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Día 1 (21 de marzo de 2015) – De Coyoacán a San Pedro

Llegó el día de empezar a escribir la verdadera historia de cada día de este viaje. Historia que ya había empezado con el sueño en ciernes y los preparativos para llevarlo a cabo. Un amigo de Martín, Alex, compañero de la universidad y de la banda de música, se sumó a hacer la travesía con nosotros. Él viajaría en una bicicleta similar a la mía pero rodada 29 como la de Martín. Salimos de mi última guarida en el barrio de Coyoacán. Coyoacán es uno de los barrios más pintorescos de la ciudad de México y me atrevería decir que del mundo. Una joyita. Abundan las calles con bulevares y jardines en el medio, las avenidas que embotellan en una sola arteria el murmullo de los callejones tranquilos, los frentes barrocos, una plaza que sigue de otra, los bancos a la sombra y las fuentes encendidas. Hay museos, artistas y gatos, historias de amor y de guerra.

El primer escollo con que nos encontramos fue el de amarrar los bártulos. Armar la carga el primer día nos tomó más de dos horas. Empezamos a las 6 de la mañana. Habíamos dormido poco, quién podía pegar un ojo esa noche previa. Estuvimos probando, cambiando la mochila y la carpa de lugar, desarmando las alforjas, sacando una cosa de acá para ponerla allá. Era un lío. Atamos con sogas plásticas comunes. Cada uno trataba de descubrir la mejor estrategia para ajustar la carga con nudos infalibles, sin embargo, apenas habíamos avanzado uno o dos kilómetros, en plena Avenida División del Norte de México Distrito Federal, el bulto de Martín ya se había caído por completo a un costado. Tuvimos que hacer un alto y acomodar otra vez. Para entonces yo ya había parado a poner la cadena. Se me zafó a dos cuadras de la casa y por primera vez en mi vida. Ahí descubrí que no era tan sencillo bajar de la bici y sostenerla con el peso de la carga. Bajar sin revolear la pierna por encima del asiento como de costumbre porque la carga es alta y se atraviesa. Flexionar la pierna a través del caño para subir y para bajar y encontrar un lugar donde poder sostener la bici sin que el peso la tumbe.

Yo había salido antes para no interferir con las despedidas. Salí aullando de felicidad. ¡Al fin el camino! ¡Al fin, vamos! Varios amigos de los chicos se habían congregado frente a la casa de Coyoacán. Uno de ellos, Pablo, nos acompañó con su bicicleta más de 10 kilómetros. Pedaleó junto a nosotros, desacelerando la partida. Por suerte o por desgracia no sufro el apego-desapego. Quizás sea porque siento que mis afectos más entrañables, pocos pero muy entrañables, viajan conmigo a todas partes y me abrazo a ellos en el recuerdo y los sueños. Van de verdad conmigo. En mí. Les escribo desde la carpa. Les escribo esta historia a cada uno y los veo muy cerca, al lado mío, sentados en ronda, acá están todos, y eso que mi carpa es la carpa más chica del mundo.

Salir del DF es como salir de una maraña. Estábamos en una de las metrópolis más grandes del planeta. Mareados de calles, diagonales, avenidas, periféricos; mareados de ilusión e insomnio. A pesar de conocer la ciudad y de haber vivido ahí bastante tiempo, no encontrábamos la salida. La ciudad de México parece eternizarse a lo largo y a lo ancho, parece reproducirse en colonias y delegaciones de nunca acabar. Tuvimos que parar a preguntar muchas veces. Pero fuimos saliendo. Ya estábamos en Xochimilco que nos despedía con la postal viva de las trajineras de chalupas de colores. Arrastramos esta postal en la mirada que se nubló poco a poco al cruzar el enorme Canal de Chalco. Olía a hierbas desgajadas del río y en su interior más profundo olía a podrido, pero salimos de Chalco y tras mucho preguntar otra vez, respiramos el viento y la polvareda hacia Tenango del Aire. Tenango del Aire con su iglesia color violeta y, sin subir a la autopista, un pueblo y otro más, todos derrochando colores y estridencia. Eran las fiestas de San José. México siempre tiene un santo para celebrar y las plazas de los pueblos se inundan de ruido y mercados, puestos y calesitas, y trajes y comidas típicas que conjugan la religión del colonizador con ritos y danzas ancestrales. Nuestras bicicletas obesas de equipaje se abrían paso entre el bullicio popular esquivando copos de azúcar y vendedores de pochoclo. En Amecameca paramos en la plaza central a comer rico pozole y otros sabores mexicanos para acumular nuevas fuerzas y encarar la subida hacia Paso de Cortés, el paso que se abre entre dos volcanes legendarios, Iztaccíhuatl y Popocatepetl. Los vendedores se acercaban con sus bolsitas de aguacate, granada, duraznos. De a 15 pesos la bolsita de fruta. Muy barato. Lástima que ya cargábamos mucho peso y que el viaje en bicicleta requiere liviandad y pocas cosas. Hubiéramos querido comprarles para complacerlos. Insistían con evidente necesidad de vender algo aprovechando el convivio. Me enternece y entristece el recuerdo de los rostros arrugados, las caras de los viejitos, la silbatina desdentada, la voz baja y el silencio. Otra vuelta a la plaza. Quién sabe desde dónde acarrean las bolsitas de frutas hasta el centro del pueblo.

Amecameca marca un hito. El pie de la montaña. Allí empieza el ascenso al Paso de Cortés. Es subida y punto. Si uno mira la carretera hacia adelante parece llana, pero a medida que uno avanza y mira hacia atrás, ve cómo es una ladera sin altibajos, sólo subida. Hicimos 7 kilómetros de esta subida sin tregua hasta descubrir el “Ecoparque San Pedro”. Llegar a un paraje llamado ‘San Pedro’, el primer día, no podía ser más auspicioso. No sabíamos de su existencia y lo interpretamos como una buena señal. Llegar a San Pedro era resueltamente nuestro destino del viaje que acababa de comenzar. De México a San Pedro en bicicleta. Estábamos fuera de temporada, las instalaciones del ecoparque no estaban habilitadas pero nos dejaron acampar sin cobrarnos. Nos atendieron Vicente y Emuel con el beneplácito del propietario, Víctor Plazas. Vicente y Emuel, carabina en mesa, fueron nuestros vigías. Nos advirtieron que esos parajes, alejados y solitarios, son peligrosos. La advertencia de peligro se repetiría prácticamente durante los siete meses y medio de viaje. “Ecoparque San Pedro” está en un bosque de pinos sumergido en la cordillera volcánica. La vista de cráteres extintos y humeantes es increíble. El lugar, parquizado por la naturaleza, incluye un laberinto, juegos infantiles, asadores, canchas, y varias construcciones más, estilo quinchos.

Datos técnicos:


Coyoacán-San Pedro 70.43 km
7.02.52 hs
Total: 70.43 km.

Introducción de un viaje de 15mil kilómetros, 235 días y miles de historias. De México a Argentina en bicicleta.

Vamos. La palabra nos traslada. Enseguida se nos viene a la mente una imagen: un camino y nosotros en el camino. Vamos puede implicar la realización de un sueño acuñado o el hartazgo ante una situación agotada. Un lugar aprendido de memoria, la rutina, o el simple deseo de andar o de volver. Cuando uno dice “vamos”, la palabra puede enredarse en una ilusión cuya madeja es interminable, entonces el enredo es más grande y dados a la tarea de dejar todo acomodado, no nos vamos nunca. No arrancamos. Una forma de apaciguar la cobardía. El miedo a lo desconocido. Este no es nuestro primer viaje. Sí es el primer viaje largo en bicicleta. Ya habíamos recorrido los mil templos de Angkor en Camboya y el Valle de los Reyes en Egipto pedaleando de la mañana a la noche unos cuantos kilómetros, pero lo que se dice viajeviaje en bicicleta, no teníamos nada de experiencia. Sin embargo Martín tiró la idea y yo, María, dije la palabra transportadora, “vamos”. Sin cobardía y sin miedo a lo desconocido porque ya desde hace muchos años mis hijos y yo venimos recorriendo el mundo. Viajando de manera sencilla pero intensa. Con poco dinero pero involucrándonos hasta el caracú con la historia y la actualidad de los pueblos y sin dejar de apreciar lo más destacado de la naturaleza. Seguramente desde otro punto de vista del que muestran las fotografías de un tour organizado. El lado salvaje. El lado oscuro. El lado agreste que obliga a marcar la huella por caminos que no están parquizados para el turismo. La naturaleza virgen, las ruinas cuyas columnas apenas se asoman entre los escombros. Lo menos visitado y, a veces, por otra entrada, por donde sólo saben y van los lugareños, acceder gratuitamente a lo que está privatizado y maquetado bonito para el turista convencional. Se puede llegar a todas partes y así me lo ratificaba Martín cuando nos hacíamos preguntas acerca de tal o cuál ruta para este viaje, nada es intransitable. Los otros muchos viajes que hicimos son parte de otras muchas historias, la mayoría de ellas sin publicar aunque escritas en borrador en nuestra memoria. A pesar de las andanzas anteriores este es el primer libro con que nos atrevemos. Lo escribimos para ustedes. Para los que se animan a dejar la madeja en banda y cumplir con los sueños y para los que prefieren quedarse desmadejando detrás de la ventana. Para los que echan raíces y son como los árboles que nos miran pasar y para los que, como nosotros, prefieren aprender el idioma de todos los árboles del mundo, el idioma de los pájaros, el aullido de los monos, y el grito o el silencio de la gente y el ruido o la música de las diferentes culturas del planeta.

Todas las etapas del viaje en la pestaña: https://marialaqueviaja.com/category/latinoamerica/america-latina-en-bicicleta-latinoamerica/

Poner fecha es primordial, aunque sea una fecha tentativa, una fecha marginal, entre tal y tal día, entre tal y tal mes, es mejor no alargar el objetivo a “entre tal y tal año” sino corremos el riesgo de que el sueño se desvanezca en la espera o naufrague en lo inesperado de un incierto futuro. Mejor ver más cerca y ver más claro.

Era noviembre de 2014, Martín cumplía doce años de vivir en México con ciertas interrupciones: viajes, siempre viajes y alguna que otra mudanza temporal a otro país. En definitiva, para él, México era el lugar de retorno durante esos doce años. Yo me había ido en 2010 y había vuelto a principios de ese mismo año, 2014. El camino me llevó de Chiapas a Nicaragua ida y vuelta y, a la vuelta, quedé empantanada en las quebraditas sinuosas de la Realidad entre los surcos de sandía y pepino que había sembrado con esperanza. Me fui a la Ciudad de México donde estaba Martín y alquilé una cabaña en la cima del Ajusco. Lo más lejos posible de la realidad. Sin proyectos. Trabajando. Viviendo. Sin mucha idea de qué vendría después. Cuál viaje, cuál camino. En medio de esa incertidumbre Martín me hizo la mejor propuesta del año: -¿y si nos vamos a la mierda?- una forma de decir. Un impulso que para los dos significaba que era hora de salir y dar un portazo. Vamos a Argentina en bicicleta. Él se planteaba la idea con calma, quizás en agosto, o septiembre del año siguiente; yo redoblé la apuesta de manera terminante: entre febrero y marzo, salimos. Ni siquiera tenía bicicleta. Martín, sí; hacía casi un año que se movilizaba raudamente a través de los barrios del Distrito Federal -barrios que son como pequeños pueblo vecinos-, en una bicicleta italiana bastante buena. Un rodado 29, de aluminio, con freno a disco en la rueda delantera y 24 tiempos. Yo no sólo no tenía bicicleta sino que, además, no tenía ni la más pálida idea de todas estas especificaciones que ahora describo con total discernimiento. En enero fui a la calle San Pablo del Distrito Federal donde están todas las bicicleterías baratas y me compré eso, una bicicleta barata. Una segunda marca mexicana, rodado 27 y medio, una novedosa rareza, de aluminio, sin freno a disco, con frenos llamados V-brake, de gomitas, y 21 tiempos.

En México, salvo las casas de marcas caras y reconocidas internacionalmente, en este barrio de la calle San Pablo, la venta de bicicletas es netamente comercial, minorista y mayorista. Si bien los mexicanos suelen ser dedicados al cliente, en este lugar no me dieron ni pelota. Nadie me midió o sugirió qué talla o tipo de bicicleta era conveniente para un viaje de tal envergadura. Compré esa bici sin que me dieran mayores detalles ni garantía, sólo un ticket en papel de fax que en menos de una semana ya se había borrado. Me subí a la bici y cuando llegué a la esquina me di cuenta de que los cambios de la mano izquierda -reitero que yo no tenía ni la más pálida idea de nada- no funcionaban. Volví a la bicicletería a quejarme y me indicaron que la palanca de esos cambios iba debajo del manubrio. Algo obvio, pero yo era la primera vez en mi vida que me montaba en una bici con cambios. El barrio de la calle San Pablo se encuentra a 11 kilómetros de Coyoacán donde yo me había mudado a una habitación con la finalidad de abaratar mi costo de vida y ahorrar. Llegué sana y salva aunque transpirando, más que por la pedaleada, por el estrés de las calles del Distrito Federal y el temor a equivocarme y salir a cualquier parte. Perderme, aunque soy viajera, es un suceso cotidiano.

Era enero y aunque ya teníamos lo primordial, un plan y las bicicletas, nos faltaba todo lo demás para concretarlo. Equipamiento básico, repuestos, y ¡dinero! La fecha tentativa de salida era entre el 28 de febrero y el 25 de marzo así que apuramos el trámite. Hicimos varias ‘ventas de garaje’ sacándonos de encima todo lo que no podríamos cargar en las bicis, todo lo que no nos haría falta por un buen tiempo; vendimos cosas nuestras y cosas que no eran de nadie, cosas que habían quedado arrumbadas en el departamento que Martín, a través de sus años en México, supo compartir con otros. Ahorramos y empezamos a promocionar este libro, idea que se nos ocurrió como parte del financiamiento necesario del viaje que pronosticábamos nos demandaría alrededor de un año. Un año durante el que andaríamos por ahí. Trabajando a veces si se daba la oportunidad y cobrando casi nunca ya que la idea era hacer trabajos voluntarios a cambio de comida en comunidades y pueblitos. Conocer lo auténtico, el mundo real latinoamericano. Conseguimos algunos mapas de carretera, muy poco, y analizamos las rutas de google maps y los sitios interesantes a los que podíamos llegar sin desviar demasiado el rumbo y aunque hiciéramos un poco de zigzag. Al mismo tiempo frecuentábamos la calle San Pablo para equipar las bicis. Fue complicado. No se conseguían los aditamentos porque los rodados 29 y 27 y medio son rodados nuevos para cuyas medidas aún no existen muchos accesorios. Hicimos adaptaciones, portaequipajes rudimentarios de rodado 26 con abrazadera al asiento, las alforjas fueron alforjas de rutina, de las que se usan en la ciudad para llevar lo cotidiano de la casa al trabajo. No eran impermeables ni tenían gran capacidad ni ganchos para agarrarse a los portaequipajes, ni buenas hebillas, ni bolsillos extras. Todo muy rudimentario y bastante barato. Portaequipajes de un equivalente de 3 dólares y alforjas de menos de 15. Además incorporamos repuestos, cámaras, cadena, zapatas o pastillas de frenos, y herramientas básicas. Guantes, algunas calzas con badana que estaban en oferta, y tela impermeable de paraguas con la que fabricamos dos cubre-equipajes.

Fijamos la fecha inamovible, 21 de marzo. Mi entrenamiento se redujo a tres paseos por las calles del DF cerradas para ciclistas en fin de semana. Un circuito dominguero de casi 50 kilómetros que no me pesó en absoluto y que me llenó de optimismo, si podía hacer los 50 kilómetros en menos de tres horas y sin ninguna molestia, avanzar en la ruta no sería imposible.

Dos días antes de le fecha prevista, hicimos un servicio completo a las bicicletas. Fuimos a la Bicicletería Albatros, a la vuelta del departamentito de Martín, por Delfín Madrigal y Escuinapa. Sus dueños, Juvenal Illescas y Arturo Illescas, nos atendieron con entusiasmo y nos regalaron consejos y una cajita con parches y herramientas. Juvenal auguró con una sonrisa un buen desempeño de la bicicleta italiana de Martín. Yo esperaba mi diagnóstico junto al cordón de la vereda y apoyaba la ansiedad en el cuadro demasiado alto de la mía. Juvenal me miró y no dijo nada. Cerró la boca y alargó un dudoso mmmm.

Mmmmm. Y así nos fuimos.

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Escalas rumbo a los Cárpatos: Bucarest

Cruzar los Cárpatos a pie, «pe jos» como dicen en rumano. Caminar las laderas escarpadas de la Transilvania profunda. Deambular de cresta en cresta como en la idea de la alternancia sin fin de las fuerzas contrarias por las regiones valacas, donde se cree que el vampiro cierra el círculo eterno entre la vida y la muerte. Desentrañar paso a paso los bosques umbríos de secretos, la cruz que se interpone en el sendero, trasunto simbólico del árbol sagrado, la cruz enhiesta triple nexo entre dioses, hombres, y árboles.

La motivación nos abundaba, la curiosidad era enorme desde todo punto de vista, no sólo orográfico o de altura, sino también: misterio.

Este viaje arrancó desde Kuşadası, Turquía, donde yo terminaba de trabajar una temporada veraniega más en el Liman Hotel. Allí llegaron mi amiga Stellete, y mi hijo Martín, dos fieles compañeros de aventura, y desde Kuşadası arrancamos atraídos como por un imán poderoso rumbo a esta aventura. Como siempre, poco a poco, explorando cada rincón del camino hacia ese lugar. Primero unos días de por Estambul y por Kuşadası y sus alrededores, las ruinas de Efesos, las playas, el Milli Park, los pueblos viejos cercanos como Sirince o las ciudades antiguas como Izmir, Esmirna.

Partimos algunos días después desde el puerto de Kuşadası hacia la isla griega de Samos, en ferry, ferry que en verano hace dos viajes diarios, trayecto de 45 minutos que no es muy barato quizás por su carcater internacional ya que combina Turquía-Grecia y viceversa. Un par de días en Samos para recorrer de igual manera, palmo a palmo, Vathi y Pitagorio, y un nuevo ferry hacia Lesvos para de igual manera, en un par de día echar un vistazo a los pueblos viejos y su encanto tradicional y un poco de sol en las costas de Mithilene. De allí a la Grecia continental, de allí a Bulgaria que se nos interponía en el medio como un obstáculo y resultó ser una sorpresa tan agradable que le dedicamos más días y posteriores viajes y estancias. Este párrafo merece otros posts. Fueron varios días de viaje, ferries entre Kuşadası-Samos-Lesvos-Tesalónica, auto alquilado para recorrer Lesvos, autobús, tren y dedo entre Grecia, Bulgaria, y llegamos a Bucarest, capital de Rumania. Romania. Romanía.

Bucarest

En rumano București, la raíz Bucur, de origen dacio, significa «alegría». Bucarest viste las orillas del río Dâmbovița con su arquitectura ecléctica que mezcla los estilos neoclásico, de entreguerras (Bauhaus y Art Deco), comunista y moderno. En el periodo de entreguerras su sofisticación le valió el apodo de «Pequeña París» (Micul Paris), sin embargo su edificación lujosa y monumental nos impacta; nada tiene de pequeña.

El Palacio del Parlamento, construido en la década de Ceaușescu, es el edificio administrativo más grande de Europa y el segundo más grande del mundo. El Arcul de Triumf, el Ateneo, la catedral de San Marcos, el palacio la Centella y la Universidad, una de las más concurridas de Europa del Este. La opulencia, el mármol y los jardines con pilares y pérgolas y fuentes por doquier, nos enceguecen. En el mismo centro de la ciudad hay un lago artificial, el Cismigiu, rodeado por los jardines Cișmigiu, y allí, como salidos de las páginas de un libro o de las pinturas de un museo, poetas y escritores persiguen la inspiración.

Dimos vuelta la ciudad al derecho y al revés, visitando museos, teatros y más jardines, entrando en la piel de la cultura a través del arte y sus vestigios, de su historia, de su música, de la tradicional mămăligă, polenta original, sin dejar de mencionar entre plato y postre, que en esta ciudad tuvo una de sus residencias el príncipe de Valaquia, Vlad Tepes.

Para emprender el recorrido desde la capital rumana viajamos en tren. Aquí el enlace de ferrocarriles rumanos

Sinaia

¡Nos vamos a Transilvania! Una de las regiones más bonitas del mundo por sus paisajes, más interesante por su rico devenir histórico ya que por allí pasaron y se quedaron durante años romanos, eslavos, mongoles, sajones, tártaros, hunos y magiares de Hungría. Una región impregnada de magia y misterios que se desarrolló vertiginosamente durante la Edad Media. Para viajar dentro de Rumania hemos elegido mayormente el ferrocarril rumano aunque también hemos hecho dedo y con estupendos resultados.

Desde Bucarest a Sinaia tenemos 140 km y dos horas de viaje en tren. Al llegar a Sinaia lo primero que visitamos casi sin querer es la maravillosa estación. Data de 1913 y se mantiene intacta. En su día fue una estación real que sólo recibía la llegada de nobles y líderes políticos que se alojaban de mayo a noviembre en el castillo de Peles en esta ciudad. En el exterior de la estación hay una locomotora a vapor y un coche con ruedas ferroviarias mientras que, en el interior, veremos una exposición de maquetas con trenes en miniatura.

La ciudad no es muy grande, se pueden recorrer a pie los vaivenes de sus calles que suben y bajan ya que está enclavada en las montañas. En el centro hay relajante parque con una fuente central rodeada de verdes jardines y bancas para descansar.

Monasterio de Sinaia

Alrededor de este monasterio se construyó la ciudad. El nombre, Sinaia, se debe a que un noble, Mihail Cantacuzino, peregrinó al Sinaí y prometió fundar un monasterio en honor a la virgen cuando regresara a casa. Eso fue lo que hizo entonces en 1645. La visita es breve y a un precio simbólico. Además de ver el monasterio que no se tarda más de treinta minutos, se pueden visitar el museo eclesiástico, un campanario y dos monasterios ortodoxos de estilo Bizantino y Brâncovenesc.

Castillo de Peles y Pelisor

Es la joya de esta ciudad y una de las más preciadas del país. Fue construido entre los años de 1873 a 1914 como vivienda de verano para la familia real rumana, comenzando con el rey Carlos I que se enamoró de la región y decidió construirlo. Fue la primera construcción en Europa con su propia central eléctrica, ascensor, teléfono, calefacción y agua caliente. Tiene 160 habitaciones y 34 baños.

Dentro del castillo de Peles hay una biblioteca cuyos libros están forrado con cuero y oro. Desde la biblioteca, un pasadizo secreto comunica con otra habitación. Estos pasadizos de incógnito son una característica recurrente en los castillos transilvanos. Hay una sala de música, un salón de conciertos y un teatro.

Para llegar al castillo, a 6 km del centro de la ciudad, la mayoría de los visitantes va en transporte, sin embargo, caminarlo, es un paseo imperdible. El camino va entre árboles y a la vera de un río y luego, subiendo un poco más, encontraremos el castillo de Pelisor, construido por orden de Carlos I para su heredero y sobrino, Fernando, casado con la querida María de Rumanía. En Pelisor, el hijo de Peles, descansa el corazón dentro de un cofre de oro. Este castillo, de 99 habitaciones art nouveau, también merece una visita.

Retomando el rumbo hacia Peles, nos encontramos primero con sus magníficos jardines, combinación perfecta de arte y naturaleza, y luego con el espléndido castillo.

Desde Sinaia nuestro camino nos llevará a Busteni, a tan sólo 10 km, para iniciar la travesía de montaña por los montes Buçegi.

Busteni, hacia los montes Bucegi-Vârful Omu

A 10 km de Sinaia está Busteni, un simpático pueblo de montaña muy popular en invierno porque es sede de práctica de ski. Desde las faldas del pueblo podemos tomar un funicular de otra época que nos ayuda a salvar un desnivel de 1200 metros antes de iniciar nuestra travesía en la que cruzaremos los montes Bucegi, parte de los Cárpatos, hacia Bran, donde se encuentra el legendario castillo del conde Vlad (Drácula).

Al llegar a la cima de Busteni hay una formaciones gigantes de una roca que no se condice con la roca base de la montaña: Babele y la Esfinge, entre otras formaciones geológicas. Desde estas enormes piedras esculpidas por el viento y el agua o por la mano de gigantes según otra versión en discusión, ubicadas a más de dos mil metros de altura, seguimos el sendero hacia el norte hacia Omul, la cima más alta de los Bucegi y en cuya cumbre, a 2507 metros, hay una acogedora cabaña.

El camino es de una amplitud espeluznante y sobrecogedora. Las distancias de las planicies, los vacíos entre escarpadas crestas azuladas. El camino está señalizado. Hay varias rutas que se cruzan y hay carteles. La mayoría de los visitantes sólo suben el teleférico de Busteni para merodear por allí, visitar las enigmáticas piedras y contemplar las vistas. A medida que nos alejamos, la paz y el silencio son más conmovedores.

Tras una buena trepada, llegamos con tranquilidad a Cabana Vârful Omu y tras dejar nuestras cosas en el cálido refugio salimos a caminar por los alrededores. Trepamos un poco más por una roca cercana, a una altitud de 2514 metros. Y, luego bajamos por un risco angosto y espectacular hasta el pico Bucosiu a 2492 metros. Cerca de Ormul pasamos por una edificación aparentemente abandonada y cercada con alambre. Un cartel advertía «prohibida la entrada». Nos llamó en parte la atención, aunque no preponderantemente, porque en ese momento nuestra preocupación principal era encontrar agua.

Algunos meses después, ya lejos de Vârful Omul, nos enteramos que las fauces de estas montañas esconden un misterio a todas luces muy revelador en cuanto a los orígenes y destino de la humanidad y por eso mismo, oculto por las fuerzas de poder en el mundo.

En el año 2003 fueron descubiertos justo en ese lugar y bajo nuestros pies cuatro túneles principales y más túneles que conducen a lugares subterráneos profundos. En estos los túneles hay enormes, con grandes mesas y sillas de piedra para gente mucho, mucho más alta que nosotros. Se encontró una sala de proyección que contiene toda nuestra historia y se puede reproducir visualmente y una tabla donde se pueden realizar experimentos holográficos con el ADN, mezclar y combinar cualquier cosa que se desee y ver cuáles serían los resultados. Según los estudios esas habitaciones se construyeron hace al menos 50.000 años y cada una está conectada a la otra, protegidas por una fuente de energía que se activa automáticamente. La fuente de energía antes de entrar a las habitaciones que no todos puede pasar sin morir. Tres personas que lo intentaron cuando esto se descubrió fueron fulminadas por una descarga energética. Evidentemente no hay mucha información acerca de todo esto y lo que se difundió en su momento fue acallado inmediatamente. Aquí un enlace con todo lo que se sabe: https://codigooculto.com/2016/03/la-gran-galeria-bajo-los-montes-bucegi-esconderia-los-mayores-secretos-de-la-humanidad/

En aquella noche, que coincidió con el cumpleaños de Martín, no éramos conscientes de nada de esto. Fue una noche fría con un halo extraño. Un atardecer alucinante con un amanecer nos menos sorprendente. Las luces que desde la nada poblaban la noche, como así también las luces del día se esparcían con un aura inexplicable. Nuestra intuición natural se dejaba llevar por la percepción certera de que no todo lo que estaba presente era visible.

 

Montes Bucegi, de Vârful Omu a Bran

En la cabana Omu y en la mayoría de las cabanas, refugios de Rumania, sirven platos calientes de comida y desayunos. Vârful Omu u Omul, es el pico más alto de los Bucegi. El último tramo de subida hasta allí es exigente y no da respiro aunque se sube sobre un trazado sencillo, sin precipicios. Ya después de llegar y dejar nuestros bártulos hay tiempo para crestear por los alrededores y apreciar los acantilados apocalípticos.

Tras pasar una noche tranquila y al cobijo de la cabaña, amanecimos temprano, desayunamos, y seguimos nuestras travesía. La ruta está catalogada como de dificultad media a difícil, sobre todo por la bajada. Bajaremos un desnivel de 1600 metros y hay que tener precaución con las rodillas y darles el descanso que supliquen. La bajada es empinada pero cruza un paisaje magnífico que por momentos nos hace olvidar del esfuerzo que resienten las articulaciones. Los senderos discurren entre bosques de hayas, abetos, arces. Recolectaremos frutos rojos, maduros, cuantas veces queramos. Bordearemos el río Poarta y podremos beber de sus aguas.

No sería raro cruzarnos con un oso. En esta región, el oso es el animal que más abunda. Hay que estar preparado para saber cómo hacerle frente sin alterarlo. Hacerse grande es lo que más los intimida, abrir los brazos, juntarse si son varias personas. El oso teme sólo a aquello que considera de mayor tamaño que sí mismo. También podríamos cruzarnos con corzos, jabalíes, venados y rebecos, y sino los topamos de hecho, seguro que veremos algunas de sus huellas.

Después de la primera bajada empinada, antes de adentrarnos en el bosque, cruzaremos las meseta del pico Scara y seguiremos bajando por una especie de escalera natural de piedra escabrosa hasta Muchia Ciubotea, más abajo veremos un refugio de pastores y luego cruzaremos varias morrenas glaciares, seguimos descendiendo hasta un largo prado que nos deposita en la base de Salvamont Ciubotea. Este valle nos va a llevar hasta el encantador pueblo de Poarta que augura nuestra inminente llegada a Bran. El camino está bien señalizado, con flechas cada tanto y símbolos de colores diferentes que indican las distintas vertientes.

El paso Bran separa las cordilleras de Piatra Craiului y Leaota, marca la frontera entre Valaquia y Transilvania. Esta frontera era defendida por el castillo de Bran, famoso porque allí vivió, aunque no por mucho tiempo, Vlad Tepes, el empalador, personaje en el que el escritor Bram Stocker se inspiró para Drácula, Conde Dracul, del dragón.

El castillo de Bran fue construido como fortaleza por los caballeros de la Orden Teutónica alrededor de 1212, cuando volvieron de Palestina, derrotados por los árabes, y fueron recibidos por Hungría. Fue atacado por los tártaros, reconstruido sin perder detalle original, y por su posición estratégica era un bastión de defensa transilvana contra valaquia. Finalmente pasó a Rumania como toda la región y fue la residencia de verano de la reina María de Rumania.

El diseño del castillo es único. Con rasgos estoicos y góticos y un mobiliario sencillo. Tiene sesenta habitaciones que pueden recorrerse a través de escaleras angostas y pasadizos ocultos, algunos subterráneos.  Se exponen obras de arte, armaduras, y objetos que fueron de los Habsburgo, entre ellos destacan la corona, el cetro y el puñal de plata del rey Ferdinand.

A modo de curiosidad, en el patio del castillo de Bran podemos ver un pozo que tiene una profundidad de 50 metros y que está cavado en la roca. Además, una de las habitaciones está dedicada a Bram Stoker donde se hace mención a Vlad Tepes y la leyenda de Drácula.

 

Bran a Braşov

¡Seguimos en Transilvania! Desde Bran, a dedo, llegamos a Braşov, una de las ciudades más pintorescas de Rumania. Envuelta en los Cárpatos, con plazas coloridas y callejuelas desparejas .

Entre lo más característico de esta ciudad está la iglesia negra, Biserica Neagra, es una de las catedrales góticas más grandes del mundo. Fue construida en el siglo XIV y ha recibido el nombre de iglesia negra tras un incendio acontecido en 1689 que arrasó casi todo el centro de Braşov y oscureció sus paredes. En el interior hay tapices y alfombras orientales que los comerciantes regalaron a la ciudad.

En el centro de Braşov da gusto sentarse en la plaza Sfatului, plaza principal de Braşov y el lugar dónde históricamente se celebraba el mercado. Es una plaza de grandes dimensiones en la que siempre hay mucho ambiente. Es el centro neurálgico del casco antiguo. Allí mismo veremos la Casa del Consejo, del siglo XIII (1420), hoy es un museo y antes fue la sede del ayuntamiento. Hay una torre de la edad media llamada la torre vigía, se dice que es la torre del flautista de Hamelin. Muy cerca de este casco están las murallas que protegían Braşov.

La plaza está rodeada por un bonito conjunto de edificios de colores pastel (siglos XVIII y XIX). Edificios preciosos entre los que se destacan la Casa Negustorilor, sede de los mercaderes, y la casa Muresenilr, donde funcionó el primer periódico publicado en rumano, la Gazeta Transilvaneiei, en 1838. Entre otros edificios hay una sinagoga, un par de museos y, en el otro extremo, la iglesia Negra. Todo bajo la atenta mirada del monte Tampa de 960 metros de altura. Si elevas la vista verás un cartel en la colina. Hasta allí se puede subir en funicular o caminando por un sendero. Desde arriba las vistas son impresionantes sobre todo a la luz del atardecer. En los senderos del monte Tampa podrás toparte con osos y zorros o, minimamente, verás sus huellas.

En Braşov da gusto caminar entre sus calles con el frondoso bosque de las laderas de Tampa como telón de fondo. La strada Sfori es una callejuela llamativa, con poco más de un metro de estrechez. Entre pasadizo y callejuela y dejéndote llevar de torre en torre, llegarás seguramente al barrio Schei, del lado opuesto al monte Tampa. Verás la Poarta Encaterinei, una antigua puerta con cuatro torrecillas. Esta puerta, conocida como «la puerta de los valacos», era la antigua entrada a Braşov. Pasando por delante de ella, siguiendo de frente y girando un poco a la izquierda, ya junto al monte, te encuentras con un riachuelo y la continuación de la muralla. Puedes subir a una de las torres que veías desde el otro lado, la Negra y la Blanca, que están un poco encaramadas en esa colina.

Viajera pero también artista, Narradora en Conciertos de Piano-Entrevista Radial

https://www.facebook.com/maria.che/videos/10221475272491599/

El sábado a las 20 hs en el Centro Musical Ángel García Basoco de Castro Urdiales, Cantabria, presentaremos el concierto de piano «Cuadros de una exposición», de Modest Mussorgsky, acompañado de narración teatralizada. La entrada es gratis y libre hasta completar aforo  completaremos  ?? Invitación abierta a todos, especialmente para los más chicos, ya que se trata de una historia que es una verdadera aventura musical. Santiago Redondo, cronista de Radio Cadena SER se hizo eco de nuestra presentación, aquí va la entrevista, muchas gracias!!!

El Osmundo Garamendi viaja a Barakaldo EL CERTAMEN DE NARRATIVA SOLIDARIA ELIGE EL RELATO DE MARÍA TAURIZANO ENTRE 135

https://www.deia.eus/bizkaia/ezkerraldea-enkarterri/2020/01/10/osmundo-garamendi-viaja-barakaldo/1010781.html

MUSKIZ – La decimotercera edición del Certamen de narrativa solidaria, Osmundo Garamendi, se ha cerrado con la participación de 135 relatos distribuidos en las categorías Internacional, Muskiz y Jóvenes-Gazteak. En la categoría internacional, el primer premio fue para el relato Por la rabia y por el amor escrito por la barakaldarra, María Taurizano mientras que el segando premio viajó hasta Bogotá (Colombia) de la mano del profesor de la Universidad de Tolima, Juan Andrés Romero Prada, autor de La gran guerra.

En la categoría Muskiz, el certamen otorgó el primer premio ex equo a las obras Conciencia y Una cuidadora de lujo, escritas por Soledad Bustamante y Sara Ibañez, respectivamente. El segundo premio recayó en Las gafas de cristal de espejo de María Jesús Avezuela y el accésit fue para La vida de Ramón de Resu Basarrate. Finalmente en la categoría Juvenil, el primer premio fue para la autora local Leire Alday y su relato El bote nº 23. El segundo premio recayó en la obra Compartir es vivir de Lara Suárez-Mira de A Coruña (Galicia) y los terceros premios fueron para Un verano en Uganda de la madrileña Pilar González y Querer y no poder, de la muskiztarra Aroa Gago.

Este certamen estuvo enmarcado dentro de la programación de las Jornadas Solidarias de Muskiz que este pasado año 2019 cumplieron 25 años. El certamen y las jornadas están organizados por la Asociación solidaria Alez Ale Elkartasun taldea y cuenta con la ayuda del Gaztegune y de la biblioteca de Muskiz. Osmundo Garamendi fue un misionero nacido en Muskiz y asesinado en Uganda en 1982 a los 37 años, cuando se encontraba ayudando a los más pobres. – E. Z.