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Vélodyssée, una de las mejores rutas en bicicleta

Una odisea a lo largo de más de 1200 km de Costa Atlántica francesa

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Día 21 (10 de abril) – de Escárcega a Conhuas

Dormir en el María Isabel fue una bendición. Presentíamos que la etapa que venía del viaje, adentrarnos en la reserva de la biósfera de Calakmul para cruzar desde ahí a Guatemala, sería complicada. Habíamos evaluado una lista de inconvenientes probables, senderos sin uso cerrados por la mata selvática, huellas poco claras, alimentos para varios días, orientación y desorientación, terreno escabroso con desniveles, tierra, piedra o árboles caídos, presencia de animales, oscuridad total por la noche, circulación de migrantes ilegales, ¿narcotráfico? Sólo la experiencia de estar ahí dentro pudo darnos una idea más precisa. En carne propia. La lista de inconvenientes probables era un poco más larga. No lo sabíamos aún.

Antes de dejar Escárcega pasamos por un Super Che a aprovisionarnos de víveres para los días que vendrían selva adentro. Tomamos la autopista con viento en contra. Al principio no resultó complicado. La ruta tiene laderas, sube y baja, pero son pendientes largas y hacen más llevadera la monotonía del paisaje. Sólo se ve hacia adelante la serpentina gris del pavimento. Durante todo el trayecto, a lo largo de 100 kilómetros, no hay ni una sola gasolinera y casi ningún puesto para pedir o comprar agua. A 36 kilómetros de Escárcega y tras casi tres horas de palear contra el viento, nos metimos en un poblado llamado El Lechugal. Fuimos a una tienda a

a la buena de dios, que sea lo que dios quiera. Sin embargo no dejo de pedalear. No llego a ninguna parte, no veo a nadie, sólo ese revoleo de serpentina de cemento. Voy llorando. Quiero hacer esto. Viajar desde México hasta Argentina en bicicleta. Quiero estar en cada lugar y absorverlo todo por todos los sentidos. Y no sólo eso, también quiero superar el reto de hacerlo en bicicleta. Pedaleando. Pedaleo. Kilómetro a kilómetro. Pueblo pedaleo pueblo. Es un reto contra todas esas calumnias del viento. ¡Viento de mierda! le grito. A 20 kilómetros del Lechugal aparece la laguna de Silvituc y mis compañeros que me esperaban en Centenario, pedaleo pueblo que brota en sus orillas. Tomamos agua y cargamos más en un bar llamado La Pasadita.

-Todo plano, -nos mienten.

El camino se pone más bravo. Cruzamos dos serranías de doscientos cincuenta a cuatrocientos metros. Una bagatela para semejantes gacelas. Sin embargo el viento se ha burlado de mí con ganas y me ha dejado hecha una piltrafa. Sólo me salva el deseo y la convicción de estar más allá de su realidad. Es como hacer magia con el pensamiento, tus deseos se harán realidad. Atravesamos por lomadas esta leve pero demandante serranía. El paisaje mejora, hay más vegetación, árboles de caoba y chicozapote, ya no hace tanto calor y al viento, que se ahoga a mis espaldas, le hago pitocatalán.

Hemos demorado más de lo previsto. La tardecita es la peor hora para los ojos. Llega esa hora tenue del día en que las luces y las sombras son lo mismo. La hora ciega. Queremos llegar hasta un campamento llamado Yaax’che, adentro de la reserva, pero la noche en ciernes nos obliga a quedarnos en Conhuas, 7 kilómetros antes. Conhuas, cinco cuadras de un lado de la ruta y un restaurante del lado de enfrente. La señora del restaurante tiene unas cabañas, cuestan 300 pesos. Nos manda con su hijo. La cabaña es amplia, tiene dos camas matrimoniales con mosquitero y baño. Afuera es una boca de lobo. Apenas se distinguen las siluetas negras de las ramas. El chico enciende unas luces. La energía es solar y la luz es débil. Los murciélagos alterados esquivan la danza fantasmagórica de los árboles. Recién al día siguiente podremos apreciar el encanto del lugar. Un preludio sencillo de la magnifi cencia que nos aguarda en la reserva.

Datos técnicos:


Escárcega-Conhuas 98 km
8.38.04 hs
Total: 1448.61 km.

Día 20 (9 de abril) – de El Aguacatal a Escárcega

La autopista es cada vez más recta. La monotonía del paisaje, la carencia de civilización, convierten en un espejismo la llegada a ninguna parte. Hay que aprovechar el menor indicio de rastro humano para pedir agua. Lo mismo con la sombra disponible, cada garita es propicia y se agradece al cielo cada nube. No hay mucho tráfico, avanzamos sin pánico con la brisa caliente en contra. A veces, una ráfaga arrastra olor a gardenias o a jazmines invisibles. Alrededor sólo es verde, una maraña de arbustos y árboles que forman una muralla impenetrable. Hay palo tinte, y el olor de sus flores es picante, parecido al anís. Palo tinte huérfano de explotación pero a salvo del exterminio desde que la química y el petróleo hicieron buenos negocios.

En el recorrido de 115 kilómetros hay una sola gasolinera. Siguen los carteles pintados a mano que anuncian ranchos que sólo existen en mapas desactualizados aunque van punteando el camino con sus nombres: Rancho La Pasadita, Rancho Marisabel, Rancho El Capulín, Rancho San Jorge, San Miguel, y todos los demás santos. El primer poblado real del recorrido es Mamantel, a 60 kilómetros del Aguacatal. Ahí hay algunas tiendas y un un señor que vende cocos a la sombra de una garita. Si seguimos 9 kilómetros más, antes de llegar al paraje 18 de marzo, encontraremos un buen lugar para comer. Llegando a Escárcega hay una segunda gasolinera.

Escárcega es una ciudad mediana. Hay movimiento y rompe los esquemas de las ciudades netamente cuadradas. Tiene una plaza redonda y calles diagonales. Nos alojamos en el Hotel María Isabel, está cerca de La Glorieta y en la vereda tiene una escultura de un maya. Es un hotel precioso. Este hotel fue uno de los más lindos y de mejor relación calidad-precio. Tenemos un cuarto fantástico, con ducha de agua fría y caliente, hay internet y funciona bien. Los colchones son cómodos, hay tv, y mobiliario sufi ciente para cualquier necesidad. El hotel cuenta con una cafetería. Es limpio. Tiene un patio interno con un antiguo pozo de aljibe. Su dueño, Juan Carlos, es un tipo fenomenal. Estaba admirado y feliz de recibirnos ya que nos había pasado en la ruta esa misma mañana cuando apenas salíamos del Aguacatal. Los viajeros en bicicleta somos muy visibles. Llamamos la atención en la ruta o la autopista. Por la carga o la bandera de Palestina que siempre viaja conmigo. La gente curiosa se pregunta de dónde vendrán adónde irán. Muchísimas veces nos pasó que la gente nos pasaba, nos sacaba fotos, o nos volvían a encontrar y nos contaban que ya nos habían visto en tal o cual lugar. Así fue con Juan Carlos y, de casualidad, le caímos en el hotel. Nos hizo precio aunque su amabilidad fue impagable. Queríamos ir a comprar pan y en lugar de explicarnos el camino a la panadería, nos llevó en su auto y nos esperó.

“1350 kilómetros. Águilas, serpientes, monos aulladores, osos hormigueros, zarigüeyas, armadillos, puercoespines, jilgueros, patos, pavos reales, pelícanos, buitres, garzas, zorillos, iguanas, cocodrilos, perros, vacas, ovejas, cabras, gallinas, gatos, caballos ¡y todos mexas! Todo aquel con algún impedimento, si tiene el valor de atreverse, es capaz de lograr algo que los demás no pueden.” (Martín Murzone)

Datos técnicos:


El Aguacatal-Escárcega 115 km
7.23.08
Total: 1350.61 km.

Día 19 (8 de abril) – de Palenque al Aguacatal

Un paso inusitadadamente fugaz por Chiapas. Volvemos a Tabasco y de Tabasco a Campeche. Tomamos la autopista Villahermosa-Chetumal. Vamos hacia Guatemala y aunque podríamos haber cruzado desde Tenosique, queremos transgredir la frontera legal y pasar a través de la selva, por la Gran Calzada de los Mayas. Hace rato que estudiamos los mapas y la ubicación de las ruinas a un lado y a otro del límite que se empecina en desmembrar la historia neciamente. La autopista es poco transitada pero en buen estado. No hay nada. Desde el cruce de Catazajá hasta El Aguacatal, a 116 kilómetros, hay una sola gasolinera. La gasolinera está pasando el entronque con la ruta que viene de la frontera; hay un solo lugar donde se puede parar a cargar agua y comprar comida, Boca de San Gerónimo. La ruta es plana y no hay sombra. El paisaje es de vegetación rala pero siempre verde. Algunos ranchos aislados le dan nombre a parajes que no existen, San Marco, La Pimienta, La Guadalupe, Matesombra. Uno de ellos, El Trébol, puede leerse en el mapa, figura como si fuera un poblado, pero al pasar por allí, 24 kilómetros antes del Aguacatal, no hay nada, ni el rancho queda. Sólo una tranquera desvencijada y un yuyal. Los carteles que nombran a los ranchos, a los pueblos sin pueblo, están pintados en una madera o un pedazo de cartón, con un marcador, así nomás. Un hito en el camino.

El Aguacatal es un pueblo de cinco cuadras a cada lado de la ruta y dos cuadras hacia adentro. Las calles son de tierra y las casas son sencillas. No hay alojamiento. Preguntando encontramos a la señora de la caseta telefónica que alquila un departamento. Son dos cuartos, aire acondicionado, ventilador, baño y cocineta con mobiliario. Cuesta 300 pesos. Salimos a comprar fruta, hay dos verdulerías, dos almacenes, una panadería y un ciber, “EL” ciber. El Aguacatal es uno de esos poblados que nos sorprende por estar habitado a pesar de la soledad. Están en el medio de la nada. En un páramo que por su extensa llanura sólo es capaz de cobijarlos en remolinos de polvo. Nos preguntamos de dónde sale la gente de estos poblados paridos por la soledad, qué hace la gente de un lugar así cada día de una vida circunscripta a esas cinco cuadras y al horizonte lejano y desconocido. América Latina se desnuda en cada llegada, millones de pueblos como este, cada uno único, germinando espontáneamente cerca de una ruta o un río o la nada, desplazados, buscavidas, herederos de los dueños de la tierra. Desheredados. Sobrevivientes.

“Pasamos por las hermosas cascadas de agua blanca, entramos a Chiapas y visitamos las ruinas de Palenque y acampamos entre luciérnagas y sonidos de la naturaleza que amenizaban la noche. Hoy entramos a Campeche y dormiremos en el pueblo del Aguacatal para llegar a Calak Mul desde donde cruzaremos a Guatemala ¡por la selva!” (Martín Murzone)

Datos técnicos:


Palenque-El Aguacatal 119 km
8.05.35 hs
Total: 1235.61 km.

Día 12 y 13 (1 y 2 de abril) – de Acayucan a Coatzacoalcos

Antes de salir de Acayucan pasamos a engrasar las cadenas y a darle un ajuste a las velocidades. La topografía irregular de América Latina obliga a un aprovechamiento exigente de los cambios. Las palancas suben y bajan y la rapidez en este juego hace que vayan agarrando ciertos vicios. A veces se niegan a subir si no apretás el pulgar al límite o no entran si no hacés dos rebajes juntos. Cada uno se va entendiendo en este lenguaje de ir y venir de palancas con su propia bicicleta, es un aprendizaje que permite que lo que no funciona como un relojito, sirva igual. De todas maneras, un ajuste de vez en cuando, pone por un tiempo -a veces es un rato nada más- las cosas en su lugar.

Hoy elegimos la ruta libre. Apabullados por la mugre de la autopista veracruzana, la cantidad de basura en las banquinas y las continuas pinchaduras, pensamos que por la libre sería mejor. Nos encontramos con que la carretera libre estaba en refacciones en un tramo largo. Seis kilómetros de contrapiso acanalado que tuvimos que cruzar a los saltitos. Fastidioso e incómodo. La banquina es un margen estrecho y el tráfi co es igual de insoportable aunque un poco más lento. Hay muchos camiones, muchos trailers. Estamos sobre Semana Santa, es fi n de semana largo y quizás por eso hay más tráfico, además la reparación obliga a varios desvíos y a circular con más calma. Entre el polvo de la obra se ven dos banderitas naranjas de precaución, son dos chicas que trabajan para la empresa vial y me paran curiosas para hacerme preguntas y ofrecerme agua fresca. Me entretengo y me quedo atrás. Ya no diviso a mis compañeros de viaje.

Está nublado, el cielo plomizo ayuda a pedalear sin que el sol te raje el casco pero igual pesa. El smog de los caños de escape parece una caricatura del cielo, gris y caliente. Un hálito dulce de caña que alivia la polvareda. Si hay subidas son tenues, el recorrido no es nada complicado a pesar del calor y el estado de la ruta. Al llegar a Minatitlán hay un desvío que tomo. No es muy visible y tengo el presentimiento de que mis compañeros han errado el rumbo y se han metido en la ciudad. Avanzo con rapidez, circulan muchos vehículos, hay bocacalles congestionadas, transporte público, semáforos, paradas de autobús. Paro en una garita a preguntar a un hombre que me dice que hace rato que está ahí pero que en bicicleta con carga no ha pasado nadie. Decido esperar a que los confundidos se den cuenta y peguen la vuelta. El hombre me pregunta si es la primera vez en Minatitlán y como le digo que sí, me cuenta que ahí tuvieron la refinería de petróleo más grande del mundo.

-Los petroleros se robaron todos los campos, muchos se vinieron para acá, para la ciudad, y otros se fueron más lejos o a la guerra con Zapata y Villa. Nos chingaron. Nosotros teníamos las chacritas y trabajábamos el café, después sacaron todo y quedó el río pelado que ahora cada tanto se inunda porque no tiene contención, está todo contaminado, toda la ciudad se inunda. Me lleva la chingada. Me llamo Héctor, -me dio la mano- ese es mi pecero.

Héctor me saludó desde el pasillo del pecero. Los chicos no llegaban así que decidí seguir un poco más adelante. Al final de esa calle de acceso a la ruta había un puesto de Defensa Civil. Los agentes se apresuraron solícitos y entusiastas a atenderme. Me hicieron preguntas. Tomaron datos. Me dieron agua y se sacaron fotos conmigo. En eso llegaron los chicos.

De Minatitlán a Coatzacoalcos se hacen rápido las rectas. Coatzacoalcos es una ciudad muy grande. El nombre proviene de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada que se embarcó por el río en una balsa hacia el interior de México. A la ciudad se entra por autopistas y puentes que cruzan el río Coatzacoalcos y más autopistas y más puentes. Vamos preguntando dónde está el centro pero parece que nunca llegamos. La entrada a la ciudad implica varios kilómetros extras. Vamos a ver el mar. Otra vez. Teníamos que encontrarnos con Paco, un compañero de estudios de Martín y Alex, pero era temprano así que para matar el tiempo y el hambre nos metimos a almorzar en el mercado. Fue una de las mejores comidas de todo el viaje. Un menú corrido de 50 pesos, super abundante y delicioso. La cocinera era por demás de amable. Ya casi todos los puestos de comida del mercado estaban cerrados, ella cocinó especialmente para nosotros, y un frecuente comensal nos dio indicaciones de cómo seguir hacia la playa. La digestión y la siesta se dejaron llevar por el horizonte inalcanzable, ese que te apacigua y te convoca al mismo tiempo.

A través de Paco contactamos a otro compañero, Joan, quien nos abrió las puertas de su casa y su estudio de yoga y nos invitó a quedarnos ahí. El lugar era un lujo. Un salón impecable y luminoso con baño, aire acondicionado, internet, y a dos cuadras de la playa. Allí Martín hizo el primer tatuaje viajero, un Hunab Ku maya en sombras. Joan no estaría al día siguiente, iba con su mamá a una cura de silencio, un retiro donde por muchas horas o días, no hablan, meditan. Nos dejó la llave y como las condiciones nos sabían propicias, aprovechamos a hacer el primer alto en esta travesía. Nos quedamos en Coatzacoalcos y pasamos el día en el mar. El sabor de la orilla. Desde tan cerca contemplar la lejanía. Contemplar como contemplarse porque estar allá, andando, no es tan lejos. Saber que hay tiempo para ese andar allá y tiempo para quedarse acá.

El malecón de Coatzacoalcos bordea la extensa línea de la costa y merece una caminata con la caída del atardecer. En los días de carnaval, el malecón es escenario de la comparsa más grande del mundo.

Datos técnicos:


Acayucan-Coatzacoalcos 66.5 km
3.59.03 hs
Total: 773.87 km.

Introducción de un viaje de 15mil kilómetros, 235 días y miles de historias. De México a Argentina en bicicleta.

Vamos. La palabra nos traslada. Enseguida se nos viene a la mente una imagen: un camino y nosotros en el camino. Vamos puede implicar la realización de un sueño acuñado o el hartazgo ante una situación agotada. Un lugar aprendido de memoria, la rutina, o el simple deseo de andar o de volver. Cuando uno dice “vamos”, la palabra puede enredarse en una ilusión cuya madeja es interminable, entonces el enredo es más grande y dados a la tarea de dejar todo acomodado, no nos vamos nunca. No arrancamos. Una forma de apaciguar la cobardía. El miedo a lo desconocido. Este no es nuestro primer viaje. Sí es el primer viaje largo en bicicleta. Ya habíamos recorrido los mil templos de Angkor en Camboya y el Valle de los Reyes en Egipto pedaleando de la mañana a la noche unos cuantos kilómetros, pero lo que se dice viajeviaje en bicicleta, no teníamos nada de experiencia. Sin embargo Martín tiró la idea y yo, María, dije la palabra transportadora, “vamos”. Sin cobardía y sin miedo a lo desconocido porque ya desde hace muchos años mis hijos y yo venimos recorriendo el mundo. Viajando de manera sencilla pero intensa. Con poco dinero pero involucrándonos hasta el caracú con la historia y la actualidad de los pueblos y sin dejar de apreciar lo más destacado de la naturaleza. Seguramente desde otro punto de vista del que muestran las fotografías de un tour organizado. El lado salvaje. El lado oscuro. El lado agreste que obliga a marcar la huella por caminos que no están parquizados para el turismo. La naturaleza virgen, las ruinas cuyas columnas apenas se asoman entre los escombros. Lo menos visitado y, a veces, por otra entrada, por donde sólo saben y van los lugareños, acceder gratuitamente a lo que está privatizado y maquetado bonito para el turista convencional. Se puede llegar a todas partes y así me lo ratificaba Martín cuando nos hacíamos preguntas acerca de tal o cuál ruta para este viaje, nada es intransitable. Los otros muchos viajes que hicimos son parte de otras muchas historias, la mayoría de ellas sin publicar aunque escritas en borrador en nuestra memoria. A pesar de las andanzas anteriores este es el primer libro con que nos atrevemos. Lo escribimos para ustedes. Para los que se animan a dejar la madeja en banda y cumplir con los sueños y para los que prefieren quedarse desmadejando detrás de la ventana. Para los que echan raíces y son como los árboles que nos miran pasar y para los que, como nosotros, prefieren aprender el idioma de todos los árboles del mundo, el idioma de los pájaros, el aullido de los monos, y el grito o el silencio de la gente y el ruido o la música de las diferentes culturas del planeta.

Todas las etapas del viaje en la pestaña: https://marialaqueviaja.com/category/latinoamerica/america-latina-en-bicicleta-latinoamerica/

Poner fecha es primordial, aunque sea una fecha tentativa, una fecha marginal, entre tal y tal día, entre tal y tal mes, es mejor no alargar el objetivo a “entre tal y tal año” sino corremos el riesgo de que el sueño se desvanezca en la espera o naufrague en lo inesperado de un incierto futuro. Mejor ver más cerca y ver más claro.

Era noviembre de 2014, Martín cumplía doce años de vivir en México con ciertas interrupciones: viajes, siempre viajes y alguna que otra mudanza temporal a otro país. En definitiva, para él, México era el lugar de retorno durante esos doce años. Yo me había ido en 2010 y había vuelto a principios de ese mismo año, 2014. El camino me llevó de Chiapas a Nicaragua ida y vuelta y, a la vuelta, quedé empantanada en las quebraditas sinuosas de la Realidad entre los surcos de sandía y pepino que había sembrado con esperanza. Me fui a la Ciudad de México donde estaba Martín y alquilé una cabaña en la cima del Ajusco. Lo más lejos posible de la realidad. Sin proyectos. Trabajando. Viviendo. Sin mucha idea de qué vendría después. Cuál viaje, cuál camino. En medio de esa incertidumbre Martín me hizo la mejor propuesta del año: -¿y si nos vamos a la mierda?- una forma de decir. Un impulso que para los dos significaba que era hora de salir y dar un portazo. Vamos a Argentina en bicicleta. Él se planteaba la idea con calma, quizás en agosto, o septiembre del año siguiente; yo redoblé la apuesta de manera terminante: entre febrero y marzo, salimos. Ni siquiera tenía bicicleta. Martín, sí; hacía casi un año que se movilizaba raudamente a través de los barrios del Distrito Federal -barrios que son como pequeños pueblo vecinos-, en una bicicleta italiana bastante buena. Un rodado 29, de aluminio, con freno a disco en la rueda delantera y 24 tiempos. Yo no sólo no tenía bicicleta sino que, además, no tenía ni la más pálida idea de todas estas especificaciones que ahora describo con total discernimiento. En enero fui a la calle San Pablo del Distrito Federal donde están todas las bicicleterías baratas y me compré eso, una bicicleta barata. Una segunda marca mexicana, rodado 27 y medio, una novedosa rareza, de aluminio, sin freno a disco, con frenos llamados V-brake, de gomitas, y 21 tiempos.

En México, salvo las casas de marcas caras y reconocidas internacionalmente, en este barrio de la calle San Pablo, la venta de bicicletas es netamente comercial, minorista y mayorista. Si bien los mexicanos suelen ser dedicados al cliente, en este lugar no me dieron ni pelota. Nadie me midió o sugirió qué talla o tipo de bicicleta era conveniente para un viaje de tal envergadura. Compré esa bici sin que me dieran mayores detalles ni garantía, sólo un ticket en papel de fax que en menos de una semana ya se había borrado. Me subí a la bici y cuando llegué a la esquina me di cuenta de que los cambios de la mano izquierda -reitero que yo no tenía ni la más pálida idea de nada- no funcionaban. Volví a la bicicletería a quejarme y me indicaron que la palanca de esos cambios iba debajo del manubrio. Algo obvio, pero yo era la primera vez en mi vida que me montaba en una bici con cambios. El barrio de la calle San Pablo se encuentra a 11 kilómetros de Coyoacán donde yo me había mudado a una habitación con la finalidad de abaratar mi costo de vida y ahorrar. Llegué sana y salva aunque transpirando, más que por la pedaleada, por el estrés de las calles del Distrito Federal y el temor a equivocarme y salir a cualquier parte. Perderme, aunque soy viajera, es un suceso cotidiano.

Era enero y aunque ya teníamos lo primordial, un plan y las bicicletas, nos faltaba todo lo demás para concretarlo. Equipamiento básico, repuestos, y ¡dinero! La fecha tentativa de salida era entre el 28 de febrero y el 25 de marzo así que apuramos el trámite. Hicimos varias ‘ventas de garaje’ sacándonos de encima todo lo que no podríamos cargar en las bicis, todo lo que no nos haría falta por un buen tiempo; vendimos cosas nuestras y cosas que no eran de nadie, cosas que habían quedado arrumbadas en el departamento que Martín, a través de sus años en México, supo compartir con otros. Ahorramos y empezamos a promocionar este libro, idea que se nos ocurrió como parte del financiamiento necesario del viaje que pronosticábamos nos demandaría alrededor de un año. Un año durante el que andaríamos por ahí. Trabajando a veces si se daba la oportunidad y cobrando casi nunca ya que la idea era hacer trabajos voluntarios a cambio de comida en comunidades y pueblitos. Conocer lo auténtico, el mundo real latinoamericano. Conseguimos algunos mapas de carretera, muy poco, y analizamos las rutas de google maps y los sitios interesantes a los que podíamos llegar sin desviar demasiado el rumbo y aunque hiciéramos un poco de zigzag. Al mismo tiempo frecuentábamos la calle San Pablo para equipar las bicis. Fue complicado. No se conseguían los aditamentos porque los rodados 29 y 27 y medio son rodados nuevos para cuyas medidas aún no existen muchos accesorios. Hicimos adaptaciones, portaequipajes rudimentarios de rodado 26 con abrazadera al asiento, las alforjas fueron alforjas de rutina, de las que se usan en la ciudad para llevar lo cotidiano de la casa al trabajo. No eran impermeables ni tenían gran capacidad ni ganchos para agarrarse a los portaequipajes, ni buenas hebillas, ni bolsillos extras. Todo muy rudimentario y bastante barato. Portaequipajes de un equivalente de 3 dólares y alforjas de menos de 15. Además incorporamos repuestos, cámaras, cadena, zapatas o pastillas de frenos, y herramientas básicas. Guantes, algunas calzas con badana que estaban en oferta, y tela impermeable de paraguas con la que fabricamos dos cubre-equipajes.

Fijamos la fecha inamovible, 21 de marzo. Mi entrenamiento se redujo a tres paseos por las calles del DF cerradas para ciclistas en fin de semana. Un circuito dominguero de casi 50 kilómetros que no me pesó en absoluto y que me llenó de optimismo, si podía hacer los 50 kilómetros en menos de tres horas y sin ninguna molestia, avanzar en la ruta no sería imposible.

Dos días antes de le fecha prevista, hicimos un servicio completo a las bicicletas. Fuimos a la Bicicletería Albatros, a la vuelta del departamentito de Martín, por Delfín Madrigal y Escuinapa. Sus dueños, Juvenal Illescas y Arturo Illescas, nos atendieron con entusiasmo y nos regalaron consejos y una cajita con parches y herramientas. Juvenal auguró con una sonrisa un buen desempeño de la bicicleta italiana de Martín. Yo esperaba mi diagnóstico junto al cordón de la vereda y apoyaba la ansiedad en el cuadro demasiado alto de la mía. Juvenal me miró y no dijo nada. Cerró la boca y alargó un dudoso mmmm.

Mmmmm. Y así nos fuimos.

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Sinaia

¡Nos vamos a Transilvania! Una de las regiones más bonitas del mundo por sus paisajes, más interesante por su rico devenir histórico ya que por allí pasaron y se quedaron durante años romanos, eslavos, mongoles, sajones, tártaros, hunos y magiares de Hungría. Una región impregnada de magia y misterios que se desarrolló vertiginosamente durante la Edad Media. Para viajar dentro de Rumania hemos elegido mayormente el ferrocarril rumano aunque también hemos hecho dedo y con estupendos resultados.

Desde Bucarest a Sinaia tenemos 140 km y dos horas de viaje en tren. Al llegar a Sinaia lo primero que visitamos casi sin querer es la maravillosa estación. Data de 1913 y se mantiene intacta. En su día fue una estación real que sólo recibía la llegada de nobles y líderes políticos que se alojaban de mayo a noviembre en el castillo de Peles en esta ciudad. En el exterior de la estación hay una locomotora a vapor y un coche con ruedas ferroviarias mientras que, en el interior, veremos una exposición de maquetas con trenes en miniatura.

La ciudad no es muy grande, se pueden recorrer a pie los vaivenes de sus calles que suben y bajan ya que está enclavada en las montañas. En el centro hay relajante parque con una fuente central rodeada de verdes jardines y bancas para descansar.

Monasterio de Sinaia

Alrededor de este monasterio se construyó la ciudad. El nombre, Sinaia, se debe a que un noble, Mihail Cantacuzino, peregrinó al Sinaí y prometió fundar un monasterio en honor a la virgen cuando regresara a casa. Eso fue lo que hizo entonces en 1645. La visita es breve y a un precio simbólico. Además de ver el monasterio que no se tarda más de treinta minutos, se pueden visitar el museo eclesiástico, un campanario y dos monasterios ortodoxos de estilo Bizantino y Brâncovenesc.

Castillo de Peles y Pelisor

Es la joya de esta ciudad y una de las más preciadas del país. Fue construido entre los años de 1873 a 1914 como vivienda de verano para la familia real rumana, comenzando con el rey Carlos I que se enamoró de la región y decidió construirlo. Fue la primera construcción en Europa con su propia central eléctrica, ascensor, teléfono, calefacción y agua caliente. Tiene 160 habitaciones y 34 baños.

Dentro del castillo de Peles hay una biblioteca cuyos libros están forrado con cuero y oro. Desde la biblioteca, un pasadizo secreto comunica con otra habitación. Estos pasadizos de incógnito son una característica recurrente en los castillos transilvanos. Hay una sala de música, un salón de conciertos y un teatro.

Para llegar al castillo, a 6 km del centro de la ciudad, la mayoría de los visitantes va en transporte, sin embargo, caminarlo, es un paseo imperdible. El camino va entre árboles y a la vera de un río y luego, subiendo un poco más, encontraremos el castillo de Pelisor, construido por orden de Carlos I para su heredero y sobrino, Fernando, casado con la querida María de Rumanía. En Pelisor, el hijo de Peles, descansa el corazón dentro de un cofre de oro. Este castillo, de 99 habitaciones art nouveau, también merece una visita.

Retomando el rumbo hacia Peles, nos encontramos primero con sus magníficos jardines, combinación perfecta de arte y naturaleza, y luego con el espléndido castillo.

Desde Sinaia nuestro camino nos llevará a Busteni, a tan sólo 10 km, para iniciar la travesía de montaña por los montes Buçegi.

Busteni, hacia los montes Bucegi-Vârful Omu

A 10 km de Sinaia está Busteni, un simpático pueblo de montaña muy popular en invierno porque es sede de práctica de ski. Desde las faldas del pueblo podemos tomar un funicular de otra época que nos ayuda a salvar un desnivel de 1200 metros antes de iniciar nuestra travesía en la que cruzaremos los montes Bucegi, parte de los Cárpatos, hacia Bran, donde se encuentra el legendario castillo del conde Vlad (Drácula).

Al llegar a la cima de Busteni hay una formaciones gigantes de una roca que no se condice con la roca base de la montaña: Babele y la Esfinge, entre otras formaciones geológicas. Desde estas enormes piedras esculpidas por el viento y el agua o por la mano de gigantes según otra versión en discusión, ubicadas a más de dos mil metros de altura, seguimos el sendero hacia el norte hacia Omul, la cima más alta de los Bucegi y en cuya cumbre, a 2507 metros, hay una acogedora cabaña.

El camino es de una amplitud espeluznante y sobrecogedora. Las distancias de las planicies, los vacíos entre escarpadas crestas azuladas. El camino está señalizado. Hay varias rutas que se cruzan y hay carteles. La mayoría de los visitantes sólo suben el teleférico de Busteni para merodear por allí, visitar las enigmáticas piedras y contemplar las vistas. A medida que nos alejamos, la paz y el silencio son más conmovedores.

Tras una buena trepada, llegamos con tranquilidad a Cabana Vârful Omu y tras dejar nuestras cosas en el cálido refugio salimos a caminar por los alrededores. Trepamos un poco más por una roca cercana, a una altitud de 2514 metros. Y, luego bajamos por un risco angosto y espectacular hasta el pico Bucosiu a 2492 metros. Cerca de Ormul pasamos por una edificación aparentemente abandonada y cercada con alambre. Un cartel advertía «prohibida la entrada». Nos llamó en parte la atención, aunque no preponderantemente, porque en ese momento nuestra preocupación principal era encontrar agua.

Algunos meses después, ya lejos de Vârful Omul, nos enteramos que las fauces de estas montañas esconden un misterio a todas luces muy revelador en cuanto a los orígenes y destino de la humanidad y por eso mismo, oculto por las fuerzas de poder en el mundo.

En el año 2003 fueron descubiertos justo en ese lugar y bajo nuestros pies cuatro túneles principales y más túneles que conducen a lugares subterráneos profundos. En estos los túneles hay enormes, con grandes mesas y sillas de piedra para gente mucho, mucho más alta que nosotros. Se encontró una sala de proyección que contiene toda nuestra historia y se puede reproducir visualmente y una tabla donde se pueden realizar experimentos holográficos con el ADN, mezclar y combinar cualquier cosa que se desee y ver cuáles serían los resultados. Según los estudios esas habitaciones se construyeron hace al menos 50.000 años y cada una está conectada a la otra, protegidas por una fuente de energía que se activa automáticamente. La fuente de energía antes de entrar a las habitaciones que no todos puede pasar sin morir. Tres personas que lo intentaron cuando esto se descubrió fueron fulminadas por una descarga energética. Evidentemente no hay mucha información acerca de todo esto y lo que se difundió en su momento fue acallado inmediatamente. Aquí un enlace con todo lo que se sabe: https://codigooculto.com/2016/03/la-gran-galeria-bajo-los-montes-bucegi-esconderia-los-mayores-secretos-de-la-humanidad/

En aquella noche, que coincidió con el cumpleaños de Martín, no éramos conscientes de nada de esto. Fue una noche fría con un halo extraño. Un atardecer alucinante con un amanecer nos menos sorprendente. Las luces que desde la nada poblaban la noche, como así también las luces del día se esparcían con un aura inexplicable. Nuestra intuición natural se dejaba llevar por la percepción certera de que no todo lo que estaba presente era visible.

 

Montes Bucegi, de Vârful Omu a Bran

En la cabana Omu y en la mayoría de las cabanas, refugios de Rumania, sirven platos calientes de comida y desayunos. Vârful Omu u Omul, es el pico más alto de los Bucegi. El último tramo de subida hasta allí es exigente y no da respiro aunque se sube sobre un trazado sencillo, sin precipicios. Ya después de llegar y dejar nuestros bártulos hay tiempo para crestear por los alrededores y apreciar los acantilados apocalípticos.

Tras pasar una noche tranquila y al cobijo de la cabaña, amanecimos temprano, desayunamos, y seguimos nuestras travesía. La ruta está catalogada como de dificultad media a difícil, sobre todo por la bajada. Bajaremos un desnivel de 1600 metros y hay que tener precaución con las rodillas y darles el descanso que supliquen. La bajada es empinada pero cruza un paisaje magnífico que por momentos nos hace olvidar del esfuerzo que resienten las articulaciones. Los senderos discurren entre bosques de hayas, abetos, arces. Recolectaremos frutos rojos, maduros, cuantas veces queramos. Bordearemos el río Poarta y podremos beber de sus aguas.

No sería raro cruzarnos con un oso. En esta región, el oso es el animal que más abunda. Hay que estar preparado para saber cómo hacerle frente sin alterarlo. Hacerse grande es lo que más los intimida, abrir los brazos, juntarse si son varias personas. El oso teme sólo a aquello que considera de mayor tamaño que sí mismo. También podríamos cruzarnos con corzos, jabalíes, venados y rebecos, y sino los topamos de hecho, seguro que veremos algunas de sus huellas.

Después de la primera bajada empinada, antes de adentrarnos en el bosque, cruzaremos las meseta del pico Scara y seguiremos bajando por una especie de escalera natural de piedra escabrosa hasta Muchia Ciubotea, más abajo veremos un refugio de pastores y luego cruzaremos varias morrenas glaciares, seguimos descendiendo hasta un largo prado que nos deposita en la base de Salvamont Ciubotea. Este valle nos va a llevar hasta el encantador pueblo de Poarta que augura nuestra inminente llegada a Bran. El camino está bien señalizado, con flechas cada tanto y símbolos de colores diferentes que indican las distintas vertientes.

El paso Bran separa las cordilleras de Piatra Craiului y Leaota, marca la frontera entre Valaquia y Transilvania. Esta frontera era defendida por el castillo de Bran, famoso porque allí vivió, aunque no por mucho tiempo, Vlad Tepes, el empalador, personaje en el que el escritor Bram Stocker se inspiró para Drácula, Conde Dracul, del dragón.

El castillo de Bran fue construido como fortaleza por los caballeros de la Orden Teutónica alrededor de 1212, cuando volvieron de Palestina, derrotados por los árabes, y fueron recibidos por Hungría. Fue atacado por los tártaros, reconstruido sin perder detalle original, y por su posición estratégica era un bastión de defensa transilvana contra valaquia. Finalmente pasó a Rumania como toda la región y fue la residencia de verano de la reina María de Rumania.

El diseño del castillo es único. Con rasgos estoicos y góticos y un mobiliario sencillo. Tiene sesenta habitaciones que pueden recorrerse a través de escaleras angostas y pasadizos ocultos, algunos subterráneos.  Se exponen obras de arte, armaduras, y objetos que fueron de los Habsburgo, entre ellos destacan la corona, el cetro y el puñal de plata del rey Ferdinand.

A modo de curiosidad, en el patio del castillo de Bran podemos ver un pozo que tiene una profundidad de 50 metros y que está cavado en la roca. Además, una de las habitaciones está dedicada a Bram Stoker donde se hace mención a Vlad Tepes y la leyenda de Drácula.

 

Bran a Braşov

¡Seguimos en Transilvania! Desde Bran, a dedo, llegamos a Braşov, una de las ciudades más pintorescas de Rumania. Envuelta en los Cárpatos, con plazas coloridas y callejuelas desparejas .

Entre lo más característico de esta ciudad está la iglesia negra, Biserica Neagra, es una de las catedrales góticas más grandes del mundo. Fue construida en el siglo XIV y ha recibido el nombre de iglesia negra tras un incendio acontecido en 1689 que arrasó casi todo el centro de Braşov y oscureció sus paredes. En el interior hay tapices y alfombras orientales que los comerciantes regalaron a la ciudad.

En el centro de Braşov da gusto sentarse en la plaza Sfatului, plaza principal de Braşov y el lugar dónde históricamente se celebraba el mercado. Es una plaza de grandes dimensiones en la que siempre hay mucho ambiente. Es el centro neurálgico del casco antiguo. Allí mismo veremos la Casa del Consejo, del siglo XIII (1420), hoy es un museo y antes fue la sede del ayuntamiento. Hay una torre de la edad media llamada la torre vigía, se dice que es la torre del flautista de Hamelin. Muy cerca de este casco están las murallas que protegían Braşov.

La plaza está rodeada por un bonito conjunto de edificios de colores pastel (siglos XVIII y XIX). Edificios preciosos entre los que se destacan la Casa Negustorilor, sede de los mercaderes, y la casa Muresenilr, donde funcionó el primer periódico publicado en rumano, la Gazeta Transilvaneiei, en 1838. Entre otros edificios hay una sinagoga, un par de museos y, en el otro extremo, la iglesia Negra. Todo bajo la atenta mirada del monte Tampa de 960 metros de altura. Si elevas la vista verás un cartel en la colina. Hasta allí se puede subir en funicular o caminando por un sendero. Desde arriba las vistas son impresionantes sobre todo a la luz del atardecer. En los senderos del monte Tampa podrás toparte con osos y zorros o, minimamente, verás sus huellas.

En Braşov da gusto caminar entre sus calles con el frondoso bosque de las laderas de Tampa como telón de fondo. La strada Sfori es una callejuela llamativa, con poco más de un metro de estrechez. Entre pasadizo y callejuela y dejéndote llevar de torre en torre, llegarás seguramente al barrio Schei, del lado opuesto al monte Tampa. Verás la Poarta Encaterinei, una antigua puerta con cuatro torrecillas. Esta puerta, conocida como «la puerta de los valacos», era la antigua entrada a Braşov. Pasando por delante de ella, siguiendo de frente y girando un poco a la izquierda, ya junto al monte, te encuentras con un riachuelo y la continuación de la muralla. Puedes subir a una de las torres que veías desde el otro lado, la Negra y la Blanca, que están un poco encaramadas en esa colina.