Todas las entradas de: Maria Taurizano

Día 33 (22 de abril) – de El Remate a El Chal

El restaurante que hay al lado del camping Paraíso de Juan, es un restaurante caro y mal servido. Los platos son frugales, de dieta. Una cucharada y media de arroz, una cucharada de frijoles, un rebanadita de queso, y un chorrito de crema con un huevo revuelto, 20 quetzales, es lo más más barato que se puede conseguir. Guatemala está cara y abusa de nuestro bolsillo foráneo.

Para ir desde El Remate hacia El Chal, hay que tomar primero la ruta que va hacia Santa Elena, después el desvío que va a ciudad de Guatemala. Se siguen las indicaciones que señalan hacia Poptún. Es una ruta tranquila y hay pueblitos y caseríos donde descansar a la sombra o buscar agua. Pasamos por La Ponderosa, Santa Ana y por un caserío llamado Sardinas donde paramos a comer pollo frito con papas. No hay mucho tráfico y la superficie de la ruta sin demarcación, es un poco mejor que el empedrado beliceño. Por aquí, muy de vez en cuando, aparece un cartel.

Son 60 kilómetros hasta el Chal y no es llano, demás está dicho ya, Latinoamérica no es llana, pero se sube y se baja con gusto e piaccere. No es pesado hasta tanto no salga el sol, cuando el sol pega, todo esfuerzo vale doble y se chiva la gota gorda.

El Chal es un pueblo a ambos lados de la carretera. Tiendas, un par de pastelerías, refacciones para autos, casas de electrodomésticos, mercados. Paramos en el hotel Delivery. Cuesta 50 quetzales por cama, usamos una sola cama, así que 50 quetzales. Hay ventilador y corredor tipo balcón, buen aire, baño completo afuera del cuarto. Hay enchufes, y nos prestaron por un rato nada más, una red de internet. Tienen restaurante pero es caro, un plato preparado cuesta entre 35 y 60 quetzales. Comimos tacos, lo más barato que conseguimos, a 3 por 10 quetzales. Antes de quedarnos en Delivery preguntamos en otro hotel. Los cuartos eran más chicos, olían a humedad y costaba tres veces más.

Cerca de El Chal, en el valle del río San Juan, hay un sitio arqueológico donde se han descubierto casi trescientas estructuras. Muchas yacen debajo de la jungla y otras han sido saqueadas y sus piedras utilizadas, al igual que en Belice, para construcciones modernas. Esta ciudad maya tuvo su propio glifo emblema, fue una ciudad primaria. Se han descubierto plazas, acrópolis, y muchísimas piezas de cerámica idónea.

Datos técnicos:

El Remate-El Chal 63 km
4.04.04 hs
Total: 2319.25 km

Día 32 (21 de abril) – de Tikal a El Remate

Toda la noche retumbaron los cimientos de Tikal. Desde la espesura, brotaban los alaridos feroces de los monos insomnes. Tikal, la ciudad de las voces. Dormimos con los mayas, en su propia casa. No viajamos solamente de un lugar a otro, también viajamos en el tiempo. Despertar en este lugar y poder llegar en pocos minutos a la Gran Plaza de Tikal, nos traslada a lo primigenio. En medio de la Gran Plaza, delante de la imponente verticalidad del Gran Jaguar, el Templo I, el más importante en la celebración de rituales, abrazando con la mirada su devenir del inframundo a lo celestial. En la altura del dintel las luces del amanecer revelan las reminiscencias de un jaguar tallado en la piedra. Ya no se permite subir a este Templo I ni al Templo II o de las Máscaras que fl anquea el campo de juego de pelota. No porque alberguen el misterio de una lápida dilapidaria de la historia de la humanidad, sino por el desgaste de la piedra en su pendiente temeraria. Sin embargo el sólo hecho de encontrarnos minúsculos en en el centro de la Gran Plaza es sobrecogedor.

En otros templos se han construido escaleras aledañas de madera para poder ver desde arriba la inmensidad de la selva y presentir la extensión de Tikal en las cúpulas que espían al cielo. Por estas escaleras accesorias subimos al Templo de las Serpiente bicéfala o Templo IV. Es el más alto de Tikal y uno de los más altos de Mesoamérica. Es el mejor momento. El privilegio es completo y la vista es espeluznante. La alfombra verde de las copas de los árboles agujereada por las cúspides de otras pirámides altísimas. Tikal es tan infinito que los arqueológos dejaron de explorarla porque era interminable, cada vez que destapaban una pirámide llegaban a otra y se veían en la obligación de seguir la exploración. Calculan que hay cuatro mil construcciones. Lo que fascina de Tikal es la altura de los templos ceremoniales, los capiteles que se pierden en la niebla y afrontan las distancias hacia el más allá, hacia arriba hacia lo divino y hacia Calakmul ciudad rival. Tikal es capaz de vigilar por encima sus dominios y fronteras, pero Calakmul es un coloso. Monumental e inamovible. El Templo V de Tikal nos remite a su recuerdo. Sólido, de base voluminosa y escaleras anchas.

Tikal ha sido escenario natural de películas holliwoodenses, Star Wars y James Bond, y ha sido incluida en el video juego Age of Empires.

Vagamos todo el día en otro tiempo. Compartiendo las calzadas con los pizotes y el descanso con las guacamayas azules. Adivinando prominencias que aún duermen debajo de la jungla. Perdiéndonos en los senderos y encontrándonos en el Mundo Perdido de los mayas, la pirámide más antigua de Tikal dedicada a la observación astronómica. Sentados en las acrópolis, rodeando el palacio de las ventanas o de los murciélagos, las pirámides gemelas, los temazcales. Desentrañar los enigmas de Tikal y de la civilización maya. ¿Dónde están los millones de personas que habitaron estas tierras y vivieron de manera gloriosa entre estos edificios cuyos esplendores han sido desgastados por los siglos y la selva? Volvimos al campamento con más interrogantes que certitud. Siempre ocurre así cuando uno se inmiscuye con los mayas. Nos fuimos sin apuro. Sin desaprovechar ni el pájaro carpintero en un tronco ni la danza de los monos araña. Reverenciamos a la ceiba sagrada y seguimos una de las direcciones cardinales de sus raíces. Sur. De bajada en reversa hacia El Remate, saludamos a la señora de la tienda del Caoba. La bajada fue gloriosa.

En El Remate dormimos en el camping de Juan. Juan es tan humilde como amable y sabio. El camping es sencillo, se llama Paraíso. El pasto del suelo es un colchón confortable. Los baños son precarios pero suficientes, además, ahí arriba donde están los baños, hay una palapa con hamacas, una vista inigualable del lago Petén, y una cueva fresca cavada por él mismo en la roca. Juan y su familia valen todo lo que le falte a las instalaciones. Juan está entusiasmado con el emprendimiento y es un buen guía y conocedor de la zona, además tiene una cultura general amplia, colecciona monedas y billetes extranjeros y le gusta charlar de historias del mundo. Hablamos de Argentina de la dictadura de Guatemala de la dictadura…

-acá cuando el obispo Gerardi sacó el libro “Guatemala Nunca Más”, a los dos días lo asesinaron a golpes en la cabeza. Por todas las partes de Guatemala habían andado y hablaron con la gente, juntaron muchos testimonios, en el libro dice que mataron a doscientos mil, y otros cincuenta mil desaparecidos. Un millón se fueron exiliados, refugiados; quedaron doscientos mil huérfanos y cuarenta mil viudas. Todos eran civiles, sin armas, y la mayoría indígenas. Y no hubo justicia. El ejército los mató; y los paramilitares que andaban con ellos.

Hablar con Juan me trae a la memoria un párrafo de “Las Venas abiertas de América Latina” que de tan aberrante parece ficción:

“La aldea Cajón del Río quedó sin hombres, y a los de la aldea Tituque les revolvieron las tripas a cuchillo y a los de Piedra Parada los desollaron vivos y quemaron vivos a los de Agua Blanca de Ipala, previamente baleados en las piernas; en el centro de la plaza de San Jorge clavaron en una pica la cabeza de un campesino rebelde. En Cerro Gordo, llenaron de alfi leres las pupilas de Jaime Velásquez, el cuerpo de Ricardo Miranda fue encontrado con treinta y ocho perforaciones y la cabeza de Haroldo Silva, sin el cuerpo de Haroldo Silva, al borde de la carretera a San Salvador; en Los Mixcos cortaron la lengua de Ernesto Chinchilla; en la fuente del Ojo de Agua, los hermanos Oliva Aldana fueron cosidos a tiros con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados; el cráneo de José Guzmán se convirtió en un rompecabezas de piezas minúsculas arrojadas al camino; de los pozos de San Lucas Sacatepequez emergían muertos en vez de agua; los hombres amanecían sin manos ni pies en la finca Miraflores. A las amenazas sucedían las ejecuciones o la muerte acometía, sin aviso, por la nuca; en las ciudades se señalaban con cruces negras las puertas de los sentenciados. Se los ametrallaba al salir, se arrojaban los cadáveres a los barrancos.” (Eduardo Galeano)

Datos técnicos:

Tikal-Remate 37.4 km
2.14.23 hs
Total: 2256.25 km

Día 31 (20 de abril) – de La Máquina a Tikal

La ruta entre La Máquina y El Remate es de tráfico y desniveles calmos. Nada que se zafe de lo normal o que merezca destacarse. Lo bravo vendrá después. Antes de llegar al Remate y a las orillas del Lago Petén Itzá, hicimos una parada estratégica y placentera en una palapa sobre la laguna Macanché a 27 kilómetros de La Máquina y casi 10 del Remate. Sobre la laguna Macanché está este parador bonito, con una vista espectacular de la laguna, bebidas frescas y hamaca paraguaya para echarse una siestita. Luego seguimos hacia El Remate donde aprovisionamos algunos víveres para la estadía en Tikal y nos sentamos a comer en un restaurante sobre el lago Petén Itzá. Con una vista agradable, buena atención y buen precio, dejamos pasarse el mediodía sin apuro. Habíamos pedaleado esos 36 kilómetros en menos de dos horas y especulábamos que nos faltaría apenas un poco más de la mitad hasta Tikal a 39 kilómetros de allí.

Cuando decidimos seguir nos encontramos con un problema. A la bicicleta de Martín se le había quebrado uno de los fierros que sostienen el portaequipajes. La tarde estaba todavía recalcitrante de calor y bajo ese calorón salimos a buscar un soldador por las calles polvosas de El Remate.

-Al final de esta calle de la esquina -nos dijeron- pregunten por Chus.

El final de la calle era un espejismo en una curva que no quería terminar. El Remate parece chico pero cuando la calle sube y el sol castiga, es una metrópoli interminable. Fuimos preguntando a los vecinos que se animaban a asomar la cabeza al calor. Todo el pueblo abotargado en las hamacas, a la sombra y el frescor de las corrientes de postigos cerrados. Golpeamos en lo de Chus pero no había nadie. Era una casilla humilde. Afuera, en el piso de tierra de la galería, estaban los cables tirados, la soldadora, las herramientas. Pero Chus no estaba. No sabíamos qué hacer. Buscar otro soldador por esas calles sofocantes de polvo. Esperar ahí. Hacer un remiendo con cinta Scotch. Pegamos la vuelta resignados cuando en una camioneta desvencijada y abierta por todos lados, apareció Chus. Alguien le avisó que lo buscábamos y se vino.

-Es que estaba pescando con mi hijo -señaló al nene en la camioneta- y se le clavó un anzuelo.

El nene bajó la cabeza y entonces lo vimos. Un anzuelo como para pescar un tiburón hundido hasta el tope en el muslo de su pierna derecha.

-¡Pero llévelo al hospital, Chus!

-Sí, pero si esto es rápido, no se tarda nada. Después lo llevo.

Que no, que primero lleve al chico. Que sí, que primero sueldo la bicicleta. El nene sonreía. Como si nada. Chus enchufó la máquina, agarró la barra de hierro, midió, soldó, limó, y cobró unas monedas. Mientras tanto le pusimos Merthiolate, Pervinox y todos los desinfectantes posibles al nene que seguía tranquilo sentado en la camioneta. Nada de lo que pudiéramos hacer sería nunca suficiente para equiparar la voluntad de Chus a quien a partir de ese momento bautizamos “san Chus”.

-A Tikal en bicicleta no voy ni loco, -se despidió san Chus- es pura loma.

No lo habíamos previsto. La subida al Caoba fue la más desgastante. Tardamos un par de horas en subir y subir. Y como a pesar de haber sombra sobre un lado del camino la temperatura es agobiante, parábamos a descansar cada dos por tres. Hay algunas aldeas, Capulines, el Caoba donde hicimos un descanso y compramos más vituallas en el almacén de la esquina, y la aldea El Porvenir. Hasta Tikal, desde El Remate, fueron 34 kilómetros y demoramos más de tres horas. Y cuando llegamos al portal del sitio arqueológico, casi pegamos la vuelta. El costo de la entrada es un despropósito, 150 quetzales, 23 dólares. Es carísimo. Nunca en ningún lugar del mundo donde hemos viajado y visitado sitios, ruinas, templos, castillos, nunca pagamos tanto. Entramos disgustados, de mal humor. Si no pegamos la vuelta fue porque Martín albergaba el sueño de volver a este lugar único, de construcciones impresionantes, donde había estado dieciocho años atrás cuando era un nene de seis años.

Adentro del parque todo es caro. El camping cuesta 50 quetzales. No lo vale. En el camping no hay nada. Sólo unas pequeñas palapas como quioscos y un espacio verde. No hay fogones, ni mesas, ni bancas y los baños no tienen luz. De noche no se ven más que las estrellas, eso es mágico. Esa magia se presiente desde la entrada misma del parque, a pesar de la paliza de quetzales, cuando uno avanza en medio de la jungla y empieza a respirar copal y no oye más que monos aulladores y chicharras, y no ve más que orquídeas y amates, mariposas azules y esa ceiba legendaria, milenaria y enorme escalando las alturas, uno respira y se da cuenta que en realidad Tikal no tiene precio.

Datos técnicos:

La Máquina-Tikal 75 km
5.34.34 hs
Total: 2218.85 km

Día 30 (19 de abril) – de Camalote (Belice) a La Máquina (Guatemala)

La mejor parte que nos tocó de la ruta de Belice. Tiene algunas curvas, subidas, bajadas, más vegetación, y puñados de casitas coloridas. Las estaciones de policía de Belice son notorias porque están pintadas de amarillo furioso, y los autobuses son notorios porque son larguísimos, bus y medio. La gente también es colorida y sigue siendo simpática. A 20 kilómetros de Camalote pasamos por Georgeville. Una aldea típica con el encanto de las verandas de madera pintadas de naranja, celeste, y amarillo. Jardines con flores y cafeterías. Después dejamos atrás San Ignacio y Santa Elena y encaramos varias curvas por estribaciones serranas de hasta setecientos metros de altura. Ya casi estábamos en la frontera cuando a mano derecha se nos fue acercando el río Mopán. Decidimos tomar un recreo refrescante. Hacía dos horas que pedaleábamos acalorados. Apoyamos las bicis en un árbol, buscamos las mallas en las alforjas y ahí nomás nos cambiamos. Con el culo al aire. El río fluye verde transparente entre piedras y cascaditas. Una parada estratégica. San José Succotz, un lugar apacible y un regalo de la naturaleza. De la orilla de enfrente sale el camino que lleva a las ruinas de Xunantunich o Benque Viejo. El nombre Xunan Tunich significa ‘mujer de piedra’. Dicen que por ahí vaga el fantasma de una mujer que se para frente al Castillo, la pirámide principal de Benque Viejo. En Xunantunich se han desenterrado veinticinco pirámides y seis plazas. El cruce del río es gratis y está a pocos metros de donde nos bañamos. Una balsa tirada por cables lleva y trae a los visitantes.

p>Terminado el recreo nos aprontamos para seguir viaje y cruzar la frontera a Guatemala. Faltaban apenas 5 kilómetros y el trámite fue sencillo y rápido. Para salir de Belice cobran 37.5 dólares beliceños, a todo el mundo, aunque hayas estado solamente tres días. Para entrar en Guatemala pura simpatía y amabilidad, ni nos fumigaron ni nos cobraron nada, ni siquiera esos famosos 20 quetzales que solían ser denunciados por los viajeros y que se embolsaban los agentes migratorios. Hay que tener en cuenta que ahora ponen un sello de ‘entrada a la región’ que abarca Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua. Ese sello tiene una vigencia de 90 días. Pasamos Melchor de Mencos, la ciudad fronteriza de Guatemala que antes se llamaba Fallabón. Este paraje fue sede del descontrol de tráfico ilegal de caoba hasta mil novecientos sesenta y pico. Desde aquí, los norteamericanos tiraban fardos de madera río abajo para los aserraderos ingleses de Belice. A 8 kilómetros de la frontera hay un lugar de acampe. Está en la entrada de los restos arqueológicos Txiquin Txacán. Hay una palapa grande con bancos y lugar para fogón pero no hay agua ni ningún servicio cerca. Paramos un momento en esa sombra y seguimos.

Pasamos por La Pólvora, donde está El Infierno, campo de entrenamiento de los kaibiles -fuerza de élite de Guatemala- cuyas condiciones ambientales extremas han hecho desistir a muchos aspirantes. Más adelante hay un caserío pobre. Paramos en lo que parecía ser una tiendita, una ventanilla con rejas y una despensa sombría. La señora que nos atendió tenía su marido convaleciente en una habitación igual de pobre y sombría.

-A mi marido le sacaron todo. Lo operaron del estómago. Se está muriendo. La señora se secó las lágrimas con el cuello del vestido para recibir a dos monjas que llegaban de visita. Una de ellas nos dijo que no se podía andar en bicicleta con esas temperaturas, que la ruta venía de tierra y que el calor nos iba a enfermar. La señora buscaba. Una respuesta. Una salvación. Un milagro.

Desde la galería de piso de tierra donde merodeaban las gallinas, se adivinaba en la penumbra del cuarto una cama y el bulto extendido de un cuerpo inmóvil.

-No queda más que rezar –dijo una monja.

-Ojalá diosito me lo quiera salvar.

Cuando nos despedimos abracé a la señora y le di un beso. Deseé poder confortarla de su dolor y de su pobreza. Deseé ser diosito por un rato para curarle al hombre. La gente de esos caseríos en Guatemala está condenada al abandono. Desprotegidos y huérfanos. Olvidados en un lugar cuyo nombre es una paradoja o una burla. La señora está sola en su dolor, el señor está solo con su muerte, solos en Puerta del Cielo.

El ripio se puso duro como la vida misma de la gente. Durísimo e implacable. Cantera de pirámide, recordé. Piedra caliza milenaria. Polvareda y pegote. Nada de agua, ni siquiera en la escuela. Las cañerías están secas y los tanques están vacíos. Justo antes de la entrada de Yaxhá hay un restaurante sencillo debajo de una palapa. La comida es barata y buena. Un menú completo por 15 quetzales.

Incluye vaso de piña fresca. Un dólar es igual a 7 quetzales. Yaxhá está a 9 kilómetros por camino de tierra de ese restaurante. Sólo la pirámide principal ha sido explorada, el resto, quinientas estructuras más, están cubiertas de matas y árboles, escondidas en la jungla, abrazadas por raíces y habitadas por murciélagos y monos. La ciudad maya de Yaxhá está junto a la laguna del mismo nombre donde vive la especie de cocodrilos más pequeños del mundo.

Un poco más adelante de la entrada a Yaxhá llegamos a la comunidad La Máquina. No faltaba mucho para la caída de la tarde así que nos pusimos en campaña de buscar un lugar para dormir. Hotelito o camping no hay, pero alguien nos recomendó ir hasta “El Portal”, un restaurante pintoresco y caro que se destaca entre las casas y puestos comerciales extremadamente sencillos. El Portal es de Manola Lima quien desde hace doce años es la alcaldesa de La Máquina. Manola es del partido CREO, Compromiso, Renovación, y Orden. Además es guía turística. Tuvimos una nutrida charla que iba de lo político a lo arqueológico y de lo social a la antropología sin desmerecer a la naturaleza y el ecosistema. 2015 es un año electoral en Guatemala así que la efervescencia política está sobre el tapete. CREO es un partido originado por disidentes de otro partido (GANA), a los que se sumaron medianos empresarios sin formación ideológica. Basan su discurso en la explotación de los recursos locales desde la inversión privada y el libre mercado. La propuesta política pre-electoral intenta seducir con la promesa del ‘desarrollo’ de Guatemala. Personalmente interpreto ese ‘desarrollo’, en ese contexto, como la incorporación de las riquezas de Guatemala en el mercado global para facilitar el saqueo, arrastrando con la tierra y sus recursos a la gente que la habita y que consecuentemente quedarán suspendidos en la nada y a la deriva.

El partido CREO tuvo arraigo en las clases media y alta, fue votado por el 16 por ciento en 2011 y después que nosotros pasamos por lo de Manola, en 2015, obtuvo sólo el 3 por ciento de los votos.

Lo que nos gustó de Manola fue su activismo militante, su energía. La Máquina es un caserío de tres cuadras. Toda la noche hubo una banda de borrachos en los bares sobre la ruta, emborrachándose más y escuchando música ruidosa. En el caserío no hay nada, sin embargo Manola Lima apuesta al futuro y piensa en cambiar esa realidad para mejorarla. No coincido con sus lineamientos, desde dónde y hacia dónde, pero admiro su perseverancia, su curiosidad por la historia maya y su generosidad para compartir con nosotros lo que sabe y su casa. Acampamos sobre el pasto mullido de su patio. Nos habilitó baños, enchufe, agua, e internet. El lugar es acogedor, hay un porch con silloncitos y una mesita.

Datos técnicos:

Camalote (Belice)-La Máquina (Guatemala) 78.3 km
4.42.43 hs
Total: 2143.85 km

Día 29 (18 de abril) – de Burrell Boom a Camalote

La ruta sigue sin señalización ni marcas y de canto rodado, más apisonado en esta parte que es un poco más transitada, aunque sin tráfico pesado. No hay camiones de carga. Solamente algunas camionetas o camiones chicos. Pasamos la entrada de Hattieville sin reconocer a ningún prófugo; 25 kilómetros más adelante pasamos La Democracia, antes del acceso a esta ciudad está el Belize Zoo, famoso por sus jaguares y tucanes en estado natural. La entrada cuesta 30 beliceños o 15 dólares.

El calor es aplastante. Tuvimos que parar muchas veces buscando la sombra. Al mediodía fue insoportable. No se podía andar. Nos quemaba. En medio de la ruta calurosa y de la nada, apareció un shopping. Un supermercado sin muchas luces y donde se notaba poco movimiento aunque estaba abierto. Pasamos por Belmopán, la actual capital de Belice desde que el huracán se llevara a Belize city por el aire. Belmopán es la ciudad capital menos habitada del mundo, diecisiete mil habitantes. Poco después, llegamos a Camalote.

Camalote Village es un pueblito abierto entre bananos y palmeras. Las calles son de tierra y el solazo es enceguecedor. La gente busca la sombra en sus corredores y verandas. Se nota tranquilo y con ánimo de siesta. Buscamos el Camalote Camp, lo habíamos visto en internet. En Belice hay “camps” pero no son a ciencia cierta campings turísticos. Son campus de voluntarios y misioneros de iglesias protestantes. Nuestro Camalote Camp es de lujo. Aquí reciben a grupos grandes, tiene capacidad para más de sesenta personas. Una casa con habitaciones y más habitaciones afuera, aire acondicionado, internet wi-fi de banda ancha, cocina, dispenser de agua, lavadoras, muchas duchas y muchos baños, y máquinas expendedoras de snacks y bebidas a 1 dólar beliceño que se echa en una alcancía. Llegamos y todo estaba abierto, tranquera abierta, puertas abiertas de par en par, oficina abierta, computadora encendida, sin embargo llamamos, golpeamos palmas, y no había nadie. Ni el loro. Salimos a preguntar y un vecino que tiene un taller de autos enfrente, conoce a los encargados del camp y llamó por teléfono a Andrew. Andrew llegó en breve con la sonrisa grande empujando sus pómulos morenos y nos dejó quedar sin cobrarnos nada y aunque no anduviéramos en misión ni fuéramos de ninguna iglesia.

En el jardín del camp hay un montón de plantas, matas con flores, helechos y enredaderas; hay palapas con hamacas paraguayas, ideal para relajarse a la fresca. Es un lugar muy lindo. Armamos las carpas en un área verde con una cortina de cipreses y comimos comida preparada en un supermercado chino por 8 y 6 beliceños el plato.

“Paramos a dormir en un terreno libre al borde del Río Belice en el pueblo de Burrell Boom. La gente es muy exageradamente amable, cocinamos unos ricos fideos y vinimos hasta Camalote, un pueblo que está pasando Belmopan, la actual capital de Belice, para mañana cruzar la frontera ¡a Guatemala!” (Martín Murzone)

Datos técnicos:

Burrel Boom-Camalote 74.04 km
4.38.32 hs
Total: 2065.55 km

Día 28 (17 de abril) – de Orange Walk a Burrel Boom

La ruta de canto rodado nos trae a los saltitos. Afortunadamente es recta, plenamente recta. A veces hay una brisa. Hoy la brisa dio vueltas, estuvo en contra, como siempre, pero nos dio un empujoncito a favor, o fue una curva la que la dio la vuelta. No hay autopista ni carriles. La señalización es tan precaria como la ruta, se reduce a un nombre escrito con aerosol como un grafiti sobre una chapa o un cartel de madera. Así nomás. Tampoco hay servicios durante los trayectos. Horas y millas -aquí miden en millas- sin ningún lugar donde poder cargar agua o comer algo. A veces aparecen tres palafi tos. Tres casitas de madera con patas. Cada una con su terraza en el frente y las barandas pintadas. Alrededor, jardines coquetos con el pasto cortado y flores. Justo al mediodía nos encontramos con Mr. Slim, food and grill, Orlando. Tiene una parrilla rústica, un lugar acogedor y fresco para hacer una pausa y darle tregua al sol y al sudor. Muchos viajeros, ciclistas y motociclistas, paran ahí. Orlando tiene un mural con fotos de todos ellos. Muchas fotos. Tomó nuestra foto para agregarla a la pizarra. Comimos el rice and beans con pollo y salsa. Muy rico. 8 dólares beliceños.

Teníamos la intención de llegar a Hattieville. Hattieville surgió como campamento de refugiados cuando el huracán Hattie destruyó por completo la ciudad capital de Belice. Era un campamento momentáneo pero se convirtió en el sitio residencial de los evacuados que perdieron todas sus casas. Hattieville es también la sede de una cárcel con presos de alta peligrosidad y alto índice de fugas. Los carteles de “wanted” están en todos los paredones y garitas. Hattieville tiene mala fama y aunque las advertencias fueron la comidilla de todos los días sin que sucediera nada, esta vez sumó para no seguir y optar por quedarnos en Burrel Boom.

Fueron 80 kilómetros desde Orange Walk a Burrell Boom. Burrell Boom es el punto donde atravesaban cadenas de hierro de orilla a orilla del Belize river para atajar los troncos de caoba que arrojaban a la corriente desde más arriba. En Burrell Boom hay un campamento donde suelen ir los scouts pero está alejado y las instalaciones no tienen muchos servicios. Yendo hacia este lugar, en medio de una larga polvareda pegajosa, encontramos a Jairo, guatemalteco que hablaba en inglés y después en español. Jairo nos guió a un balneario, cerca del centro, a un sitio donde en fin de semana llegan turistas. Esta fue la primera noche que acampamos en un lugar abierto sin seguridad. Es un lugar lindo, un recodo del río, calmo y bonito. Hay mucha vegetación, muchos helechos y árboles. Hay leña y, a la tardecita, una invasión de mosquitos. Todas las personas de la aldea nos aseguraron que acampar en este lugar está bien, que es tranquilo, y no se equivocaron, salvo por los mosquitos.

El río es apto para la observación de cocodrilos por lo que el baño fue más polaco que beliceño. Hay peces, se los ve saltar, y hay algunos muellecitos que se acercan al agua cálida y transparente. Armamos carpas y fogón. Cocinamos pastas con saborizante, ajo y pimienta, y tomamos mates. De las tinieblas de la jungla sobrevuelan murciélagos desorientados y aúllan los monos. Es un lugar manso según corren las aguas. Suavemente. Belice, país de contrastes. Gente de piel negra con sonrisas blancas. Gente humilde muy humilde y gente rica muy rica. Gente que habla más español que inglés y gente que habla más inglés que español. Agua plácida en el río y huracanes en el viento. En la ruta pasamos por un refugio para huracanes, hurricane shelter.

Datos técnicos:

Orange Walk-Burrell Boom 80 km
6.05.46 hs
Total: 1991.51 km

Día 27 (16 de abril) – de Bacalar (México) a Orange Walk (Belice)

Dejamos el paraíso sin pecar y sin ser expulsados. Vamos a intentar cruzar la primera frontera de este recorrido. Lo haremos legalmente aunque con la billetera a mano. Seguramente nos cobrarán multa. Nuestras formas migratorias caducaron hace cuatro meses. Las reacciones de los agentes fronterizos son imprevisibles. Pueden ser hoscos en países amigables y amables en países en guerra, suelen ser humillantes en países del ‘primer mundo’ y arrogantes en países autárquicos, pueden revisar hoja por hoja los documentos o poner el sello sin mirar en cualquier espacio libre, hay expertos en encontrarle la quinta pata al gato, hábiles para coimear, hay curiosos, preguntones, simpáticos y antipáticos, hay quienes te dan la bienvenida a su país y hay quienes no te dan ni la hora. Antes de cruzar una frontera es conveniente respirar hondo y estar preparado para lo peor. Así las cosas, muchas veces, resultan mejor de lo previsto.

La ruta desde Bacalar hacia Belice regresa sobre los mismos pasos hacia la carretera principal a Campeche. En la intersección con esta carretera viramos a mano izquierda, 5 kilómetros después entramos a desayunar galletitas con yugur, debajo de una palapa en las orillas de la laguna de los Milagros. La laguna de los Milagros es de las mismas características que Bacalar, sin embargo presume su propio celeste aquamarine.

Y llegamos al punto de lo imprevisible. En la ventanilla, un servidor sonriente más ocupado en enterarse de nuestro viaje que en revisar las fechas. No nos cobra multa. Salimos como Pancho de su casa. Dejar México es siempre sabiendo que vamos a volver. México es nuestra casa.

Entramos a Belice, un país que no teníamos contemplado pero que se nos interpuso tras no haber podido cruzar por la selva. Fue providencial. Valió la pena. Literalmente le puso una nota de color a la vivencia. Lo más impactante de Belice es la sonrisa. Los beliceños tienen las sonrisas más blancas y luminosas del planeta. Son una mezcla única, mezcla de caribeño con africano que da garífuna de piel oscura y pómulos acentuados. Hablan kryol, un inglés deformado graciosamente, disfrazado por ellos mismos, es SU kryol, sólo entre ellos se entienden, como si hablaran en una jerigonza que sólo ellos saben desencriptar. Para nuestra suerte la mayoría también habla español e inglés que es el idioma oficial, el que se enseña en las escuelas.

La ruta en Belice es precaria. Es de canto rodado. Un desparramo de piedritas marrones pegadas en el piso. Es tropicalísimo, calor, humedad, matas verdes a ambos lados del camino. A 11 kilómetros de la frontera entramos a Corozal, ciudad sobre el caribe beliceño, y fuimos a ver el mar. Mar verde claro. Seguimos por la misma ruta. Es angosta, sin marcas, sin división, sin carteles, sin señalización. Un camino vecinal de canto rodado. Es plano, sin altibajos. Avanzamos hasta la tarde, dos, tres horas, sin encontrar ningún puesto de venta ni casas ni estaciones de servicio. Ya por la tarde encontramos a un chico, con una mesa sobre la ruta, vendiendo tamales; después, del lado de enfrente, encontramos una pequeña tienda donde compramos bolsitas de agua, y después un puesto de frutas donde paramos un buen rato debajo de un alero de madera mientras le hacíamos el aguante al solazo. Ahí comimos ananá, naranjas, y bombones de tamarindo, ¡deliciosos! Conversamos con la familia del lugar, una madre entregada de niña al marido, sus hijas, sobrinos y nietos. Cuando hablan mezclan el castellano con el inglés y pronuncian la r suave como si su lengua nativa fuera el inglés y hubieran aprendido castellano de adultas. Sin embargo provienen de Guatemala, aunque más de la mitad de ellos han nacido en Belice. Los hombres no están ahí. Trabajan. Por lo que nos explican el trabajo es en construcción o en la caña pero lejos de la casa.

-Ellos cuando trabajan encuentran de todo viejo. Tenemos un museum acá, botellas mayas y piedras de jade.

Las chicas se pierden en el fondo del puesto y vuelven con cajas llenas de reliquias.

-Hace two years quebraron una piramida, acá en San Pablo. Era una piramida alta. Ahí encontraron muchas cosas como masks de jade y vessels viejas. Mi hermano estaba trabajando, todo esto no se puede decir porque vas to jail.

-Este necklace me lo regaló mi hermano.- Se trata de un fragmento de cadena con un colgante y una piedra inscrustada. El metal es opaco. Casi negro y sin brillo y la piedra también está gastada. La chica se lo pone delante del cuello.

-También tenemos bracelets y otros pieces.

Son simpáticas, sin embargo siento que me apabulla su ignorancia, que me da escozor cómo manosean esos necklaces y bracelets que albergan en sí historias de más de mil años. No es su culpa. Siguen siendo súbditos o esclavos de la reina Isabel. Lo que amontonan y revuelven en esas cajas es valiosísimo.

Más tarde y con la duda acerca de la piramida que quebraron, busco información en internet. Efectivamente. En 2013 la compañía DeMar’s Stone Company, propiedad de un político de turno, demolió con una Caterpillar, -siempre asesinas- la pirámide más alta de esa región de San Pablo. Era la pirámide de Noh Mul erigida hace más de 2300 años, centro ceremonial que congregaba a cuarenta mil personas. Lo hicieron para sustraer la piedra caliza de su base y no tener que movilizarse a buscarla a otra cantera. Los trabajadores de la compañía robaron objetos funerarios, huesos, vasijas, joyas de jade. En el lugar hay otros vestigios arqueológicos. Están inmersos en 11 kilómetros cuadrados de sembradíos de caña dentro de una propiedad privada y son continuamente saqueados por los jornaleros.

Muchas de las casas que vemos en el camino son palafitos, y muchas mantienen el estilo colonial traído por los ingleses. Fusión de bungalow con vivienda maya. Son de madera sencilla, sólo las de los privilegiados son de caoba. Las construcciones de esta colonización se adaptaron al clima caribeño y su ascetismo demuestra que no tenían visos de permanencia. Son casas de campaña hoy desvencijadas y emparchadas de tablas. Los ingleses instalaron las colonias para irse y manejarlas desde lejos. En cambio los españoles y los portugueses se quedaron a vivir. Las casas coloniales de los virreinatos siguen sólidas en pie ostentando sus fachadas señoriales de molduras y rejas de fundición. Llegamos a Orange Walk, lo pronuncian “oranshuák” y aquí paramos en el Hotel Mirage, unas cuadras antes de llegar al centro. El cuarto es amplio, el dueño es amable. Hay internet, tv que no usamos, ventilador, baño grande, tenemos enchufes y toallas. Comimos en un restaurante de fast food, y todo cuesta 1 dólar o 2 beliceños.

“Nos despedimos de México con un excelente descanso en el paraíso laguna de Bacalar donde nos encontramos con otros argentinos; causalmente todos nos encontramos ahí para compartir un poco de las aventuras que a cada uno le han tocado y aprovechamos para nadar en el xenote Azul y el xenote de la Bruja o xenote Negro. Pedaleando por el borde de la selva, escuchando los diversos cantos de aves, cruzamos la frontera a Belice donde debíamos pagar una multa por nuestros permisos vencidos pero al parecer el oficial no prestó atención a las fechas y salimos gratis.” (Martín Murzone)

Datos técnicos:

Bacalar-Orange Walk (Belice) 95 km
5.54.08 hs
Total: 1911.51 km

Día 25 y 26 (14 y 15 de abril) – de Xpujil a Bacalar

La ruta es tranquila. Hay poco tráfico o el tráfico circula a horas en las que no pega el sol y por eso no lo topamos. Nosotros circulamos desde la mañana y durante todo el día. Por más que madruguemos, el sol nos pega igual. Hoy fue una pedaleada larga y silenciosa. 27 kilómetros después de Xpujil, ingresamos al estado de Quintana Roo. No hay caseríos, ni pueblos, ni servicios. Aprovechamos las sombras de las esporádicas garitas. En una de ellas encontramos a un vendedor de sandía que estaba varado porque ya había ponchado dos veces y esperaba la llanta en reparación. Vendía las sandías a 20 o 25 pesos. Andar muchas horas en bicicleta me hizo adicta a la sandía, una fruta a la que antes no había prestado atención, nunca me había llamado, pero por su contenido de agua, por su dulzor, o porque es roja y nada más, durante este viaje tomaba mates y comía sandías. No hay efectos colaterales indeseables, al contrario, es una combinación energética y refrescante además de rica y completa. Las gasolineras están más o menos a 100 kilómetros una de otra, hoy pedaleamos poco más de 120 kilómetros. Tardamos mucho en llegar a la primera gas para reabastecer agua. Lo único que hay son esas garitas y los nombres de pueblos o ranchos que se secaron la última temporada o se los llevó el viento o están donde los mayas. No se ve más que pajonal marchito. No ha empezado a llover en el sur de México. Le ganamos a la lluvia. La dejamos atrás, allá por Veracruz. No hay sombra pero por fortuna las nubes acompasaron el sube y baja de la carretera. Al mediodía se levantó la brisa, como siempre alrevés de nuestro destino.

Hay un punto en esta ruta en que se abren bifurcaciones. La ruta principal sigue recto hacia Campeche y hay que hacer un rodeo para agarrar la carretera a Bacalar. Es la ruta que sale hacia Tulum, 20 kilómetros por esta, está Bacalar, la ciudad más antigua de Quintana Roo. Pero antes de ver la ciudad, lo primero que se nos presenta como un fondo de pintura demasiado brillante, es la laguna. No lo podía creer. Mi primera impresión fue que era una pared, un tapial pintado de turquesa. ¿Sería la laguna? me preguntaba. Ya casi estábamos ahí cuando 2 kilómetros antes nos encontramos con la entrada del Cenote Azul.

Los cenotes son pozos muy profundos. Pozos kársticos. Dolinas cuyas bocas se han derrumbado y están llenas de agua que corre por debajo de la tierra en ríos subterráneos. Debajo de México circula una red extensa de brazos transparentes. Hay cenotes pequeños como un simple pozo y otros enormes y antiguos cuyos bordes han desaparecido. Es el caso del cenote azul. Es un paraíso. Se ve más azul que su nombre, azul profundo, 90 metros. El agua es límpida y templada. Es un lujo de la naturaleza, un regalo, ya que la entrada, 10 pesos, es casi simbólica. Nos quedamos un buen rato nadando las costas recortadas del cenote, adivinando cuevas sugerentes al más allá por debajo de la tierra. Dominios de Gollum o de Mordor. Maravillados de este premio a la pedaleada de 120 kilómetros, rodeamos la Costera Bacalar donde hay casas pintorescas, residenciales, hotelitos y posadas encantadoras, y decidimos acampar en el Camping Municipal. El mejor espacio en la costa de la laguna para quedarse.

Dios se equivocó. El paraíso está en Bacalar. Supongo que es porque cuando inventaron a Dios no habían descubierto América. Le dicen la laguna de los siete colores y se formó cuando varios cenotes se rebalsaron y se mezclaron los tonos de sus intensos abismos. Nos pasamos horas, dos días contemplando el tejido movedizo del agua. O yo contaba mal o me fallaban los números o extasiada en la contemplación contaba sin querer dos veces el mismo color. Yo veía más azules, más verdes, más violáceos o rosados. Los siete colores de la laguna de Bacalar se multiplicaban según la hora y los rayos del sol, según las nubes, según el viento. Veía azules, distintos azules, añil, topacio, celeste, jade, índigo, turquesa, esmeralda, lilas, rosados. Me sobraban colores y volvía a contar.

El camping está en un predio grande y prolijo con mesitas y horno de piedra. Cuesta 25 pesos. Está cerca de la plaza central que tiene wi-fi y donde fuimos a dar una vuelta y a comer algo. Entre la plaza y el malecón costero está el Fuerte de San Felipe que se construyó para la defensa contra corsarios ingleses. Debajo del fuerte hay túneles que aún no han sido abiertos.

En el camping encontramos viajeros y todos eran argentinos. Dos viajaban en combi, dos viajaban en Trafic, otros caminaban por ahí de paso y Nico viajaba en moto. Esto se repetirá durante el resto del viaje. No somos los únicos dados a la aventura de recorrer el mundo palmo a palmo, hay cientos, miles de viajeros a dedo, en auto, en bici, a pie, con carrito, a caballo, pero podríamos apostar que la mitad del total de los viajeros del mundo, son argentinos. Quizás esto nos venga en la sangre, en nuestra ascendencia migrante, en la convivencia cosmopolita con el lenguaje de los abuelos y las recetas de las abuelas. Andar está en nuestro ADN, lo traemos incorporado. Siempre hay un pretexto y un camino posible para movernos al otro lado del globo. Sin más razón que recorrer o en la búsqueda desesperada de la memoria perdida.

La belleza de Bacalar nos estacionó un día más en el paraíso recobrado. Día de descanso y elixir para los ojos y el cuerpo. Al día siguiente visitamos el Cenote de la Bruja. La leyenda cuenta que en el fondo de sus 183 metros de profundidad yace el cráneo de una bruja que con sus maleficios aterraba a toda la región. El cenote está rodeado de barrancos repletos de helechos que se miran en la superficie negra del agua. El voluminoso caudal cristalino refleja la oscuridad abisal.

Datos técnicos:


Xpujil-Bacalar 121.7 km
8.49.45 hs
Total: 1816.51 km.

Día 24 (13 de abril) – de Calakmul a Xpujil

Dejamos Calakmul a través de esa cicatriz de cemento abierta en la silueta de la biósfera. La ruta es una brecha de material con suficiente espacio para circular. La delgadez del camino, en este caso, mantiene el encanto del lugar en armonía con la irrupción del progreso. Una ruta más ancha sería un crimen contra la naturaleza. Entramos a la autopista Villahermosa-Chetumal. Aún no hemos conseguido agua con gusto a agua y se nos hace agua la boca por una gaseosa bien fría llena de gas. Por el momento no nos queda otra que hidratarnos con el agua caliente y marrón almacenada en el campamento desde hace seis meses.

Vamos hacia Xpujil, en dirección a Belice por donde hemos decidido cruzar fronteras para llegar a Guatemala. Pedaleamos 20 kilómetros y antes de llegar al caserío Rosario, cruzamos la ruta hacia un restaurante. El paraje se llama Km 120, nada más. El restaurante lo atiende una señora, Rita. No tiene gran variedad pero comemos y nos sacamos las ganas de bebidas frescas, sabrosas, y de agua con gusto a agua. Comemos biftec o pollo con ensalada y frijoles por 40 pesos y la gaseosa grande, 30 pesos. Charlamos un buen rato con Rita. Su esposo ha ido a Xpujil a comprar mercadería. Nos cuenta que ella es de Ciudad del Carmen, una ciudad grande, pero que su esposo compró tierras ahí y se vino con él. El restaurante y la casita, todo junto, están en la entrada de las tierras. Tienen 900 hectáreas para trabajar.

-Mucho trabajo -nos confiesa- trabajamos un pedacito nada más.

Le contamos que venimos de las pirámides y largamos un discurso de calificativos exaltando la belleza y magnificencia de la monumental Calakmul. Ella asiente como si conociera todo eso de memoria. Nos mira como si ya estuviera de vuelta de todas las pirámides mayas, como si eso que vimos fuera nomás una esculturita de vitrina.

-Pirámides, -se jacta- acá en el patio de mi casa está lleno de esas. Puf, si hay, ni yo he llegado a todas.

Nos guía a la puerta trasera y nos señala más allá de la milpa que trabajan, al fondo, a la izquierda, a la derecha, más atrás, metidas en la maraña impenetrable de plantas se adivinan elevados montículos de matas. Obviamente en un terreno prácticamente llano, donde no hay serranía, esas barrancas no son barrancas, además los bordes regulares, las diagonales y el vértice equidistantes, son parámetros geométricos. Son pirámides. Sin descubrir. Sin explorar. Es muy tentador. Invitarse a quedarse. Pero decidimos seguir. Retomamos el camino con el ansia de la conquista en la mira. Con el deseo de volver al kilómetro 120 alguna vez y explorar con dedicación y tiempo ese patio de 900 hectáreas. La ruta tiene laderas constantes y el viento sopla en contra, como siempre. Sube y baja, pero esto ya es común y las piernas y la fuerza del cuerpo se acostumbran a arremeter y resistir sin quejarse, tan constantes como el mismo viento. Durante toda esa ruta hasta Xpujil y después, pasamos formaciones más evidentes que sospechosas debajo de las matas de jungla. Hay sitios que ya han sidos destapados, como Chicaná, 10 kilómetros antes de Xpujil, y Becán, 8 kilómetros antes; pero toda esa superficie, a lo largo y a lo ancho de Campeche, es ciudad maya latente templo maya máscara de jade dormida.

Xpujil es un pueblo que crece turísticamente a ambos lados de la carretera. Hay varios hoteles con nombres y guardas de inspiración maya. Nos quedamos en el Hotel Gran Garra de Jaguar. Barato. Son cabañas precarias. Tienen ventilador, internet con baja señal. Baño sin lavabo pero con ducha caliente. El lugar es ruidoso. Durante toda la noche se escuchan ruidos desde la recepción, habitaciones contiguas, y calle.

“Calakmul Reino de la Serpiente, ciudad y potencia Maya, contrincante de varios enfrentamientos con Tikal y Palenque. Y para variar, me subí a todas las ruinas que se me pusieron enfrente y me salí del circuito turístico para descubrir lo que no te muestran. Es impresionante ver todo lo que falta por descubrir y la inmensidad de las antiguas ciudades, como nos dijo la señora de la tienda -en nuestro terreno… hay variaaas de esas ruinas como las de Calakmul. Da felicidad ver la selva que sobrevive aún a la desesperación humana y todos los seres que alberga, tucanes, ozelotes, tapires, faisanes, pavos, y cantidad de criaturas que ni sabía que existían.” (Martín Murzone)

Datos técnicos:


Calakmul-Xpujil 79 km
5.49.80 hs
Total: 1694.81 km.

Día 23 (12 de abril) – del km 20 a Kalakmul y regreso.

Salimos muy temprano. Mucho antes de que se levantaran los cuidadores del parque y pudieran detectar nuestros movimientos o adivinar nuestras intenciones. Es domingo y estamos eximidos de pagar la entrada de 61 pesos. Será un día largo e intenso. Primero, visitar el sitio arqueológico, después: a la aventura.

Son 40 kilómetros desde el acampe hasta las pirámides. Dentro del sitio hay señalización y dos recorridos sugeridos, la vía corta o la vía larga. O la que te guste y te inventes. No hay visitantes. Estamos prácticamente solos. Sin embargo encontramos a Samuel, un chico que dice trabajar de ingeniero civil; dice que están estudiando la topografía del lugar para hacer una autopista de cuatro carriles. Parece una mentira más ancha que una autopista de cuatro carriles pero por alguna razón Samuel insiste en que ese es el plan. Insólito. El camino es bellísimo como está y en todo el trayecto nos ha rebasado un solo auto. Cuatro carriles pueden hacer falta en un montón de lugares, quizás entre ciudades, centros urbanos, pero aquí defi nitivamente, no. Samuel era conversador. Contaba muchas cosas de su vida en la región. Nos habló de Belice, de cruzar la frontera tan fácilmente por la zona libre. Era entusiasta y se consideraba muy afortunado de haber conseguido ese trabajo ahí por casualidades de la vida. A mí, un proyecto de autopista de cuatro carriles entre Conhuas y Calakmul, me sonaba sospechoso. Pero yo soy tan desconfiada como inocente. El trabajo de Samuel consistía en subir a la pirámide más alta y tomar fotos del cielo completamente despejado. Las fotografías eran enviadas a un piloto que esperaba en el estribo de una avioneta estacionada en Campeche. En Calakmul, en pleno corazón de la selva, hay internet, eso también resulta extraño. Si las imágenes mostraban un cielo cien por ciento inmaculado, el piloto sobrevolaba la zona para tomar imágenes aéreas con una cámara sofisticada capaz de registrar el mínimo detalle dentro del enjambre uniforme de copas verdes. Desde el aire, esa cámara de precisión, es capaz de detectar senderos que ralean la jungla, lo que esconden las sombras, ¿la calzada maya?, huellas, promontorios, ¿pirámides? aguadas, ríos, ¿plantaciones clandestinas? los secretos de la selva, ¿prófugos? ¿migrantes? ¿narcos?

Calakmul es uno de los sitios arqueológicos más omnipresentes que hemos conocido. Las pirámides son enormes, no sólo por la altura que supera con creces el techo de la selva sino además por su volumen, por su solidez. También por la cantidad de estructuras que aún no han sido excavadas pero que se calculan alrededor de seis mil. ¿Sería esto lo que buscaba la cámara de la avioneta? En Calakmul, ciudad maya de los años 300 a 1000, que rivalizó con la gloriosa Tikal, las piedras hablan. Hay miles de estelas que relatan desde los glifos los sucesos, las conspiraciones, las enfermedades y las medicinas, las traiciones, los ajusticiamientos, los juegos de pelota, el quehacer de la familia y de los dioses. La ciudad no se termina en los dos recorridos señalados por los carteles y las flechas. Cada pirámide descubierta y limpia en su fachada, a sus espaldas oculta pasadizos, túneles, laberintos. Nos metimos por esa zona oscura de cada pirámide, entramos en cada hueco precintado y en cada puerta prohibida. Desde los tres templos mayores se adivina la presencia de más construcciones, hasta donde nos da la vista, hasta Tikal, a 100 kilómetros en línea recta donde se asoma la punta de un iceberg agudo y gris recortando el cielo azul. Elevaciones camufladas debajo de la tundra verde de las copas. Invaluable riqueza que descansa debajo de los bosques de ceiba y amate donde las máscaras de jade duermen vírgenes un sueño milenario. Calakmul es monumental. Nos quedamos extasiados, con la boca abierta al llegar a los peldaños más altos y no poder abarcar la inmensidad en una sola mirada. Hay escaleras por todos los costados, en distintos niveles y con escalones de diferente ancho y altura, dinteles, glifos. El entorno no es menor, potencia la magnificencia de las construcciones. La reserva de la biósfera de Calakmul es la más grande de México, es un albergue de orquídeas y jaguares, un recreo de monos y ocelotes que caminan junto a nosotros por la Calzada, de tucanes exóticos, de guacamayas azules y rojas, del mítico quetzal huidizo e imposible.

En la ruta de ida a Calakmul pedaleamos mirando a los costados buscando la entrada al camino para meternos hacia la central chiclera. No lo encontramos pero saliendo de las pirámides, casi sin querer, un señor nos dio la información correcta. El camino saldría a nuestra derecha en el kilómetro 48. Era una picada de tierra, apenas visible, como un rayo de luz al borde de la ruta principal. Entramos con las bicicletas, el suelo era firme. Enseguida aparecimos en un claro con bastante sedimento y escombros desparramados, la dirección es confusa pero hay un montículo, seguramente hecho a propósito para ocultar el camino. Del otro lado del montículo, está. Es de tierra y piedra. Difícil de remontar en bicicleta. Avanza hacia el sur, sudeste. Es un camino de huella de camión o carro, con yuyos en el medio y ramas y hojas caídas. El camino está abandonado, el avance es lento, hay que empujar la bici, hay pozos, piedras flojas, y el calzado no tiene agarre, resbala y tira para atrás. Ya ha pasado el mediodía y aunque hay sombra, el clima, caliente y húmedo, agobia. Llegamos a una especie de campamento, un lugar donde se nota que ha habido un fogón y hay un claro. No hay agua. La yerba llamada chinchincha está seca como paja. Avanzamos dos horas sin encontrar ni una gota de agua. La sed nos desalienta y nos tira más atrás que las dificultades del terreno. En ningún momento pensamos en las serpientes o en otro tipo de peligros. Al fin, una pequeña aguada. Un charco. El agua es turbia, de color marrón. La pasamos por un filtro de café y le agregamos Microdyn. Tiene gusto a caca pero es lo que hay así que llenamos las botellas y seguimos adelante levantando las bicicletas en una parte donde el ramerío enmarañado atraviesa el sendero. Nos sentamos a descansar y ante la incertidumbre de si habrá o no habrá agua más adelante, el sabor asqueroso del agua de ese charco, agua caliente y marrón, evaluamos que no podemos avanzar en esas condiciones hasta la frontera que sin embargo resignamos con tristeza porque no estará muy lejos. Pero no tenemos garantía de que al cruzar encontremos Naachtún y que en Naachtún haya rastro de vida y, primordial, agua. Sobre todo es el agua. Hemos avanzado 29 kilómetros hacia la central chiclera de Villahermosa y agotados aunque no muy convencidos de la decisión, pegamos la vuelta hacia Calakmul. Volvemos al pavimento amable y pedaleamos con calma pero sin agua hasta el campamento donde habíamos dormido.

Antes de llegar nos encontramos con una pareja con una nenita. Nos paran y nos dicen que ya les han comentado de nosotros, los “aventureros” que intentan cruzar la frontera ilegalmente desde la reserva. El muchacho dice que hay un operativo dispuesto para ir a buscarnos. Llegamos al campamento con cara de yonofui. Vemos que efectivamente hay dos cuatriciclos en marcha y movimiento de uniformados hablando por handi. Nos hacemos los boludos. Es de noche pero no se puede decir que se hayan cumplido las 48 horas establecidas por la escupida del capataz. Nos ponemos a armar las carpas. Les arruinamos el chow. Uno de los cuidadores se acerca. El papel que trae en la mano versa más o menos así: “se emite orden de arresto para tres aventureros de nacionalidad mexicana sic que se movilizan en vehículo bicicleta dos masculinos un femenino habiéndose dejado el campamento de esta seccional en el día de la fecha en dirección sur y no habiendo salido por el acceso de ruta tal como establecen los códigos y leyes vigentes bajo sospecha intentan cruzar ilegalmente a Guatemala a través de la mesura sur… etc”. Nos da un sermón, tacha con una cruz y una firma sobre la orden y garabatea: “sin efecto”. Órden de arresto queda sin efecto.

Nos duchamos, tomamos agua de un tanque en estado similar a la de la aguada y cocinamos tallarines con tuco con gusto a caca. Iremos por Belice, pero me voy a dormir pensando cuánto más lindo sería poder caminar la historia maya a través de sus Calzadas.

Datos técnicos:

Km 20-Calakmul-Villahermosa-Calakmul 144.4 km6.31.08 hsTotal: 1615.81 km.