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¡Volver a México! Mayo de 2021-Puerto Escondido

Volver a México. México siempre es una puerta abierta. Cuando todo el mundo ha decidido vivir en un perpetuo velorio, recluir a cada quien en su propia tumba, no importa si es en la misma completa soledad, en un espacio de cuatro paredes sin ventanas o, para los más afortunados en su hogar dulce hogar con patio y jardín. No importa. Cuando nos han querido aislar por todos los medios, México rebelde nos vuelve a abrir sus puertas y los corazones de sus gentes.
Escapé. Harta de las restricciones y los anuncios de más restricciones. Basta. Necesito aire. Necesito libertad. Y sobre todo, dejar de pensar en lo que vendrá. Dejar de mirar las noticias para enterarme hasta dónde puedo ir en bicicleta sin tener que hacer papeles para justificar la salida.
Volé a México con un boleto que me pareció tan barato que hasta último momento dudé de si me llevarían o no. Todo fluyó increíblemente bien.
El vuelo: Madrid-Cancún con una escala en Lisboa. Vuelo de TAP de Portugal. El precio, aún me pongo colorada, 249 euros -ida y vuelta, aclaro por las dudas.

Y esta vez se me ha dado por volar por México. Los precios de Volaris y Vivaaerobus son menores o iguales que los precios de los autobuses.

Volé desde Cancún a Puerto Escondido con una escala en Distrito Federal. Volver a México me emociona. La última vez que estuve por aquí fue en 2014 y 2015, antes de salir a pedalear desde México hasta Argentina. Antes había estado hasta el 2011 viviendo en Guanajuato. Esta vez planeo regresar a esa ciudad. Diez años después de haber dejado el pago. Más vieja por lógica y evidencia. Con muchas más arrugas, curtida por la intemperie y las andanzas sin protección solar.
Bienvenidos a México lindo y querido, rico y sabroso y esta vez, libre y luminoso.
Puerto Escondido no conocía. El Pacífico, con sus olas no tan pacíficas. Dicen que hay «mar de fondo». Las olas son monumentales. Las playas de Bachoco y El Carrizalillo, el paraíso ese que se ve en las fotos de bahías de aguas azules, arena dorada a blanca, y palmeras. Con un entorno de montañas que le  otorga el marco ideal.

Caminamos con Martín que me esperaba en un airbnb que encontramos entre el centro y la playa. El anfitrión se llama Andrey, muy buena onda.

Quedarnos en Puerto es una buena opción para hacer algunas compras que me faltan para iniciar nuestro periplo. Encontramos todo en una mañana, chip mexicano para el teléfono, adaptador eléctrico del europeo al local, calentador eléctrico para el agua del mate y hasta yerba a granel.

Disfrutamos plenamente nuestra jornada en Puerto Escondido. Caminamos por todas las playas del centro donde se junta más gente y mucho más allá. El día fue completo, con un atardecer espectacular como suelen ser los atardeceres del Pacífico. Un espectáculo que no deberíamos perdernos ni un solo día y menos, al estar en estas latitudes.

 

La vuelta de los refugios en 20 días-El Bolsón-Río Azul (diciembre 2020-enero 2021)

Día 1-Llegamos a El Bolsón y nos vamos a dormir al Camping Los Alerces

Comenzamos esta travesía el 17 de diciembre. A pesar de ser verano había nevado aún pocos días atrás y apenas llegamos al Bolsón, después de una jornada completa de viaje en bus, el aire fresco se hacía notar de manera agradable y los mantos de nieve cubrían por completo las cimas de las montañas.

En El Bolsón hay una oficina de turismo ubicada en pleno centro, a pocos metros de la plaza principal, la Plaza Pagano, que es el punto de reunión, feria y paseo cotidiano de todos los que andamos dando la vuelta por aquí,

Somos los primeros de la temporada, Nicolás, Stellete, Martín, y yo. Apenas empiezan a abrir los campings después de un año raro y complicado y nos aconsejan dormir en el Camping Los Alerces debido a que, Doña Rosa, el más accesible para arrancar hacia Hielo Azul, aún está cerrado.

El camping está ubicado sobre el río Azul generoso en regalarnos su belleza a lo largo de todo su recorrido. Algunos servicios del camping, por no decir todos, están a modo prueba de fallos. Como apenas están abriendo, prácticamente están probando los artefactos que no se han encendido desde hace más de un año. Finalmente todo se va acomodando, empieza a fluir, fluye y sale bien.

Nosotros también. Nos acomodamos en nuestras respectivas carpas e intentamos descansar. La promesa de un camino nuevo que ya se vislumbra con el amanecer nos despierta temprano.

Día 2-La trepada al monumental Hielo Azul desde el camping Los Alerces

Cerca de una hora bordeamos el río Azul hasta la primera pasarela del terror. Antes de subir a la pasarela, una guardparques nos indica que como está en bastante mal estado, crucemos de a uno y al final nos tiremos hacia la derecha ya que está muy chanfleada y floja. Esto es así, si querés subir al hielo y… vas a tener que cruzar la pasarela. Respiramos hondo y cruzamos.

Llegar al Hielo Azul nos tomó casi todo el día. Ya llevábamos una hora hasta la pasarela y luego se nos fueron ocho horas más. Paramos algunas veces. Sólo las necesarias.

El primer tramo de subida, hasta el Mirador del Mallín de los Palos, es el más bravo. Un buen dato es que arriba de los miradores, éste y el de Raquel, al que llegaremos después, se engancha un poco de wi-fi. Por si hace falta para mandar un último saludo antes de perdernos entre la niebla y las montañas por unos cuantos días o semanas. Luego ya no habrá señal en ninguna parte hasta volver a bajar hacia la zona de Río Azul. Los dos miradores son también lugares aptos y con vistas excepcionales para hacer un par de descansos.

A partir del Mirador de Raquel la subida se atenúa un poco. Acaba finalmente al encontrarnos con el arroyo Teno cuyo curso vamos a seguir hasta el refugio.

En este diciembre helado de 2020, la nieve del monumental Hielo Azul, llega hasta su base. Acampamos cerca del refugio con la nieve a pocos metros. Es tan impresionante como gélido. Casi no podemos estar afuera de las carpas.

Cocinamos dentro de un refugio acogedor preparado para los acampantes. Tiene una salamandra cuya chimenea no tira nada bien así que nos damos nuestra primera gran humeada como para que dure el aroma el resto del camino. Hay un fogón y una pileta con mesada, mesa de madera colectiva con bancos.

Al glaciar no se puede pasar porque todo está tapado de nieve. Pero no apechugamos y nos levantamos temprano para salir a hacer culopatín y disfrutar a pleno del enorme placer de caminar sobre la tierra blanca. Una hermosura. Impagable.

Día 3-Subida al Natación y bajada a La Tronconada

Después de dar una vueltas por las laderas cubiertas de nieve, de jugar, de revolcarnos, de correr, de hacer guerra de bolas, volvimos al campamento del Hielo Azul, cargamos las mochilas y partimos en subida hacia el Lago Natación.

La subida es constante pero no es la peor parte del día. Lo peor vendrá después y es la bajada. Abrupta y sin tregua. Los cuádriceps no responden bien a tres horas de descenso continuo con peso en la espalda. Hay muy pocos lugares donde tomar un respiro y descansar.

Los encontramos. Balcones en la altura desde donde las vistas son impresionantes.

Antes de llegar al Lago Natación, hay una especie de bañado, que no es el lago aunque en principio puede confundirse. El lago vendrá después, a una hora desde el Hielo. El refugio Natación se ve amplio, acogedor y con una vista exquisita hacia el lago. No nos quedamos allí porque nuestra intención era sólo verlo de paso hacia La Tronconada, así que, a partir de allí, comenzaron las tres terribles horas de tortura para la piernas.

Sorteamos piedras, pasos entre rocas grandes, algunos tramos más agradables de bosques pero sin poder parar el envión de la fuerza de la gravedad.

Una vez que alcanzamos el sendero troncal nos tiramos al piso. Creímos que era el suspiro final de la tarde, pero no. Aún faltaba cruzar la pasarela. No está tan mal, pero son colgantes, largas, precarias y se bambolean un poco. En general, todas o la gran mayoría. Esto es así. Y si querés llegar a La Tronconada… y… hay que cruzar la pasarela.

La Tronconada es un bálsamo. La gente es tan buena onda. En todos los refugios son buena, no sería justo no mencionarlo. En La Tronconada son geniales. La cerveza artesanal está buena y el lugar es precioso.

Día 4-Cajón del Azul y bajando a buscar al grueso de la troup

Venían subiendo mi hermana Kelly con sus cinco críos y la Etxe, amiga de mi hermana, con sus dos hijas. Siete niños a la cumbre y más allá. Rango de edades desde cinco años a flamantes dieciséis.

El Cajón del Azul es uno de esos paraísos en la Tierra que deberían poner como pecado no visitarlos en vida. En general, si la religión fuera enserio, visitar la Patagonia, hacer trekking, acampar, beber del río, comer del fogón, deberían ser algunos de los mandamientos del señor. Andar en bicicleta, también. Aunque esta no fuera la ocasión.

Pasamos la mañana en el Cajón del Azul. La profundidad infinita que se ahoga entre las piedras, la calidad del agua de deshielo, apenas des-hielada, el cielo despejado y la vegetación frondosa entre la que apenas se abre una huella para caminar, hacen de este lugar un tesoro de esmeraldas y turquesas donde es posible nadar, refrescarse, beber, reflejarse, tomar mates o tan sólo contemplar y enamorarse de ese pedacito de mundo.

Pasado el mediodía, Martín y yo empezamos a bajar para rescatar a la troup familiar y el chiquitaje que suponíamos ya vendrían subiendo según últimas comunicaciones en el Mirador de Raquel. El encuentro se hizo esperar un par de horas.

Bajamos por La Playita, seguimos bajando más y más. Descansando en los recodos, bebiendo del manantial, sentándonos un ratito a la sombra de un abedul o de un alerce, o de un par de coihues, comiendo chilcos, calafates, buscando frutillas y frambuesas. Al final, la polvareda, y eran los más chicos llevando la delantera.

Hicimos intercambio de mochilas para aligerarles la espalda a los más agobiados y subimos juntos y contentos. Otra vez hasta la Tronconada y ahora uno por una larga cola de trece integrantes, cruzando la pasarela sobre el río Azul. Gran campamento gran y para festejar: buena cerveza.

Día 5-Un poco más del elixir del Cajón para todos y de ahí al Retamal

Desde nuestra querida Tronconada salimos a compartir el Cajón con la troup pero ni cruzamos la pasarela enclenque sino que seguimos por la margen de la Tronconada a lo largo de un sendero que sube y baja por la ladera de la montaña y que llega hasta la siguiente pasarela que es más firme. Allí cruzamos y todo el mundo a darse el chapuzón en estas magníficas aguas.

Pasamos en las rocas del Cajón buena parte del día, tomamos mates y más tarde, cargamos el mochilaje y salimos hacia el Retamal. El camino es fácil aunque tiene un par de subidas y parte de la troup empezaba a renegar.

Hicimos una bien merecida parada para presenciar el punto en donde el río Azul se encajona. Es un espectáculo maravillosos de la naturaleza. Viene el río y se va bajando entre las piedras, debajo de estrechas y profundas cornisas de roca, se pierde, verde esmeralda y azul profundo siempre azul.

El paisaje alrededor del Retamal es espectacular. El sitio de camping no me pareció particularmente tan bonito ni acogedor como la Tronconada, pero bueno… la Tronconada es de verdad una onda especial. Y después de  Retamal viene La Horqueta con las famosas tortas fritas del gran Beto, y quizás, si no se va con niños pequeños… quizás vale la pena la seguir hasta lo de Beto. Sí. Vale la pena.

Día 6-y nos vamos a Las Horquetas pero antes, subir al Paso de los Vientos: algo indispensable

El Paso de los Vientos hace honor a su nombre. Hay que ir. Uno llega hasta ahí arriba y siente toda la plenitud del mundo en la cara. Traído por los vientos que llegan desde todos los confines de la Tierra.

Para llegar al Paso el sendero sale del Retamal, sube un poco, pero no es muy largo, en menos de una hora estamos allí. En la última parte hay unas trepadas con las manos. Rocas grandes y una cima impresionante. Las vistas hacia todos los puntos cardinales posibles son completas.

Subimos al Paso, disfrutamos, miramos, gritamos. El viento se llevaba parte de nuestros ánimos y felicidades que nos abundan a compartirlas con el mundo que anda bastante más enfermo que de costumbre.

Recargadas las pilas, recargamos las mochilas y salimos a lo de Beto. Es bastante cerca. Menos de una hora. Camino fácil. Primero baja hasta el río y después es sinuoso.

Enseguida le encargamos las tortas fritas que estaban para chuparse los dedos.

Acampamos al lado del río. El lugar de Beto, La Horqueta, es estupendo. Esté el río ahí nomás. Pero además hay un amplio campo lleno de frutillas maduras. Una fiesta para el paladar. Los chicos, la panza roja de frutos rojos y nosotros verde de mates. Un día sin espectacular. Todo aconsejable al cien por cien.

Día 7-Desde Las Horquetas a Los Mañios, la magia en todo esplendor

Los Mañios es de esos lugares que cuando llegás sentís que sos parte de la familia. Que te estaban esperando como si supieran que ibas a venir. La buena onda de Juan y Nahuel, a cargo del refugio de los Mañios, es la mejor. Nos sentimos bienvenidos, queridos sin conocernos.

El lugar tiene todo el encanto. Bosque, terreno salvaje, un río con rápidos. Una playa extensa de piedras. Fogones grandes. Recovecos como para hacer rancho aparte y tener tu rincón exclusivo y privado junto al río Rayado.

Para llegar desde Las Horquetas a los Mañios hay que caminar alrededor de una hora de camino sencillo y agradable. Muy agradable. Una caminata tranquila a la sombra del bosque y siguiendo el curso del Rayado que cada tanto forma unos pozones como para darse un buen chapuzón. Lindo río el Rayado.

En el camping comimos tortas fritas. Cada vez salen más grandes. Impresionantes. Una torta es un tortón. Infladas y muy ricas! Desde el campamento de los Mañios subimos a una cascada cuyo sendero arranca sobre la margen contraria del río. Vadeamos y empezamos  a remontar una picada angosta, húmeda y bastante salvaje.

Es una caminata breve que vale mucho la pena hacer. La cascada es alucinante. Son como trescientos metros de caída y una potencia y un caudal de agua que asusta. La época ayuda. Es diciembre, empieza e deshielo y la nieve abundante cobra vida entre las grietas, corriendo vertiginosamente hacia las entrañas de la tierra.

Nos quedamos un buen rato apreciando el sublime  espectáculo.

El día nos alcanza para disfrutar la vida intensamente. Lavar la ropa en el río mientras nos tostamos donde nunca da el sol. Relajarse, pensar, soñar la siesta sobres las piedras calientes mientras se seca la ropa. Caminar, juntar leña, juntar frutillas, cocinar, contemplar…

Día 8-Llegamos a Los Laguitos! y que las noches sean siempre noches-buenas

Esta será la última etapa en subida de la gran troup. Mi hermana y su amiga y todos los críos que han caminado hasta aquí lo que significa una gran hazaña para todos ellos que es la primera vez que hacen algo así, y más aún algunos de ellos tan chiquitos! pero han llegado.

El camino a Los Laguitos demora un poco más de los acostumbrado para sus piernas, pero es sencillo. Caminamos un par de horas… muy tranquilos. Parando.

Pasamos por un alerzal milenario. Cada árbol es una porción enorme de vida. Tienen entre dos mil y cuatro mil años de antigüedad. No dejo de pensar en los sucesos de la historia en cuántas cosas han pasado en tantos milenios en el mundo. Desde Cristo y desde antes, y esos árboles ya estaban allí. Ya eran testigos del devenir del mundo. Es un poco incomprensible. Algo a lo que no solemos prestar atención. Hablamos de las guerras, de las conquistas, y de ellos que ya estaban allí y que sobrevivieron a todo, no hablamos casi nunca. Los árboles lo han visto todo y siguen de pie, vivos. Solemnes. Harían falta al menos cinco o seise de nosotros para poder abrazar a uno solo. Ha cientos!

Cuando llegamos a la vera del lago Lahuan nos deja sin palabras. Extasiados. Es tan hermoso.

El refugio es acogedor. Afuera garúa y la temperatura ha bajado a cero grado. Todos nos metemos al refugio. Es verdad lo que decían los árboles del camino, nos esperan con mate. La bruma se apodera del paisaje, sin embargo, se adivina una línea que separa al cielo de silueta de las cumbres nevadas. Más perfecto, no puede ser.

A la noche, cenaremos un cordero patagónico que estuvo de re chupete. El polaco, el famoso polaco y su personal, Maite y Luis, nos atienden como si fuéramos héroes. Nos tratan demasiado bien. Y el cordero, el mate, la cerveza artesanal, las ensaladas! todo es un lujo milagroso a estas alturas.

Yo decido acampar. El entorno es lo mejor que me puede pasar. La intemperie, dormir en el suelo, abrir la hendija de la carpa y ver la costa del lago. Dormir envuelta en el silencio de la noche y sus subrepticios murmullos. Los seres de la noche que me espían. No deja de llover pero nada en mi humilde casa está mojado. Me siento tan segura en mi carpa. Tan libre. Tan plena.

Día 9-Visitamos el Lago Soberanía y volvemos a nuestro hogar dulce hogar en Los Mañios

Antes de emprender la retirada hacia Los Mañios, nos vamos a visitar el Lago Soberanía. Es un trecho. Más de dos horas. Pero vale la pena. El Lago Soberanía es precioso. Majestuoso. Con su montaña de agudas cumbres custodiando las espalda y haciendo de frontera con Chile.

Los cóndores sobrevuela cerca de las cumbres y se pierden entre el verdor y las cascadas que caen por las laderas. Es todo mágico.

La gran troup, los críos, los gurises, y las dos jóvenes madres del grupo, se van sin esperarnos. En principio parte d ellos iba a ir al Soberanía pero finalmente deciden emprender la retirada todos juntos hasta las Horquetas. Nosotros vamos al Soberanía donde nos quedamos un rato anonadados ante semejante belleza.

Martín y Nicolás siguen un poco más aún, hacia el Lago Escondido. El sendero para llegar hasta él sube y baja faldeando la ladera de manera abrupta.

Ir desde Los Laguitos hasta el Soberanía no es fácil de transitar en un diciembre tan caudaloso. Ha nevado mucho y el deshielo se viene con todo. Los troncos no dan a abasto para servir de puentes. La vegetación es frondosa y el bosque es una mata selvática y verde en la que los helechos gigantes se confunden las ramas de los coihues y los alerces, los cañaverales brotan en con ímpetu en los claros y las mariposas hacen ronda con los pájaros.

El arrullo de agua es constante y sintoniza con el canto de aves y la brisa entre las ramas.

Volvemos al refugio, comemos una buena pizza para recuperar energías y nos vamos de regreso a Los Mañios donde nuestros maravillosos anfitriones nos esperan con un guiso familiar al fogón.

Mi hermana y su gente ya han pasado por allí. Ya estarán en lo de Beto. Compartimos una velada hermosa con Juan y Nahuel. Al día siguiente nos aguarda una gran aventura. Estamos ansiosos. Y con un poco de miedo también. Sabemos de antemano que nos tocará sortear un paso complicado auxiliado de sogas y troncos que hacen de cornisa en un precipicio.

Dos de los compañeros estuvieron a punto de aflojar. Pero no.

Día 10- De tripas corazón. ¡Allá vamos Encanto Blanco!

Subir al Encanto Blanco desde los Mañios es un subidón literal. De todo tipo.

Un subidón en altura ya que estamos a nivel del río y a unos setecientos metros de altura y tenemos que ascender en el término de unas dos horas a los mil doscientos, mil trescientos metros de altura. Además es un subidón de adrenalina porque a la pendiente que no da tregua y por la que vamos ascendiendo con los pies prácticamente verticales y perpendiculares a la base del cerro, hay que sumarle un sector de precipicio en el que han ubicado unos troncos entre vértice y vértice de la roca y una soga para cruzar por esos troncos que salvan unos ocho metros sobre el vacío.

En realidad no es tanto ni para tanto, aunque planteado así, teóricamente, estábamos llenos de ansiedad y poniendo a prueba nuestras posibilidades de lograr la hazaña o achicarnos y recular.

El sendero es de tierra, fácil de pisar, accesible. Transcurre por bosque así que también hay sombra y mata con muchas plantas lo que de vez en cuando nos sirve de falso sostén pero…

Al final llegamos a los mentados troncos y los pasamos sin problema. Nadie tuvo problemas. Cruzamos con las mochilas cargadas y nos sentimos seguros. Vale decir que Nahuel, de los Mañios, hizo el camino con nosotros porque tenía que ir a recoger mercadería al Encanto Blanco adonde es posible llegar a caballo por el otro lado, desde abajo.

Nahuel y Juan, hicieron o limpiaron este sendero. La primera parte está todo muy bien.

A media hora de los troncos y el precipicio llegamos a un mirador donde vale mucho la pena dejar las mochilas ahí abajo, sobre el sendero, y subir al mirador.

Las vistas serán una de las mejores que habrás apreciado en tu vida. ¡Hermosas! Las montañas con nieve a los lejos, todo el verdor de los árboles desde nuestros pies y allá lejos, muy lejos y abajo, cerca del río que ya ni se ve, la casita de los Mañios. Un espectáculo.

Subimos al mirador y nos tomamos unos mates. Un momento impagable. De lo mejor.

Poco después comenzó la aventura inesperada. Bajamos del mirado, cargamos las mochilas y retomamos la senda. Íbamos bien, pero de pronto los traicioneros cañaverales nos confundieron. En un momento, al llegar a unas matas por la derecha y caña cortada por la izquierda, agarramos por la caña cortada y la caña cortada se convirtió en caña sin cortar y en cañaveral cerrado. Como siempre en este tipo de lugares, parece que hay un caminito, porque las cañas son angostas y dejan hueco por debajo, pero no. Estábamos en una maraña de la que nos costó muchísimo salir y aparecimos en un bebedero de ganado.

Nahuel que ya había hecho el camino no recordaba haber pasado nunca por allí. Las vistas eran fabulosas.

Seguimos caminando, buscando la senda. Encontramos marcas viejas. Antes iba por ahí. Después nos lo confirmarían.

Llegamos a un río que era definitivamente el río que nos llevaría hasta el refugio, el Encanto Blanco, así que no debíamos perder el curso del río. No era fácil. Hubo que cruzarlo y traía bastante agua o se abría en dos brazos con abundante caudal, pero lo logramos.

Una vez que se llega a una enorme pared de roca que se impone como una muralla sobre nuestra derecha, hay que tratar de ir entre esa roca y el río y con esas dos referencias pronto se empezarán a ver las marcas del sendero nuevo.

Fue una buena experiencia y es recomendable. Faltaría aclarar ese tramo de marcas, entre el mirador y los cañaverales, para no quedar enmarañados.

Por supuesto al llegar nos desquitamos del pajonal comiendo tortas fritas y más tarde tomando cerveza. También, aunque se hizo tarde, nos bañamos en el río y vino bien para liberarnos de las astillas del pajonal.

El camping, refugio y dosmis del Encanto Blanco tiene un aire entre montañoso y chacarero y eso de verdad tiene «encanto». Además, al lado, está el río y el paisaje alrededor es entre salvaje y habitado.

Día 11-Bajada al Bolsón y repostando vituallas para seguir en la aventura

Bajamos hacia el otro lado. Queriendo volver hacia el Bolsón para hacer acopio de vituallas, descansar y conectar con la civilización. Todos estos días, hasta aquí, hemos estado sin señal. No busquen porque no hay. Solamente unas líneas sobre el Mirador del Mallín y el de Raquel, allá por el primer día de caminata hacia el Hielo Azul.

Queríamos conectarnos y necesitábamos más comida para continuar. Además nuestro compañero Nico, nos abandonaría al día siguiente para ir a San Pedro a comenzar el año nuevo con su familia.

¿Y nosotros? Nosotros aún no sabíamos dónde acabaríamos el año y empezaríamos el próximo. Siempre en la promesa del camino y el azar del destino.

La bajada del Encanto Blanco nos tomó dos horas y media. Bordea la montaña, sube y baja todo el tiempo. No creas que es sólo bajada.

Hacía calor y el sol atosigaba. Al llegar abajo y perder altura, tuvimos que cruzar una pampa hasta la casa de la familia Tellería, encandilados por el sol y aunque son unos pocos metros, un día de caminata corta, y en plano, la ausencia de sombra arreciaba.

Desde la familia Tellería tomamos un remis hasta el Bolsón. Llamamos por teléfono desde la manga del corral, ahí, justo ahí, hay señal.

En el camping del Bolsón, el Refugio Patagónico, nos duchamos como si fueran tres. El chorro estaba tan bueno que no daban ganas de apagar la duchar.

Cenamos una ensalada con todas las verduras que te puedas imaginar y las que no también. Una ensalada enorme, en la olla a tope. La olla grande.

Día 12-A dormir al río Azul para estar cerca de la subida al Lindo

Por la mañana mediodía despedimos a Nico en la terminal de El Bolsón. Luego nos mudamos al Río Azul para amanecer al día siguiente cerca de la subida al Cerro Lindo.

El camping de Río Azul está en un lugar soberbio, sobre el río y bajo enormes cerezos y frutos rojos que da gusto comer al paso y son deliciosos y saludables.

Nos decepcionó el estado de abandono. No había agua en las canillas, no había duchas, el lugar estaba lleno de basura. Yo había estado allí hacía algunos años, lo atendía Roberto, y el camping estaba precioso. Me dio la sensación de lo que están destruyendo. Hay menos árboles, un estacionamiento para la gente que va a los pozones y mugre por todos lados. No hay canillas ni nada para sacar agua cerca ni lejos de las carpas, y hay que meterse en la casa como única opción. El río no está accesible de los campamentos para buscar agua.

Por suerte, los cerezos valieron por toda la porquería y el lugar es hermoso aunque lo están destruyendo.

Aquí, nos encontramos con otros amigos, Agu y su pareja que subirían al día siguiente al Lindo con nosotros.

Día 13-Contra viento, diluvio, y la última nieve del verano. ¡Allá vamos lindo Cerro Lindo!

La subida al Cerro Lindo hay que tomarla con calma. Es larga, asciende un desnivel de mil metros y en algunos tramos es empinado. Pero con calma, se llega. Es larga, sí, pero cómoda y vale la pena apechugar un poco y darle un tranco más.

Para colmo, desde la mitad para arriba empezó a llover. Y no paró. Y llegando arriba, envueltos en la bruma, empezó a nevizcar y después a nevar.

Casi no paramos porque… ¿parar bajo la lluvia? Además, si parábamos nos congelábamos, entre mojados y fríos que estábamos.

Le dimos duro. Agu y su pareja no pudieron llegar ese día y decidieron acampar más abajo junto a un arroyo. Junto a ese arroyo nosotros habíamos almorzado algunas horas antes de que la lluvia arreciara.

El paisaje es alucinante, a pesar de la niebla o con el condimento de ella. Las montañas tienen un tenor diferente, su propia identidad, su propia forma, menos aguda que allá por el Lahuán o el Soberanía, laderas más redondeadas, bosques absolutamente mágicos y distintos a todos. Cascadas exhuberantes y agua por todas partes, arroyos, pampas, bosques, caminos de piedra, cruces de río. Es un camino que recomiendo a todos y aunque haya tormenta porque después, verán allá, al final del camino, el refugio.

Se cruza el arroyo Lali, después otro arroyo, y después de un bosque de lenguitas achaparradas, el paisaje que se abre ante nuestros ojos es alucinante.

Un refugio en todo el sentido de la palabra. El lugar cálido, la casita de piedra y el calor de la acogida de Quemquem que resultó ser la hija de Roberto el antiguo dueño del camping de Río Azul.

Habíamos salido a las 9.45, cruzando la pasarela y entre las 14.45 y las 15.05, estábamos en el refugio.

Estuvimos muy bien allí. Todos dormimos en el refugio esa noche. Nos quedaríamos dos ya que, en los alrededores hay caminatas a las que no podemos fallarle.

 

Día 14-Más allá de las cumbres, las lagunas Verde y Esmeralda y el Lago Lindo

Hay una excursión que se puede y se debe hacer una vez que estamos en el Lindo. Nosotros la hicimos de la mano de Martín que nos guió con el mapa topográfico que compró Stellete.

Dicen que es fácil perderse, incluso hay una parte que se llama el Valle de los Perdidos porque al parecer hay dos cadenas de montañas gemelas y muy similares. El Lindo, el lugar de las gemelas. También hay dos cascadas gemelas. La belleza por dos. Es exagerada.

Realmente una belleza que nos dejaba sin palabras a cada instante.

¿Cómo encaramos este sendero? Para iniciarlo bordeamos la laguna Lali un poco por arriba. Hay una flecha de piedras en el suelo que marca el comienzo del sendero que sube.

Hay un arroyo con abundante caudal y muchas curvas que hay que cruzar varias veces. Marcas hay pocas y sólo al comienzo y después, algunas pircas. El mapa topográfico es recomendable.

Como ha nevado, cruzamos enormes extensiones de nieve. Subimos y sobre unos vértices de piedra, tras unas dos horas de caminata, llegaremos a ver, abajo, la laguna tricolor y, más adelante el Lago Lindo.

Esos vértices de piedra, vertiginosos desde donde se ven las lagunas, son como torres de la montaña avistando hacia el horizonte y las lagunas. Hay que pasar unas tres y en la cuarta, subiendo casi hasta el borde, se tiene una buena visión. Es bastante expuesto y hay que arrimarse con cuidado. Las vistas valen la pena.

La Laguna Esmeralda está después, yendo hacia la cumbre del Cerro Lindo, sólo Martín continuó hasta allí y la vio congelada.

Volvimos al refugio. Habían llegado nuestros amigos, Agu y su chica. Compartimos unos mates con las consabidas tortas fritas y volvimos a salir. Fuimos a visitar las Cascadas Gemelas. Impresionante espectáculo.

Están a una media hora del refugio. Hay que ir. La brutal caída del agua, el ímpetu y la fuerza incontrolable de la naturaleza. Ser parte de este paisaje es impagable. No alcanzan las palabras para agradecer o poner en palabras la felicidad que uno siente. La plenitud.

Hemos llegado al Lindo en un momento inmejorable. Qué más se puede pedir. Todo está en su máximo esplendor. Era 29 de diciembre y ha nevado. Los ríos habían comenzado el deshielo y bajan con toda la furia de su caudal. Todo está maximizado. Todo es fastuoso y magnífico.

Día 15-Año nuevo en el magnífico río Blanco, el rey de los contrastes

Bajamos del Lindo apreciando el paisaje de una manera nueva. Lo habíamos vivido bajo la lluvia y la nieve de subida, y bajamos con sol.

Cualquiera diría que es hacer el mismo camino, pensando ligeramente y sin embargo, cada momento tiene lo suyo y es único. Cada recodo del camino, cada árbol, cada nuevo amanecer, cada temperatura a cada hora diferente según haya pegado la luz ese día, según se haya posado un pájaro o haya pasado la brisa. Nada se repite. Las infinitas posibilidades del infinito todo, conviven simultaneamente inagotables.

De bajada pasamos por el Bolsón otra vez a rehacer provisiones una vez más. Es 31 de diciembre. Todos los negocios cierran pronto para esperar el año nuevo.

Tomamos el bus La Golondrina que para a una cuadra de la plaza del centro del Bolsón y a una cuadra antes del ACA. En ese bus nos vamos a Puelo, cargados con las mochilas y los alimentos para varios días más y una cena suculenta de asado, ensalada, y vino, para despedir el año junto al río Blanco.

Para dormir en el camping Rincón del Motoco hay que cruzar la pasarela de Puelo y desde allí caminar una media hora hasta el camping.

El lugar es inmejorable. No puede ser más perfecto para empezar un año nuevo lleno de ilusiones y promesas de porvenir. Y más viajes. Más caminos. Más montañas. Más andar por el mundo en libertad.

Acampamos junto al río, en una porción es que el Blanco que suele ser una revolución de espuma y por eso su nombre, se apacigua. En esta porción es verde y manso.

El arruyo del agua es exacto como para conectar en sintonía nuestras vibraciones con las del universo.

Dormir allí, acunada por el arrullo de las aguas y soñar con todo lo que vendrá. Otra vez la plenitud total, la felicidad sin palabras para ser descripta, el agradecimiento constante por estos regalos de la vida y por poder compartirlo con mi hijo Martín y mi amiga Stellete. Sólo una cosa más podría ser mejor, el deseo es insaciable.

Día 16-El largo camino a la joya de esta travesía: el Motoco

Feliz año nuevo. Feliz amanecer junto al río Blanco.

Subir al Motoco implica caminar uno de los senderos más bellos del mundo. Es un sendero sinuoso que sube y baja acercándose y alejándose del río Blanco que nos acompaña durante casi todo el recorrido y que sí se pone de blanco blanco de espuma. ¡Es tan potente y estrepitoso! Es un río único. Con un caudal y unos rápidos impresionantes. De pronto se encajona entre piedras monumentales y se calma verde y turquesa. Parece pintado.

El sendero está muy bien. Uno de los mejores que hemos realizado. Bien indicado y los puentes y pasarelas son más firmes y están en mejor estado que en otros senderos.

El suelo es preponderantemente amable, un colchón mullido de hojas secas. Mucho bosque, tupido, salvaje, sombra casi todo el recorrido. El agua y sus colores sorprendentes, cambiantes, y la fuerza del agua igual, con tantos contrastes, fuerte y mansa, es una sinfonía con todos sus instrumentos y vaivenes.

En tres horas llegamos al Portal del Motoco. Allí hay un puesto atendido por Frida. Hay que registrarse y es un buen punto para hacer un descanso intermedio. También se podría acampar allí, pero nosotros queremos seguir y llegar hoy mismo al Motoco.

En dos horas y media más estaremos llegando al refugio. Lo hacemos con tranquilidad. Las vistas son espeluznantes y obligan a parar y contemplar a cada rato. ¡Es tan bello! Impregnamos la memoria de esas imágenes única e imborrables. Atesoramos esos momentos de supremo elixir. Lo respiramos todo, ahora es parte nuestra y lo llevamos dentro para siempre.

El refugio del Motoco es una casita de ensueño. Vamos a acampar a pocos metros de allí, en un lugar que suponíamos el sumum de la magia realizada porque aún desconocíamos lo que vendría después.

Día 17-El sumum de la magia realizada, el recinto sagrado. Más allá del Motoco: Lago Duke y todo el esplendor del camino

Una caminata excepcional. Lo mejor del viaje.

La caminata arranca desde el refugio del Motoco hacia el Lago Duke y la Roca del Tiempo. Es todo un espectáculo aparte. Increíble.

Salimos del refugio y bordeamos el río hasta cruzar dos puentes de palos. Los puentes están firmes y las indicaciones durante todo el recorrido son claras y muy precisas.

Ascendemos hasta un alerzal menor. Centenario pero no milenario. Los alerces son árboles muy preciosos. Su corteza es porosa y suave y su copa, en pináculo con ramas caprichosas y hojas pequeñas forman corolas perfectas para dar sombra sin negarse al paso de algunos rayitos de sol.

Creo que un alerce es una de las construcciones más perfectas de la naturaleza. La armonía ideal.

Un bosque de alerces es siempre un lugar mágico. Más me gustaría saber dibujar para transmitir mejor cómo es un alerce. Debo conformarme con mantener intacta su imagen en la memoria. Recordar sus rasgos y atesorarlos en mi interior. No puedo decir más. Quizás guardarlo como un secreto entre el alerce y yo.

Después de cruzar este alerce menor, poco después, llegaremos a un alerce milenario que nos dejará sin palabras. Como si fuera una falta de respeto decir o agregar algo. Como si de verdad nos hubiéramos quedado sin palabras porque no existen tales para decir lo que estamos viviendo.

Son alerces de cuatro mil años. No uno solo. Muchos, uno y otro, y otro más allá. Y vuelvo a preguntarme y a admirarme de todo lo que han vivido los árboles. De la cantidad de tomos que conforman una enciclopedia de historia y de que avanzando tomo tras tomo, capítulo tras capítulo, guerras y conquistas, y todo lo que ha pasado desde hoy hasta cuatro mil años atrás y ellos, ellos ya estaban ahí.

Uno no puede más que acercarse en silencio. Transitarlos en silencio. Acariciarlos en silencio y con suavidad porque son algo tan sublime que hasta siento como si debiera pedirles permiso o como si no debiera, tocar algo así, tan sagrado.

Permanecemos varios minutos, no sé cuánto. Algo nos ha detenido en ese lugar donde no podemos menos que seguir contemplando con respeto y admiración. En silencio.

Cuando logramos avanzar más allá de este encantamiento litúrgico de la fuerza del alerzal, no tarda en sorprendernos el sonido estrepitoso de cascadas y rápidos del río.

Pasamos por la cascada de Leonardo y por el Tobogán del Motoco, el deshielo se desagua con ganas desde piedras monumentales y discurre con furia sobre piedras enormes.

Seguimos y el contraste nos enfrenta con la Playa Roja. Más magia. Un río de aguas cristalinas se tiñe de su lecho de piedras rojas y parece un río de sangre de la tierra. Nos acercamos. El agua es transparente y pura que corre sobre un suelo de piedras cobrizas y carmesí. Piedras tan duras como suaves, bordeaux, naranjas, rosadas. El agua se amalgama esas tonalidades y en este sector, se mueve con lentitud, amable para el baño. O sólo para sentarse y contemplar el contraste de las laderas verdes y el rojo del agua, y el brillo del sol iluminando la postal.

De regreso nos reservaremos una buena hora para bañarnos en esa playa privilegiada y única.

Continuamos la subida al Lago Duke. Cruzamos el único sector monótono del recorrido, el Mallín. Un mallín amplio y que hay que sortear por la derecha.

La subida final al Duke es de cuarenta y cinco minutos empinados. Luego una bajadita. Vale la pena hacerlo todo.

Nos bañamos en Duke, majestuoso. Con su montaña flanqueando sus espaldas como una muralla coronada de nieve.

Las aguas del Duke no son tan frías así que nos disfrutamos el baño. Nos quedamos un buen rato contemplando y respirando la belleza y luego subimos a un mirador cerca de allí desde donde el panorama trescientos sesenta grados alrededor es impagable. Hay que subir y hay que verlo y volver a mirarlo y volver a verlo. Belleza total por donde se mire.

Emprendimos la bajada y de regreso aprovechamos a quedarnos un buen rato en la Playa Roja y volver a bañarnos y tomar sol y disfrutar a pleno de un lugar tan lleno de condimentos y de belleza. Y tenerlo todo junto allí. Todo sobre el mismo recorrido. Demasiada hermosura para un solo día. Demasiada plenitud.  Desbordantes de felicidad. Sorprendidos todavía de que pueda haber tanto por descubrir.

El recorrido lleva unas tres horas de subida, más lo que uno quiera quedarse en cada lugar y eso será quizás más de tres horas si nos dejamos tentar por la magnificencia de cada porción del paisaje.

Luego de dos horas de bajada llegamos de regreso al campamento. Caía la tardecita y las luces se atenuaban lentamente mientras mate a mate saboreábamos lo vivido.

Día 18-Bajando del paraíso sin perder la magia

Descubrir el río Blanco es una de las mejores experiencias naturales de mi vida. Suele suceder que conocemos ríos y sólo conocemos una parte de ellos, un remanso, una playa.  A veces suponemos y suponemos bien, que el aspecto de ese río se perpetúa desde las nacientes hasta su desembocadura. En general no es así. Menos aún si se trata de ríos de montaña, que nacen del deshielo en las cumbres, que caen por las laderas, que tienen lechos de piedra y que estás piedras pueden ser de diferentes tamaños. Si a todo esto se le suma el entorno verde patagónico, a una altura media de la cordillera donde las brisas oceánicas de ambos lados, este y oeste, pueden darse la mano. Y la humedad natural de los mares y el aire puro de los árboles y el agua de la montaña, y todo la paleta de colores que de pronto surge de toda esa conjunción. Es que se trata de un paisaje magnífico. La magia no se agita y verlo dos veces, de ida y de regreso, no es verlo repetido. Es ver casa árbol, cada recodo del camino y cada pincelada de río en un momento distinto y  por eso es distinto. O quizás por su belleza embriagadora. Porque los ojos no pudieron abarcarlo todo de subida al Motoco y descubren continuamente nuevas imágenes. Viéndolo ahora, alrevés, ya no es lo mismo.

El Motoco y no sólo el Motoco sino más allá de él, es un sendero obligatorio. No dejen de hacerlo. Se los deseo de todo corazón y, al mismo tiempo me deseo y nos deseo, poder volver una vez más.

Bajamos hacia la pasarela, cruzamos el río Azul en Puelo y nos fuimos al camping de Doña Rosa. Un camping urbano, cerca de todo. Mañana, tras diecinueve días de travesía, nos montaremos en un incómodo y desagradable autobús rumbo a la vertiginosa Buenos Aires. Sin embargo, estamos tan llenos de pureza patagónica, que poco nos importa o nos pesa tener que regresar.

Viajes así, sólo nos dan la certeza de estar viviendo verdaderamente la vida que se nos ha otorgado. Nos dan la certeza de que no estamos desaprovechando nuestra estancia en el mundo y, sobre todo, nos llenan de ilusiones nuevas, de pensar nuevos caminos. El horizonte está allí, tras esa línea trazada en el mapa sobre la mesa o tras ese paisaje que nos atormenta insistentemente la imaginación o el delirio.

Día 19-24 horas de bus y remis, de regreso al calor literal del hogar.

Día 20-FIN

En casa ya hay un mapa sobre la mesa. Una guía de viaje. Cuatro nuevos *favoritos* en la barra de marcadores. Y un nuevo sueño en marcha. ¡A por él!

Día 51 (10 de mayo) – de León a El Tránsito

Un camino fácil. Tomamos la ruta que va a Managua, una ruta en buen estado y con pocas ondulaciones. En un empalme desviamos por el camino que va a Puerto Sandino. Es una ruta nueva, muy lisa y ahora sí con algunos desniveles, pero cómoda. Pasamos por una petrolera del ALBA, ondean juntas las banderas de Venezuela, y Cuba. Desde Puerto Sandino fuimos hasta El Velero, un sector amplio de playa diseñado por el FSLN para que los nicaragüenses puedan disfrutar del mar. Siguen las marejadas en toda la costa del Pacífico, desde Chile y hasta México, pero esta parte de Nicaragua no ha sido afectada. En la entrada al complejo de El Velero hay un guardia de seguridad, la entrada es libre y, aunque hay algunas casas cerca de la costa, el acceso es para todo el mundo. Hay una piscina natural que se llena con el agua del mar y cuando la marea baja, a eso de las 11 del mediodía, queda el piletón lleno entre las rocas y la gente va llegando a bañarse. Un buen lugar. Ahí se puede acampar. Hay un espacio entre árboles, lugar para fogón y suficiente leña. No vimos agua dulce o canilla. El lugar es agreste. No hay tiendas, las tiendas están en la entrada de la playa, a unos 500 metros.

Pasamos varias horas en esa playa. Charlamos con un nicaragüense que nos ofrecía dormir en su casa de fin de semana, ahí en El Velero. Nos contaba que el gobierno sandinista ha hecho una ley para que la costa no pueda privatizarse y ha mejorado esa zona y otras parecidas, con seguridad y abiertas a todo público.

La ruta de pavimento, por ahora, se termina ahí. Decidimos seguir hacia El Tránsito por un camino de terracería; está bueno, pero las bicicletas saltan mucho y se bandean y se caen los bultos. Son varios kilómetros de tierra con subidas y bajadas. El Tránsito es un pueblo pequeño sobre la playa. Hay balnearios para surfistas, muy exclusivos, donde aunque la costa no se pueda privatizar, grupos de extranjeros que ni siquiera hablan español tienen establecimientos cerrados y no reciben gente. Hay un Surf Camp donde al preguntar si tenían espacio para camping u hostal, nos dijeron que solamente por semana con curso de surf incluido y carísimo. En otro lugar similar, también extranjeros que no hablan ni entienden español, nos dijeron que el lugar estaba cerrado, que todavía no abrieron. Nos dejaron en la calle. A pocos metros, Martín había visto a un señor que nos miraba pasar para un lado y nos miraba pasar para el otro,

-preguntale a ese señor si nos alquila un espacio…

y ese señor, Domingo, nos alquiló debajo de unos árboles, con vista al mar, canillas, duchas, baño, enchufe, por 100 córdobas para los tres. El lugar de Domingo es el mejor lugar de El Tránsito. Sobre la playa. Con suelo blando de arena y a la sombra de dos mangos. Nos ofreció todo lo necesario, le puso una flor a la ducha y hasta una bujía más entre los árboles para que tuviéramos luz.

Salimos a comer las enchiladas en un puestito de la calle del centro, cuestan 25 córdobas -no eran tan ricas como las de Villanueva- un hot dog en en el restaurante también cuesta 25 córdobas; compramos unos pancitos de a 1 córdoba cada uno. Esos sí están bien, ricos y baratos.

Fue un día de mar.

Datos técnicos: León-El Tránsito 59.8 km

3.38.10 hs

Total: 3416.35 km

Día 50 (9 de mayo) – de Chinandega a León

La ruta es recta. Muy fácil. A 10 kilómetros de salir de Chinandega está la entrada a Chichigalpa, sinónimo de Flor de Caña. En Chichigalpa se fabrica este ron que según palabras de Martín, especialista en catación y coctelería, es uno de los mejores rones del mundo. Flor de Caña es valorado internacionalmente, lo respaldan 126 años de historia y tradición, la quinta generación familiar asegura que siguen usando ingredientes finos y largo añejamiento.

Son solamente 40 kilómetros entre Chinandega y la heroica ciudad de León. El calor aletarga pero Nicaragua justifica cada parada. Vale la pena. A las 10 de la mañana ya estábamos en el Hotel Casa Ivanna, el mismo en el que he parado anteriormente y en el mismo cuarto que ya siento mío. Cuesta 5 dólares y es muy confortable. Los cuartos están limpios, hay cocina equipada que se puede utilizar, café gratis, enchufes, internet lento, libros, sala de estar con sillones hamaca y hamacas en el jardín. Enfrente, en la esquina, está el Teatro donde la primera vez que estuve en Nicaragua escuché a la Orquesta Sinfónica de Cuba,

-pase, señora, es gratis.

Fuimos a comer un plato completo a la vuelta del hotel por 50 córdobas, y luego a caminar por el mercado y las calles pintadas de banderas rojinegras. Pasamos por la casa donde nació Rigoberto López Pérez, el poeta que disparó contra Somoza García asesino de Sandino. Por la casa natal de Rubén Darío y la catedral donde descansan sus restos custodiados por un león. Fuimos al Museo de la Revolución, a la casa de los héroes y mártires. Veneramos cada placa por cada guerrillero muerto, por cada luchador del pueblo nicaragüense. Ahora somos nosotros los curiosos y ellos los que cuentan su historia:

-veinticinco mil contras nos mandó Reagan, pero nosotros éramos todo un pueblo y por eso ganamos, y acá estamos, a pesar de haber vivido todo lo que vivimos, acá estamos- medita en voz alta Rodolfo López López.

Datos técnicos: Chinandega-León 40 km

3.18.03 hs

Total: 3356.55 km

Día 49 (8 de mayo) – de Villanueva a Chinandega

Transitamos la región más calurosa de Nicaragua. Calor y sol. Chinandega es una de las ciudades más calientes de Nicaragua, se la llama ciudad cálida, ciudad mártir, y ciudad de las naranjas, y es todo eso. La ruta es sencilla, casi plana pero sin sombra. Muchos animales pastan en los bordes y se cruzan la carretera. Hay vacas, cebúes, caballos. Encontramos un caballo maniatado. Paramos a liberarlo pero cuando Martín se acerca el caballo desconfía y se encabrita. Nuestra ruta va derechito hacia el volcán San Cristóbal. Nos acercamos directamente a él. Es el volcán más alto y activo de Nicaragua, siempre humeante. La cúspide de su cráter está cercenada por el viento en diagonal. Lo rodeamos y queda a nuestra izquierda el resto del camino. No está solo, son en realidad cinco volcanes juntos.

Llegamos a Chinandega y buscamos un hotel. Hace muchísimo calor y la gente ansía como un ruego que llueva. Cae un chaparrón. Justo llegamos al Hotel San Juan. Cuesta 200 córdobas por persona. Está bien ubicado, cerca del centro y accesible para tomar la carretera. Hay internet, el cuarto tiene ventilador, hay enchufes, y está limpio. Mientras nos alojamos el chaparrón pasa y nos da chance de salir a merodear por el bullicio urbano. Hay coloridos mercados callejeros, llenos de frutas y verduras. Un cronista y fraile español, hace cuatro siglos escribió, “el pueblo de Chinandega compuesto por muchos indios, abundante maíz y de todas las frutas de la tierra, parece un pedazo de paraíso.”

Comemos algo en una cantina, barato, 32 córdobas el plato de comida con vaso de gaseosa. En la noche, para la cena, vamos al parque lleno de bares y restaurantes abiertos hasta bien tarde. Los combos cuestan de 40 a 60 córdobas y hay riquísimos licuados de remolacha, zanahoria, cacao, avena, zapote. Cuestan 25 córdobas el vaso chico y 40 la jarra grande. Nicaragua está más barato que los otros países de Centroamérica y es en el único país donde en cualquier pueblo o ciudad grande, la gente se queda afuera de sus casas hasta la madrugada con las puertas abiertas y sin miedo ni advertencias. Chinandega es la tierra de Tino López Guerra, el rey del corrido nicaragüense autor de ‘León puede ser abatido, pero nunca vencido, viva León, Jodido’. ¡Allá vamos, León!

Datos técnicos: Villanueva-Chinandega 69.4 km

4.43.34 hs

Total: 3316.55 km

Día 48 (7 de mayo) – de Choluteca (Honduras) a Villanueva (Nicaragua)

La ruta entre Choluteca y la frontera y luego hasta Villanueva, es muy sencilla, si no fuera porque cuando levanta el sol el calor es agobiante se podría hacer rápido y sin chistar. No hay desniveles pesados y hay sombra y sombra de mangos cargados de frutos maduros. Tantos que se caen al suelo regado de mangos. No hay mejor desayuno. Todavía no salimos de Honduras y paramos a darnos un atracón. Honduras tan pobre y tan rica. Cargamos unas bolsitas de mangos para exportar en nuestras alforjas rumbo a Nicaragua.

Las fronteras terrestres de América Central y en especial las que rodean a Honduras siempre son un engorro. La anécdota no nos sorprende con ningún cambio favorable. Todo sigue igual. Los empleados de migraciones de Honduras no están en las ventanillas. -Honduras no está. Honduras llega tarde,- bromean los de Nicaragua. Las mafias de intermediarios estafadores ofrecen hacer el trámite que juzgan imposible sin su ayuda y piden desde ocho a ochenta dólares. Los empleados se sientan con parsimonia y desgano a atender. Atienden a uno, le toman las huellas digitales, planillas, datos, fotocopias. Falta algo. Hay que pagar. El empleado se para y se va y vuelve media hora después. Algún avezado viajero de la región muestra ostensiblemente la billetera anticipando una buena coima si le permiten colarse. La aduana humilla revisando los bolsos de manera indiscreta. Sin consideración al otro. A la mamá cargada de chicos. A los viejos. Las fronteras de América Central suelen ser más violentas para los centroamericanos. Autoflagelación. Porque eres tan indio como yo entonces no vales nada. Jodete.

Al final podemos pasar a la ventanilla de la patria de Sandino;

-ustedes son de Argentina, de la tierra del Che.

Lo normal es que nos identifiquen con Maradona o con Messi, pero al llegar a Nicaragua, nos hablan del Che y de Gorriarán Merlo y del Capitán Santiago,

-los valientes que acabaron con Somoza en Paraguay.

Nicaragua es conmovedora a cada paso. La historia está viva en su gente. Ellos, con los que hablás en cualquier calle, son los protagonistas del pasado rebelde y libertario. Ellos los que estuvieron siguen estando. Es maravilloso escucharlos.

-Ya parecía que se armaban los campamentos otra vez pero alrevés. Antes la Contra se ponía allá, del otro lado del Guasaule para atacarnos, y en 2009 se ponían los catrachos de este lado para defender a Zelaya. Ya andaban revoloteando los F5 aunque Honduras decía que no. Acá se conocen muy bien esos aviones gringos, son los que traen ellos en la Fuerza Aérea.

Llegando a Nicaragua hay que pagar 10 dólares y 45 córdobas. Dan recibo. El pasaporte, si es mexicano, debe presentar fotocopia.

La moneda de Nicaragua se llama Córdoba. Un dólar equivale a 27 córdobas.

Hace calor y hemos demorado en las ventanillas de migraciones. Pero ya estamos en Nicaragua Nicaragüita. Otra vez mi Nicaragua querida. Paramos a comer en Somotillo, a pocos kilómetros de la frontera. Los platos de comida completa y bien llenitos cuestan 50 córdobas. El vaso de fresco de calala, bien fresco y con hielo, cuesta 10 córdobas. Comemos bien, seguimos, y llegamos hasta la entrada de Villanueva. Ahí paramos otro ratito y participamos del humor de los nicas que hacen chistes, ríen, y también se interesan por nuestra travesía, preguntan y nos cuentan un poco de sus vidas.

Desde la entrada, por un desvío de 5 kilómetros llegamos a Villanueva. En el centro encontramos el Hostel Mendoza. Los dueños, Albin y Rubiña con su hijita Briana, son muy agradables. El cuarto tiene dos camas, es amplio, es sencillo, pero está limpio. Está a dos cuadras del parque central pasando la policía. El baño y la ducha -a balde o cubeta- están afuera del cuarto. Hay entrada independiente. Tenemos enchufes, dos ventiladores. Cuesta 150 córdobas.

Datos técnicos: Choluteca (Honduras)-Villanueva (Nicaragua) 70.2 km

4.28.43 hs

Total: 3247.15 km

Día 47 (6 de mayo) – de San Lorenzo a Choluteca

Un día de viaje muy corto. Esta es nuestra última parada en Honduras antes de cruzar la frontera a Nicaragua. Choluteca, la Sultana del Sur, parece ser el último centro urbano donde podemos descansar. Desde aquí hasta Guasaule, frontera, hay 46 kilómetros. Ahora el camino es más plano o con sinuosidades muy leves, o será que uno ya se adiestró en la buena costumbre de meter primera y hacer fuerza pa’arriba. Ya cruzamos toda la imponente muralla de montañas hondureñas. La carretera de San Lorenzo a Choluteca es sencilla en cuanto al relieve, pero jodida en cuanto a tráfico. Hay camiones que te sacan literalmente de la carretera porque o no te ven o no hay espacio o no les importa un pito pasarte por encima. Varias veces me bandeé yo, y no el bulto, hacia lo que sería la banquina pero que es una acera angosta de piedritas o nada, pasto, o terreno desparejo y no pensado para circular ni en bicicleta ni caminando. Antes de llegar a Choluteca conocimos a Hilda. Hilda no va a la escuela. Tiene 10 años pero no va a la escuela porque su papá no tuvo billete. Su hermana tuvo más suerte porque le tocó un papá con billete. La hermana de Hilda sí va a la escuela, pero no le enseña nada a Hilda porque Hilda vive con su abuela Francisca. Viven ahí, en una aldea en medio del camino que va desde San Lorenzo a Choluteca. Hilda se hamaca en la hamaca y ve pasar y ve pasar. Pero nosotros no pasamos. Le enseñamos a escribir su nombre, Hilda con H que no suena, con H como Honduras Hilda huérfana humilde hermosa h de hambre, hipócrita Hernández, h de hijo, hijo de puta.

Martín le hizo un dibujo de recuerdo en un cartón. Nos dibujó a nosotros en ese lugar, debajo de su palapita de palma, ella en su hamaca y nosotros en una banca, y las bicicletas. A mí me dibujó con alas en lugar de brazos, o con brazos muy grandes.

Choluteca significa ‘valle ancho’ en lengua chorotega, primeros habitantes de la región. Después los españoles emperifollaron el nombre y la llamaron ‘Villa de Xerez de la frontera de la Choluteca y mis reales tamarindos’ porque las pepitas de oro que se encontraban en Choluteca eran tan grandes como vainas de tamarindo. Choluteca, Honduras toda, era una gema de metal dorado a la que vaciaron sus entrañas, hasta las tripas le sacaron. Sólo queda esa coraza de montañas azules y tejados rojos. La mitad de los hondureños sobrevive sin satisfacer sus necesidades básicas. En los caseríos no hay agua potable. No hay electricidad ni cloacas. En los suburbios la mayoría de los chicos no van a la escuela porque como Hilda no tienen billete. Tampoco tienen zapatos. Es bello el mundo pero cómo duele la humanidad. La ostentación de las iglesias, la insignificancia del mendigo. La plaza comercial, la techumbre de palma de Francisca. El periférico, el barro. Los chicos con uniforme, los chicos descalzos. La desigualdad del dinero. La devaluación de la vida y del amor.

En Choluteca nos alojamos en el Hotel Pacífico. Es un lindo hotel con dueños muy agradables. El cuarto tiene dos camas grandes, es amplio, tiene aire acondicionado, enchufes, baño, hay garrafón de agua, hay internet, y nos cuesta 550 lempiras. Nos quedamos prácticamente todo el resto del día en el hotel. La temperatura ambiente es de 40 grados. Me senté en la galería a tomar mates pero estar afuera es insoportable. Salimos a cenar cuando anocheció, churrasquitos con tortillas, estilo tacos, 53 lempiras. Muy ricos. Hay lugares de comida chatarra en la plaza comercial donde hay varias cadenas multinacionales que ofrecen combos, por ejemplo el sándwich de pollo con papas y refresco por 37 lempiras.

Datos técnicos: San Lorenzo-Choluteca 35.2 km

2.13.28 hs

Total: 3173.95 km

Día 46 (5 de mayo) – de Sabanagrande a San Lorenzo

Todo lo que sube tiene que bajar. Hoy bajó la carretera. Volvimos al nivel del mar, pero el mar subió y no pudimos llegar hasta la costa. Hay marejada en el Pacífico.

La ruta es tranquila hasta pasar Pespire, una joya colonial de Honduras con sus tejados rojos y su iglesia blanca de tres cúpulas. Al llegar al cruce de Jícaro Galván, 13 kilómetros después de Pespire, el tráfico se acentúa, aparecen los trailers, los camiones y el smog. Vienen de la frontera de El Amatillo en El Salvador. Además nos encaminamos a puerto. Antes el puerto era Amapala, en la Isla del Tigre; fue por siglos el único puerto de América Central, pero a fines del siglo pasado fue mudado a la costa y Amapala quedó anclada en la isla sólo como destino de viajeros que gustan de viajar en el tiempo. Las marejadas nos impidieron avanzar hacia el mar y ver de cerca el espectacular atardecer del Golfo de Fonseca. Las olas alcanzaban cinco metros de altura, hubo gente desaparecida y fallecida, viviendas y comercios destruidos, evacuados, y se impuso el alerta amarilla.

Sabanagrande resultó ser un lugar muy agradable para descansar y esperar a que escampe, pero si algún viajero decidiera seguir un poco más, puede hacerlo. A dos horas de Sabanagrande hay un hotelito, luego, unos kilómetros más está Pespire donde también hay alojamiento. El camino es fácil, todo de bajada.

Los hoteles de San Lorenzo son o feos y sucios aunque baratos, de 350 lempiras para tres, o lindos y con todos los servicios por más de 750 u 800 lempiras. No hay término medio. Elegimos el Hotel Rivera en el centro, cuesta 800 lempiras, tiene pileta climatizada por el sol, aire acondicionado, y nos viene muy bien ya que, no sólo sube la marejada sino también la temperatura. Estamos a 40 grados.

Datos técnicos: 63.5 km

3.58.04 hs

Total: 3141.75 km

Día 45 (4 de mayo) – de Tegucigalpa a Sabanagrande

No hay una sola manera de salir de Tegucigalpa. La capital está rodeada por un periférico que puede tomarse desde varios accesos, saliendo por distintas avenidas. Es complicado. Nosotros salimos en la misma dirección que el día anterior para ir a Valle de Ángeles. Tomamos el periférico y casi le damos una vuelta completa porque falta alguna señalización. Seguíamos los carteles que indicaban hacia Choluteca, pero en algún momento faltó un cartel y nos pasamos de largo. Tuvimos que recular, de lo contrario hubiéramos regresado al punto de partida. Nos tomó una hora encontrar la ruta y fue un montón de subida incluso en el periférico. Si uno elige este camino debe tener en cuenta que la señalización en la parte donde se indica la bajada al Aeropuerto y la Fuerza Aérea, no es clara. Prestar atención ahí o preguntar. Y después, el cerro de Hula. Sigue la subida.

Pasamos por un barrio humilde y sencillo con una hilera de casitas sobre la calle que dejó de ser populosa y llena de autos. Unas señoras con muchos hijos se asomaron a conversar con nosotros. Una de ellas era de Sabanagrande, hacia donde íbamos ese mismo día -¡nos vemos por allá!- nos despedimos.

Durante los siguientes 10 kilómetros subimos 600 metros. En el cerro de Hula hay una instalación de molinos de viento. Energía eólica. Un proyecto diseñado durante el gobierno de Manuel Zelaya que en 2006 se enfrentó a una crisis energética crucial y que en 2007 y 2008 firmó convenios con empresas que emprendieron estos sistemas de energías alternativas y sustentables. Los molinos blancos salpican la cumbre. Hay montones y no dejan de girar. El viento a esa altura despejada arremolina el paisaje. Pedalear así es una batalla contra cada ráfaga. Las ganamos todas.

La ruta hacia Sabanagrande es más relajada, tiene leves cuestas y tiende a bajar. Es un camino pintoresco con sombra a ambos lados y camioncitos que reparten bolsas de harina ya que, en esta región, son típicas las rosquillas de hojaldre y las tustacas, unas galletas redondas con mermelada o chocolate. Sabanagrande nos dio la bienvenida con dos arcos de entrada a la ciudad y olor a pan casero. La ciudad es un pueblito de calles empedradas. Desde la ruta son unas cinco cuadras hasta el parque central con su iglesia pintada de amarillo, el frente es una réplica de la catedral de Tegus. Había una bruma espesa, una garúa finita.

-está brisando- nos dijo la mujer policía del parque. Enseguida se acercaron a preguntar de dónde veníamos, quiénes somos, adónde vamos, cuánto tiempo. Mientras charlábamos el brisar cobraba bríos y empezó a mojar más rudo. Cayó un chaparrón de aquellos.

-hotel no hay… ¿hay hotel?

-sí, están los cuartos de doña Pepita o el hotelito de don Joaquín. No dice ‘hotel’ pero pregunten ahí.

Es una familia que alquila cuartos, están justo en la entrada del pueblo, en el arco que dice ‘No digas que No a Sabanagrande’; 150 lempiras el cuarto, barato, sencillo pero limpio, con enchufe en el cuarto, ducha y letrina afuera, y el internet del vecino de la esquina. Del lado de enfrente de la ruta cenamos catrachas que son tostadas con frijoles y quesito arriba y licuado de mínimo, o sea de bananitas. Llovió y llovió y nos quedamos de sobremesa en el quiosco y bar del internet, probando los sabores de charamuscas y pilones, helados caseros en bolsita o en vaso de plástico con palito.

Datos técnicos: 55.8 km

4.28.32 hs

Total: 3078.25 km

Día 44 (3 de mayo) – de Tegucigalpa a Santa Lucía y Valle de los Ángeles y regreso a Tegus

Otro viaje en el tiempo. Daniel Zavala, a quien econtramos ayer en la ruta y nos guio hasta el centro de Tegus, nos invitó a visitar dos joyitas hondureñas: Santa Lucía y Valle de Ángeles. Nos encontramos con él a las 8.30 de la mañana en una plazoleta muy cerca de Guanacaste. Las dos villas están en las montañas que cercan a la capital. Fueron ciudades mineras. Ya se acabó el oro y la plata y hasta la última astilla de cobre y el último hilo de zinc. Los mineros se sentaron a toser la silicosis en las puertas de sus casas, tan pobres como hace un siglo. Ahora no hay más oro ni más plata ni una astilla de cobre ni un hilo de zinc. Fue un niño. Estaba jugando mientras su padre sembraba la milpa. “¡He encontrado una mina!” gritó el niño y le dio una piedra a su padre. Una piedra dorada. Después llegaron y se llevaron todo menos al niño y a su padre que ya no tenía ni milpa ni piedras doradas.

En Santa Lucía y Valle de Ángeles las mujeres cocinan para los visitantes que llegamos hasta esas alturas del espacio y el tiempo. Fue una mañana hermosa. Era domingo y muchos ciclistas expertos o aficionados hacen esa ruta. El paisaje y los caseríos que vamos pasando son pintorescos. Hay viveros, llenos de macetas colgantes con enredaderas verdes y hortensias de todos colores, todas florecidas. Nunca había visto tanta diversidad de hortensias. Daniel nos llevó a los mejores lugares, los más tradicionales para cada cosa. Por los callejones empinados, por la plaza empedrada de adoquines, por pasajes angostos y los frentes blancos y la iglesia blanca. Las manos que elaboran las mejores pupusas de Honduras. Las pupusas son tortillas de maíz rellenas con quesillo o chicharrón o con salsas y ayote. Cocinan en fogones de leña y hacen el pan de casa con pura yema y acompañan con café de palo. El café de palo tiene un sabor exquisito diferente a todos los cafés del mundo, conjuga el sabor tostado, el amargo exacto, con el aroma esencial del café. Adictivo. Primero visitamos Santa Lucía. Pedaleando suave, nos aconsejaba Daniel. Desde Tegucigalpa es una subida absoluta hasta los 1600 metros donde la ciudad se cuelga de la cumbre. El aire es maravilloso. Las vistas, todo alrededor, son impresionantes. Las montañas se asoman unas detrás de las otras y, salpicando las laderas, una casita por allá y otra por más allá. Caminamos por el modesto pero alegre malecón de la presa. Algunas personas pasean en bote y otras sueñan apoyadas en el barandal; las tortugas se asolean y familias numerosas de patos salen a nadar con toda su prole. Desde Santa Lucía a Valle de Ángeles el desnivel de la ruta es más variado y desparejo. Sube pero también baja. El olor de los pinos perfuma el aire. En Valle de Ángeles abundan las artesanías en madera y las hamacas. También es típica la venta de helados suculentos y sabrosísimos, helados de cuerpo sólido y gustos nuevos, con frutas enteras o cubiertos de chocolate. Santa Lucía y Valle de Ángeles son dos reliquias de su propia historia.

De regreso a Tegucigalpa la bajada fue estrepitosa y, aquello que tardó en subirse casi dos horas, se baja en media hora o cuarenta minutos. La ruta está en buenas condiciones. Tiene unas cuantas curvas y los consabidos desniveles del relato. Llegamos de regreso al hotel y nos sentamos a comer en el restaurante chino de al lado. Menú familiar por 180 lempiras. Daniel nos regaló cámaras de refacción y cuernitos para el manubrio pero más allá de cualquier cosa material, nos dio su tiempo y su sabiduría. Daniel Zavala es una de esas personas fenomenales, muestra fiel de que no todo está perdido, de que la gente es siempre maravillosa. Enriqueció el curso del viaje llevándonos a rincones impensados, es parte de esta historia y de nuestra vida para siempre.
“Amanecimos en Zambrano bajo el constante sonido de la lluvia, compramos unos panes al borde de la carretera donde nos encontramos con Daniel Zavala, buen amigo ciclista de Tegucigalpa que nos llevó a conocer los hermosos pueblos de Santa Lucía y Valle de ángeles donde disfrutamos el día probando las cemitas, el café de palo, las pupusas, los chocobananos, las típicas paletas de helado y los paisajes de estos lugares. Después de haber aprovechado este día andando, cerramos el capítulo con dos fuentes suculentas de arroz con jamón y, como broche de oro, el triunfo 2-0 de mi Boca a las gallinas de river plate.” (Martín Murzone)

Datos técnicos: Tegucigalpa-Santa Lucía-Valle de Ángeles 27.5km (ida y vuelta: 55km)

4.08.08 hs

Total: 3022.45 km