la iglesia hasta que llegó la que tenía la llave. Una vez abierta la iglesia la maquinaria se puso en marcha. Como si todo estuviera minuciosamente estudiado y dispuesto, una quitaba el polvo con un plumero, otra barría, otra pasaba el trapo de piso. Mientras tanto, sus señores se reunían en el quiosco donde descansábamos y se acercaban a conversar con nosotros. Es un pueblo chico, la gente se conoce, y por lo que nos contaban, las últimas novedades ya ocurrieron hace años.

-ese tamarindo que está ahí en la esquina, existe desde antes que existiera el pueblo, y aquel mural que está enfrente lo pintó un venezolano que andaba viajando como ustedes, hace quince años. Pintó al pueblo, la plaza, la iglesia, y el árbol de tamarindo

-aunque tiren el árbol o se caiga la iglesia, van a quedar pintados en el mural…

Gente linda y de yapa, mangos que se caen de los árboles.

No sabíamos si seguir o no seguir. Los señores nos decían que sí, que llegábamos, otros decían que no, que nos agarraba la noche. Encaramos. Desde Flores a Zambrano. 30 kilómetros y más de mil metros en subida. La Cuesta del Rodeo. Es una larga pedaleada sin tregua. Si uno levanta la cabeza y ve el tráfico allá arriba piensa que nunca va a poder llegar hasta allá, pero cuando quiere acordar uno ya está allá mirando alrevés, encaramado en la ladera, viendo hacia abajo el caracoleo del tráfico. Llegando al techo del mundo. La vista es inmensa y preciosa. El borde del camino, el vacío, el más allá con las montañas azules y marrones y lilas. El olor a hierba limón que intoxica el aire de frescura.

Nos llevó varias horas. Todavía faltaban 15 kilómetros y el atardecer ya nos cazaba por la espalda. Anaranjadísimo se nos venía encima. En eso Martín pinchó una rueda. Yo ya no veía. El atardecer para mí es la peor hora. Las sombras se adueñan del paisaje de la ruta se adueñan de todo las sombras. No puedo discernir. Seguí pedaleando tratando de ganarle la carrera a la noche que nos ganó irremediablemente. Y nos ganó con lluvia torrencial. El cielo se desplomó sin previo aviso. Justo en la entrada de Zambrano. Habíamos llegado. Ahí nomás había un hotel con restaurante. Todo lo que necesitábamos. El hotel nos costó 400 lempiras. El plato de frijol, huevo, queso, aguacate, crema, banana, 60 lempiras y los platos con carne, 85.

Datos técnicos: Siguatepeque-Zambrano 81.7 km

6.10.54 hs

Total: 2928.65 km

Día 41 (30 de Abril) – de los Naranjos (Peña Blanca-Lago de Yojoa) a Siguatepeque

Llovió toda la noche y siguió lloviendo en la mañana. El Lago de Yojoa, rodeado de bosques nubosos, es la zona más húmeda de Honduras, eso favorece la diversidad de reptiles y anfibios y la exclusividad de la flora. Esperamos a que amaine. Habíamos puesto sobre las carpas unos plásticos que llevamos para estos casos. Las carpas no son muy buenas y si cae mucha agua es necesario tener un sobretecho extra. No se nos mojó nada. Al mediodía sólo se escuchaban intermitentes las gotas que habían quedado atrapadas en las hojas de los árboles. Aprontamos los bártulos y arrancamos. Decidimos retomar el rumbo volviendo hacia Peña Blanca y desde allí, los 14 kilómetros que bordean la laguna hasta La Guama. El espectáculo fue inmejorable. En la orilla de enfrente la cadena de montañas era un collar de zafiros azules que atemperaba los grises del cielo y se miraba en el espejo de agua. Una belleza única pintada en un momento único. No nos pesó la hora porque el clima estaba agradable para pedalear. A lo largo de la costa hay vendedores de pescado crudo. Los cuelgan de caballetes hechos de ramas y troncos. Parecen móviles de arte efímero. Más adelante hay restaurantes donde ofrecen platos de filetes y mariscos, uno al lado del otro y con vistas magníficas a la laguna. Cuando se termina el lago, la ruta empieza a subir.

Son 22 kilómetros de subida constante en los que hay que superar un desnivel de 650 metros. Aunque no es una subida empinada tampoco da tregua hasta el final. La venta ambulante cambia por completo, aquí se venden piedras y cal. Piedra caliza para construcción en bloques, en trozos, en cascotes rosados o esculpida, y médanos de cal. La superficie del pavimento está condimentada de polvos rosados y, entre la dureza y la sequedad de la roca, hay puestos de venta de miel. Se pasa por la entrada a las cuevas de Taulabe un entretejido de grutas subterráneas de dimensiones inexploradas.

Llegamos a Siguatepeque con llovizna. La subida se ha convertido en una serie de vaivenes como para relajarse y regular el pulso cardíaco. Unas cuadras antes del centro está el Hotel Plaza la Fuente. Nos costó 350 lempiras. Tiene internet, el cuarto es limpio, luminoso, agradable, con ventilador, tv, baño, enchufes. Hay estacionamiento y Josué, el chico que trabaja, es atento y servicial. Comimos al lado del mismo del hotel y fue fabuloso. Porciones enormes y muy ricas. Un platazo de pollo con papas cuesta 85 lempiras, un taco gigante de pollo con tajada que es plátano guineo cocido, 50 lempiras y las tortillas de quesillo, 15 lempiras cada una. Hacía muchos días que no comíamos tan bien.

Datos técnicos: Los Naranjos-Siguatepeque 69.7 km

5.28.32 hs

Total: 2846.95 km

DíA 39 y 40 (28 y 29 de Abril) – de San Pedro Sula a Los Naranjos (Peña Blanca-Lago de Yojoa)

Antes de partir estuvimos en la puerta del Caribbean hotel, que resultó ser muy bueno, conversando con Juan Carlos Valeriano. Hablamos del viaje y de política. Honduras ha despertado. Recuerdo cuando estuve con la resistencia en el año 2009 y me fui con la premonición amarga de que no se llegaría a ninguna parte porque la gente estaba atontada por el show mediático y la telenovela. Un buen grupo de estudiantes resistía a conciencia pero el común de la gente, los más humildes y depositarios de las políticas sociales, repetían las consignas golpistas de la oposición:
‘a ese vago ya lo sacamos’, demonizando al ALBA y a los gobiernos progresistas de la región. Zelaya se enfrentó a los más poderosos, al narcotráfico, a las corporaciones multinacionales, a la industria farmacéutica, a los militares, y a los Estados Unidos ya que convertiría la base militar yanqui de Palmerola, a pocos kilómetros de la capital, en un aeropuerto civil. Como consecuencia de todos estos atrevimientos de soberanía, Zelaya fue secuestrado de su casa antes del amanecer, se fraguó su firma en una renuncia falsa, y se hizo un golpe de estado disfrazándolo como una sucesión legal institucional, y se reprimió ferozmente, torturando y asesinando a todo aquel que opusiera resistencia. En ese entonces muchos internacionalistas comunistas nos sumamos a hacer un trabajo de hormigas. Hablar con cada uno de los habitantes de cada familia de todos los poblados a lo largo y a lo ancho de Honduras. Yo andaba ‘de turista’ y preguntaba una dirección a un policía o en un negocio. La charla se encauzaba por el tema de la seguridad:

-casi suspendo el viaje porque me dijeron que estaba peligroso…

-eso ya está controlado, es que nos querían convertir en Cuba, si hasta venían médicos y maestros cubanos. A mi casa iban a enseñarle a leer y escribir a mi mamá y la querían operar de los ojos a mi abuela que está ciega

-¿gratis?

-sí, pero eso está mal porque nos querían hacer comunistas.

-pero entonces ahora tu mamá no va a seguir con las clases… ¿o el maestro cubano va a seguir? ¿y tu abuela entonces ya no va a volver a ver? qué lástima…

– y sí… al final era bueno Mel…

Había faltado lo mismo que faltó en casi todos los países del ALBA, la formación ideológica.

Cuando tuve la grata oportunidad de conversar con Juan Carlos Valeriano en la puerta del Caribbean hotel, me di cuenta de que están despiertos. Saben que a Xiomara Castro le robaron la elección, saben lo que le hacen los gobiernos neoliberales al país y al pueblo, las leyes de flexibilización laboral, el libre mercado, la injerencia del imperialismo y sus corporaciones económicas, el narcotráfico. Juan Carlos Valeriano nos invitó a desayunar pero como le dijimos que no, nos dio 100 lempiras que aceptamos condición sine qua non, fuera para la compra de este libro. Juan Carlos Valeriano es de un barrio marginal de San Pedro Sula. No tiene dirección postal y no lo encontramos en facebook. Aún no sabemos cómo haremos para enviarle su libro. Sólo podemos dejar escrito aquí que él es parte de nuestra vida y de nuestra historia y que lo seguiremos buscando por todos los medios para darle su ejemplar, aún si esto significa que tengamos que volver pedaleando a la vereda del Caribbean hotel donde nos despedimos aquella mañana calurosísima de abril.

Salimos tarde. Con 44 grados de temperatura ambiente y un poco más de sensación térmica.

-Exagerado- repetía la señora de una pulpería donde compramos unas cuantas bolsas de agua a 2 lempiras cada una.

El calor era agobiante. A dos horas de pedalear sin parar, empecé a tener una sensación contradictoria y nueva. Estaba tiritando. Se me erizaba la piel, pero en vez de ser de frío, era de calor. El agua de la botella estaba más caliente que una ducha. Por suerte hay sombra al borde de la ruta.

En Tegucigalpa había un temporal. La gente nos contaba que la ciudad capital estaba inundada, que la tormenta había sido tan fuerte que había derribado unos carteles luminosos y se había provocado un incendio. El calor había originado otros incendios en las montañas que gracias a esta lluvia se estaba combatiendo. Por nuestro rumbo el sol nos seguía rajando el casco y, por el momento, el cielo azul profundo no pintaba llover ni una nubecita.

En un puesto de frutas variadas compramos piñas y estuvimos con Denis que viajaba con su familia. Faltaba poco para nuestro desvío, Denis nos explicó y nos convidó un coco a cada uno. El coco es reconfortante. Tiene las sales necesarias para equilibrar el desgaste del sudor del cuerpo, es un hidratante perfecto, nos calma la sed, es sabroso, y nos da energía para seguir.

En este viaje aprendimos cómo cosechar cocos silvestres y abrirlos sin machete ni cuchillo. Los mejores son los medianos. Para abrirlos es un golpe seco de perfil en la corteza misma del cocotero. Si no funciona, intente nuevamente.

Tomamos el desvío a Peña Blanca y llegamos exhaustos. Paramos a comer un plato de comida por 50 lempiras y ya con el sol más bajo y relajado encaramos los kilómetros restantes hacia Los Naranjos, al “D&D brewery” donde yo estuve en 2009 y donde hacen cervezas artesanales riquísimas, de frutas, rashberry, blueberry, apricot, y otras más. ¡Deliciosas! Las venden a 47 lempiras.

Para llegar a este lugar hay que encaminarse hacia Yojoa, doblar a la derecha en el desvío de La Guama, tomar hacia Peña Blanca, 14 kilómetros bordeando la laguna. En Peña Blanca hay que buscar la calle que sale hacia Las Vegas, Santa Bárbara, y por esa calle son 4 kilómetros hasta el cartel que indica dónde hay que girar 300 metros hasta D&D.

Acampamos aquí, el lugar es fenomenal. Lleno de vegetación tropical, caminitos de piedra, alberca con agua helada, cabañas, dormitorios. Ha cambiado. Cuando estuve en 2009 sólo estaba Bob, dueño y quien hacía todo. Ahora hay varios empleados, Bob no está, y el dueño se llama Bobby. La máquina de cerveza es la misma de antes y las cervezas no pueden ni podían ser mejores. También ha cambiado el barrio. Antes no había nada en esta calle, sólo este lugar. Ahora hay casas, gente, y algunas pulperías y restaurantes.

“San Pedro Sula -ayer con 44 grados centígrados- se conoce por ser una ciudad muuuy peligrosa, y a pesar de que no nos pasó nada, dar una vuelta nocturna por el centro basta para ver que los negocios optan por cerrar temprano, que hay una vasta cantidad de indigentes dormidos en el parque central y en las puertas de los negocios, gente prostituyendose y ofreciéndote crack entre otras cosas. De día parece que la noche no existió y se transforma en una ciudad movida y repleta de gente humilde y amable. Tanto las rutas que entran como las que salen de esta comercial ciudad están repletas de tráfico y trailers que traen y llevan cantidad y variedad de productos. Y ahora, a los alrededores del lago de Yojoa nos deleitamos con una deliciosa artesanal ¡draft beer raspberry rigiosa ale!” (Martín Murzone)

Descansamos en Los Naranjos un día más. El jardín es exuberante. Hay flores exóticas que existen solamente en este rincón del mundo, como unas matas carnosas con flores llamadas argaritas o mahonias, las petravenias de color rojo carmín, orquídeas y un árbol de frescos mangostines. La laguna de Yojoa es también un paraíso de aves únicas y plantas acuáticas.

Aprovechamos la pileta y el internet y salimos a caminar hacia el río y a buscar restaurantes más económicos que en la fi nca para ajustarnos un poco a nuestro magro presupuesto. En el restaurante Martín hizo amigos del equipo local de fútbol infantil; se sentaron con él y pasaron un rato estudiando la cancha. Más tarde nos tomamos unas cuantas cervezas de D&D; Martín estuvo trabajando con Rafa que es quien las elabora y de paso aprendiendo algunos secretos. Rafa nos invitó a cenar pescado a su casa. Ahí estuvo también Walter, guía de D&D quien nos aconsejó no ir en bicicleta por las montañas de Santa Bárbara ya que los barrancos son muy empinados, piedra floja y precipicio. El pescado estaba muy rico. En la noche y como en casi toda la Honduras, empezó a llover.

Datos técnicos: San Pedro Sula-Los Naranjos (Peña Blanca-Lago de Yojoa) 80.3 km

7.45.45 hs

Total: 2777.25 km

Día 38 (26 de abril) – Puerto Cortés a San Pedro Sula

A toda esta carretera que sale de Puerto Cortés hasta San Pedro Sula le llaman el Bulevar. Tiene un camellón en el medio con pasto y algunas plantas. Es la ruta principal, una autopista sencilla, una calle ancha con poca demarcación. Sobre el lado derecho nos acompaña un barranco con áboles que apaciguan un poco el intenso calor y el smog de los camiones. Cada vez que vamos llegando a un pueblo el bullicio del tráfico aumenta paulatinamente hasta volverse apabullante y fastidioso. Se atraviesan varios pueblos por el medio y entonces se aglomeran vehículos, motos, combis de pasajeros que van gritando destino y estacionándose en las garitas o en las esquinas. Hay gente que camina, que se cruza, y gente que espera y nos habla…

-vamos a San Pedro Sula

-es muy peligroso

-ayer encontraron tres muertos sin cabeza y dos nenes envueltos en una sábana blanca todos macheteados

-la mara y los del barrio 18 te cobran el impuesto de guerra y si no pagás te matan

Las advertencias se han repetido y se repiten durante todo el viaje. San Pedro Sula resultó ser el único lugar de los quince mil kilómetros pedaleados del que podríamos decir que sí, que es peligroso.

A pesar de que este será el día más caluroso de todo el viaje, sensación térmica 46 grados, llegamos enteros a San Pedro Sula. En el centro visitamos como diez hoteles distintos hasta decidir quedarnos en el Caribbean Hotel, el que mejor relación calidad precio nos ofreció. Cuesta 470 lempiras la habitación doble con dos camas grandes, aire acondicionado, tv, baño, garrafones de agua, es cómodo y bastante lindo. No tiene wi-fi pero nos pasaron la clave de otro negocio que funciona en la planta baja. Los empleados son muy buena onda. Comimos en un comedor, comida corrida. El plato 35 lempiras, es un platito frugal, por lo que quizás es necesario manducar doble. En la esquina del hotel hay un puesto de frutas, compramos una piña por 25 lempiras, en otro negocio nos habían pedido 50. Bananas, 10 lempiras el kilo.

Ya había oscurecido cuando pensamos en dar una vuelta y comprar algún otro alimento para cenar. Eran poco menos de las 8 de la noche. San Pedro Sula se había transformado. No era la misma ciudad de la siesta. La calle era fantasmal. Todos los negocios estaban cerrados con persianas metálicas y cadenas con candados. Mujeres, travestis, y niños, chicas y chicos, se ofrecían en cada cuadra de manera grotesca. Algunas personas deambulaban como zombis poseídos por la droga. Otros estaban tirados en mitad de la vereda con los ojos desorbitados. Se aglutinaban oscuras bandas en las esquinas y ofertaban sin disimulo todo tipo de mercancía narcótica.

-Métanse adentro, por dios- nos ordenó la recepcionista del hotel cerrando antes que abriendo la puerta -ya no hay pulpería abierta y es muy peligroso. Todo el mundo anda armado en esta ciudad.

San Pedro Sula es la ciudad más peligrosa del mundo según las estadísticas. Suma la mayor cantidad de asesinatos por cantidad de habitantes. Las pandillas mandan en los barrios y en el centro de la ciudad donde además hay una cárcel superpoblada desde cuyo interior se digitan acciones criminales afuera. Debajo de los bordos de contención del río crecen villas más populosas que cualquier municipio hondureño. Las mafias controlan todo el flujo de dinero del que exigen un porcentaje a cambio de la vida.

Datos técnicos: Puerto Cortés-San Pedro Sula 56.6 km

3.30.33 hs

Total: 2696.95 km

Día 37 (25 de abril) – de Entre Ríos (Guatemala) a Puerto Cortés (Honduras)

Tal como conjeturábamos ayer, es mejor no dormir en Entre Ríos que no ofrece nada y cruzar a Honduras. La frontera está a una hora de pedaleo de Entre Ríos, 22 kilómetros, y a poco de cruzar aparecen algunos hospedajes, el segundo y el tercero sobre mano derecha tienen piscina. Hay balnearios del lado hondureño y ríos de agua clara. Atrás dejamos los ríos del Petén e Izabal, la mayoría de ellos de aguas escasas -excepto el gran Río Dulce- y turbias.

La ruta desde Entre Ríos no tiene mayores dificultades, es casi toda plana aunque con curvas y algunas pendientes que a esta altura del viaje resultan ‘pan comido’. Sin embargo no podemos alardear ni cantar victoria, apenas trasponemos dos pasos en territorio hondureño nos damos cuenta que miremos hacia donde miremos no hay más que montañas. Brotan hacia todos las direcciones. No parecen ser parte de una sola cadena ni seguir un solo sentido. Ni siquiera parecen estar hechas de la misma piedra ni modeladas por los mismos accidentes geológicos. Tampoco están cubiertas del mismo color ni bañadas por las mismas sombras. Hay montañas verdes y montañas azules, hay montañas marrones y montañas lilas. Desde aquí, desde la puerta del cuarto país del viaje, presentimos que estamos asistiendo a un aquelarre de cumbres y cordilleras. Y como centro de este aquelarre, la mesa central de este encuentro, un largo valle que cruza transversalmente el mapa de Honduras.

‘Qué honduras’, exclamó Cristóbal Colón. Se refería al encabritado oleaje que los sacudió en el Cabo Gracias a Dios en la desembocadura del río Coco, frontera entre Nicaragua y Honduras; la expresión sirvió para bautizar adecuadamente a este territorio lleno de desniveles desafiantes. Es un reto. Miramos a alrededor y están en todos lados. Nos preguntamos por dónde nos facilitarán la gentileza de abrirnos paso. De momento encaramos por la costa.

El paisaje es bellísimo. Desde estribor, asomándose en la niebla, nos escuda el Merendón y sus ofrendas de bosque nuboso, a babor los acantilados de la sierra de Omoa. Ni bien tuvimos el mar al alcance de los ojos pasando Cuyamel, paramos a descansar en una palapa encaramada en el acantilado. Sublime. 15 kilómetros después estábamos en Omoa y decidimos seguir 15 más hasta Puerto Cortés.

Estuve antes en Honduras, una vez fue en 2009 para acompañar la resistencia al golpe de estado contra el presidente Manuel Zelaya. Nunca había tomado por esta ruta. Ahora que ya lo hemos hecho, recomendamos quedarse en Omoa o las playas cercanas antes que entrar a puerto Cortés. Los campings y las playas en las cercanías de Omoa se notan más agrestes y coloridos que la gran ciudad del puerto. Este es uno de los más grandes puertos de América Central y uno de los más preparados para recibir gran caudal de barcos y comercio marítimo. Hay playas también y una laguna, la laguna de Alvarado. Tuvimos la suerte de encontrar un hotel cómodo y agradable frente a la laguna. Los hoteles son caros. En uno económico nos pedían 850 lempiras. El lempira es la moneda de Honduras. Lleva este nombre en homenaje a un cacique lenca que lideró la resistencia contra la conquista española. 1 dólar es igual a 20 lempiras. Conseguimos el hotel Laguna’s por 600 lempiras. No es barato pero es accesible y tiene aire acondicionado, internet, enchufes, baño, y dos camas, una grande y una pequeña con buenos colchones. Salimos a comer y la comida también nos pareció cara así que fuimos al super y compramos salchichas, repollo, tomate, aguacate, banana, zanahoria, pan, todo por 140 lempiras, lo mismo que costaba un pollo asado sin nada, el puro pollo.

Datos técnicos: Entre Ríos (Guatemala)-Puerto Cortés (Honduras) 82.2 km

5.28.08 hs

Total: 2640.35 km

Día 36 (25 de abril) – de Río Dulce a Entre Ríos

La ruta es más plana que la del día anterior. Hay algunos desniveles y hay descensos que valen la pena. De salida de Río Dulce se cruza el puente que sale en subida y se sigue en dirección a Puerto Barrios. Es una ruta muy circulada y de calidad media. No es una autopista ni de lejos, el pavimento está bien aunque en algunas partes, rugoso, y sin demarcación. Hay gasolineras durante el trayecto y hay puestos variados para comer menús también variados.

El paisaje de este tramo sigue siendo bello. Colinas de vestido verde holgado que más adelante entallan los contornos de seda o terciopelo más brillante. El tráfico de camiones y contenedores hacia Puerto Barrios, entorpece la apreciación del espectáculo natural y llenan el aire de smog asqueroso. Cuando no pasan, se huele el dulzor de los cientos de puestecitos vendiendo ananás. En algunos tramos el aire se impregna de tilo, hay muchos tilos sembrados y campos de cacao y más dulzor. Pero cuando aparecen los camiones, son una fila compacta de toneladas de anhídrido carbónico. Pasan raudamente en su rumbo al puerto. Un nene que le hace los mandados a su mamá en bicicleta, fue conmigo hasta la entrada de Cayuga, a 45 kilómetros de Río Dulce. Tiene una bicicleta infantil, bajita. El nene no tiene miedo, yo voy bien adentro de la banquina y él casi al borde de la ruta donde pasan las ruedas de los camiones; su bicicleta no es estable, zigzaguea. Me da miedo verlo. Fuimos charlando y nos recomendamos mucho tener cuidado y buen viaje. 5 kilómetros después, en La Esperanza, paramos a comer y conversamos con dos camioneros.

Uno de los camioneros nos regaló una sandía. Qué manjar. El calor es sofocante. Esperamos en ese restaurante hasta que bajó un poco el sol pero el calor no aflojó.

Avanzamos hasta Entre Ríos para cruzar la frontera a Honduras el día siguiente. Entre Ríos es un pueblo a la vera de la ruta. Los ríos no se ven, tiene tres cuadras y hay un solo Hotel y Auto Hotel donde paramos. El aire acondicionado está encendido pero no funciona. En el cuarto hay una pequeña tv, dos camas y aunque es lindo, no es cómodo porque es cerrado, sin ventanas, y caluroso. Los encargados son muy amables, pero el hotel no da.

Fuimos a cenar a lo de ‘Los planes de Don Chente’, un señor muy ventajero que nos cobró 2 quetzales por cada tortilla extra y abusó todo lo que pudo de nosotros. Es el único lugar desde que salimos de México que suman a la cuenta cada tortilla que uno se come. No lo recomendamos.

En realidad no valía la pena hacer esta parada. La frontera y Honduras están ahí nomás. Hasta ese momento no lo sabíamos, pero del lado hondureño hay mejores lugares para pasar la noche. Recomendamos a otros viajeros, si tienen tiempo y energía, seguir unos kilómetros más.

Estuve tantas veces en Guatemala que perdí la cuenta. Antes de este viaje solía no pronunciar su nombre. Me resultaba inadmisible llamar a este país hermoso Guate-mala. Siempre la llamé Guate-bonita. Esta vez nos vamos con un sabor que sin ser amargo, es un poco agrio, sabor a que algo se está pasando. Sobre todo en el Petén, los que trabajan en relación al turismo se están pasando de vivos. No son todos y no es la gente común, absolutamente, no. La gente común, por el contrario, es un deshecho de amabilidad, generosos a más no poder. Hace dieciocho años cuando visitamos por primera vez esta zona, me fui con la misma sensación, pero tras sucesivos viajes a otras regiones de Guatemala, temí estar errada en esta apreciación que lamentablemente debo confirmar. Nunca me ha sucedido lo mismo en la región Quiché ni en la Alta Verapaz y como no creo que un grupo de guatemaltecos que lucran con el turismo sean la muestra fiel y real de un pueblo, seguiré llamando a Guatemala, Guatebonita. Alertamos a los viajeros que sigan nuestros pasos o transiten la región del Petén, para que den la espalda a aquellos que visiblemente son del tipo ‘take advantage’. Ellos no representan al pueblo guatemalteco.

Datos técnicos:

Río Dulce-Entre Ríos 73.6 km
5.15.54 hs
Total: 2558.15 km

Día 35 (24 de abril) – de Prados del Sol (San Luis) a Río Dulce

Un atractivo paisaje acompaña el camino. Las colinas vestidas holgadamente de capas verdes. Entre los árboles las enredaderas le tejen chales a las colinas y así se ve, como una capa flotante sobre las formas.

Hoy, 86.3 kilómetros de sinuosidad continuada. Colinas. Nada más que colinas. Ni una recta. Curvas pronunciadas y la carretera que sube en una pendiente corta pero bien empinada y baja largo y tendido en un desnivel. Placenteras bajadas. El sol no castigó, pegó un poco a la hora pico, pero no fue tan duro y pudimos darle con apenas una nueva versión de empanada guatemalteca en el estómago. Esta versión de empanada es como una pupusa salvadoreña, una tortilla gordita con requesón -ricota- o chicharrón, repollo, salsita de tomate y mayonesa, 4 quetzales, y para tomar, fresco de tamarindo a 3 quetzales. Esto lo comimos en el camino, al mediodía, en una aldea cuyo nombre, Bonavista, no figura en el mapa. Pasamos muchas aldeítas sobre esta ruta y algunas gasolineras, aisladas pero las hay. En Guatemala no hemos transitado por autopistas, las carreteras son sencillas y con poca demarcación. En algunos tramos están rotas o arregladas de manera rudimentaria y despareja. Hemos viajado tranquilos, sin mucho tráfico hasta aquí, pero debido a que nos vamos acercando a Puerto Barrios, hoy nos han pasado algunos camiones de carga y trailers con contenedores. Es molesto, el smog, el humo y el calor de los caños de escape, pero es la ruta y es así.

Aún no empiezan las lluvias, pero la humedad está en el aire y las hojas de la selva lo exudan. La transpiración de las hojas, el olor prematuro de la lluvia y, en las áreas reforestadas de pinos, el aroma de resina y copal. Los caminos que faldean colinas tienen el valor agregado de la frescura y el paisaje, a pesar de tener que escalar las subiditas, se respira mejor y la bajada gratifica. Además hay sombra. Es una región privilegiada del planeta, explotada por la tristemente célebre United Fruit Company que saqueó sin piedad lo que daba la tierra, dejando tras de sí una red de vías oxidadas por las que deambulan descalzos los hijos de esclavos indios y africanos.

“Cada indio debía llevar una libreta donde constaban sus días de trabajo; si no se consideraban sufi cientes, pagaba la deuda en la cárcel o arqueando la espalda sobre la tierra, gratuitamente, durante medio año”. “Por esta época, Ubico otorgó a los señores del café y a las empresas bananeras el permiso para matar.”(Eduardo Galeano)

La exuberancia natural de Río Dulce y los antiguos esplendores reservados a los dueños de todo, sirvieron de escenario a la película “Las nuevas aventuras de Tarzán” filmada en 1935.

Acampamos en Bruno’s y Marina hotel. El lugar para acampar no está muy bueno, hay mucha piedra, pero está junto a este río que abre una grieta en las montañas y es como un ancho cañón. Hay muchos veleros amarrados. El camping cuesta 40 quetzales, hay baños y duchas, internet que funciona bien, y algunos enchufes donde conectar, y ¡piscina! eso vale todo, súper, después del viaje, un chapuzón.

A poco de llegar una señora extranjera nos regaló helado porque en el barco no tienen refrigerador. Luego salimos a cenar y cenamos churrasquito con arroz, frijoles, tortilla, 20 quetzales. Las gaseosas cuestan 5 quetzales. Cerca de la ciudad está el castillo de San Felipe, fortaleza contra los ataques de piratas y bucaneros, fue también una prisión, almacén y aduana.

Datos técnicos:

Prados de Sol (San Luis)-Río Dulce 86.3 km
5.43.09 hs
Total: 2484.55 km

Día 34 (23 de abril) – de El Chal a Prados del Sol (San Luis)

El paisaje es espectacular. Las laderas de los Montes Mayas están pintadas por la estación seca con ayuda de la mano del hombre. El sol quema la hierba y la mano del hombre quema la caña o la selva para plantar otra cosa que dé más dinero que lianas o bejuco. El aire huele a melaza. Aún no ha llovido, hace mucho que no llueve, pero hay una humedad que flota junto con el olor de la melaza y resabios de humo. El poder del dinero cambia el curso de la naturaleza. Lo verde claudica donde la hoguera devasta pero se aferra y pervive donde la selva es impenetrable. El collage de esa gama alternando en las sinuosidades, es espectacular.

Comimos en Poptún, en lo de Martita cuyo restaurante se llama ‘Lo de Brendita’; las mollejas, 15 quetzales, caldo de pollo, 20 quetzales, todo con papa, arroz, zanahoria. Al principio Martita tenía una actitud distante. Cierta desconfianza, quién sabe por qué con estos viajeros raros aventureros. Después se sentó al lado nuestro a charlar. Calentamos agua y compartimos el mate, y al final no quería que nos fuéramos y hasta nos ofreció dormir en su casa. En Poptún está la academia militar de los kaibiles que hacen su entrenamiento duro en el Infierno de La Pólvora, antes de La Máquina. Nos quedamos charlando con Martita hasta que bajó un poco el sol.

-Eso pasó como en los ochentas. A los de las Dos Erres los mataron a todos y los iban tirando a pozos. A los chiquitos los mataron primero. A las mujeres sabe dios todo lo que les hacían, hasta perdían sus criaturas. Fueron los kaibiles. Y los que investigaron todo eran argentinos, los forenses, en un solo pozo encontraron ciento sesenta y siete cuerpos, pobrecitos. El gobierno de Guatemala no quiere que se sepa. A los forenses lo contrató una comisión, FAMDEGUA.

La ruta lleva un andar tranquilo, con curvas, subiditas y muchas bajadas. La última subida es fatal. Es solamente un kilómetro antes de llegar al Balneario Prados del Sol, pasando la población de San Luis. Prados del Sol hace honor al nombre y el sol hace gala de su monarquía en la tierra destemplada. A esta última subida fatal no la pueden ni los autos. Es empinadísima, los motores se pasan de vuelta, los caños de escape se intoxican con smog, el auto se para y, si no se le atraviesan unas piedras a las ruedas, se va a pique. En eso estaban unos muchachos mientras yo le daba meta y meta al pedal. Quería aguantarla. Los tipos de un camioncito estancado me miraban. Esperaban que yo pasara para lanzarme un piropo.

-está bien jodida la subida- les dije sin dejar de pedalear. Quedaron mudos y yo les di la espalda muerta de risa.

Hicimos buen tiempo, vamos a buen ritmo. Salimos de El Chal tras comprar unos pancitos y le dimos duro y parejo. La fresca acompañó la mañana y algunas nubes hicieron lo propio hasta el mediodía. El trayecto de la tarde no fue más que desde Poptún a San Luis, 22 kilómetros, rematando con esa subida interminable pero posible; luego, 3 kilómetros más desde San Luis, este balneario con albercas que es como un oasis en medio del resplandor de la tarde. Acampamos aquí por 30 quetzales la carpa. Hay piletas, palapas, electricidad, baños, y un restaurante que no está nada mal. Comimos lo que llaman una tortilla de harina por 20 quetzales. Es una tortilla grande rellena de carne, frijoles, crema, repollo. Muy rica. Luego plátanos con azúcar y crema, 15 quetzales, y un pancito de mil hojas a 3.5 quetzales. Está bien para lo que venimos viendo.

Pero viajar es otra realidad. No es solamente el paisaje y el camino. Es la gente que vive y da vida, la que le da historia a cada lugar. Puedo entender por qué en los caseríos que brotan en la amplitud de América Latina, en estos pueblos paridos por la soledad, las personas son primeros distantes, después se desconciertan, y al final no quieren que uno se vaya. A duras penas y con mucho esfuerzo logran ser apenas pobres y no morir de hambre, tener maíz para tortillas y frijol, pero además ven pasar a la muerte por la puerta de su casa, oyen cómo los tiros apagan las risas y los gritos de una aldea completa, viven forjados por el dolor, forjados a culatazos y prepotencia, desplazados, desprotegidos. No hay justicia, dijo Martita.

En Prados del Sol se alojaban dieciocho migrantes. Salieron de Honduras y caminan de noche por la selva para llegar a Estados Unidos. Mayra y Johana es la tercera vez que lo intentan. Tienen poco más de veinte años y ya fueron cazadas dos veces por la migra, antes un ‘coyote’ abandonó al grupo en el desierto de Arizona, y otra vez los apresaron en una casa de McAllen. Estuvieron presas y deportadas y lo vuelven a intentar, vuelven a pagar a otro ‘coyote’. Siete mil quinientos dólares, nos dicen. Mayra tiene a su esposo en Estados Unidos y dejó a su hijito en Honduras. Se arriesgan a las peores mafias, a los seres más viles y desgraciados, traficantes de seres humanos.

-a veces caminamos de noche y a veces nos llevan en tren. La otra vez fuimos por Tenosique pero ahora dicen que está caliente ahí y que el jefe de los Zetas tiene una casa atrás de la migra y se cambian balines con ellos

-balines son los migrantes que no tienen dinero -la otra vez fuimos por Candelaria. A los garroteros del tren los tienen comprados y el tren para donde le dicen

-en Veracruz nos pusieron en una troka de esas de mudanza, éramos ochenta y tres compañeros. Tuvimos que pagar dos mil quinientos dólares cada uno. Cuando llegamos a Reynosa a las mujeres nos empezaron a vacilar para abusar de nosotras y un compañero nos quiso defender pero no pudo porque también lo violaron a él y después lo mataron

-nos cambiaron de camioneta a una pick up blanca y nos amontonaron en la paila

-íbamos pasando retenes de la migra y la policía federal, ellos nos veían cómo íbamos pero recogían un dinero y nos dejaban seguir

-a veces te obligan a cargar unas bolsas de droga para cruzar o te hacen llamar a los parientes de Estados Unidos para pedir más dinero y si no te matan

-en julio para las elecciones en México nos dieron credenciales y nos sacaron a votar por un partido que no me acuerdo pero que ganó

-algunos ‘coyotes’ no son ‘coyotes’ y secuestran con los Zetas

-yo sé de unas muchachas del Salvador que las mataron y las pusieron de ofrenda a la Santa Muerte…

Datos técnicos:

El Chal-Prados del Sol (San Luis) 79 km
5.36.07 hs
Total: 2398.25 km 79 km<

Día 33 (22 de abril) – de El Remate a El Chal

El restaurante que hay al lado del camping Paraíso de Juan, es un restaurante caro y mal servido. Los platos son frugales, de dieta. Una cucharada y media de arroz, una cucharada de frijoles, un rebanadita de queso, y un chorrito de crema con un huevo revuelto, 20 quetzales, es lo más más barato que se puede conseguir. Guatemala está cara y abusa de nuestro bolsillo foráneo.

Para ir desde El Remate hacia El Chal, hay que tomar primero la ruta que va hacia Santa Elena, después el desvío que va a ciudad de Guatemala. Se siguen las indicaciones que señalan hacia Poptún. Es una ruta tranquila y hay pueblitos y caseríos donde descansar a la sombra o buscar agua. Pasamos por La Ponderosa, Santa Ana y por un caserío llamado Sardinas donde paramos a comer pollo frito con papas. No hay mucho tráfico y la superficie de la ruta sin demarcación, es un poco mejor que el empedrado beliceño. Por aquí, muy de vez en cuando, aparece un cartel.

Son 60 kilómetros hasta el Chal y no es llano, demás está dicho ya, Latinoamérica no es llana, pero se sube y se baja con gusto e piaccere. No es pesado hasta tanto no salga el sol, cuando el sol pega, todo esfuerzo vale doble y se chiva la gota gorda.

El Chal es un pueblo a ambos lados de la carretera. Tiendas, un par de pastelerías, refacciones para autos, casas de electrodomésticos, mercados. Paramos en el hotel Delivery. Cuesta 50 quetzales por cama, usamos una sola cama, así que 50 quetzales. Hay ventilador y corredor tipo balcón, buen aire, baño completo afuera del cuarto. Hay enchufes, y nos prestaron por un rato nada más, una red de internet. Tienen restaurante pero es caro, un plato preparado cuesta entre 35 y 60 quetzales. Comimos tacos, lo más barato que conseguimos, a 3 por 10 quetzales. Antes de quedarnos en Delivery preguntamos en otro hotel. Los cuartos eran más chicos, olían a humedad y costaba tres veces más.

Cerca de El Chal, en el valle del río San Juan, hay un sitio arqueológico donde se han descubierto casi trescientas estructuras. Muchas yacen debajo de la jungla y otras han sido saqueadas y sus piedras utilizadas, al igual que en Belice, para construcciones modernas. Esta ciudad maya tuvo su propio glifo emblema, fue una ciudad primaria. Se han descubierto plazas, acrópolis, y muchísimas piezas de cerámica idónea.

Datos técnicos:

El Remate-El Chal 63 km
4.04.04 hs
Total: 2319.25 km